Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXII)

2011/05/28

Resacas. Recelos.

                Parece que se han contado todos los votos. Empieza, por fin, el tiempo de las tomas de posesión de las calles –con sus nombres-, las plazas y las farolas.

                Quedan pendientes algunos pactos. Hay que mirar a quien nos gritó en campaña –y mucho- y a quien devolvimos los mismos decibelios.

                Pero es el juego. El que debe ser el mismo para todos. Teóricamente hablando, por supuesto.

                Salvo la novedad de los indignados.

                Aunque indignados estamos muchos más de los que se han jugado la cara y la lumbalgia de varios días en las plazas para denunciarlo.

Se han reído de ellos en artículos de prestigiosos periodistas de infinita mala leche, que

no voy a decir que escriban mal, todo lo contrario, sino que mal escriben contra ese recelo de que salirse del Orden vaya a ser posible.

                Los han retratado como ociosos y ocupantes de lugares públicos necesarios para celebrar una posible victoria europea de un equipo de fútbol catalán, algo que el Orden, aunque sea un equipo algo descentralizado, no se puede permitir. Y lo han hecho con violencia física unida a la del magistral articulista. Y los han degradado.

                El hecho real de las plataformas que plantean es que tienen un contenido contundente. El Sistema puede regenerarse y algunos de esos puntos, sin recurrir a tópicos de lucha de clases e ideologías, lo exponen con claridad.

                Me da, en definitiva condicionada y revisable, que no ha sido tan clara la recogida de sillas y botellas tras el recuento electoral. Ni para vencedores ni para vencidos. Los dos saben que hay un resquicio, un sumidero por donde se han empezado a caer votos.

                Los analistas son muchos más listos que yo y sé que controlan los flujos votatorios. Harán un seguimiento para saber si Los Otros canalizan estos votos más tarde y así sus gráficos representarán lo que ellos quieren representar: Una ciencia electoral exacta que tienda a que la democracia real sea una quimera.

                Desde ningún grupo con opciones de gobierno consolidadas se han puesto en solfa las reglas. Pero los indignados sí lo han hecho. Piden una participación ciudadana o –mínimo- una facilidad inmediata de control de la gestión pública.

                Basta de multiplicar hasta el infinito la creación de sueldos astronómicos. Esta es una. Las otras vienen en cadena cogidas de la mano.

                Se vienen tiempos de preguntas concretas que no se pueden seguir respondiendo con una muecasonrisa y sin decir nada. Eso provoca recelos entre los dirigentes que no dirigen, los administradores que mal administran y los que temen más al cambio incierto que a cierto desastre actual organizativo de tantos millones de ciudadanos.

                Y todo ese descontrol mental lo ha provocado –a mí me lo parece así- un cierto recelo que viene de preguntas hechas desde la calma. Sin violencia. Me da que sólo desalojándolos como a pordioseros se les podía conferir una imagen de descerebrados. Así se evitan mártires, que luego dan muchos quebraderos de cabeza.

                Pido paciencia y que no se apague la mecha de los indignados. Es momento de fomentar leyes concretas, ir paso a paso, explicarnos las cosas y abrir los foros que hagan falta. Y demostrar a que los que mal mandan que tienen razón al sentir recelos: estamos hablando de democracia real. Esa que pide cuentas por las cosas mal hechas.

                Tengan todos ustedes muy buenos días.


POR HUEVOS.

2011/05/26

Como te vi colgando del balcón,

te supuse suicida o muy torpona

para apretar las tuercas de la lona

que le dieran la sombra a tu salón.

 

De modo que, sin guantes ni corbata,

salí de prisa pensando en socorrerte,

sin poder evitar reírme al verte

muchísimo que ver bajo tu bata.

 

Sin ayuda de andamios ni bomberos,

subí y trepé hasta ti como una araña,

oí algún que otro aplauso hacia mi hazaña

y antes que nada puse el toldo entero.

