Reflexiones de un sábado por la mañana (CLIX).

2011/02/26

Escribir.

En principio, es contar cosas. No es fácil andar a gritos, subido en un taburete en medio de una plaza y ponerte venga que dale a propagar tus ideas. Ni siquiera hoy, metido en cadenas de televisión de máxima audiencia. En cambio, lo escrito, escrito queda.

Poner una idea en letras, palabras y frases es un gran riesgo del que, quien lo corre ,queda avisado pronto, aunque le haga maldito el caso. Las palabras rondan como un nido de pájaros alrededor de lo que se quiere expresar, y lo hacen muy por encima de lo que se querría decir, hablando y acompañado de gestos, giros de las manos y giros de las órbitas oculares, que hay quien pone su vida en dicho arte.

Dejar el sello de un párrafo para anunciar o denunciar, para citar o recordar, para proponer, lleva consigo el sello de la firma, ese ADN de propiedad que esclavizará más según el alcance, según quien lo haya leído.

Y según de qué bando, según están hoy las cosas, en tiempos revueltos para la verdad.

Quizá por eso estamos locos por leer ficción. Al menos te sientes seguro un tiempo, y en un espacio donde la comunicación de quien contó un relato o una fabulita es directa.

Después están los artículos de opinión, mazazos para volver a la realidad con la mayor lucidez, como si te gritaran por la calle y te zarandearan hasta que juraras haber conectado con la tesis del orador.

Y las editoriales, sentando cátedras aplastantes.

Echo en falta los romanceros. Los juglares llevaban dentro de la cabeza los textos, que recitaban junto a las imágenes donde fluía la historia. Y se ayudaban del juego de sus voces, capaces de hacer reír o meter miedo.

La magia de Internet, aún tan dedicada a propagar barbaridades, se decanta poco a poco por lo sublime del transportar palabras de modo instantáneo, y más aún, de modo continuo, el no va más.

Pero ningún medio se salva de la máxima máxima relativa a escribir: se es esclavo de lo que se deja escrito. Y se sigue siendo dueño de los silencios, traducido al folio en blanco, que siempre puede soñar con contener la más hermosa de las historias grabadas en él.

A escribir lo han definido como pasión, como enfermedad, como terapia (tan de moda), como desahogo, como obsesión.

Escribir es conectar, al menos una vez, dos cerebros. Uno que, como una estrella, lanzó luz al espacio en forma de fantasía. El otro que, puede que muchos años después, la recibiera con la misma intensidad con que fue creada. Algo que –insisto- sólo las grandes estrellas pueden hacer.

Por tanto, un privilegio.

Agradecería, a quien este pequeño soliloquio tuviera a bien haber leído, me comentara qué ha leído últimamente que le haya emocionado. Me bastan dos frases que lo resuman.

En cualquier caso, escrito queda: Tengan todos ustedes muy buenos días.


Bitácora de un monaguillo… sacristán.

2011/02/24

Me llamo Bernardo y actúo y oficio a diario en la iglesia parroquia de San Julepe, en Móstoles, con dos sesiones de lunes a sábado y tres los domingos. Dado el interés de lo que voy a relatar, ruego a quienes lean estas notas que tomen a su vez papel y folio donde recojan sus puntos de mayor relevancia y puedan así hacerme llegar sus comentarios constructivos.

Vivo aquí pero soy de Jerez. Aquí termina mi breve biografía, no hecha para aquellos que gustan de saber con cuántas mujeres he yacido o a quienes he dejado a deber más de ciento cincuenta mil dólares en efectivo. Lo de la legión lo olvidé hace tiempo.

Tras unos inicios prometedores con la campanilla en los momentos más intensos de las misas o el dominio absoluto del botafumeiro, mi trabajo bajó de intensidad en los años ochenta, fechas dadas a que cualquier cosa bajara de intensidad, acompañando al índice de natalidad. Fue un tiempo que aproveché para doctorarme en arquitectura y tener autoridad para repellar los bajos del patio, donde estaba claro que, con la dejadez secular, algún día iba a caerse un azulejo. O dos. Pero allí estaba yo, palustre en mano.

