Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXVIII).

2011/04/30

Escribir por escribir.

¡Como si eso fuera poco! –me dijo un buen amigo, gran lector,  cuando dije que por encima de todo buscaba entretener. Y se lo agradezco siempre que le veo.

Se mete uno en tantos charcos cuando quiere explicar las cosas que incluso –es muy doloroso- se queda con frases muy difíciles de terminar.

Hay gestos, actitudes, miradas, que serán siempre definitivas. Pero lo curioso es que, si tratamos de disculparnos por ellas, lo hacemos con palabras.

Si dos naciones se meten en follones fronterizos o comerciales, las disculpas se piden y dan por escrito o de palabra. No siempre se detienen de manera inmediata las agresiones o injerencias a pesar de mil peticiones: sólo manda el poder real de quien se sabe más fuerte y las palabras no resuelven gran cosa. Pero se piden explicaciones oficiales y por escrito.

Entre personas hay cartas de reproche que tienen más amor en sus renglones de lo que han sabido pedirse o darse dos amantes desde que se conocieron. Por muchas faltas de ortografía que incluyan, esas cartas están llenas de verdad. Quizá la limpia verdad que no se sostiene cuando, mirándose uno al otro, en directo, no se sostienen las miradas.

-Tenemos que hablar, -dice uno de los dos cuando ha llegado el tiempo en que no volverán a hablar.

-No sé de qué me hablas, -dice quien no se atreve a hablar de recuperar verdades para vivir con ellas y ser más fuerte.

“Lo escrito, escrito queda”, decían antes de que la grabación de las imágenes fuera tan fácil –o más- que la de las palabras. Me da  que aún tiene esa fuerza mágica, la del signo implantado sobre un soporte antes vacío, como lo está un papel en blanco. Ahora hay billones de palabras impresas que desbordan. Libros sublimes y artículos plenos de agilidad. Las dos cosas conviven con una zafiedad incontrolable.

Pero, vuelvo al título, se plasma en letrillas escritas mucha más comunicación entre las personas. No tienen por qué sustituir a la voz, pero infinidad de páginas virtuales se dejan talladas con mensajes que no siempre se borran.

Y de tantos mensajes, comerciales, pesados, repetidos… te encuentras alguno que algún amante no fue capaz de pronunciar y, en cambio, sí de escribirlo.

-Teskiero, Vane, ¡kedamo oy?, -se podía leer en una de esas redes sociales.

-Povale, Jonan,  -se leía como respuesta.

El resto, llamadas publicitarias incluidas, era escribir por escribir. Pero que no falte.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

 


En resumen.

2011/04/29

Que te dé la razón cuanto antes,

que sea tuyo el criterio al hablar

que no crea lo mío importante,

que lo tuyo es lo que va a importar.

 

Que me olvide el discurso pedante,

que hay políticos ya para mentir,

que no sueñe más con ser tu amante,

que no mienta al hablar de sentir.

 

Que devuelva tu anillo brillante,

que no moje el pañuelo en sudor;

que no te diga versos ni cantes,

que no envíe palabras de amor.

 

Que te deje tranquila, mi vida,

que me vaya a engañar a otra parte,

que te dé tiempo para olvidarte,

que te deje curarte la herida.

 

Que no siga soñando contigo,

que no aguantas mi estilo de chulo:

que me olvide hasta de ser tu amigo

que me den, en resumen, por culo.


Recaída.

2011/04/24

John Baltimore Lendoiro, de padre gallego y madre estadounidense, perdió altura en su casa del modo más súbito posible el 22/08/2010. Es decir, se cayó del todo. Y dejó de pronunciar sonidos articulados. Es decir, se calló del todo. Esto ocurrió en Missouri.

Dado que aún permanecía en el suelo a finales de septiembre, vinieron a verle algunos familiares y amigos para que se levantara e  hiciera una vida normal. Pero teniendo en cuenta que John nunca había llevado una vida normal, según declaró a la prensa su esposa, Donna Rose, al menos las primeras páginas de los rotativos de su pueblo pudieron desmentir el rumor de que John se hubiera atado cada bota con los cordones de la otra.

