Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLVI).

2010/11/27

Llover en Sevilla.

 

Le gusta ser inesperada. Te moja sin tocarte o te golpea a chorros. Nada de términos medios. Juega a tomar el Sol en medio de las calles con gente desprevenida, y pone el suelo brillante y el aire limpio. Es uno de los grandes regalos: el aire de Sevilla recién lavado de lluvia.

No es gran amiga del frío. O uno o la otra, se dicen, para no molestarse. Hay que entenderlos. Con las gotas frías por la espalda corretean por las calles gentes de muchos años, mientras que el frío parece agarrarnos por la solapa y movernos despacio, haciéndonos ver lo largas que son las calles de siempre cuando se quedan frías.

Llover en Sevilla es furibundo a eso de las tres de la tarde, porque el Aljarafe ha revuelto las nubes que venían de paso desde Huelva y antes de entrar en Sevilla algún malage le ha enfriado el ánimo y las ha hecho llorar. Resulta que sí, que hay gente para todo.

Que los desagües desagüen un poquito mejor, pues hay que pedirlo, para que el agua no se encharque ni se pudra. Aquí nos gusta vivir de paso y que no se estanque ninguna idea y acabe siendo aburrida. Que haga lo mismo el agua, después de caer desde tan lejos.

Llover en Sevilla es pretexto para mirar un poquito hacia arriba. A ver quién anda por allí, qué nos cuenta y qué planes tiene. Y si no sabe nada que cante, aunque lo haga mal y llueva.

Está lo de correr a por la ropa tendida que no recogimos al mediodía, tan bueno que se creía que iba a ser entero. Y acabar dejándola en los cordeles, porque va a oler mejor que encerrada en casa. Ya se entenderá otra vez el viento con la ropa limpia para dejarse meter por medio y refregarse, no sólo con las toallas y las camisas.

Y es que llover en Sevilla da mucho que soñar y que hablar.

Las nubes de hoy me han traído agua por dentro de los zapatos antes que mojarme la cara. He supuesto que era la única forma segura de que viniera a conocer mi casa. Me he echado una toalla por la cabeza por costumbre, sin darme cuenta; pero no he puesto los zapatos a secar.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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CHARLA MÍSTICA INFORMAL.

2010/11/24

¡LaVihen!

Tras el martillazo en el dedo, era lógico que dijera algo así. Pero no esperaba que se le apareciera allí, en el garach, (lo pronuncia así porque estuvo en Puerto Rico tres días por vender más seguros que nadie). De entrada le deslumbra y le dice que no está Ella para que la invoquen sin un motivo serio. Trata él de calmarla y le propone un ratito de charla, si no tiene nada mejor ni más urgente que hacer. Accede.

-Mire usted (esa confianza piadosa popularota del pueblo no le parece conveniente de entrada) sin dogmas ¿de acuerdo? Sin dogmas, concede.

-Pues verá, que digo yo que lo primero es que si Dios es tres, pero que por ser El-que-man-da-en-to-do, y yo transijo (en un plano como de creyente/estudioso, ver si me comprende), explíqueme cómo nos vamos a entender si usted, sólo en Andalucía, es miles.

-Mira muchacho (comprende mi mayor facilidad para tutearte) (acepto, siga), cuestión de utilidades. Y puede que me explique:

Allá por Huelva, con una humedad relativa superior al 80%, en esas mañanitas que si no te pones algo coges un resfriado, no me voy a llamar de la Condensación, digo yo. Lo del Rocío es breve, elegante, y describe esa cosa bonita de algo que cae del Cielo de forma suave, sin que se note como empieza, pero dejando un suelo que brilla.

-Oiga, esto lo trae usted preparado.

-Se hace lo que se puede. Son muchos martillazos.

-Está bien el principio. Le rogaría algún otro ejemplo.

-Pues está lo del Rosario, en Cádiz. Resulta que allí tuvo mi hijo un detallito precioso, que no necesitaba mucho tiempo: Cuentan que el camino para ir a curar a un niño estaba lleno de espinas. Vi el plan que había y le dije a un médico que podía ir descalzo. No lo pensó y anduvo sobre rosas hasta la camita del niño. Comprenderás que no me conozcan allí por la de Urgencias 24 Horas o Mutua Gaditana.

