Último día.

2010/12/31

Ayer lunes, como siempre, llegué tarde a la estación de bomberos donde he trabajado durante los últimos veinte años y me la encontré ardiendo por los cuatro costados. En medio del tumulto que provocaba el humo, el jefe del puesto, don Andrés Garduño, me llamó para decirme que estaba despedido y que colaborara en lo que pudiera. “¿Por ese orden?”, pensé.

Yo soy un hombre que no se niega a echar una mano, pero, antes de ponerme el casco y coger una manguera, le agarré por una manga y le pregunté a qué hora era oficial la finalización de mi contrato.

Me pidió que le ayudara a ponerse una careta antigas y me respondió que el papeleo de “lo mío” lo llevaba la secretaria, precisamente quien, con su manía de fumar por todo el recinto, había provocado dos de los tres focos del incendio que, según veíamos, en ese momento crecía devorando la sección de ropa blanca, toallas en su mayoría, después de haberse zampado el departamento de administración.

Esquivando una columna de madera recia ardiendo que nos separó, le pregunté a gritos a don Andrés si él creía que mi cese era para antes o para después de haberse iniciado la jornada laboral. Y es que no es lo mismo.

Don Andrés, dando por perdidas sus botas pegadas al suelo bajo otra columna llameante, me dijo que para él lo lógico era largarme después de arrimar el hombro.

-Menudo zorro viejo es usted, -le dije dándole un codazo que le desplazó lo justo para no recibir una bombona de gas nueva que, como un obús, pasó entre nosotros y salió a la calle limpiamente, sin romper ni un solo cristal de nuestras instalaciones.

-Mira, hijo, -me dijo- lo prudente es ayudar ahora y pedir cuentas después, ¿no te parece?

Yo no hacía más que echar cuentas y buscar mi bolsa de la ropa. Estaba seguro de haberme dejado el móvil dentro. En cuanto la bolsa me cayó en la cabeza, pude comprobarlo y lo puse a cargar.

Dos de mis compañeros, acostumbrados a ser los primeros en bajar ante el toque de la sirena, fueron los primeros en acercarse en cuanto me vieron. Supuse que sabrían algo de lo de mi finiquito y, como me debían dinero, saqué mi libreta para sumar la cuenta de cada uno. Como vi que además sus pantalones ardían con llamas de un rojo más intenso que el de nuestro uniforme, les dije que no importaba, que lo primero era lo primero y que ya echarían cálculos más tarde.

Uno de ellos consiguió quitarme de la bolsa una botella de zumo de naranja recién exprimido el día anterior y derramarlo sobre él y el otro, hasta eliminar las llamas. Un momento después, me pidieron que rompiera un cristal de acceso a una manguera.

-Sí, hombre, de lo poquito que queda sano en el edificio y que lo rompa –les dije-. Hoy, precisamente hoy, que me voy de aquí, para que acabe yo pagando la cantidad de destrozos que se han producido.

Corriendo con un único tacón, pasó la secretaria de un extremo a otro y se tiró por la ventana. Los presentes, una vez que la mujer había conseguido bajar sin quemarse los dos pisos del edificio, consideramos una tontería que se tirara por la ventana del piso bajo, que daba al patio interior sin salida, el sitio donde se estaban tirando los trozos que aún ardían para que no molestaran. Tanto es así, que volvió a entrar por la puerta, renqueando sobre su único tacón.

En cuanto me acordé de que llevaba encima la llave de la manguera, abrí sin dificultad la puerta sin bisagras de cristal que cayó hecha añicos al suelo y repartí agua a presión a diestro y siniestro. Un tal Miguelito Torres, de los más veteranos y delgados, recibió un impulso enorme en su culo mientras bajaba por la barra esa tan cinematográfica de los bomberos y volvió impulsado hacia arriba. Le pedí disculpas y solté la manguera porque mi mujer me llamaba por el móvil.

-Que tengas cuidado, Jorge, -me dijo a gritos- que acabo de oír en el periódico que tu trabajo se quema de dentro hacia afuera, que eso es un infierno, y que un incompetente está liando más que arreglando el estropicio que la imbécil de la secretaria ha montado por fumar. Avísame cuando llegues al trabajo y me lo cuentas todo con detalle, que aquí en la peluquería no me dejan de acosar a preguntas.

No me dio tiempo a responderle y desvié la manguera para no ahogar a quienes intentaban sacar los coches de la nave donde se guardaban repletos de gasolina.

Cuando vi que no quedaba techo por el que preocuparse, le di la manguera a la secretaria, persona que goza de toda mi confianza, y volví a donde don Andrés, que intentaba sin éxito ponerse un casco encima de otro que ya llevaba puesto. Se le veía nervioso y le di un hacha y un martillo para que rompiera algo y se desahogara.