En cambio, llegar el mes de enero de mil novecientos noventa y elevarse la asistencia a las misas fue todo uno. Quizá tuvieran que ver los pasquines que me dediqué a echar por los buzones durante el día de Nochevieja del ochenta y nueve, en los que anunciaba alegremente un fin del mundo donde lo primero que pasaría es que se nos caerían los dientes, los calcetines y las pestañas. El miedo no es para utilizarlo a menudo, hay que saber dosificarlo. El efecto de una foto del párroco modificada por la aplicación fotoshop de cómo quedaríamos según las indicaciones del pasquín, fue un añadido fulminante. Aún no he confesado esta estrategia al citado párroco, don Pedro José, un buenazo.

Y es el devenir cotidiano a partir del nuevo milenio lo que vengo a contar aquí.

Bautizos: con agua de primerísima calidad, a temperatura de dieciocho grados centígrados. Según las preferencias de los padres, padrinos o incluso alguno con barba, se aplica el líquido y se humedece o se zambulle al sacramentado si grita mucho. A continuación, alegría, chocolate con churros y a esperar a que crezcan.

Confirmaciones: igual que en los hoteles, cobrando un 15% si no vienen en sus fechas.

Bodas: con magníficos descuentos para los que vienen sonriendo. Declaro como arma homicida algunas peinetas sobre pelos tiesos y horquillados, así como las cabezas de los niños de una altura propicia al choque desigual contra los camareros entre los bolsillos del pantalón del camarero. Durante años vengo probando añadir cepillos –cosidos con un leve pespunte- a la cola de la novia, dejando así como los chorros del oro el pasillo central y la entrada, que antes se ponía perdida de arroz. Antes de que se vayan, durante las fotos, confisco todos los cepillos, incluidos estos de limpiar.

Sepelios: sólo con causa justificada y certificado del médico. Más de uno ha querido alquilar la sacristía por lo fresquita en verano y le he tenido que decir que no, que si hace falta le ayudamos a buscar un pisito pequeño. Y es que tenemos la funeraria en la puerta de al lado y se vienen a echar la siesta aquí. En general, lloramos poco en el pueblo, debido no a la falta de sentimientos póstumos, sino a una conjuntivitis que pillamos el día de la inauguración de la piscina, donde nos bebimos el cloro y echamos a la pileta un líquido no inflamable en proporción de dos litros por cada uno de agua. Cantamos canciones serias y de mensaje con futuro, al mejor estilo eterno, con ideas vanguardistas sobre un Cielo acogedor, exento de impuestos y, como mucho, algún horario para las comidas. En esto, al principio renuente, el párroco aceptó mis ideas.

Extras.

Semana Santa: paños negros por todas partes, hasta para limpiar el polvo. Pañuelos oscuros, pestañas llenas de rímel, abanicos de azabache, dos capas de alquitrán de más en las calles… mostrar sólo las caries al sonreír. Aquí nos lo tomamos a pecho. La salida de los pasos, de noche, sin luz eléctrica, con una vela permitida para no estamparnos. Y poco más de concesiones a lo antitétrico. Y silencio, para lo cual la asociación de sordomudos se encarga de cargar a hombros los citados pasos para que, en caso de un pisotón, no se queje nadie en voz alta. Tras la recogida de las cofradías, con una trompetada en los oídos de alguien, que a su vez gritará, se rompe el hechizo y se pueden decir un máximo de seis palabras por persona y día hasta que llegue el domingo de resurrección. Yo vigilo el cumplimiento provisto de una estaca.

Navidades: guerra de polvorones que inicio yo personalmente desde el púlpito auxiliar o vicepúlpito. Me gusta lanzarlos a los escotes más amplios, los de estilo palabra de honor, y ver cómo la elegida tiene que barrer pronto lo espolvoreado tras el impacto para no sentirse picona a lo largo de todo el interior del vestido. Otro objetivo básico lo forman los calvos, cuyo aterrizaje lo grabo a cámara lenta, obteniendo unas imágenes de extraordinaria plasticidad que dan luego la vuelta al mundo. Al final, no escapo de la puntería de los jóvenes, que me obligan a batirme en retirada en busca de una sotana nueva para los oficios finales.