-Me da usted un momentito, que se me ha metido algo en un ojo…

-Ya, ya, aquí con las herramientas…

-Justamente, siga, siga usted, que le sigo.

-Nos vamos ahora, y comprendo que es un buen salto, a lo de Pilar, allí en Zaragoza. Si esos amables lugareños y yo nos vemos en un peñasco que resulta después que les hace el avío para un buen edificio, mira, un mínimo sentido estético, por favor: A ver si por cuestiones arquitectónicas vas a querer que me llamen Virgen de la Estructura o del Basamento.

-No, si yo lo voy pillando, pero no me diga usted que esto parece serio.

-Ya, pero sí se acepta que la milla y el metro han convivido midiendo lo mismo ¿no? Pues vamos a lo que vamos. Y siento dejarte, pero el móvil está atascadito de mensajes.

-Ea, pues vaya usted con Dios.

-No te quepa duda. Y ojito con los martillos, hijo, que hay unos guantes que son el ABC de la protección laboral.

Pequeño fogonazo, sin grandes aspavientos. Desaparece.

Se mira el dedo. No le duele nada. Sonríe agradecido.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLV)

2010/11/20

¿De qué hablamos si decimos ser humano?

 

La palabra esa de tres letras, la ser, ¿es verbo o es sustantivo etéreo, metafísico, etc.?

Según sea una u otra, es estar clasificado como objeto o concepto, o es una forma de comportarse, a la que aludimos como si estuviera marcado el modelo a seguir.

Ser humano, según algún que otro diccionario, se definirá el portador de características únicas, irrepetibles e insustituibles, que lo diferencian del resto de especies existentes… está al principio, en la Wikipedia. Y dice lo que diría un especialista en seres vivos, poniéndonos bien en su lista de bichos, dada la cantidad de cosas que sabemos hacer.

Pero ser humano, del verbo, al comportarse, elegir o decidir es bien distinto.

Ahí está donde nos definimos: en qué hacemos con lo que dada nuestra definición podemos disfrutar o destruir. Y yo hoy me hundo al considerar la última faceta.

Destruir el planeta, los sentimientos solidarios, los valores…

¿Será la prisa por alcanzar el mundo eterno? En caso afirmativo, ruego a los que así piensen que se vayan cuanto antes y nos dejen aquí a los que no tenemos ni sentimos necesidades ultra terrenales. Resulta increíble lo que tienen que gastar y derrochar muchas personas, y ahora supongo que será por el poco tiempo de vida terrícola que piensan que les quedan, sobre todo en comparación con lo eterno.

Aquí lo que vale es la dignidad, señoras y señores.

Lo demás se esfuma, incluido el dinero. O se corroe, incluidos los grandes bólidos de dieciséis válvulas.

Pero un gesto digno se valora desde cualquier posición, tanto de quien lo respeta como de quien no.

Desde la primera de las decisiones, la más trivial, hasta la que decide qué país es invadido, la medida de la humanidad de dicha decisión la da la dignidad. No hemos inventado nada mejor para poder mantener una mirada.

Desde el momento en que un padre no fabrica un monstruo atendiendo la llamada de su hijo a establecer fronteras entre lo chungo y lo bello, hemos creado dignidad. Porque el sentido común habrá definido sin palabras el ser humano y al ser humano. Los dos aspectos quedarán aclarados y la autoridad de la justicia, por encima de la mala aplicación de las leyes por diarios juicios tramposos, establecerá con claridad qué debe hacer y qué no una persona para ser humano y ser un ser humano. Valga el juego de palabras.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


TRILOGÍA NOSTÁLGICA.

2010/11/13

Tarde, muy tarde.

Dejé pasar la vida y nadie me avisó.

Tuve un amor de verdad y esperé a perderlo -esto sé que no es original- para decir lo bueno que era. También hubo amigos en mi vida, hasta que los cansé. No eran dioses, como yo solía pedirles.

