Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLII).

2010/10/30

Intercambios.

De chorradas indignas del peor de los aprendices de Quevedo y sin la menor cercanía al ingenio ni a la construcción de una frase. Y, por encima, sin contener una sola idea.

Hablo del Parlamento de mi nación.

Con medio mundo a la espera de un golpe de ingenio, que diga que quien ocupa un escaño está elegido entre los mejores. Por espíritu, por decisión para desatascar los problemas. Pero no.

Ahora bien, ¿qué autoridad moral tiene nadie, uno mismo sin ir más lejos, para poner verde a los dirigentes, sea cual sea el nivel de gobierno que se ponga por ejemplo?

¿La tienen los magníficos periodistas, con su envidiable capacidad para eliminar palabras sobrantes y fijarnos la idea que persiguen desde el principio hasta el final de sus artículos? ¿Tienen esa autoridad o la fuerza con que expresan sus juicios nos deslumbran y nos consiguen como adeptos?

¿O sólo tiran contra los/las editoriales del que está al otro lado del muro?

Es decir, sólo intercambian.

Como los palestinos, piedras terroristas por bombas defensivas.

Como los súbditos cubanos, su música al hablar por espíritu revolucionario en vena.

Como tantas mujeres, criada gratis a cambio de desprecio y palizas.

Vaya montaña rusa por la que acabo de bajar. Esto es ponerse, está claro, y se consigue el desvarío.

Vuelvo al título, pero me quedarían, un poner, el intercambio estudiantil de aburrimiento por la formación. Y es que, aquí no hay duda, los muchachos se aburren aprendiendo. No ven que reciban nada de inmediato y útil a cambio.

Y aquí, aquí en este párrafo anterior podría estar una tesis a esta reflexión tan deshilachada de hoy: Si no veo que has cedido, yo no doy ningún paso.

O sea:

Aparte del dinero por un bien o un servicio, ¿qué otro precio estamos dispuestos a pagar para volver a dejar libre a la sensatez?

¿Por qué tantas barreras defensivas? ¿Albergo alguna duda respecto a que seré atacado, incluso antes de conocer a quien no piensa como yo y se sienta a negociar?

Estoy atascado, posible lector.

Me parece que, lejanamente, busco reflexionar en la búsqueda de soluciones, incluso por encima de la soberbia, la que tiene marcada como verdad el hecho de que el otro, el de enfrente, es tonto. E irrecuperable.

Sin saber que las dos partes que fracasan en el intercambio de ayuda se vuelven igual de tristes después del fracaso. A pesar de los aplausos, que cada vez suenan más huecos.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


MÁS DESPACIO.

2010/10/26

 

Busqué tu amor muy temprano,

niño grande, hombre en crudo,

sin temor a estar desnudo

al amparo de tus manos.

 

Y mis brazos, ramas tiernas,

mientras duraba el paseo

de mis piernas por tus piernas,

buscaban tu luz eterna

con el fuego del deseo.

 

Tú, mujer hecha de instantes,

de menos años cumplidos

pero muchos más vividos,

serenabas mis constantes

arrebatos delirantes

con besos contra el olvido.

 

Y, así, paré a respirarte,

a mirarte sin sonrojo,

sin dejar de acariciarte:

así me fijé en tus ojos,

unos faros conductores

para mis ojos perdidos

en esos cuentos menores,

donde sólo los sentidos

parecen saber de amores.

 

Pero, al decirme, “cuidado:

dejar pendientes caricias,

sería, por otro lado,

imperdonable injusticia

para amante y para amado”,

entre prisas y frenazos,

no supe a qué as quedarme:

si en tu calma de besarme,

o apretarte entre mis brazos.

 

Después de un breve intermedio

recorté todo el espacio

que nos quedaba por medio…

y vi bien claro el remedio:

amar, pero más despacio.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLI).

2010/10/23

Edades.

 

Y dale, molino…

Están las de Piedra, de Bronce, de Hierro, la Media… y los cincuenta, donde empiezas a preocuparte por la edad.

Ya has salido prácticamente del mercado visual como objetivo de las mujeres explosivas, por mucho que los tratamientos antiarrugas se empeñen en lo contrario. Así que no pintas/pintamos nada en lugares como discotecas.

