Rescate.

2011/03/31

Ricardo Newton Gento, nombrado general grandísimo de la OTAN, salió al escenario del teatro Tallares para explicar su estrategia de defensa conjunta al lado del presidente de la República de Mihitalandia con una sonrisa espeluznante, y tropezó con un pliegue de la alfombra del escenario. Él no era hombre que se definiera completamente de bulerías, pero sus brazos, para evitar rodar los ocho escalones hasta el público, giraron vertiginosamente en el aire y sin la menor duda con ese estilo, por lo él no perdió el equilibrio, si bien su reloj de acero y plata recién recogido como recuerdo de su ascenso salió disparado por los aires.

El reloj fue a caer limpiamente dentro de una taza de váter que por alguna razón estaba situado justo en la parte de detrás del escenario, junto a las cuerdas del telón y con la tapa levantada, en clara alusión a su sino fatal. No sólo no hubo aplausos, sino que, localizado el punto de caída, se produjo un silencio respetuoso en el que se buscaba promover un plan de rescate inmediato para la medida del tiempo.

Para ello se estudió, propuso y votó, con unanimidad absoluta, la reunión en comisión paritaria de los militares asistentes, escogidos de entre los mandos aliados y los anfitriones pertenecientes al ejército autóctono.

A las dos horas y treinta minutos, estaba claro que nadie iba a meter su mano por el hueco curvo y descendente del trono de porcelana para rescatar el cronómetro; hubo alguna idea –y muy atractiva e ingeniosa dado lo macizo de la correa metálica- pero, a pesar de su religión mayoritaria, no había imanes disponibles en el país.

A las tres horas se disolvió la comisión y, sin vislumbrar otra solución, se propuso y aceptó llegarse al quiosco a por dinamita suficiente como para hacer volar Oceanía. Y así se procedió.

Una vez conectados los temporizadores alrededor de la pieza de reluciente cerámica blanca, marca KgaT, el personal al completo fue evacuado sin esfuerzos ni apretones del teatro y provisto de chalecos blindados.

Un minuto antes de la hora prevista para la explosión, doña Agustina Borrallos Callaghan, directora de atrezzo del teatro, subió al escenario a recoger un pedido necesario para la próxima obra a representar en su local: Aire a presión, del dramaturgo genovés Giacomo Mafibra. Firmó un albarán, guardó una copia en un sobre para enviarlo al remitente y levantó con facilidad la pieza de cruel e indudable utilidad. En el suelo, antes de irse a guardar el mueble en el almacén, vio el reloj de pulsera.

Con el tiempo justo, los técnicos acudieron a desactivar la programación de los explosivos destinados a liberar el simbólico reloj, el de su comandante en jefe. Mientras eran retirados los artilugios, doña Agustina vio cómo, tras recogerlo el propio dueño de un suelo sin mancha alguna y ajustarse la correa en la muñeca, comenzaron a saltar en todas direcciones manecillas, tuercas, pequeñas ruedas y tornillos diminutos, que se esparcieron por el suelo.

-Estaba claro su destino, -dijo doña Agustina, mientras se retiraba sin soltar su mueble-. Era un reloj de mierda.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXIII).

2011/03/26

Trasnochar.

Darle la vuelta a la esquina del reloj de la Cenicienta y pasarse a la vida de los latidos previstos.

Salirte de la fila de los envueltos en pijama, bostezos y algún beso que se pueda rescatar.

Ver cómo la oscuridad rescata el brillo de muchas miradas.

Aceptar y apostar mucho a uno a favor de que alguna de esas miradas se mantenga y llegue a taladrar hasta encontrar lo que no se sabe qué es hasta que se siente: el juego, con su dosis de peligro, su magia y su miedo incluido.

Esto sólo está al alcance de la noche.

No sabes de dónde has sacado las ganas de respirar nocturnidad, después de esas horas dedicadas a luchar al otro lado de un teléfono sostenido con quien lucha por lo mismo que tú: no esperas que esa misma persona, porque reconocerás su voz, sea quien acepte una copa o te invite a otra envuelta en una sonrisa.

Hay carnavales que no saben vivir de día. A pesar de los miles de tambores que llenan de ruido la ausencia de magia, las hadas se congelan para no derretirse en esos pasacalles y esperan a la noche para desplegar sus alas.