Es así de apasionante mi vida diaria, variada y rutinaria, lenta y vertiginosa a la vez, pero llena de siestas vividas con pasión, sentadas en los parques llenas de lecturas, partidas de dominó vividas hasta sus últimas consecuencias: pagar el cafelito.

Así soy, así os lo he contado.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLVIII).

2011/02/19

Palabra.

Es nuestra espada virtual, sonora o escrita: corta un razonamiento en trozos, lo comunica mal pegado y se propaga después con otras distintas, hasta que la idea se transforma, quizá, en la original, quizá en algo inesperado.

Si es de amor, pasa del fuego al agua fría cuando menos se piensa. La palabra rebosante de deseo no deja poso suficiente para evitar oír la palabra de olvido ni la del desprecio. Caben todas las palabras en el amor y todas duelen, desde la ansiosa para declararse y seducir, hasta la cobarde que no avisó del hartazgo, sino del adiós después de haberse ido.

“Palabra de honor”, “te doy mi palabra” decíamos de chicos, con solemnidad, entregando nuestro prestigio para hacer creer algo que no sabíamos si era o no cierto, pero sí defendible porque se empeñaba nuestro buen nombre.

“Palabra de Dios”, se han atrevido a decir más de unos cuantos en sus sermones.

“Tiene la palabra”, hemos oído cuando se espera la intervención de quien defiende su verdad en un turno de ataque a la verdad del otro.

“¡Palabrería, palabras huecas!”, decimos para vaciar las que nos lanzan y consiguen romper nuestros esquemas. Odiamos que nos desarbolen, nos crispa quien usa las palabras como agujas, que finas y precisas se nos clavan en el ánimo. Esas que, cuando dicen cosas que son verdad, sólo respondemos con “y tú más”, en lugar de callarnos.

“Paso palabra”, como dicen en un concurso, al no saber responder por ingenio o por nervios, y deberíamos decir en los momentos en que el sentido común no nos ata y hablamos por hablar.

Palabras sinceras, decimos, cuando nos vemos en la obligación de detallar los errores y defectos de los demás, porque somos así de valientes.

Palabras que se lleva el viento, llevándose “sin darnos cuenta” las promesas que pusimos en ellas.

Palabras escritas, rodeadas de firmas, que se dejan mojar en un papel hasta que la tinta se disuelve y ahoga el valor de la palabra que nos comprometía. Así parece menos deshonroso el faltar a una palabra dada, y todo queda en Buenas Palabras.

Palabras Mayores, que parecen que por su edad serán defendidas, pero se quedan igualmente en el aire y además deshinchadas.

No quiero que me tome la palabra, ni decir la última, ni cruzar palabras con quien no mantenga su palabra.

Así que ni una palabra más, esa que vale más que mil imágenes.

Tengan, en pocas palabras, todos ustedes muy buenos días.


Bitácora de un suicida no profesional.

2011/02/17

Primer acercamiento. Miércoles 16 de febrero de 2011.

A mí no me pone nadie más la cara colorada por llegar tarde a un concierto de música malaya post industrial, mi favorita. Me explico:

Yo le dije a Purita (Purita es mi secretaria/amante/gestora de inversiones, mi mano izquierda, porque soy zurdo) que tenía las entradas y que me esperara en la esquina de Conde Chaufendall con avenida Potolitos. Ella, entre interferencias y el masticado de su bollo con pasas de por las tardes, me dijo que MMffffdirmme, ñam, ñam y además que ffstockmemanchiocoñññiiio, ñam, ñam.

Yo entendí que sí.