La edad está estratificada, como lo están las castas de la India. Ahí cada uno sabe dónde está su sitio y no juega a que se es tan joven como se sienta el espíritu. Aunque bien es verdad que el que hace lo que le gusta tiene un margen enorme de vitalidad, de ansias por seguir luchando, que las dichosas mujeres explosivas no lo excluyan del todo del mercado, y lo tienen ahí como una opción, recambio, sustitución, o, en definitiva, suplencia. Para lo que pueda pasar.

Te dan una fuerza sin libro de instrucciones a eso de la adolescencia (sólo funciona el manual) y, como diría el sabio, es justo cuando empiezas a cogerle el truco a la cuestión y ya no te rindes ni desvías la mirada ante unos ojos de pantera, viene a darse que el chasis se ha descoyuntado. La mirada entonces se sustituye por una palmadita en el hombro y parecen decirte “más suerte en la próxima reencarnación”. Curioso, pero verdad.

Entonces ¿es esto un juego de azar en el que hay que estar atento? Parece que sí, porque ocurre que la pujanza del cuerpo te mete en cualquier fregado, por no decir cualquier agujero, del que después no es fácil salir.

En otro orden de cosas, también parece probado que los hombres preferiremos soñar con la siguiente que valorar la presente. Por muy buena elección que hayamos/hayan hecho, creeremos estar dispuestos a la siguiente conquista en lugar de valorar la que nos ha proporcionado alguien en quien confiar.

Y eso ocurre a cualquier edad.

Pero nos damos cuenta tarde.

Como en la mayoría de las cosas que tienen que ver con saber aprovechar el momento.

Ayer, un joven de menos de treinta años me juraba que estudiaría tres carreras “si volviera a empezar” ¡como si ya se hubiera consumido la vida entera con veintitantos años! Estuve pensando en ese sueño constante que nos pasa por la cabeza, intentando que la mínima dosis de sabiduría que se nos incorpora con la edad se nos hubiera dado al nacer. Sería fantástico. El paso del tiempo sería entonces un deterioro lógico de las células, pero no iría acompañado de tanta amargura por no haber sido capaz de valorar los regalos que la vida entrega sin orden, aunque sin medida.

Una pena, porque la cosa sigue igual. Cada día me rompe el alma oír con qué pena y con qué bronca se separan las parejas. Dicen estar hartas de convivir, pero sólo están cansadas. Aburridas de que la edad, el peor de los espejos para mirarse, nos dicte que el crédito vital tiene intereses pendientes de pago.

Otra cosa sería no haber deseado nada que contuviera magia, engaño o estupidez. Si los sueños de adolescente llevaran el aviso de que no son eternos, quizá se separarían de la realidad con menos acidez.

Quizá, al final, la solución se quede en saber que andamos por aquí de prestado y hay que aprender con rapidez cómo funciona esto de vivir. Para que los años no nos cojan desprevenidos y tengamos que decir lo de que la vida es corta, etc., etc.

Pónganle ganas a esto de vivir, no sea que, en un momento, llegue la Navidad, nos pongamos aún más nostálgicos, o algo peor, nos veamos rodeados de nietos que vienen a visitarnos con unas novias embutidas en minifaldas auténticamente ilegales y se nos caiga la baba contándole las tonterías más peregrinas de cuando teníamos su edad.

 

Ánimo y pasen todos ustedes muy buenos días.


DESVALIDAS.

2010/10/17

 

Anita Roca era una muchacha bien, pero venida a menos. De ser la hija segunda del embajador plenipotenciario de Tartaria, pasó a ser una huérfana de pelo castaño y nariz respingona. El resto de sus atractivos físicos era el de una muchacha cualquiera de Tarragona capital.

La madre de Anita, fiel como un perro escocés e incapaz de trabajar, decidió morirse al día siguiente de enterarse de que lo hiciera su marido allí lejos, en la embajada. Esta actitud hizo hincapié en la ya de por sí incipiente orfandad de Anita: Entre los dos la dejaron sola en el mundo.

Su hermana, Agata Roca, renegaba de su apellido, pues devaluaba su nombre de pila. Además, vivía en las Chimbambas Australianas y ni vino al sepelio ni escribió una postal. Lo dicho: Sola en el mundo.