Se mota en el carro la violencia, viene el desenfreno y hay que hacerles frente, quizá porque también han nacido con la noche, donde el amor no se conforma con brazos echados por los hombros. La noche ha acelerado la sangre para algo más que carreras entre glóbulos rojos por las venas. Los amantes viajan sobre olas de zambombazos en sus sienes, arrebatos y calambres.

Y como aliada, la Luna. Casi nada. Se acerca, observa, marea y provoca desatinos. Su intención es la de poner en marcha a los tímidos y los retraídos, pero si aparece en plenitud ni ella misma mide sus efectos.

Vivir de noche y vivir la noche. Dejarse llevar y no sacar de quicio a quienes velan porque vivamos protegidos. Hay enfermeros que rompen en pedazos su descanso para ver llegar jóvenes lastimados, convertidos en lobos grises con muy poca edad por culpa de navajas que la noche ha tomado por invitadas permanentes. Ver entrar herido un cuerpo destinado al amor es una pena sin consuelo.

No, ni hablar.

La noche no pide mucho, y sabe hacerse eterna de vez en cuando, nunca se sabe exactamente en qué momento. Los poetas dicen haberse acercado a ese instante, yo no los contradigo. Sólo sé que tiene que ver con unos ojos que te miran. Quizá porque te esperaban. Quizá porque no.

Y el final, incomparable: amanece, que no es poco.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Súper mareas en Cádiz.

2011/03/21

Durante los días 19 y 20 de marzo de 2011 se han producido en determinados tramos de la costa española un “irse y venirse” de las aguas marítimas en un plan así como si/no se llevaran bien con la Tierra, estilo pasión sudamericana de sobremesa. Centrémonos en Cádiz, con la crónica de Bertito Espalding como corresponsal que ha vivido el fenómeno en directo. Hasta que llegaron los camiones de la limpieza y se tuvo que despertar.

Primero, nada de daños personales por culpa del agua subidona y bajeriza. Todos los daños personales producidos durante los dos días citados han sido provocados por trompadas clásicas, más o menos previstas según las zonas y los emisores y receptores (barbillas, ojos y narices en concreto) habituales.

Segundo, casi nada de daños materiales por culpa de la intimidad suprema del agua o su despecho posterior y alejamiento. Casi:

Se contabilizan y se detallan –las compañías de seguros no sueltan un céntimo si no hay datos cuantificados- las pérdidas producidas durante el vaivén.

1) Cuatro calzoncillos puestos a secar a la piedra, tras vanos intentos de ser despalominados también a la piedra. Desconocen los geólogos si el mar, que no es tonto, acabará devolviendo este material incautado por una marea, más que atrevida, inconsciente.

2) La desaparición de un coche abandonado en 1987, junto a la de un chiringuito playero cerrado en 1987, ambos propiedad de un tipo conocido por sus fracasos por freír pescado al estilo bunsen, consecuencias de lo cual su coche y su chiringuito presentaban un aspecto carbonizado en general y siniestro en particular cuando aparecía el dueño, que se frotó ayer las manos renegridas pensando en sacarle al seguro lo justo para montar otro negocio, esta vez de congelados.

3) Una fregona sin usar y las alpargatas del empleado de mantenimiento del edificio Mar y Timo, sito en el paseo marítimo número 4. Otro que fue despertado de modo violento por el salpicón de dos olas tontonas que se cayeron al suelo después de mucho prometer, mucho asustar. Ná de ná, pero se llevaron las alpargas del tontoboina, un tal Jacob Zapata.

Curiosidades:

En el momento álgido de la bajada, o momento bájido según los mareógrafos, hubo quien “desfondó” su barca y, al mejor estilo Pedro Picapiedra, sacó los pinreles por debajo y “naveganduvo” un buen trecho para intentar pescar algún pez idiota o mal informado de la falta de agua. No pescó ni una mala rueda antigua, pero configuraba un cuadro de centauro barquillero sobre amplísima llanurplaya de arena mojada, rodeado de alguna piedra que respiraba por fin, y con la barquita a cuestas. Un jilipó, según los paseantes, algunos con bicicletas, otros con carros cedidos sin saberlo por grandes almacenes.