Es cierto que antes de hacer daño me detuve, pero no siempre defendí a quien pondría mi cara en peligro. Salvo cuando temí que mis niñas sufrieran. Sí, seguro que sí: no mienten cuando dicen que te la jugarías por tus hijos. Pero eso puede ser más instinto que otra cosa, ¿no? y ellas ya se fueron a no dejar pasar sus vidas como hice yo. Vienen a verme, pero no esperan siempre una sonrisa mía. Tan sólo ven la mirada del que implora un sitio en el mundo. Un lugar para jugar con mis tiempos, suponiendo que todavía siga vivo cuando, definitivamente, decida intentarlo. ¿Intentar qué? Ah, sí, vivir, vivir de una vez.

Olvidarte me cuesta tanto.

Siempre te echaré de menos. Cada día derroto a un día más que viene dispuesto a llevarse tu recuerdo, pero que no puede conmigo. No necesito fotos tuyas, nunca las hice, por eso los años no saben cómo luchar contra tu imagen. Además, inventé a tu alrededor un castillo de naipes que vuelve a construirse después del más feroz huracán que pueda mandar el olvido. Ni siquiera el orden de la cordura consiguió destronarte de mis sueños, envolviendo pesadillas llenas de lo que podría haber sido de mí a tu lado.

Después tuve suerte: fui feliz, aprendí a querer y fabriqué un personaje con mi mismo nombre, aunque con distinta mirada, para proteger mi corazón contra el dolor de no haberte acariciado jamás.

No voy a tirar la llave de esa puerta invisible que, cuando menos lo presiento, se abre para verte donde estás siempre: junto a un mar, lejana y cerca, con un murmullo de olas que van y vienen. Como tú a mi mente. Hasta la próxima, sin avisar. Allí, dormido o despierto, no lo sé, soñaré con ir a buscarte.

Tanto tiempo que, al final, por fin, el fin.

Hace tanto que me enamoré de ti, que ni las fechas me importan ni los cumpleaños los cumplo. Sé que el tiempo se ha pasado por mi vida a dejarme canas, me lo dijo mi espejo sin que yo le preguntara. A él no le cuento las cosas importantes y se limita a recordarme quién soy de vez en cuando. Está claro que me he vuelto loco de nostalgia, de distancia y de sueños en formato de cine, con esa maldita manía de directores modernos con películas de finales abiertos, que en realidad dejan al héroe sin la chica. Estoy loco de amor, me dijo un día mi amigo sin título de psiquiatra, pero con experiencia. Y aunque me dijo también que su obligación como consejero era intentar que te olvidara, como amigo me informaba de cómo estás de guapa cuando se para a tu lado.

Creo que intentaré hacerme viejo más de prisa, para sufrir menos. Sigue tú tan linda como me cuenta mi amigo cada día desde que se casó contigo. Y tira esta cartita, que no se autodestruirá, como mi corazón, como yo, en poco tiempo.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLIV).

2010/11/13

LO QUE QUERÍA DECIR…

 

Van seis billones de repeticiones de la frase del título. Por eso hablamos de ella hoy. Aquí. Esta expresión viene precedida de una barbaridad, su respuesta de estupefacción –un corte, en términos urbanos- o de una reacción negativa –un cabreo, en términos urbanos-.

Y ahora las explicaciones…

Si no hubiera palabras, si las ideas y las intenciones, con sus matices, se transmitieran puras por el aire como las ondas del Internet, puede que hubiera menos broncas y muchas menos mentiras. Pero no es así: dependemos de lo que articulamos y pronunciamos, sonidos que, una vez emitidos, son nuestra responsabilidad. Y seguirán siendo nuestros.

Hasta aquí, para demostrar que nada de que las palabras se las lleve el viento. Que no se cumplan las promesas que contenían no es culpa suya. Pero las palabras nos han delatado y dicen quienes somos desde antes de darles vida.

Normalmente es el miedo a cómo encajan lo que hace que pronunciemos alguna que otra sobrante.

Otras veces, es la prisa, la ignorancia preñada de audacia o la simple gana de dejar callado a alguien que nos consta es menos audaz, aunque igual de ignorante.

Yo les temo a las que salen por culpa de un silencio. El silencio nos parece incómodo y hay que llenarlo, porque sí, de palabras. Aunque no digan nada. O peor, aunque digan lo contrario o algo muy distinto de lo que pensamos.

No es fácil.