Para intentar que John recuperara su nivel de vida, tanto Donna como sus dos hijos gemelos –llamados los “parecidos” en el pueblo- le increpaban a todas horas con frases como “¡arrastrado!, ¡bajo de ánimo!” o similares, hasta el punto de mandarle mensajes escritos donde se pudo leer: “Qué bajo has caído, papaíto, tú que jugabas al baloncesto, aunque de modo muy discreto.”

Algunos amigos íntimos le hablaron de la Bolsa, del bote de una pelota elástica, ambas cosas con sus propias subidas y bajadas. El vicario del pueblo, Isaiah Benton, que vino a visitarle, hizo una buena parábola citando las izadas, bajadas y vuelta a empezar de “esas palancas” que la Naturaleza pone a disposición de los hombres para la conservación del género humano.

Nada de esto hacía mella en John.

Él no quería reconocer que había metido la pata.

Antes del invierno, Donna comenzó a preparar la casa para el frío. Cortó leña suficiente ayudada de sus hijos y abrieron el sótano desde la puerta que daba a la parte posterior de la casa para almacenar los troncos.

Al entrar sin encender la luz, Donna sintió telarañas en los ojos y una bota vieja en la boca.

Donna lo comprendió todo de inmediato: John no era el tipo de hombre que podía quedarse plantado. Nada de ideas fijas o raíces profundas. La pierna colgando del techo de madera del sótano –suelo de madera del salón- se lo confirmaba.

Tirando de la pierna hacia abajo y empujando por la cabeza desde el salón, John fue liberado fácilmente el 30/12/2010, celebrando una fiesta esa misma tarde, durante la cual John dijo muy pocas palabras de agradecimiento y el vicario Benton pisó la manta que tapaba el agujero y acabó en el sótano, junto a los troncos.

Fue rescatado el 23/4/2011, justo cuando se acabó la leña para la chimenea.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXVII).

2011/04/21

Futuros.

 

También nos lo quieren quitar, para que no lo construyamos. Y muramos del miedo al pasado. Mientras, ellos se hacen cada vez más ricos en el presente.

Ellos son los que teniéndolo todo quieren vernos tristes. Son los que tienen tanto miedo a compartir algo que lo guardan a total recaudo en las mentiras de sus anotaciones en cuenta, con tirantes hechos de piel de los sometidos. Ellos tienen apellidos.

Ellos son capaces de cobrar sueldos que no se merecen. Dejan ingresar en sus cuentas muchos miles de euros que les sobran y cortan de raíz la construcción del futuro de muchas personas, a las que les roban los proyectos.

La puesta en marcha del pequeño comercio parece aceptada como solución al desempleo y al estancamiento de la distribución de la riqueza, o sea, del negocio de toda la vida.

No pido un futuro subvencionado. Lo pido con suficientes alas: las mismas dos que sus Boeing 747 y sin tanta propulsión por detrás.

Las grandes compañías se han equivocado y lo saben: han pensado en un futuro lejano, al que nunca se llegará pronto, con la sumisión eterna de quienes son expropiados de sus riquezas naturales. Con dos barrigones autóctonos que hagan el trabajo sucio con unos cuantos mercenarios, los países con subsuelo de gas y petróleo se comerán los sapos sin rechistar.

Internet lleva lo bueno y lo malo sobre sus olas. Los turistas traen salud en sus rostros además de venir a ver la belleza que hay en los viejos templos y museos. Y traen información: dicen lo que quieren para sus hijos. Quieren que viajen a países lejanos, llenos de cultura milenaria. Los que les oyen también quieren ese futuro.

Se acabó el ser insolidario. Es aplastante: tiene que ver con el fundamento de muchas religiones, pero es esencial e independiente de sus credos. No se puede mantener este planeta pensando en que unos cuantos con corbata dirijan su destino desde una atalaya de ordenadores.

Siempre surge la resistencia. Siempre se levanta el oprimido. Si nos encuentra antes, llamando a su puerta para ayudarles, lo hará para colaborar y los recursos futuros serán distribuidos. Mucho más allá: compartidos.

En España consumimos tres veces lo que se nos tiene asignado. Estamos en déficit ecológico.

No nos puede dar igual. El futuro de los recursos y su reparto tiene que cambiar y nosotros aceptarlo.