Diecisiete mil “metidas de pie” en pequeñas pero resistentes hondonadas llenitas de agua, difíciles de evitar entre rocas. Muchas de ellas, con retención de tacón de doce centímetros, calzado sin duda mal recomendado para la ocasión.

Descubrimiento fugaz del tramo VII de la autopista Gades-Roma, con clara visión del derrapaje de las ruedas en el acelerón de un auriga conductor de un carro que se largó sin pagar sesenta céntimos de sextercio de peaje. Un tal Gatus, Himpa Gatus.

A la espera de que algo vuelva a subir mucho en Cádiz que no sea el paro, despedimos a y de (al mismo tiempo) a Bertito. Y ojalá que le diera tiempo a llegar andando a Marruecos, según su propósito.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXII).

2011/03/19

Poesía.

Hoy tengo la pelea interna –a mascadas limpias, a puñetazos, sin guantes- provocada por los versos libres y los que dicen estar atados por la rima. Toma ya. Que no extrañe la introducción: poco habrá que merezca ser desafiado y contender que esta discusión, la cual, en los últimos años, tiene todas las pintas de hacerse consistente y eterna.

Se dice que si el verso en prosa; que si la longitud no puede estar en jarras esperando la palabra que ajusta en número de sílabas, para concluir una idea que parecía extraordinaria y que ahora puede cojear, o a lo sumo apoyarse en la muleta tristona de un ripio de guardia.

Parece que el envite inicial, el inicio de las hostilidades, se plantea sobre el resultado de versos libres –ya hechos y cantados- donde cabe en cada uno una historia, mientras que en los versos rimados hay mucho relleno esperando la traca final. Puede ser tan verdad en muchísimos casos como mentira podrida en muchísimos más.

Lo suyo sería dar ejemplos:

“Tanto dolor se agrupa en mi costado…” Esto haría grande a su creador, tanto aislado como dentro de un engranaje milimétrico de versos obligados al igual sonido final.

Y si digo “desperté al amanecer de tu mirada…”, algo cursilón y manido pero bien intencionado, en medio de frases quizá más cortas, quizá queriendo hablar de otras cosas, debería celebrar su intención, su intento de aislar a la persona amada de tanto exabrupto y festejar a su vez haberse reflejado en unos bellos ojos.

Luego la poesía también está en quien la lee, señoras y señores.

El ritmo, la música, el compás, y muchas cosas más, deben estar en las poesías. Pero el jazz, ese ruido tan acariciador, esa invitación a mirar al cielo y reírse del infierno, no le disputa nada al concierto número 1 de Beethoven. Cada uno sabe cuál es su sitio.

Por tanto, ¿qué pido? Fácil: saber oír lo que un verso te quiere contar. Dejarte atrapar por quien lo enuncia y relata, lo declama, lo recita y lo comparte. Si tiene cosas bonitas que decir, si te emociona, primero reconoce que has conectado y déjate imflamar. Y si no ocurre, no hay que ser tan purista ni taxativo. Hay poemas deliciosos, llenos de fuerza y claridad que no han necesitado la rima consonante y exacta; desde el primer verso te cogen del brazo y te llevan a donde todos los versos quieren: a la música del alma. Toma.

Ni excluyo la poesía social, que tanto hizo, ni soy quien obligará a releer a Calderón o a Lope, aunque los crea imprescindibles. O no recomendar a San Juan de la Cruz o Shakespeare, lo que sería un disparate.

Sin entrar en órbita, reclamo viajar a los recitales de los pequeños bares, donde poetas y poetisas estrenan y ponen sus sueños en verso a consideración de quienes les acompañen. Y no niego el sentido crítico si un verso chirría. Se aplaude lo que gusta y se calla o no se hiere si los renglones se mal cantan.

Pero pido el momento, cada día, de recordar que la poesía está para salvarnos de, al menos, esa lógica tristeza lineal de obras saturadas de personajes sin la menor acción: como la guía telefónica.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Súper héroes (5).

2011/03/14

Pollo Man.

En el más estricto de los conventos de los abonaelbutanenses, en las montañas Uvas, el prior Manolo Blackman se disponía a leer el orden del día, en maitines. Aguardó con prudencia y sabiduría el eco del batir de alas de una mosca tardía de un verano largo, el de 1989, y el silencio absoluto reinó. Abierta la página desde el día anterior para que las ondas expansivas del choque de letras impresas se difuminaran hasta el infinito, Manolo se dispuso –por fin- a leer.