Una vez aterido de frío, lluvia, viento, nieve y una meadita de un bulldog sin correa en mis botas de piel de ante, volví a llamar, pero la muy pérfida había apagado su móvil, así que me eché el sombrero al bolsillo y corrí como sólo puede hacerlo un heredero del duque de Montechasis, un servidor. Pero no fue bastante y, al sonreír mientras daba la entrada del teatro al bedel, éste me la devolvió jurándome que allí no entraba nadie hasta que terminara la pieza “Bechamel sin sal”, una de mis preferidas. Me quise morir y me subí para ello a una de las farolas más altas de nuestra ciudad, cercana al teatro, pero me resbalaba y volvía a bajar como un bombero, razón por la cual me lancé al río de espaldas. Un río duro con saña, recién helado desde la mañana de aquel infausto día. El bedel se rió de lo del río y yo me vine a casa desoladito en completo, dolido de la espalda y aplastado en mi moral después de un fallo tan grandísimo.

En un descanso de la obra, Purita me llamó diciendo que la entrada para ver Hamlet que le sobró al no aparecer yo, se la regaló a la señora de un bedel que aquel día tenía trabajo en la otra punta de la ciudad, acomodando a ocho espectadores que sí habían llegado a tiempo para la audición de una música rara. Le colgué sin recitarle nada, como hago otras veces.

Segundo asalto. Jueves, dieciséis de febrero de 2011.

Al llegar al trabajo, me propuse empezar de nuevo. Desde el principio de la mañana intenté no estar mohíno ni desabrido, pero devine al rato en un ser parco en palabras y con pinta de maorí despeinado. Aún así, después de dos reuniones para una campaña de decoración de almejas que nos ha encargado la Generalitat de Móstoles, me animé. Y ahí estuvo mi error: yo soy de darle libertad a mi grupo de creativos, pero al ver que formaban un frente único contra mi persona, menoscabando mi autoridad a base de grititos como “¡con el fucsia se te cascarán las cáscaras!” y otras similares, me vine abajo.

Purita, al verme, quiso abrazarme apasionadamente. De hecho, se quitó dos impermeables para hacerlo al estilo en el que a mí me tumba un poquito de espaldas, sin dejarme caer, y después me besa. Pues le hice una docena de mohines y, sin más explicación, me largué de la oficina para suicidarme en serio.

Esta vez quise un final menos traumático y solicité kilo y medio de píldoras contra el escorbuto en una farmacia cercana, que me hizo un buen precio. Las molí concienzudamente y me las puse en un folio para esnifarlas y acelerar el efecto mortal del preparado. Lo hice en pleno centro de la plaza Bisalapieza, dedicada al gran compositor Leroy Milteclas, a quien no paraban de pedir repeticiones de temas como “Ajajaján” o “¡Uy, si me llega a coger a mí!”, y otras tan gloriosas. El caso es que no conté con el viento, que en dos ráfagas dejó desierto mi papelón de química y anuló mi deseo de abandonar este mundo para siempre jamás.

Sin más ánimo que el suficiente para levantarme del banco de la plaza y no pisar dos de las tres mierdas de perro recién plantadas, me volví a casa, a llorar mi desventura.

Tercer intento. Viernes, diecisiete de febrero de 2011.

A mí lo de “cuenta nueva, año otro”, me parece un refrán vitalista. Después de haber dormido cerca de quince horas como un bendito, el día amaneció menos frío, hasta el punto de aparecer muchísima gente echada de menos en la ciudad según pasaba la máquina quitanieves.

De ahí que se me ocurriera una idea genial a mi forma de ver. En lugar de entrar por la puerta principal del estudio, llena de colgantes que tintinean como la campana de la catedral avisando de que viene alguien, lo hice (lo intenté) por la ventana del retrete que da al patio trasero del bar de Mellito, donde tomamos café. Allí me quedé atascado hasta que alguien abrió la ventana para disolver al viento los malos espíritus provocados por sus aspavientos postreros.

Al llegar sin el más mínimo factor sorpresa a mi favor, fui recibido con la pasión que algunos aficionados al fútbol dedican a sus esposas a partir de cuartos de final en un mundial. Quizá menos. Y yo, que venía pleno de entusiasmo y cargadito de ideas para el proyecto que mis subordinados ya habían entregado (y cobrado) al cliente, me quise morir allí mismo, en directo.