El hombre la emprendió con el mercedes nuevo del director técnico, don Luis Buitrago, que, comprendiendo el estado de nervios en el que se encontraba su subordinado, sacó un revólver y si llega a traer las gafas tenemos una desgracia.

Cuando, sin bajas, se vació el cargador, vi mi oportunidad.

-Don Luis, que me han echado ustedes de mi trabajo y querría yo saber si este fin de semana cuenta o no para mi jubilación. Que no será el momento, pero se cotiza hoy a lo loco y no veo claro cuánto cogeré con los años que llevo de servicio.

Mientra apagaba con su chaqueta de cachemir los rescoldos de su asiento delantero, tapizado en piel de guepardo, don Luis me mandó a la Seguridad Social, al Congo y a un par de sitios más en una sola frase. Con su pelo chamuscado daba miedo verle. Y todo por usar pelucas de pelo de camello, mucho más combustibles.

El fuego, entretanto, seguía mandando en el cuartel, con la secretaria cabalgando sobre una serpiente loca en forma de manguera. Las revistas verdes de los ratos libres aparecieron después de una pequeña explosión de los envases de espuma de afeitar, y sus imágenes se expandieron por la nave principal, demostrando lo calientes que están los bomberos en todo momento, dije, pero nadie me rió la gracia.

Con el edificio a punto de derrumbarse, la secretaria apareció de nuevo por allí buscando sus gafas y su bolso. Y lo increíble es que aparecieron las dos cosas, aunque perdió la mayor parte de su pelo. Después, se cogió del brazo de su amante, don Luis, haciendo juego.

Ya con el tejado en el suelo, confundidos en uno solo los dos pisos y la planta baja del cuartel de bomberos, sonó mi móvil de nuevo:

-Cariño, que ya me he enterado de todo en varias versiones. Que si uno que se jubilaba ha resultado ser quien, con la ayuda de la secretaria, ha decidido echar abajo el cuartel quemándolo todo. No veas la guasa con eso de la cuchara de palo y el herrero que se traen por aquí. No te olvides de comprar el pan. Adiós, hasta luego.

Mientras unos policías tomaban declaración a quienes se encontraban por medio, saqué una petaquita de orujo que guardo para las grandes ocasiones y se la pasé a la secretaria, sentada a mi lado, quien ni corta ni perezosa se bebió de un trago el contenido. Se cogió un coma etílico instantáneo y la tuve que coger en brazos. No pesaba mucho, no noté yo mucha chicha en la muchacha. Al salir por el marco de la puerta principal del garaje, lo único en pie del lugar porque nunca tuvo techo, golpeé con la rodilla de la secretaria en la nariz a don Luis, que cayó hacia atrás. También me lo eché al hombro sin que diera en el suelo, y nada más llegar la televisión la primera imagen que tomó fue la del rescate tan heroico que hice del personal del cuartel.

Me ha quedado una paga doble por heroísmo más un complemento por haber trabajado cuando ya habían firmado que me largara el viernes pasado, que incluía tres días pagados como horas extras para que no volviera por allí. Y un diploma.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CL).

2010/12/25

En los portales.

 

Antes de llegar a la casa donde nos invitan, nos sometemos a un proceso final de acicalado, repaso de arrugas de ropa, repeinado de flequillos rebeldes y configuración dermatológica de la sonrisa.

Con eso tratamos de entregar nuestra mejor cara a quien nos abre la puerta.

Porque la cara es el reflejo del alma y queremos que no se nos vea como desalmados.

Esos gestos de puesta a punto los comenzamos en el portal, después de haber pulsado el timbre, mientras oímos los pasos de los que viven dentro. Una vez nos abren, hacemos estallar la alegría contenida y elevamos al máximo la alegría que nos supone vernos, aunque haga poco tiempo desde que eso ocurrió por última vez.

Hace no demasiado tiempo, el sexo tenía tal déficit en los cuerpos que la duración del paseo de una tarde suponía sufrir y gozar la preparación conjunta de una despedida en un portal, allí donde los novios se envalentonaban in extremis y la promesa de una pasión quedaba sellada.

Era el dulce encanto de lo prohibido y el portal era la cueva de los aventureros.

Era el portal el escenario propicio para sentir la proximidad del ángel exterminador, en forma de padre tronante para lo que él había hecho igual antes, o simple persona desparejada que gozaba en la sorpresa e indefensión de los amantes.

Era el portal el pequeño refugio donde se abrían febriles cartas de amor enviadas por jóvenes soldados desde un campamento lleno de soledades. El cartero llevaba enarbolada la carta repleta de frases incandescentes que no debían llegar a otro destino que el de la novia, sin ser interceptada por madres que ya habían leído las suyas antes. Era el portal esa zona neutra de confidencias entre amigas que hoy sólo hablan por móviles o la quema de los primeros cigarros que hoy están penalizados por la ley y sustituidos por alcohol a borbotones en campos de concentración etílica.