Ni por un lado los dueños ni por otro los botelloneros fabricantes de basura.

Hace unos veinte años tuve miedo de veras al oír decir a un chaval vestido de pinchos, que asistía a un concierto punk: “No hay futuro”.

No quiero darle la razón. Necesito ayuda para eso.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

 


Súper héroes (7).

2011/04/20

Cutre Boy.

 

Valle del río Panfleto, frontera entre Cafestonia y Percombina. Una fiesta tan cursi que una muchacha, antes de leer “Las fronteritas del Amor al Mediodía”, de la autora romántica Yolanda Miriñack, se limpia una lagrimita que amenaza con derretir la pamela de su madrina, Belinda Misela. No parece haber salvación para una dosis de Pringue Universal Absoluta, la temible PUA.

¿No hay quien evite esta catástrofe?

¡Sí, que lo hay, amigos, sí que lo hay!

La primera taza de té de rosas, servido con tres gotitas de esencia de azahar en unas tazas de la más antigua cerámica conocida (se dice que en una de ellas bebió Fraga)… es interceptada por un muchacho que, entre desmayos y desafíos a duelo de los/las presentes, ¡moja una galleta en el bebedizo!, se rompe la galleta, salpica, se la come con las manos, mira alrededor y eructa.

Sin que puedan atraparle, el mismo muchacho se saca de entre los incisivos superiores un trozo de fruto seco, nuez aparentemente, con la única ayuda de sus uñas. Después, eructa de nuevo haciendo temblar los rizos mejor fijados del hemisferio. Se contabilizan por docenas los desmayos y los hombres son colocados en sofás y camillas mientras vuelven en sí.

A patadas, el chico es expulsado por dos embajadoras al mismo tiempo, pero el incidente del té no se intenta minimizar desde la prensa libre. Así, una vez más, se evita una posible epidemia de tontera chochona (ya se habían vaciado dos tubos de aerosol para  los pelos de dos vejestorios) gracias a la juventud, audacia y aspecto de un joven desconocido…

¿Desconocido del todo? ¡NO, Ni mihita! No del todo, cohone. Se trata de Cutre Boy, el tipo desaliñado y capaz de aguar hasta un bautizo en el mar. Es malage, es desabrido, es menos elegante que un sapo con trenzas.  De hecho, trae las mallas sobre los hombros y, al montar en su burtaco de sientoventisinco se ve como se le sale del calzoncillo buena parte del sonajero.

¿Y de dónde sale este adalid anti plastas?

En sus orígenes, que la leyenda atribuye al país de Bochochornia, sus padres fueron asediados por un grupo de profesores modernos y diseñadores de interior. Los progenitores se hicieron fuertes bajo la escalera de incendios y resistieron cualquier imposición de minuets y pijamas rococó, luchando como valientes para que sus hijos comieran con menos de cuatro tenedores. Hasta que algún asesor de imagen los delató: Los hijos pequeños fueron capturados y acabaron asimilando servilletas bordadas, calcetines con duración diaria y hasta cepillos de dientes y muelas por separado. Pero el mayor, un rebelde que huyó al sótano, aprendió a peerse de pie bajo las estrellas, mientras varios dedos, al mismo tiempo, hurgaban su nariz, sus orejas y unas partes delanteras a la altura de los bolsillos de su pantalón que no diremos sino que no tenían nada que ver con algo distinto a los meditables, para no ser bastos.

Así, a fuerza de irrumpir en discursos sobre el estiramiento del meñique en la ingesta del chocolate, el muchacho, que colgaba paños de cocina sobre esos dedos estirados de los ponentes, fue bautizado como ¡Cutre Boy! y expulsado ignominiosamente, una y otra vez, de los foros públicos, donde ya nada volvía a ser igual.

Cuentan que, durante el G8 de 2008, los ministros de exteriores de varios países europeos no sabían cómo saludarse, debido a un constipado masivo de los intérpretes. En medio de un silencio sepulcral, con sonrisas tan falsas como los billetes de diecisiete euros,  surgió Cutre Boy y, en un perfecto alfabeto fonético, logró que los ocho ministros se estrecharan entre sí cordialmente las manos diciendo en voz alta “¿Qué pasa, pishilla?”