He oído hace poco una historia terrible, provocada por un comentario sin mala intención de personas que tenían que cargar con un cadáver y se refirieron a él como “esta gorda”. Los familiares estaban por allí cerca y se sintieron ofendidos y llamaron la atención a los auxiliares llenos de rabia.

Independientemente de la situación, triste e innecesaria, la cuestión es que esas palabras delataban rutina, cansancio, o necesidad real de ayuda por el peso. Lo cual, entre colegas de trabajo, puede ser usual. Pero es un caso claro donde el silencio era la mejor de las opciones.

Otras veces he sido testigo de cómo se ha criticado un vestido en un escaparate, por la simple razón de su –según la que hablaba- mal gusto en forma y colores. Además del bajo precio, etc. A su lado, vestida con un modelo del mismo vestido, una amiga recién llegada se indignaba y acababa su protesta en un llanto. Como un rayo, viendo su metedura de pata, la crítica en moda intentaba un “lo que he querido decir…” con bastante poco éxito.

El ejemplo final es mi amigo Manolo. En su casa lo suyo es de todos, pero no admite respuestas como “a mí me da igual” cuando pregunta ¿huevo frito o tortilla? y, al que da esa respuesta, no le pone nada en el plato. Como le da igual…

En definitiva, ¿medir mejor lo que vamos a decir para callar lo que no sirve para nada?, ¿pensar más despacio para no soltar lo que está mejor si no se dice?

Dicen que ser sincero va más allá de decir lo que se piensa y lo identifican con decir lo más correcto. Me parece bien. Pongámonos a ello, hartos ya de rectificar, cansados ya de no saber pedir disculpas y aburridos de oír que lo que quería decir era… porque ya, seguro, se ha dicho más de seis billones de veces (6.000.000.000.000 veces para los residentes en América).

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLIII).

2010/11/06

Recursos.

 

Creo recordar que hay para todos, oficialmente, desde hace más de cincuenta años. De lo básico, es decir de lo que da dignidad al ser humano: Alimentación, higiene, casa y cultura.

Y la pregunta siempre será la misma. ¿A cuánto estoy yo-persona y yo-mundo con recursos, dispuesto a renunciar?

Me resulta difícil hacer una cadena de razonamiento breve y clara. Pero allá que voy:

Si bajan los precios, tendrán que bajar los salarios. Si bajan los salarios, baja el consumo. Si baja el consumo, cierran las fábricas… así hasta que me estampe contra alguna verdad canalla o alguien me pare. No sé qué me da más miedo.

El capitalismo se basa en que muchos aguanten los palos. Si fuera un sistema con un mínimo de justicia como punto de partida, acabaríamos todos los ciudadanos del planeta con la misma capacidad de riqueza. ¿Es esta la gran amenaza? ¿Vive el ser humano exclusivamente para tener a quien despreciar o pero aún, a quien compadecer?

Qué preguntas tan ingenuas, ¿verdad?

Los recursos naturales ¿son de todos, o de quien llega antes y pone sus guardias para que nadie se acerque?

Los recursos financieros los hemos inventado, en un juego diabólico, como si fueran de verdad, como si los papelitos de las acciones nos hicieran más guapos que los que sólo pueden esperar las migajas.

Después están los recursos humanos. Se manejan para empujar a la policía del adversario y se comentan después en el periódico del aliado.

O bien, se controlan mediante guerras en las que por poco, a veces al límite, se nos queda material militar a puntito de caducar.

Esto es complicado. Tengo que volver a la pregunta del segundo párrafo. ¿Por qué escribo con ordenador en primer curso de enseñanza secundaria y veo a través de él a un niño muriéndose de hambre?

Qué pregunta tan ingenua, aburrida, demagógica, simplona… ¿verdad?

Los que nos concedemos alma deberíamos ponerla en acabar de una vez, en un mes, con la pobreza extrema. Sin tener que andar haciendo tómbolas ni campañas con gente famosa. A las bravas.

Ya está bien de venderles armas caducadas y programas de ordenador para las clases dirigentes que guardan para los amos los recursos de sus países como perros guardianes, para que los nativos no puedan acercarse a disfrutarlos.

Y sin poder recurrir a nadie. Porque nadie les oye.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.