En su día, con las calles desiertas de coches, los portales eran porterías de fútbol transitorias, que duraban el tiempo del primer balonazo que sonaba como un ariete en la puerta y desataba la huída masiva del chiquillerío hacia otro portal.

En los días en que la lluvia nos cogía en una calle, los portales se llenaban de niños que daban asilo temporal a los de la calle de al lado. Y mientras escampaba, se realizaban las grandes transacciones de trompos y canicas donde hoy se acumulan los restos de miles de videoconsolas abandonadas al primer fallo de chip.

En su momento, el portal fue refugio de quien huía de maleantes o policías, indistintamente, pues el cobijo no se lo negaba a nadie. Era el dulce encanto de lo perseguido.

Y, dicen, fue un portal quien acogió antes que cualquier posada a una niña mujer que parió a un chiquillo rodeado de animales para darle calor. Se convertiría así en un portal con categoría de muchas estrellas, digo yo. Lo dicho: en un portal.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLIX).

2010/12/18

Estado de bienestar.

A fin de cuentas, ¿no debería ser el objetivo de todos y cada uno de los países, tribus incluidas?

Es decir, ¿para qué se trabaja? ¿Sólo para crear riqueza con una distribución posterior ya preestablecida? Entonces, un mojón pa ellos. Sin más.

El progreso de un país, significa el éxito de la organización de muchos, la mayoría, para que la calidad de vida, el confort, la salud y la dignidad se extiendan. Si no es así, si no es este el objetivo final buscado, entonces otro mojón pa ellos.

Me dicen que, hace muy poco, algún dirigente chino le ha soltado a algún otro dirigente, pero europeo, que por aquí se ha recordado lo bien que se vivía cuando abundaban los esclavos. Mira tú qué bien.

Y es que el problema sigue siendo de planteamientos sencillos pero muy profundos: nos importa un bledo la situación de alarma de Haití, con la mierda literal que los extermina, porque por aquí no nos cuadran las anotaciones en cuenta del gran capital y los multisueldos de muchos cargos políticos inexplicables en su funcionalidad. Tampoco hay que ir muy lejos: las bolsas de pobreza se extienden alrededor de cualquier barriada donde viven los llamados nuestros.

La eficacia, la eficiencia, el modelo económico. Bien, aceptemos que tenía que reventar. Pero para todos. Porque resulta que jugando a esto del capitalismo liberal salvaje los que mueven los hilos, esos mercados sacralizados que no son sino tahúres de las divisas monetarias protegidos por los guardaespaldas y gurús de los bancos nacionales, ni se ahúman mientras que los damnificados se chamuscan y no se enteran de las reglas del juego.

Todo el mundo es jugador. Todos invertimos, ya sea tiempo, esfuerzo, ingenio o dinero. La vida en común es una inversión de juventud, de compromiso y de pasión. La diferencia es jugar o no con ventaja. Y ahí entra el teórico estado de bienestar, en la teórica y progresiva distribución de la riqueza, para cubrir las necesidades de los más débiles. Esto no es Esparta.

El problema se descarna no en su planteamiento, sino en sus mecanismos: el Estado de bienestar se desangra por un gasto excesivo, producto de una estructura bochornosa y politizada por y para los partidos, así como la prestación de ayudas a quienes no las necesitan, y estos dejan de crear riqueza ante la protección de Papá Estado.

Y, en éstas, el modelo liberal se arroga la totalidad de la autoridad moral: fuera vagos, fuera abusos. Pero todavía no les he oído decir Fuera sueldos blindados, fuera coches oficiales, fuera putas pagadas con visas de consejo de administración. Cuando pongan sobre la mesa los desmanes de los poderosos, sí cojones, sí, los de siempre, los que parten con ventaja, nos sentaremos a discutir en qué se puede reorganizar un estado de bienestar que busca, o debe buscar, proteger al débil. Y que la dignidad del ser humano esté por encima de la cotización del yen.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLVIII).

2010/12/11

Conexiones.

 

a) Las que te crees que existen y son mentira.

1.- Entre tú y tu mujer para el aspecto del salón: basta que entre y opine alguien que se dedique profesionalmente a la decoración para que, en cuanto se vaya, no haya que preocuparse de donde colocar tres o cuatro jarrones antiguos, de los que quizá la profesional habría tirado a la basura. Del resto, hay tema de discusión = bronca para el resto de la semana.

2.- La sonrisa que le has dedicado a la camarera del restaurante. Para una vez que vais, te pones melosón y abierto a sus sugerencias vinícolas cuando te pregunta qué vas a beber y muestras gran parte de los premolares dejándote aconsejar. A tu lado, tu mujer prepara la patada bajo la mesa. Para desconectar.