La reunión fue un éxito y Cutre Boy salió a hombros masticando medio bocadillo de mortadela que le compartió su amigo para siempre, Benitsar Tetenko, representante checheno.

Si ves que una tía tiene la tarde libre y no se mueve del sofá, y por más que tus padres sueñen con folletear toda la tarde y la tipa sigue, sigue y sigue hablando de la moda de otoño/invierno, ¡llama a Cutre Boy! Él irrumpirá como vendedor de pizzas, dejará la caja pringosa sobre la falda inmaculada de tu tía, ésta dará un respingo y se conseguirá ese ratito de esparcimiento que tus padres llevan buscando mes y medio. En la calle, nuestro héroe tendrá preparada su bici y él mismo la llevará a casa.

¡Cutre Boy!, el héroe de los que estamos exactamente hasta ahí mismo de aguantar a los que son capaces de decir “me da igual, oinch” si les preguntas qué quieren, si huevo frito o tortilla…

¡Cutre Boy!, tararatán tatán.


Súper héroes (6).

2011/04/16

Súper Sopa.

 

Hartos de héroes cuyo origen geográfico gira –siempre, pero siempre- cerca de Conneticut, Oklahoma o Nueva York, presentamos hoy la deslumbrante biografía técnica –consolidada- de la sin par hija de doña Gracita Peña de Heinscherless, panadera de Cáceres capital, reconocida ya mundialmente (la hija) como una de las grandes en poderes, hazañas y disfraz ceñido (pero ceñido, ceñido, la cabrona).

A muy temprana edad, la niña llamada Fonsita Padera Peña, encargada de amasar harina desde temprano, faltó a su obligación para el negocio familiar. La razón: que se quedó frita. Llamada a despertarse con dulces estacazos en los riñones, Fonsita se dio la vuelta, cayendo desde lo alto de un montón de sacos hasta el fondo, unos diez metros más abajo, del silo donde se apiñaban los fardos.

Rescatada a los dos días, hubo que despertar a la niña a base de gritos y cánticos de morsa congoleña, esa especie que al mismo tiempo pasa una tiza larga y las uñas por una pizarra mientras mastica limón en papel de aluminio. La niña sonrió en redondo y –dicen- salió por su propio pie hasta la calle, donde, limpiamente, se recostó sobre el asiento delantero de una bicicleta sin dueño aparcada cerca, donde quedó atravesada y dormida profundamente.

Pasó el tiempo y, entre inyecciones diarias de cafeína, pellizcos de monja y sustos, Fonsita sobrellevó como pudo su estado de consciencia, aunque no le dejaban dar el cambio a los clientes.

Hasta que llegó el gran día.

Era un tipo alto, rubio y feo con intención, el que entró en la tienda.

-¿Tantuspadre, niññiaa?, -preguntó el joven encorbatado, arquetipo, prototipo y vayatipo del vendedor por antonomasia.

-Ponosé, -dijo Fonsita.

Y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, el tipo enumeró las ventajas del nuevo horno eléctrico para panaderías de la marca Kemopan, sin olvidar rentabilidades actuales y futuras, así como facilidades de uso y hermosura de aspecto, porque esos hornos, con esos colores (blanco, marfil y metalizado) pegan con todo.

Terminó su exposición el comercial y, sin hacer ruido, se fue a la calle sin dejar de ciscarse en la leche que mamó aquella joven: Fonsita, sin apoyarse en el mostrador, roncaba como un tractor antiguo sobre maíz tostado.

A raíz de la atención recibida, el rubiales –que después se comprobó teñido- abandonó la panadería y fue a intentar vender su ¡inexistente! producto a otros panaderos, algunos de los cuales, advertidos por los ronquidos de Fonsi, desistieron de la inversión.

La hazaña de Fonsi, que extendió a cualquier explicación que recibiera en su vida, evitó un gasto enorme en los profesionales de la panadería, bollería y dulcería en general hasta los confines de Salamanca, pegando ya con Zamora.

De pie, como un tronco, recibió un par de medallas al mérito del alcalde, quien bostezó ante su propio discurso.