 

Después vino el momento de abrazarte,

bajarnos a la calle y prometernos,

al menos un amor de un mes eterno,

o un vale, para, mínimo, besarte.

 

Y justo, cuando en el suelo te dejo,

de forma inesperada y pavorosa

mi casa ardiendo, como si tal cosa,

pudimos observar los dos de lejos.

 

La cosa fue por huevos, es seguro:

los que freía con aceite cuando

 eché otros dos por ti al verte colgando.

¡Los próximos dos mil los como duros!


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXI).

2011/05/21

Reflexionamos, que no es poco.

 

-Haré esto, lo otro y lo de más allá, -dice Luis Pencas a gritos, del Partido Porlamitad con las venas del cuello en la frente.

-Pues yo además, lo que ni se imaginan ustedes, -responde Pepe Bolas, del Partido Alonchas, en plena recogida de sus globos oculares, que ya se salían de las órbitas.

Y endemientrastanto, un público menos entusiasta que de costumbre, se va deslizando suave y sibilinamente hacia la salida de los dos mítines.

Han dado las doce campanadas.

Esta vez no hay uvas ni cenicientas. Ni muérdago de la quinta avenida.

Es el tiempo de reunirse la gente que lleva mucho tiempo haciendo preguntas sin obtener otra respuesta que la grabada en slogans, impresa en carísimos pasquines a todo color y repetida –siempre a gritos- en la tele, la radio y los mítines.

Mucha gente. Sin miedo a una noche violenta, salvo que la police venga con ganas de reivindicar los atrasos, las horas extras, la falta de medios, el jugarse la vida con los malos, y se traiga una circular para leérsela en carrera a los reunidos. Tranquilos amigos, que allí no había propuestas de tomar el palacio de otoño/invierno.

Que si listas abiertas.

Que si ley D’Hont.

Pero está claro que se pide algo más.

Yo, por mi parte, voy a lo mío:

Salga quien salga más o menos abierta o proporcionalmente, que tenga delante de las narices, desde el primer día de su cargo, una aplicación informática de auditoría constante.  Sí, señor: yo a lo mío. Gobernarnos, dirigirnos, no es conducirnos. Es, ni más ni menos, que administrarnos.

Yo quiero ver cuadrar a diario -¡A DIARIO, COÑO¡- en una pantalla gigante, con letras rojas, las cuentas de mi ayuntamiento.

Que no me creo nada. Que no aguanto a nadie. Que sus ideas se las cuenten a su prima. Que a mí me den un transporte público serio, lo más barato y ecológico posible. Y lo mismo para el resto de servicios públicos.

Esto no puede seguir con sueldos astronómicos en empresas públicas.

El “sistema” no da para tanto administrador. No hay tanto que administrar.

Salario público limitado. Salario ético. Como el tope salarial de la NBA. Y eso que allí sí que hay estrellas y los que no lo son se dejan la piel por serlo.

Si un/una juez no puede contar con sistemas cristalinos de auditoría para los cargos públicos, se dilatan los juicios y se tienen que oír –esto es para mí lo peor- una cantidad cercano a lo infinito de gilipolleces por metro cuadrado.

¿Qué crisis habría aún –yo siempre a lo mío- si cada golfo devolviera HOY, no ya veremos cuando, sino HOY, lo que se ha llevado y mi pantalla gigante reflejara el aumento inmediato de saldo en la cuenta corriente del Ayuntamiento?

Qué bueno ¿ein?

La gente con la que me rocé en la reunión de Sevilla, tranquila, sosegada, pero con la mirada triste, no pedía privilegios: describía como el “sistema” se nos estaba comiendo crudos.

Yo necesito un punto de apoyo más económico que geométrico: que devuelvan lo robado, que establezcan de inmediato el control instantáneo de las cuentas. Entonces sabré –siempre- quién me administra mejor. Y ya tendrá mi voto. De momento, no me queda otra: a reflexionar.  A ver qué programa me creo menos.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXX).