Me fui al enchufe que sé que funciona y quité el exprimidor, la tostadora, la depiladora común y la cinta de correr de Purita y metí los dos dedos del pie derecho en los dos agujeritos, sin que nadie, tras un par de mínimos avisos, pudiera evitarlo. A los veintitantos minutos de no obtener los resultados deseados, me puse el calcetín al revés y, preso de la ira, maldije a Edison. Antes de cruzar el umbral, Purita intentó besarme de nuevo, esta vez los dos en cuclillas, pero volví a rehusar su pasión. Por lo menos, como consuelo pude ver que alguien al pasar activó un interruptor no sé dónde y Jiménez Neredo, al volver a enchufar los electrodomésticos, se quedó sin pantalones ni gafas y sentado sobre mi subdirector de imagen fija tras la sacudida que recibió. Yo me fui también para morirme, pero con una sonrisa de oreja a oreja, porque Jiménez Neredo es un poca chicha de 3 al 4º, un tipo que trabaja contra mis ideas desde que nació.

Replanteamiento.

Dada la continua serie de fracasos, hoy sábado, que no trabajo, me he dedicado a revisar mi vida y los constantes intentos de abandonarla. Más allá de la falta de acierto, quizá por planes poco previsores, mal estudio de los medios o simple confabulación de los factores que rigen mi destino, lo cierto es que he decidido seguir con mi existencia, prolongar mi serie de latidos, seguir respirando energía, llevar a cabo proyectos, besar por fin a Purita…

-¡Aaaaaaaaaaaay, quitad esos escalones de en mediooooo!

¡Pototofff, Tof, top, top, top, Plaf, uunng!

-¡Cagüen el sijopú que ha tirado la cáscara, como si no resbalara ya bastante el hielo! ¡Ahí va, si eso que rueda es mi cerebro! ¡En fin, que no es cuando uno quiere, sino cuando a uno le toca!

-Pues bueno, ¡Vamos allá! ¡Ahí os quedáis! ¡Tened cuidaíto y abrigarse!


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLVII).

2011/02/12

Estadísticas.

De personas en paro, de no estar en la Gran Lista. ¿De no ser de los nuestros?

De niños sin casa, sin padres ni tutor. ¿De carne de cañón?

De niños con casa, sin padres. ¿Números desorbitados, no publicables?

De parejas separadas ¿rotas? (matrimonios, de hecho o que viven juntos) ¿Demostrando que cualquier sistema rígido se rompe antes que uno flexible?

De jóvenes perdidos, sin querer aprender de los programas de estudios. Que no quieren ser aprendices. Que saben buscarse su camino, contra el mundo entero, aunque les lleve al infierno a edades en las que hace años iban de la mano del padre, con quien no hablan porque no saben.

De los que no se dan del todo por vencidos, pero aún rechazan un primer empleo lejos de casa y para subsistir. ¿Desconfían siempre del futuro? ¿No piensan en mejorar?

De jóvenes con edad de adulto que sí han renunciado a iniciar un ciclo que incluya tener hijos y seguir con la antigua ruleta generacional. ¿Porque les coge ya mayores?

De espera para una plaza en residencias de viejos, para reunirse con más viejos realizando actividades enriquecedoras, quizá lo bastante lejos de los jóvenes.

¿Para qué las utilizamos?, ¿qué nos dice que el 14% de las niñas adolescentes dejan de estudiar, se quedan embarazadas y se malcasan o no? ¿Nos preocupa que uno de cada tres chiquillos estén gordos y no tengan agilidad ni salud?

¿Están muy contrastadas? ¿Se hacen con ganas? ¿Se escogen con rigor al azar?

Hay entrevistadores que rellenan por sí mismos las casillas que responden a hábitos de consumo, preferencias de programas… Me consta. Pero en cambio confío en las realizadas por el INE, si bien supongo que un cierto maquillaje institucional no desentona al presenciar los números del PIB, el IPC, o la madre que los parió.