Desde entonces, Fonsi, Súper Sopa, ataviada con unas mallas que ponen a más de uno a revienta calderas, se duerme en cualquier conferencia o tramo larguilento de más de una ópera. De hecho, una de sus hazañas más comentadas y aplaudidas fue quedarse sopa justo cuando le tocaba un saque de tenis y –sobre todo- debajo de la ducha posterior al partido.

Si algo no te gusta. Si el discurso de un mitin te pone enfermo, llama a Súper Sopa, la heroína que cambiará tu vida proporcionándote un estado de letargo inmediato. Sin química añadida ni efectos secundarios. Incluso mientras aplaudes.

¡Tarararán tatán!: ¡Súper Sopa!


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXVI).

2011/04/16

Filosofías.

 

Nos echamos cualquier día a compartir unas cervezas, sin movernos porque ya no sabemos bailar, y nos da de pronto por pontificar. Es difícil de evitar.

Del conjunto de saberes que buscan el sentido del obrar humano y el conocimiento de la realidad, nos olvidamos de entrada, porque nos largamos a proponer nuestra filosofía. Con el mayor descaro, amparados en una camaradería que no se ha puesto a prueba más allá de nada.

Vamos, con toda la cara.

Lo último es hablar de política, para evitar las broncas con los colegas. La política, eso de organizarse para vivir juntos, chirría desde el principio, teniendo en cuenta la facilidad de parecer de un lado o del otro a las primeras de cambio.

Desechamos hablar –según edades medias- de los padres –unos tipos que no están en el mundo aunque nos lo han construido ellos-  o de los hijos –unos tipos que no comprenden aún nada del mundo a pesar de tanto Internet, sin saber que no habrá otro mundo que el de ellos.

Hablar del trabajo está increíblemente mal visto. ¿Cómo puede alguien llevarse el estrés de su jornada laboral a una reunión donde debemos soltar lo mejor de cada uno y compartirlo con los amigos? Hablar del trabajo está penalizado con la creación de pequeñas conversaciones, en grupos que atomizarían de modo inmediato al grupo madre, por pequeño que ya fuera éste.

Entonces, ¿de qué hablar? Insisto: de la filosofía de cada uno. De esa intención que decimos tener tan clara para arreglar las cosas. De la capacidad que tendríamos para sustituir a los incapaces que se encargan de liar más los asuntos, en lugar de darles solución. Así, así es como una reunión puede aguantar hasta un buen par de horas sin que decaiga.

Hasta que, en un aspecto concreto, alguien nos pilla en esa delicadísima cuestión del “cómo”. Entonces, el buen ambiente creado y la magia del vacío se van juntas al carajo y el espíritu que hincha los corazones de las buenas voluntades arría las velas.

Esta pregunta la suele hacer quien más se ha preocupado de preparar la fiesta, ese tipo de personas sencillas y trabajadoras, además de solidarias, que, harta de ir y volver cargada de bebidas y cosas para picar, se sienta por fin en el brazo de un sofá y, en medio del huracán de ideas que crece y se expande, introduce la cuña en cuestión.

-¿Cómo haríamos día a día para que la vida funcionase mejor?, -le da por decir.

Con esta pregunta demoledora, el grupo de pensadores occidentales se queda como un balón sin aire y el silencio, abrumador y producto del aplastamiento, se hace dueño absoluto de la situación.

A ver quién, a partir de entonces, propone vivir con menos consumo, menos ambición, menos derroche y más solidaridad. A ver quién cojones, entonces, dice renunciar al sueldo fijo ante los poderosos, para que vean que su poder está cimentado sobre la mentira de unos papelitos. unas anotaciones en cuenta y el miedo solidario que les tenemos.

Siempre cabe seguir bebiendo. La otra opción, la de montar una simple cadena de protesta permanente, no necesariamente a gritos, es más pesada. Exige reconocer que una única filosofía, la del respeto a la dignidad del ser humano, es lo más concreto y necesario que hay en este planeta. Pasa, por ejemplo, por pedir a diario que los sueldos de los políticos, sus nóminas y sus declaraciones de la renta, se expongan en un tablón de anuncios. Y que se puedan discutir.

Si quieren flores para sus despachos, que las paguen ellos.

No es una forma explosiva de despedirse en una reunión de colegas hermanados por el alcohol, pero, como principio, no estaría del todo mal.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.