Después de dos entierros sucesivos y emocionantes, Anita dedicó varios días al trabajo de llorar y vender la casa familiar. Al cabo de un mes, dejó de gastar lágrimas y se esforzó en buscarse la vida “como todo el mundo”, y buscó empleo en dos Direcciones Generales, la de Vivienda y la de Defensa Nacional. Después de las dos entrevistas, encontró su lugar: repositora de cajas en la empresa “Gómez, Gómez y Farrull”, cadena de supermercados que, si bien se había dedicado en exclusiva a la alimentación durante cincuenta años, en los últimos tiempos hacía sus pinitos en la distribución de pequeñas herramientas para el hogar, el famoso bricolaje.

Y en esta situación laboral, reponiendo cajas, la encontró el 12 de abril de 2007 Alfonso Secano Huertas, posiblemente, como él mismo se presentó, “el amor de su vida“; aunque él se lo habría dicho a cualquier chica joven con la mismas pintas que Anita si le hubiera hecho caso. Y no sólo por el aspecto físico, sino por su aparente condición de mujer desvalida, sin nadie que se preocupara por ella. Esa situación que gusta tanto a los hombres, gusta de modo especial a los hombres que se llaman Alfonso Secano Huertas.

En lugar de perder el tiempo en noviazgos cansinos, reunieron amigos y familiares suficientes para un convite de boda y se casaron el 30 de mayo de 2007 a las 19 horas.

Alfonso duró quince días en el papel de amante fogoso. A continuación, como indican los textos clásicos, pasó de la cama a la mesa y, un mes después, de la mesa a la taberna. A los once meses tenía una amante para los martes y los sábados por la tarde. Se llamaba Angelita. Era rubia, regordeta y de muslos generosos. Además, el día que se conocieron, puso cara de mujer desvalida y debilidad suficiente. Una concepción sencilla de la vida acudió para aconsejar y decidir por Alfonso. No solo se veía capaz de consolar y amparar a las dos mujeres: Estaba obligado.

Por su parte, Anita se sentía morir. Desde el primer día, en que sacó un sujetador y unas bragas enormes del bolsillo del pantalón de Alfonso para hacer la colada, se culpó a sí misma. Tiró al suelo la ropa sucia y se sentó a esperar a Alfonso. Cuando él llegó, recibió una bronca descomunal, plena de reproches. Llegaron a sonar palabras como “si yo hubiera…”, “ya no te acuerdas…”, “qué será ahora de todo…”

Alfonso, sin responder palabra alguna, consideró que Anita no era en absoluto una mujer desvalida. Pero decidió no abandonarla por el riesgo de que volviera a serlo y siguió con su vida de bígamo plácido y tranquilo.

En el aniversario de la boda, Anita planeó la reconquista. Preparó un pequeño viaje a la costa, en Sitges, donde alquiló una habitación con vistas al mar. Le pareció más emocionante que llegaran al hotel por separado y, cuando oyó la llave girar dentro de la cerradura, se desnudó.

Angelita y Alfonso se quedaron muy sorprendidos al entrar.

-No pude avisarla a tiempo, –dijo Alfonso, de pie junto a la puerta-. Y es que hoy es sábado, mujer, compréndelo.

-Estoy segura de que, de haber podido, me habría dejado un recado –corroboró Angelita-. Él nunca me ha dejado plantada. Ni una sola vez.

Anita se tapaba cada vez menos su desnudez. La sorpresa que le provocó ver a su marido y a su amante juntos en el día del primer aniversario de boda, le hizo pararse de pie y mirarlos con los brazos en jarras.

En su cabeza bailaban varias opciones, pero la que más martilleaba era la de vestirse, salir de allí y no volver a verles nunca, a ninguno de los dos. Al final se puso una bata y se sentó sobre la cama, de donde apartó unas flores que cayeron al suelo.

Se sentía más aburrida que ofendida.

Alfonso, dentro de la rutina de un ventanillero del Registro de la Propiedad, el puesto de trabajo de su padre hasta que murió, pidió a Angelita que tomara el café sola en la otra habitación y él mismo le llevó la taza, el plato pequeño y la cucharilla. Después, se sentó a charlar con Anita.

-Mira, Ana –siempre la llamaba Ana si quería convencerla de algo- esto es sencillo. Llevo ya una temporada así, y sabes que no encajo bien los cambios. Anda, desnúdate y vamos a celebrar la fiesta que tenías prevista.