La información que obtenemos es demasiada y parece lapidaria, es decir, inamovible: esto es lo que pasa y, como pasa, seguirá pasando.

Por tanto,

–Aceptemos los números de los muertos y heridos que van a darse en la carretera en el año 2011. ¿Nada de limitar la velocidad (estadísticamente culpable de la gran mayoría de los accidentes)?

–Aceptemos las cerca de ochenta mujeres víctimas mortales de sus parejas en España. ¿Nada de actuaciones inmediatas más allá de la orden de alejamiento? ¿Nada de prohibición de emisión de películas y programas muy violentos y con espectadores infantiles?

–Aceptemos los sueldos desproporcionados y los gastos indecentes de dineros públicos para placeres privados. ¿Ninguna aplicación informática para justificación inmediata de cada céntimo para los cargos con responsabilidad patrimonial?¿Nunca?

Creo que ya he enumerado alguna eso de: Verdades, Medias Verdades, Trolas, Embustes, Mentiras y… Estadísticas.

Si no son verdades absolutas, si son avisos, tengámoslas entonces algo más en cuenta.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLVI).

2011/02/05

Sentido del amor.

Reírse está muy bien, admiro el sentido del humor. Querer es todavía mejor.

Seguimos dando muchas vueltas al hecho de amar. La mayoría gira en torno a en qué postura vamos a embestir, con o sin caída previa del armario (perdón: desde el armario), o cuanto sentimos habernos perdido la sonrisa que la persona amada esgrimió entre las once y las once y cuarto de la mañana.

Que si el amor bucólico, el platánico (amor desinteresado de Canarias), el lejano, el pastoril, el amortajado… a ver quién se para a definir. Yo me pregunto para qué.

El sentido de querer, de amar, no tiene más base que cierta dosis de renuncia al egoísmo. Lo mires por donde lo mires, se trata de defender a quien te ha entregado su confianza y se ha puesto en tus manos. La Naturaleza nos dota del sentido protector para los hijos y los protegemos como leonas. Pero para mantener una relación de íntima complicidad hay que poner un ingrediente de verdad, no sólo de sinceridad, en cada uno de los momentos en que se convive. Está graciosísimo ser sincero a los cincuenta, aludiendo a la pérdida de belleza, olvidando la entrega que se hizo de un cuerpo joven. No hay que ser tan rancios.

Lo de los calentones, es cierto, nos engaña y nos frustra, porque no hay mayor verdad que, una vez cogido el tranquillo al sexo con sus aprendizajes, el cuerpo se nos va al asilo y se le estropean demasiados engranajes, vértebras incluidas. Es un gran desaliento no sentir el impulso que nos daba la sangre sin pedirlo. Pero no es sólo teoría: hay que saber (haber sabido) instaurar un andamiaje suficiente como para que una pareja no olvide que había siempre una pizca de magia en cada abrazo.

No pienso en una tristeza mayor que una pareja que juró mil veces quererse en directo, ahora, en diferido, deje abrirse entre los dos una zanja que llega al mismo infierno. Contra eso no hay más que luchar, por muy difícil que sea.

Como única arma nos queda el sentido del amor.

Como técnica, caminar juntos, esperando el que más corre al que va más lento, que nunca se sabe. Y, no olvidarlo nunca, morderse la lengua en esos pequeños pero sutiles momentos en que somos tan listos que nos lanzamos a poner en ridículo a nuestra pareja por un comentario más o menos equivocado. El sentido de la vergüenza ajena, por no tener ya a alguien lozano a nuestro lado, que nos ayude a apretar el bocado y no salga ninguna de esas frases despectivas, que dicen que renegamos de quien hace mucho jurábamos ser el sentido de nuestra vida.

No es tan complicado: es un poquito a poco, como se han hecho las cosas de verdad de toda la vida.

Practiquen a diario y nunca tendrán agujetas por querer de verdad a alguien y enamórense de quien el día anterior, sin ir más lejos, estaba, como siempre, a su lado. Y de su parte.

Tengan todos ustedes muy buenos días.