2.bis.- La sonrisa con que sale tu mujer del masajista que, aprovechando una promoción del gimnasio y por el mismo precio, ha extendido en un elevado porcentaje la zona de piel a recorrer por sus manos, alejándose de modo palpable del inicial tobillo previsto.

3.- Las discusiones sobre política con tus amigos. Basta que digas que no eres de ningún partido para que te asignen uno, según se dé el día, según se dé el cabreo que cada uno traiga de la semana y vierta con el primero que pique. Te llevas una sorpresa ideológica con quien menos te lo esperas. Tu alma gemela resulta ser uno “de ellos” cuando suelta lo de las obras públicas de tal y tal calle. Que se calle de una vez, piensan uno del otro.

 

b) Las que existen, latentes, y te creías olvidadas.

1.- Las feromónicas o como leches se llame a eso que sale de las miradas a los cuerpos en primavera y trincan las de la chavala que se cruza contigo en un semáforo. Duran un par de segundos y se completan con un vaho de perfume mezclado con el aire sin cabrear del amanecer. Ea, ya tienes un porcentaje menor de cabreo por ir a trabajar.

2.- El encuentro con un amigo olvidado en un hospital, al ir a visitar a otro que se ha lesionado o puesto enfermo. Estáis allí los tres, sin haber quedado por el móvil de los cojones.

3.- Ese detallito que ninguno esperaba del otro en el cumpleaños, después de una bronca en el restaurante la noche anterior. Esa cajita que llevaba comprada muchos días, que sabías que era para ti y que no quisiste profanar como los que entran a curiosear en las pirámides. Esa conexión es genial.

4.- Esa mirada de reconocimiento a la capacidad de tus hijos de decidir por sí mismos. Los quieres cobijar, pero sabiendo que das posada a un guerrero, no guarida a una comadreja muerta de miedo. Lo que quieres es abrirle la puerta a quien lucha por fabricar su criterio. Y sentirte orgulloso de eso cada vez que vienen a verte.

 

c) Otras: Seguro que las hay. Se admiten propuestas.

 

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXLVII).

2010/12/04

Cotillas y Tontipedias.

No mandan un “representante plenipotenciario, persona de gran conocimiento de lenguas y costumbres, que mantenga vivas las relaciones entre dos grandes países amigos”.

Nada de eso.

Mandan cotillas.

Hasta ahora no hemos sabido de qué color es la lencería de algunas primeras damas, pero es cuestión de tiempo. En cuanto se desclasifiquen las revistas del corazón que permanecen en algunos equipajes apresurados, pendientes de archivar, lo tendremos. Seguro que al final nos desencantará el resultado, que no hallaremos las verdaderas picardías y que de cada cuatrocientas mil prendas a lo más un par de ellas dirán algo de cómo se lo montan los mandatarios.

Mantener controlados a los que manejan el Poder Judicial, puede ser. Así no se mantiene tan dividido ni tan distante del político. Aunque puede que, al final, vuelva a interesarse más en fabricar informes relativos a cómo mantiene tal presidente tanto pelo en su cabeza. Hay secretos de lucha contra la calvicie que provocarían verdaderas guerras entre los aliados más aliados.

Se me ocurre que, por supuesto, contar con quién se junta la gente del gobierno del país, o con qué países más se quiere juntar. Pero queda al final en con quién ha podido tener un affaire tal ministrillo, y sobre eso el informe es demoledor.

No se dice gran cosa del gasto en coches, chóferes o prebendas. Ni de los folios y la tinta de impresora necesarios en configurar tanto papel desclasificado. Ni de las carpetas vacías ahora, que se quedarán deformadas, como las relaciones entre los que antes no contaban lo que hablaban en los lavabos, como era costumbre entre amigos. A partir de ahora, buenos días y buenas tardes y con detector de micrófonos.

Menudo montaje de cotillas y chafarderos.

Menudo chasco, tanto glamour para acabar contando chocheces de alcoba que no interesan a nadie.

El tontipedia ese, que seleccione, que aclare si el poder absoluto se distrae con las cabronadas que hace o las hace por otros motivos aún más siniestros que el simple beneficio económico, como siempre. Si se mete a cotillear por miedo a no mantener la hegemonía, o si se sigue creyendo el árbitro del planeta. Qué se yo.

El tontipedia debería haber ido más lejos: hasta el núcleo donde se planifican las invasiones en nombre de la libertad, un suponer.

Queremos chismes de primera clase. De ese nivel para abajo ya nos bastamos nosotros con nuestros programas de telebasura: van mucho más lejos y no pierden el tiempo en tonterías.

Tengan todos ustedes muy buenos días.