-Ya, claro, diez minutos conmigo y otros diez con la otra, supongo ¿no? No sé qué papel cumples con más claridad, si el de un redomado imbécil o el del mayor canalla Barbazul. Déjame en paz, por favor, y vete a otro sitio con mi colega concubina.

El respetuoso silencio que merecía la intervención de Angelita, se produjo.

Alfonso Secano Huertas no sabía qué hacer. Decidió dejarse llevar por los hechos consumados, esos que permiten decir “si total, ya estamos metidos en el lío, salgamos de él lo mejor posible, no merece la pena hacerse más daño…” y cosas parecidas.

Comprobó que la botella de champán ya no estaba fría y salió a buscar al servicio de habitaciones en lugar de llamar por teléfono. Consideró una buena decisión el haber dejado a las dos mujeres en habitaciones separadas.

Al salir al pasillo, una camarera gritaba y lloraba. Alfonso no preguntó y acudió en su ayuda. Cuando vio salir a un hombre de unos cincuenta kilogramos de peso y menos de un metro sesenta de estatura cargado de toallas para robarlas, le amenazó, temblando, con la botella. El hombrecillo, aterrado, tiró las toallas en el carro de mantenimiento de la azafata y salió corriendo como un conejo.

La camarera, después de colocar ordenadamente todas las toallas en su armarito con ruedas, dejó de llorar y se abrazó a Alfonso, quien no fue capaz de soltarse los brazos de la chica.

De ese modo, entró de nuevo en la habitación: Con la botella de champán en la mano y una camarera desvalida colgada del cuello.

Angelita y Ana, que habían abandonado su posición un momento antes para negociar el territorio de cada una, no lo dudaron y se tiraron por la ventana, una detrás de otra.

Las explicaciones sobre dos mujeres, una de ellas casi desnuda, que aplastaban las rosas del jardín del hotel MilDunas y el abandono de su puesto de trabajo de una empleada del hotel, fueron más o menos aceptadas por el gerente. Las dos primeras no podían esperar mucho más al lanzarse al vacío desde un entresuelo, pero Alfonso Secano Huertas tuvo que reconocer que las dos, ahora, volvían a ser dos mujeres muy desvalidas. Habría que pensar en un buen período de recuperación para las heridas leves, contusiones y arañazos, sufridas por las dos en su desesperado intento de suicidio por amor, al verle tan pronto con otra mujer.

Los cuatro regresaron al hogar. Allí, con más calma, tendrían tiempo para reflexionar. Antes de entrar, una muchacha joven resbaló en la acera con el envase de un zumo y cayó al suelo. Su aspecto, cubierta de bolsas de la compra, era totalmente desvalido y completaban la escena la posición de sus piernas, que, simulando un salto en el aire, le impedían recobrar el equilibrio. Ana, Angelita y la camarera metieron a Alfonso Secano Huertas en la casa a trompicones, sin que pudiera volver la vista a la acera.

Una vez dentro y con la puerta cerrada, dos de ellas, Ana y la camarera, acudieron en auxilio de la mujer. La ayudaron a levantarse, recogieron las bolsas y su contenido, y llamaron a un taxi.

Suspiraron aliviadas. De momento no había más mujeres desvalidas que atender.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXL).

2010/10/16

Momentos.

Resultan únicos. Piensas que puedes controlarlos, clasificándolos primero según lo que deseas o lo que necesitas. Pero ellos, que son irrepetibles, son también caprichosos.

Un beso. Quizá lo más efímero, porque siempre será efímero. No es el tiempo en segundos lo que dura, sino la complicidad que encuentra lo que le da su valor.

Un abrazo. Igual de intenso, igual de volátil, durará siempre un momento.

Una mirada, llena o vacía de intenciones. Y la contramirada, esa que responde sin hablar para sostener la inicial o para no jugar al espejo.

Un golpe de dolor, una noticia llena de tristeza. Son momentos de herir el alma, ésta transmite dificultades para respirar a los pulmones y el cerebro quiere defenderse del sufrimiento. Las tres cosas ocurren al mismo tiempo, en el mismo momento. Y los cronómetros no sirven para nada.

De chicos, intentamos jugar un momento más cuando nos llaman por la ventana al patio para cenar, porque nos han recordado la felicidad de estar jugando.