2011/05/14

Los médicos.

 

Si no son magos, los odiamos. Si no son brujos, también.

Si no nos curan al momento, decimos que para qué están.

Si nos mandan tratamientos largos, los suspendemos a la mitad, poco más o menos, volviendo a cualquiera de los dos puntos anteriores.

Si nos dan consejos para mejorar la salud, respondemos, justo después de salir de su consulta, que uno hace lo que le sale del alma, qué se habrá creído por diez pastelillos de crema al día de nada…

Si nos prohíben fumar o beber en exceso, nos reímos diciéndole, justo después de salir de su consulta, lo que duró nuestro abuelo Cosme en el pueblo bebiendo y fumando como, por supuesto, un carretero. O que el abuelo era carretero, no recuerdo bien.

Si nos ponen a hacer ejercicio moderado, caminar cada día una hora o similar, respondemos que vaya calor la que hace ahora en verano o que a ver quién sale con esas temperaturas tan bajas en invierno y volvemos al sofá.

Si nos recuerdan que los hijos deben comer de todo, con fruta y verdura, escondemos las tres bolsas de cosas de esas fritas de maíz, plástico y azúcar salada que pringan los dedos más que los morros y salimos sonriendo de la consulta del pediatra, montando al niño en el cochecito, encendiendo un cigarrito para charlar con las amigotas y dándole al niño las tres bolsas para que se calle y deje charlar en paz.

Si nos dicen que evitemos el sofá más de dos horas seguidas, que nos sentemos erguidos, que andemos derechos, que procuremos nadar dos veces en semana, que no andemos con ropa apretada, damos las gracias, nos despedimos andando como Noemy Campbell y al cerrar la puerta nos damos dos vueltas más a las cuerdas del pantalón del chándal y nos vamos al bareto, donde, despatarrados, pedimos algo que nos haga olvidar el dolor de espalda que nos provoca sentarnos como una docena de perchas sacadas de un baúl.

Si nos dicen que nos cepillemos los dientes al menos dos veces al día, que acudamos una vez al año a su consulta, que usemos seda dental, le sonreímos con la boca cerrada, pagamos a regañadientes el empaste del jodío niño que sólo come porquerías a todas horas y juramos por nuestras pensiones futuras que volveremos a la mayor brevedad.

Si los médicos hablan de experiencias, estudios, pruebas y más pruebas, nosotros sabemos más porque nuestra abuela tenía mano de santo cuando los niños lloraban en el pueblo. Había que verla.

Si tienen que operar después de una noche sin dormir atendiendo a gente puzzle que viene de fiesta con borrachera y trompazo de frente, le exigimos la pericia y habilidad de un primer violín. Hasta ahí podríamos llegar.

Y no tengo la menor intención de decir que son perfectos. De todo habrá, supongo. Pero yo, un anatema/ateo/agnóstico declarado, rezo porque no queden plazas vacías en la Facultad de Medicina.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Busca a otro.

2011/05/13

 

Te veo y veo vacía tu mirada:

Descarnada, te mueres por mis huesos

diciéndome seguirte;  pides eso

que pides a quien ya no quiere nada.

 

¿Quién mintió al decirte que soy uno

de aquellos que desprecian sus latidos?

Yo tengo muchos besos prometidos

y mis labios no faltaron a ninguno.

 

Así que busca lejos, en cloacas,

o en campos donde has permitido guerras.

Busca un frío corazón y se lo sacas

 

a alguno que abrazó tu mano perra

por vivir para ti, triste bellaca,

y deja que yo ame aquí, pie a Tierra.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXIX).

2011/05/07

Trabajar juntos.

 

Hay un refrán –grosero sin más, pero contundente- que avisa sobre la relación de compañerismo en el trabajo y la de pareja, para que no se mezclen. Lo damos por conocido.