-Ehemm, ajhuummm, cofff, cofff y coofffff -sonó en la estancia, ante la estupefacción de los dieciséis mil monjes de la Orden del Abonaelbutano, que nunca habían imaginado algo parecido. Desde el alféizar de la ventana, engrasada en sus goznes desde el amanecer, un hombre poco abrigado y sin bufanda dirigía al grupo sotánico una pícara sonrisa. Antes de caer, se pudo oír incluso un estornudo.

Fue, una vez más, Pollo Man, el héroe legendario, un hombre capaz de toser bajo el agua, ante las promesas electorales, en medio del “sí, quiero” de dos novios dubitativos en el altar… El pionero en carraspear en una película de cine mudo, allá por los cincuenta, con las primeras revisiones de los clásicos de Lumiére. Fue quien tradujo por primera vez la tos al lenguaje de los signos corporales sin mover un solo músculo de la cara.

El conocido showman de la NOTB Nidios, Andrew Meco, lo entrevistó en su “Hora mágica” de prime time, donde consiguió que se sonara la nariz en directo para más de diez telespectadores.

Recordman en venta de pañuelos de papel durante la década de los noventa, se retiró en 2004 por culpa de un jarabe traicionero introducido como pomada en una bufanda de cumpleaños, con un componente elevadísimo de kriptosita, una sustancia calmante para Pollo Man.

Hoy, de vez en cuando, es llamado para actuar en óperas cuyo concepto de la puesta en escena coincide con la quinta galería de Sing Sing incluidos los barrotes de las ventanas. Aún es capaz de enfrentarse a puristas que le reconvienen mirando hacia atrás para llamarle la atención, o, las menos de las veces, dispararle dardos de codeína o lanzarle a la cabeza caramelos de menta de trescientos cincuenta gramos.

En cualquier situación donde se dude de una promesa dada, Pollo Man revive de sus cenizas, aparece y tose, tose, carraspea, y se deja la garganta irritada si es preciso para que el mundo sepa que hay gente de poco fiar o, quién sabe, agua demasiado fría.

Si algo no ves claro en tu carta de despido, si quieres aclarar algo con tu novia (o entre tu novia y el que agarra por la cintura a tu novia) y no te sale ni una tosecilla cursi, ¡Tchantatachán, tatatatatachantatachan! ¡llama a Pollo Man!,

Seguro que acude, por que a él… ¡No le tose nadie!

 

 


 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXI).

2011/03/12

Inocencia.

La entendemos como candidez y la denostamos por su componente de “pringao”, un elemento que, en proporciones elevadas, indica estar fuera de onda, sea cual sea esa onda.

Hoy no podemos permitirnos el perder la comba, dejarnos avasallar. Pero estamos locos por tener alguien en quien confiar. Hasta los malos.

Yo rescato la inocencia más cercana a la infancia. Esa que hace que un niño defienda y diga que algo es verdad porque “lo ha dicho mi padre” o “mi maestra”, sintiendo que esa palabra es irrefutable.

Decimos que no, aparentamos estar siempre a la última, pero las verdades sólo nos suenan, no nos impregnan. Y los niños vislumbran el funcionamiento de vivir en sociedad al romper barreras y adentrarse en lo prohibido, que no es sino ser adulto para algún que otro sabor, algo de humo y muchos sinsabores que esperan.

La inocencia los defendía. Algunos la perdían antes, quizá algunos demasiado tarde, pero los años les pasaban por encima mucho más despacio que ahora, que lo hace con un clic de ordenador, sin avisos ni cómplices. Ni explicaciones.

Maldigo los que rompen la burbuja del pensamiento sencillo, lógico y claro de los niños y lo hacen para convertirlos en soldados o juguetes sexuales. Los maldigo porque una carita de pocos años se habrá quedado sin su mirada limpia para siempre. Y quedará una persona de corta edad, lista para no aprender a creer en nada amable.