Y el momento de la caricia antes de levantarse a trabajar, con el calor compartido de la noche donde los amantes se han protegido con abrazos, es el más difícil. Mucho más allá del sueño, la pesadez del cuerpo aún espeso, supone abandonar un nido.

Los momentos malos que vienen, un suponer, de los dentistas, no me dan miedo. Yo fui quien les contrató y se limitaron a hacer su trabajo.

Los buenos, tan intensos y pasajeros como llevo citando aquí desde el principio, no me los puede quitar nadie.

Y tengo muchos. Hoy voy a citar aquí uno muy sencillo, que tiene que ver con mi padre, una vez que me mareé por no tomar líquido mientras jugaba al fútbol. No pensé que se moviera tan rápido, pero lo hizo: evitó que fuera el suelo quien me recogiera. Me sentí mucho más que agradecido; me sentí feliz. Él estaba cerca, como siempre, esperando su momento.

Pasen todos ustedes muy buenos días.


EN CADENA.

2010/10/13

-¡Que no se mueva nadie, epilépticos incluidos!, -afirma Julián, encapuchado y empuñando algo alargado cubierto por una servilleta.

-Desconozco las circunstancias que concurren Julián, pero en estos momentos no hay nadie en el interior del comercio, por lo que te ruego no desperdicies una puesta en escena, -responde Jorge Jesús, su primo, su compinche. Su camarada, al que no se le entiende muy bien debido a su disfraz.

Se sientan. Jorge Jesús, técnico de electrodomésticos antes del paro, encuentra el mando del aire acondicionado y lo activa.

A eso de las diez llega el dueño del estanco con un abanico a pleno rendimiento. Es Eduardo Girona, un hombre corpulento que arrastra los pies hasta llegar al mostrador.

Como un rayo, Julián se levanta y se dirige al propietario del establecimiento. Antes de encararse con él, rompe una hoja de reclamaciones redactada por la mitad.

-Menuda forma de llevar un negocio, no se le caerá la cara de vergüenza…

-Pues así todo el día -responde Eduardo con un resoplido-, empezando por una noche en blanco, por culpa del solomillo de cerdo que tomé de postre para cenar. Porque a mí el dulce de noche no me…

Jorge Jesús se levanta también para apoyar la iniciativa de su primo y jefe de grupo. Pero se le cae la careta de Mickey Mouse que llevaba y le reconocen los presentes, tanto Eduardo como Julián. Por tanto, decide irse y pide sinceras disculpas a los dos, por motivos contrarios. Ironías de la vida, la misma frase destinada a sujetos y causas completamente opuestas.

-Que me voy, -dice con claridad, ahora que no le obstruye el labio superior ningún trozo de cartón con gomas.

Al salir Jorge Jesús, Julián aplica la estrategia 2 del plan opcional 3, lo que le lleva a esgrimir de nuevo la mano cubierta por la servilleta.

-Mire, obeso en grado superior: Esto, y siento tener que ser yo quien se lo diga, es un atraco. Y no tengo por qué darle más explicaciones.

-Mira Julián, yo no puedo con mis pies. Coge lo que tú veas que se suele llevar la gente en situaciones como la que tú protagonizas y me lo dejas apuntado. Yo es que no tengo cuerpo para nada. Menudo día. Y no te digo lo del autobús de los niños, que esa es otra.

-Pero cómo Julián ni Julián -dice Julián-. ¡Me cago en la sombra de un farol! ¿Es que estamos locos en este país, o qué otra posibilidad hay?

-No, qué va –responde Eduardo-, pero a ti, aunque mantienes la careta, el ventilador te ha levantado el paño del dedo índice señalando al frente, el pulgar hacia arriba y el resto de los dedos recogidos hacia abajo, en plan soporte de un arma intimidatoria antes de su destape. Siéntate anda, que he reconocido el reloj amarillo de tu muñeca, regalo de tu primo por tu santo.

-¡Yo así es que no puedo! –dice Julián abatido, mientras se deja caer en el asiento, junto a Eduardo y se quita la careta-. No llevo encima el protocolo previsto porque ese estudio lo realizó Jorge Jesús ayer y él tiene el borrador. Ni sé lo que se lleva uno sin resistencia en estos casos ni llevo justificantes de atraco encima.

