Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXXVII).

2010/09/25

A MANO.

Son muchos los encargados de ordenar las palabras, los llamados escritores, cuentistas… que defienden el escribir con pluma o bolígrafo. Enfrente, un número muy superior de gente del mismo gremio se mofa y befa de ellos esgrimiendo las ventajas –incontrovertibles, es cierto- de escribir con ordenador: la facilidad de repetir algo, de borrarlo sin tachones, de poner con rapidez en el papel una idea que se escapaba…

Bien por la técnica, pero ¿significa que nadie va a escribir a mano en el futuro?

-Se mataba a mano y poco a poco se consiguió que lo hicieran las mazas, las flechas, las balas, las balas gordas o bombas y los virus. Lo de los programas de cotilleo ya no tiene nombre como arma de dirección a la deriva.

Pues vaya argumento.

Y es que resulta que no recibo una carta, ni la envío, salvo en Navidades, con cierto regusto amargo de resistencia de unas letrillas, repetidas pero bien intencionadas, con deseos de felicidad a partir de una fecha. Nada de intentar ser feliz antes del quince de diciembre. Pero llegan las cartas y, quizá por la brevedad, llegan escritas a mano.

¿Seguiremos firmando?

¿Morirán de hambre los grafólogos?

¿Serán sustituidos por los analistas del estilo, el tono y la riqueza del vocabulario?

Veamos ejemplos:

-Mige, q t va lla pal krajo oi. Ke no tes kiero nada +.

Fácil: texto de desamor enviado por Vanesa Begoña García Fernández, del quinto B. Pero no siempre tendremos tanta suerte y habrá textos donde el emisor pasará desapercibido. Y si no, al tanto:

-Nos es grato poner en su conocimiento haber sido designado por nuestra Fundación para representarla en la Convención Nacional de…

Esta carta, nada más confesar el cartero –torturado- que venía de la Asociación Nacional de la Bandurria, llevó a la secretaria a refugiarse en el búnker del departamento de atención al cliente. Los que la buscaban para incendiarla, argumentaban que por qué su padre, Manolo Páez Páez, NO le era grato al que le escribía.

Y es que don Manolo Páez no había leído una carta a su nombre en doce años. ¿Cómo se iba a figurar que había que leerla más allá de la quinta o sexta palabra?

Textos preimpresos, párrafos repetidos… ni una sola consideración personal de puño y letra. No da tiempo, no da tiempo, salen sin errores… que tampoco, pues hay faltas de ortografía y gramática elemental grabadas con teclados dignas del soplamocos más contundente.

¿Qué será de las letras redondas de las alumnas de monjas? ¿Y esos trazos enérgicos, esas renglones torcidos levemente según el estado de ánimo? ¡Cualquiera mete una emoción en Times New Roman tamaño 12!

No es fácil, pero una cartita de vez en cuando, con boli, firmada junto al envío de un abrazo… Lo mismo no se gasta tanto como parece y se recuperan momentos sin comparación: Esos en que alguien se ha tomado una molestia para ti.

Lo digo con tiempo, tres meses justos, por si procediera tenerlo en cuenta.

Pasen todos ustedes muy buenos días.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXXVI).

2010/09/18

Restos y resto.

Apurar el verano. Olas cansadas de jugar que dejan paso a las que juegan duro, esas que dictan la forma que tendrá la playa.

Por las orillas, póstumos caminantes buscan amaneceres y mirar de frente al Sol cuando se va el verano, el único momento en que se atreven; la Vida, por su cuenta, sigue cumpliendo años sin más comentarios que los justos: esto es septiembre, con sus cuantos días de prórroga para los rezagados y jartibles.

Vuelta a la normalidad. Como si hubiera existido alguna vez. El juego de la carrera histérica, en la que incluso después de cruzar el primer semáforo, y por tanto a salvo en la acera, nos define recién llegados a la exigencia. Nos queda saborear el recuerdo de los dos ingenuos párrafos del principio.

Quedan cosas por hacer, entre granos de arena aferrados a las toallas y algún bote de bronceador por terminar.

Pero es el resto del año lo que hay que encarar.

Si los miramos de frente, los grandes problemas tienen una estructura sencilla: se suelen dividir en pedazos y gracias a eso podemos resolverlos. Se acaban reduciendo a pasitos, breves esfuerzos seguidos para quitarnos el miedo a lo imposible. Queda después un resto parecido al paseo triunfal: un último empujoncito que nos lleva… a seguir viviendo el resto de nuestras vidas.

Seguro que es trivial lo que he dicho. Menudo disgusto me voy a llevar si es así.

Pero para empezar de nuevo el curso, el curso de nuestras luchas cotidianas, empiecen por tener todos ustedes muy buenos días. Que hay que echar el resto.

Nos vemos por aquí.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXXV).

2010/09/11

Recordatorios.

No sé precisar las fechas de las últimas catástrofes. Me quedo con las portadas y las introducciones de los telediarios.

