Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXIX).

2011/05/07

Trabajar juntos.

 

Hay un refrán –grosero sin más, pero contundente- que avisa sobre la relación de compañerismo en el trabajo y la de pareja, para que no se mezclen. Lo damos por conocido.

Supongo que la experiencia habrá dictado que los altibajos de la pasión entre dos colegas de trabajo se trasladan al funcionamiento de una empresa y a sus resultados. O, más fácil, dos que ya no pueden ni verse después de un affaire, odiarán tener que compartir un proyecto. No digamos si uno de los dos es ordenante  y el otro el ordenado.

Sin embargo, es frecuente que un esfuerzo en llevar a cabo un trabajo haga que se compartan más –y mejores- horas con los compañeros que con la familia, a cuyo encuentro vuelve uno quejoso y con sentimiento de haber gastado toda la energía con la que empezó el día. Superar trabas une y afianza los lazos entre las personas. La ayuda inmediata y el apoyo en la toma de decisiones, el respaldo y la colaboración cuando se cometen errores… vincula con fuerza creciente. Y genera confianza.

Y, en cambio, hay parejas –de hecho y de derecho- que ni siquiera aprenden juntos a bailar. Sienten recelo y rechazan la opción de equivocarse y mejorar con su pareja hasta que la práctica les vaya dando satisfacciones. Es más: se echan en cara recíprocamente cada paso mal dado.

Ahora suelto alguna que otra pregunta.

¿Por qué la obligación de un contrato laboral parece más exigente que un contrato conyugal, teóricamente para siempre?

¿Puede que presentarse en el trabajo guapos, peinados, recién duchados y bien vestidos tenga algo que ver?

¿Puede que tropezar con los pantalones y los calcetines por el suelo, retirar “¡otra!” compresa, ver la bolsa de la basura desbordada, oír llorar al niño porque le salen los dientes… y cada una de estas escenas envueltos en detestables pijamas, sin afeitar, tenga algo que ver?

¿Por qué no somos unos yuppies elegantísimos en casa?

¿Hay que escapar de la maldición del chandall casero?

¿Es sólo la promesa –infundada en la mayoría- del beso y revolcón con un desconocido, su deseo, su ensoñación, lo que nos mueve a presentar nuestra mejor versión?

¿Por qué colaborar en que la casa compartida, la sede del hogar, esté  ordenada y alegre es una labor tan infinitamente infravalorada?

¿Tocar el piano en una gran orquesta supone la incapacidad innegociable para llevar una vida familiar alegre, más allá de lo tradicional?

¿Por qué, en general, desde hace tantos años la mujer, la esposa, “tiene que llevar la casa”?

¿Por qué los hombres, en general, no le dan al trabajo del hogar la misma consideración que la de proyectar un enorme puente sobre el Estrecho de Gibraltar? ¿No se han comprometido igual?

Si la ilusión de ganar un gran premio en su profesión, en colaboración con un equipo habitual, está siempre y sin excepción por encima de quien dice ser su cómplice y su enamorado, aquí hay algo que falla: o bien la pareja es una guarida de reproducción y protección temporal de los cachorros y la familia una institución artificial hueca, o bien el hombre, en general, se imagina aún como el cazador que deja en la cueva a su pareja mientras él busca qué comer, olvidando que hoy las ganas de aprender, de dejarse ver, de conseguir el éxito y de agradar está en el ánimo de todos: a nadie le gusta ser invisible.

Irse de copas de vez en cuando con la propia mujer es posible: mientras uno recoge la ropa, el otro pone la lavadora. Lo dice el manual más sencillo del mundo, el que incluye que, cuando tu mujer pone y quita la mesa, no te vayas al sofá. Pon tú el lavavajillas, haz café para los dos… y verás, de pronto, a alguien que no ha dejado de trabajar jamás a tu lado. Es el momento de hacer que las cosas de la casa esperen. Y si los niños son ya grandes, también. Y ese regalito que pensabas hacerle a la de la falda prieta, con quien te has rozado un par de veces junto a la impresora láser, piénsalo para tu pareja. Habrás cumplido con el refrán y harás su verdad más sabia.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días. 

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