-A mí con un papelito diciendo el importe me sobra para los del seguro. Ellos saben que no voy a inflar las cantidades.

Julián se levanta y abre la caja registradora. Separa los billetes y, una vez repasada la suma, apunta con dificultad el total en un papel: un 43 y dos ceros.

-Que no es nada personal, don Eduardo, es para un regalo.

-Para un reloj, supongo, ¿no?, si es que los jóvenes sois transparentes. Lo malo es que tenga que cerrar.

Antes de salir con el botín, entran dos atracadores que empujan a Eduardo y Julián hasta el mostrador y vacían las monedas de la caja en una bolsa sin preocuparse de nada.

-Lo de atracarle a usted va de pantalla, viejo –dice uno de ellos bajo un pasamontañas-. Desde aquí controlaremos la situación hasta que nuestro compañero arregle el pinchazo en la rueda del autobús escolar que hemos robado esta mañana para el gran golpe.

Eduardo, con un suave golpe en la base de la culata, desarma al atracador y apunta al segundo, que se sienta temblando. Hasta ahí podíamos llegar, piensa el estanquero, aguantar a los que han robado el transporte escolar de sus niños, provocándole un día de demonios. Aún se siente pesado el estómago.

Llegan los de la policía y los del seguro, que se llevan las pruebas de lo robado. Julián se despide con un abrazo de Eduardo, que le da una cajita cerrada. Dentro, hay un reloj con correa verde fulminante, para su novia.

A las dos semanas, Eduardo recibe una transferencia de 4.300 euros en su cuenta en concepto de indemnización. Hace cálculos rápidos y no es muy distinto de lo que suponen los atracos de sus parados en los seis últimos meses. No se siente estafador de la compañía de seguros y cierra el establecimiento hasta el día siguiente, después de tirar el cartel de “Se cierra por exceso de atracos y atracones”. Hará dieta.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXXIX).

2010/10/09

Tonterías.

 

-Paso de oírlas y de decirlas.

Este era el comentario de uno de los personajes de la película “El talento de Mr. Ripley”, un detective que llegaba a Venecia para intentar descubrir al responsable de un crimen.

Me gusta esa frase. Y no la confundo, procuro no hacerlo nunca, con quien da la vuelta con ingenio a un comentario o a un acontecimiento, ya sea trascendente o nimio. Quien traduce o trastoca con gracia, con ingenio, lo hace si le da la gana, no cuando le parece oportuno. Puede ser pesado, pero no es tonto. Procura no interrumpir, no ofender, pero no espera más atención que la que un grupo presta de forma espontánea.

El que dice tonterías para agradar sufre antes, mientras las dice y también después de decirlas.

Pero, es inevitable, nos puede pasar a todos. Por más que nos propongamos ir por la vida como filósofos que vierten ideas nuevas, frescas y enriquecedoras, nuestras conversaciones se nutren de las mismas y cansinas tonterías en la mayoría de las reuniones que hacemos con los amigos. Y no digamos si el alcohol se mete como catalizador –y único- de esas reuniones.

Quizá en otros países el sentido del constante humor chabacano e hiriente (un gran componente del nuestro) sea menos exigente. Quizá en esos sitios no sea obligatorio el intercalar un chiste de modo obligatorio, o un cotilleo que resalte un defecto –en general evidente, así que no es necesario resaltarlo- de alguien que pasa por allí y no puede defenderse.

En general, me da que la tontería es una petición de atención. La broma, en cambio, es de gilipollas porque necesita una víctima, y el chiste tiene más opciones de demostrar –y compartir- una chispa de inteligencia.

Ahora bien: estas consideraciones se vienen abajo cuando no impregnamos sentido del humor al tratar un problema de importancia, una cuestión donde hay que ponerse a trabajar duro, ayudar, colaborar, etc. Es poco frecuente ver trabajar con alegría en cada tramo de la jornada. Lo mismo pasa con los momentos duros de una enfermedad. Aquí es donde expreso admiración profunda por quienes apoyan con un abrazo, su ayuda para curarse y su tiempo. Pero, curiosamente, no para decir tonterías.

Es de esas personas de las que quiero aprender: de las que pasan de las tonterías, de oírlas y de decirlas.

 

Pasen todos ustedes muy buenos días.