Se denuncian y arrestan a transmisores de pornografía infantil y –hace pocos días- se condena a padres capaces del maltrato a bebés de tres meses hasta provocarles daños irreversibles. La mayor de las tragedias es que estas malas personas no han pensado en lo más sencillo: los niños que han maltratado estaban en el mundo para ser defendidos por nuestra fuerza de cobijo, con la absoluta confianza en ser protegidos, dándolo por hecho. Nunca para lo contrario.

Los cervatillos en la selva no se fían y aprender a correr muy pronto. Los niños no tienen por qué, a menos que sientan un mordisco que les haga cambiar del cero al infinito. O peor, al revés, y se queden de pronto sin esa magia en los ojos, ese desparpajo que les ayuda a pedir juguetes a los Reyes y buscar a sus amigos en el patio.

Si llevo mucho tiempo pidiendo que eduquemos a los niños poniéndoles límites en su egoísmo, pido mil vidas para rogar que ni uno solo deje de serlo porque le hayamos roto en pedazos su universo, un sitio donde ningún degenerado está invitado a entrar.

Yo, si voy corriendo por una calle solitaria lista para cruzar sin pararme y veo a un niño de la mano de su padre en la acera contraria, juro por mis corvas que me espero a que el semáforo se ponga verde. Puedo asegurar que muchas de cada diez veces el niño se ha dirigido a su padre diciendo algo parecido a “ese gordo se tenía que esperar, ¿a que sí?”.

No es gran cosa, pero hace el avío porque el niño ve que hay reglas que son para todos. No es tan difícil.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLX).

2011/03/05

Equilibrio.

Fíjense, amigos, conocidos y puertorriqueños en general, en que no pienso decir más de lo que dice el diccionario que tengo que decir.

1) Equilibrio: Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente. Es decir, necesito un descalabro, una bronca, un estado de bulla previa para alcanzar un estado donde los que se enfrentaban se han destruido. ¿No hay, por ejemplo pues, equilibrio en el momento de un beso, donde dos fuerzas de acción contraria en lo que menos piensan es en destruirse?

2) Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse. O sea, que caerse es de desequilibrados… Ni mijita, señores, ni mijita. El equilibrio se construye según lo que uno se esfuerza por levantarse. Caer tenemos que caer todos, más o menos según; y, eso parece cierto, la base que nos construimos para sustentarnos, que esa es otra.

3) Peso que es igual a otro y lo contrarresta. Así que tú me arrestas por pesado y yo te contrarresto por arrestarme, ¿no? Siempre en oposición, ¿nunca medirnos por nuestro afán, sólo por el resultado? ¿sólo por las veces que hemos arrestado a alguien para compararnos con él? ¡Amos anda!

4) Armonía entre cosas diversas. Aquí me empiezo a sentir mejor. Dos que no tienen nada que ver, dos tablones larguísimos -un poner-, se tocan en un puntito, el final, uno apoyando al otro, y empiezan el marco de una catedral, pongamos por caso. Y los dos miran por el otro.

5) Ecuanimidad, mesura, sensatez en los actos y juicios. O sea, nada de PREjuicios, nada de juzgar a priori por los peinados o los saldos de las cuentas. O quizá más complejo: no condenar sin oír. Me va gustando esto.

6) Acto de prudencia o astucia, encaminado a sostener una situación, actitud, opinión, etc., insegura o dificultosa. Aquí se difumina un poquillo el equilibrio, pero se apoya de nuevo en la prudencia, en no arañar antes de que te abran la puerta. ¿Supondrá entonces llevar la pistola enfundada, sin balas y con el seguro puesto? Podría ser.

El diccionario se ha portado bien.

Pienso ahora en el maravilloso funámbulo, arriba del cordel, poniendo a sufrir mi corazón, que no frena hasta que le veo de nuevo en el suelo firme.

No desprecio los equilibrios de algunos buenos políticos, teniendo que contentar y saber llevar a tanta gente en momentos de dificultades.

Y no olvido aquellos juegos numéricos de finísima línea con los que mi madre, mes tras mes, dejaba el balance final en un equilibrio doméstico de pura antología.

Me gusta esta palabra, equilibrio, y las ideas que sustenta. Supongo que alguna que otra vez busco sentirme como debe hacerlo una gaviota al planear. Es breve, pero no se necesita más que aire libre para vivirlo. Supongo que va por ahí la cosa.

Tengan todos ustedes muy buenos días.