Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXX).

Los médicos.

 

Si no son magos, los odiamos. Si no son brujos, también.

Si no nos curan al momento, decimos que para qué están.

Si nos mandan tratamientos largos, los suspendemos a la mitad, poco más o menos, volviendo a cualquiera de los dos puntos anteriores.

Si nos dan consejos para mejorar la salud, respondemos, justo después de salir de su consulta, que uno hace lo que le sale del alma, qué se habrá creído por diez pastelillos de crema al día de nada…

Si nos prohíben fumar o beber en exceso, nos reímos diciéndole, justo después de salir de su consulta, lo que duró nuestro abuelo Cosme en el pueblo bebiendo y fumando como, por supuesto, un carretero. O que el abuelo era carretero, no recuerdo bien.

Si nos ponen a hacer ejercicio moderado, caminar cada día una hora o similar, respondemos que vaya calor la que hace ahora en verano o que a ver quién sale con esas temperaturas tan bajas en invierno y volvemos al sofá.

Si nos recuerdan que los hijos deben comer de todo, con fruta y verdura, escondemos las tres bolsas de cosas de esas fritas de maíz, plástico y azúcar salada que pringan los dedos más que los morros y salimos sonriendo de la consulta del pediatra, montando al niño en el cochecito, encendiendo un cigarrito para charlar con las amigotas y dándole al niño las tres bolsas para que se calle y deje charlar en paz.

Si nos dicen que evitemos el sofá más de dos horas seguidas, que nos sentemos erguidos, que andemos derechos, que procuremos nadar dos veces en semana, que no andemos con ropa apretada, damos las gracias, nos despedimos andando como Noemy Campbell y al cerrar la puerta nos damos dos vueltas más a las cuerdas del pantalón del chándal y nos vamos al bareto, donde, despatarrados, pedimos algo que nos haga olvidar el dolor de espalda que nos provoca sentarnos como una docena de perchas sacadas de un baúl.

Si nos dicen que nos cepillemos los dientes al menos dos veces al día, que acudamos una vez al año a su consulta, que usemos seda dental, le sonreímos con la boca cerrada, pagamos a regañadientes el empaste del jodío niño que sólo come porquerías a todas horas y juramos por nuestras pensiones futuras que volveremos a la mayor brevedad.

Si los médicos hablan de experiencias, estudios, pruebas y más pruebas, nosotros sabemos más porque nuestra abuela tenía mano de santo cuando los niños lloraban en el pueblo. Había que verla.

Si tienen que operar después de una noche sin dormir atendiendo a gente puzzle que viene de fiesta con borrachera y trompazo de frente, le exigimos la pericia y habilidad de un primer violín. Hasta ahí podríamos llegar.

Y no tengo la menor intención de decir que son perfectos. De todo habrá, supongo. Pero yo, un anatema/ateo/agnóstico declarado, rezo porque no queden plazas vacías en la Facultad de Medicina.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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4 Responses to Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXX).

  1. Catherine dice:

    wow, qué buen post. Los pacientes somos de lo último… 🙂 Qué exagero, pero bueno a veces debemos poner un poco más de muestra parte.

  2. jejejejej fino como el laína, como siempre por cierto. Una cosa, ya sabes, te he salido respondón. Yo diría que esa opinión de los médicos solo se da en casos leves, cuando peligra la vida, cuando el médico ejerce, es un respiro de dios, y te lo dice un ateo devoto y practicante.

  3. Comodoro dice:

    Supongo que entre los médicos habrá de todo, como en botica, pero en general merecen todo mi respeto.
    En positivo: Mención especial para los que trabajan en países subdesarrollados, entre catástrofes y epidemias, sin los medios mas elementales.
    En negativo: Los que sin motivo, molestan al paciente con una retahíla de pruebas sofisticadas y caras para emitir su diagnóstico, con fines lucrativos.

  4. Gabriel dice:

    Gracias por ayudarme a agradecer tanta vida salvada y tanto dolor evitado.
    Gracias a los tres.

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