Chile, Haití, Pakistán… los más recientes.

Hace falta no olvidar.

Aquí en España hay gente con un presente duro, algunos son amigos míos, pero hay a donde acudir de momento. En los tres sitios citados no hay donde ir.

He leído sobre la capacidad de mantener algo nuevo si lo vemos nuevo y lo contrario: destrozar o dejar que se pudra algo que no tiene buen aspecto.

En los países donde la Naturaleza se ha puesto a jugar con fuego, viento y agua, nos hemos acostumbrado a dejar que la miseria mande y se perpetúe.

Esto es una llamada, tiene que serlo. Hay capacidad para construir barcos más grandes que muchos de los pueblos y ciudades arrasadas. Además, navegan y son autosuficientes en cuanto a energía y agua potable. Tiene que ser cuestión de organización, de intensidad. Para que no aceptemos un futuro de degradación donde las zonas se entiendan predestinadas a no levantar cabeza jamás.

No se sabe si la falta de autoridades con quien coordinar puede ser el gran impedimento para actuar en esos países. Estoy seguro de que el trabajo de campo, el día a día, pone a prueba muchas de las intenciones que cito aquí.

No me siento capaz de irme allí a vendar heridas o a reconstruir casas. Seguro que estorbaría. Por eso me planteo seguir enviando una parte de mi sueldo, sin más rodeos, a ONG organizadas, capaces de gestionar y de ofrecer soluciones concretas. No se me ocurre nada más.

Pero corren tiempos para el rescate de cada dignidad individual de los que llevan demasiado tiempo bajo los escombros que eran su casa.

Es tiempo de recordarlos constantemente, incluso desde una paginita de cuentos y poemitas como esta.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXXIV).

2010/09/04

MOSQUEOS.

¿Por qué surgen?

¿Por qué se aguantan?

Llevo, por una u otra razón, unos cincuenta años mosqueado. De chico saltaba a la primera, con quien fuera, y me zurraba lo más recíprocamente posible a mi favor. El mosqueo se iba solo y a otra cosa.

Hoy llevo viendo gente que parece buscar –la busca- la bronca constantemente. Como si sólo ellos tuvieran derecho al atasco del carácter.

Me he preguntado a qué porcentaje de la Humanidad podría vencer en un combate cuerpo a cuerpo y, dando por supuesto a las edades de cero a diez años y de sesenta y ocho para arriba, puede que sea capaz de darle una somanta al setenta por ciento de las personas de once a sesenta y ocho años, dadas mis capacidades físicas actuales.

Pues bien: me las trago todas. Algo me dice que es una barbaridad eso de enfadarse tanto e irse a por el moratón en ojo ajeno. O el clásico patadón a la espinilla, mucho más actual y fácil de ejecutar.

Siento un asco profundo ante la facilidad con que se intenta apabullar, aplastar a los demás. La mayoría de las veces se hace con el gesto, la palabra, el grito. Pero no pocas veces se llega a la violencia física. Aún a sabiendas de que el conflicto que ha originado el enfado –el mosqueo, el cruce de cables- suele tener poca base de razón que justifique la confrontación.

Y como condimento, el insulto. Fácil, inmediato, incorporado desde pequeños a nuestro arsenal.

Tiene castaña. Y no es trivial. A diario la falta de respeto inmediata, antes de oír la explicación –cualquier explicación- desata la gresca.

Me preguntaba al principio de esta reflexión a cuántas personas le partiría la boca en tres asaltos. No sé si ante la persona intransigente sigo teniendo ganas de aguantar esa sensación de pisoteo, de desprecio ante mi falta de agresividad. Y sufro, vaya que sí, al pensar lo fácil que es solucionar los conflictos por la vía del K.O. Así nos va.

Y todo por un mosqueo, ese instante que nos solivianta, que nos hace perder el momento de raciocinio.

Dijo un hombre -muy evolucionado, no un cualquiera- que el momento en que un ser humano levanta su brazo para golpear a otro su espíritu se pierde y vuelve hacia atrás, como los que no saben lo que son, en búsqueda del animal que lleva dentro.

Propongo lo de siempre: a menos que vengan a por nuestra nariz, no seamos nosotros quienes busquen la del otro para aplastarla. Suelen ser diez segundos, contados mientras entra aire en el pecho. Y funciona. La violencia no encuentra un cerebro loco donde instalarse y el mosqueo no es la reacción con la que preguntamos a la otra persona qué es lo que le pasa.

Pruébenlo siempre. Una herida tiene la mejor cura antes de producirse. Si se le deja nacer, se queda con la victoria de la cicatriz. Y a nadie le gusta parecer feo ni sentirse humillado después de una derrota. En cambio, transigir unos segundos para buscar la solución, es un paso que merece la pena dar. A la espera de que el otro ponga también de su parte, que esa es otra.

Tengan todos ustedes muy buenos días.