Supongo que la experiencia habrá dictado que los altibajos de la pasión entre dos colegas de trabajo se trasladan al funcionamiento de una empresa y a sus resultados. O, más fácil, dos que ya no pueden ni verse después de un affaire, odiarán tener que compartir un proyecto. No digamos si uno de los dos es ordenante  y el otro el ordenado.

Sin embargo, es frecuente que un esfuerzo en llevar a cabo un trabajo haga que se compartan más –y mejores- horas con los compañeros que con la familia, a cuyo encuentro vuelve uno quejoso y con sentimiento de haber gastado toda la energía con la que empezó el día. Superar trabas une y afianza los lazos entre las personas. La ayuda inmediata y el apoyo en la toma de decisiones, el respaldo y la colaboración cuando se cometen errores… vincula con fuerza creciente. Y genera confianza.

Y, en cambio, hay parejas –de hecho y de derecho- que ni siquiera aprenden juntos a bailar. Sienten recelo y rechazan la opción de equivocarse y mejorar con su pareja hasta que la práctica les vaya dando satisfacciones. Es más: se echan en cara recíprocamente cada paso mal dado.

Ahora suelto alguna que otra pregunta.

¿Por qué la obligación de un contrato laboral parece más exigente que un contrato conyugal, teóricamente para siempre?

¿Puede que presentarse en el trabajo guapos, peinados, recién duchados y bien vestidos tenga algo que ver?

¿Puede que tropezar con los pantalones y los calcetines por el suelo, retirar “¡otra!” compresa, ver la bolsa de la basura desbordada, oír llorar al niño porque le salen los dientes… y cada una de estas escenas envueltos en detestables pijamas, sin afeitar, tenga algo que ver?

¿Por qué no somos unos yuppies elegantísimos en casa?

¿Hay que escapar de la maldición del chandall casero?

¿Es sólo la promesa –infundada en la mayoría- del beso y revolcón con un desconocido, su deseo, su ensoñación, lo que nos mueve a presentar nuestra mejor versión?

¿Por qué colaborar en que la casa compartida, la sede del hogar, esté  ordenada y alegre es una labor tan infinitamente infravalorada?

¿Tocar el piano en una gran orquesta supone la incapacidad innegociable para llevar una vida familiar alegre, más allá de lo tradicional?

¿Por qué, en general, desde hace tantos años la mujer, la esposa, “tiene que llevar la casa”?

¿Por qué los hombres, en general, no le dan al trabajo del hogar la misma consideración que la de proyectar un enorme puente sobre el Estrecho de Gibraltar? ¿No se han comprometido igual?

Si la ilusión de ganar un gran premio en su profesión, en colaboración con un equipo habitual, está siempre y sin excepción por encima de quien dice ser su cómplice y su enamorado, aquí hay algo que falla: o bien la pareja es una guarida de reproducción y protección temporal de los cachorros y la familia una institución artificial hueca, o bien el hombre, en general, se imagina aún como el cazador que deja en la cueva a su pareja mientras él busca qué comer, olvidando que hoy las ganas de aprender, de dejarse ver, de conseguir el éxito y de agradar está en el ánimo de todos: a nadie le gusta ser invisible.

Irse de copas de vez en cuando con la propia mujer es posible: mientras uno recoge la ropa, el otro pone la lavadora. Lo dice el manual más sencillo del mundo, el que incluye que, cuando tu mujer pone y quita la mesa, no te vayas al sofá. Pon tú el lavavajillas, haz café para los dos… y verás, de pronto, a alguien que no ha dejado de trabajar jamás a tu lado. Es el momento de hacer que las cosas de la casa esperen. Y si los niños son ya grandes, también. Y ese regalito que pensabas hacerle a la de la falda prieta, con quien te has rozado un par de veces junto a la impresora láser, piénsalo para tu pareja. Habrás cumplido con el refrán y harás su verdad más sabia.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.