Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXI).

2011/07/30

Vacaciones (3). Saber aburrirse.

 

Una vez desescombrado el cerebro, anclado el cuerpo y recuperado el espíritu, hay que saber perder el tiempo en respirar. Van algunas propuestas:

Hay que quitarle el carácter sagrado a las broncas. Miente quien las considera  obligatorias. El verano tiene que ayudar a saber que estamos con la persona que elegimos, que no es la única que ha engordado.

La televisión está que da gusto verla apagada. Puede hacerse dosificando el tiempo de perder –o estropear- la conexión eléctrica. No tiene por qué ser inmediata.

Está el periódico. Están los libros. Está la baraja de cartas, el parchís pequeño y magnético de viaje.

Y está el roce casual al salir y/o entrar de la ducha. Se para uno un instante y no hay relojes histéricos ni horarios. Ahí hay plan. Es tiempo planificado, pero libre. Qué bueno.

Y el tiempo de saber estar sin hacer nada. Se acepta urbi et orbe que los músculos de los futbolistas deben descansar. Es por saturación, por necesidad de regeneración celular. Pues me parece muy bien: hagamos lo mismo con nuestra mente. Démosle un tiempo de cerrar los ojos y tumbarnos. Mucho mejor después de quitar la mesa entre todos, que tiene guasa que haya mujeres que siguen su rutina en las vacaciones –del resto de la familia- sin enterarse de que ellas lo están.

El tiempo de noches sin frío invita a soñar. Pues seamos buenos invitados. Soñemos con cosas buenas, con resolver los problemas con más sencillez.

Como norma de obligado cumplimiento, evitar partirle la boca a quien nos pregunta en qué trabajamos. Aunque sea dentista y nos sonría.

Saborear el tiempo, doblegarlo con la sencillez de un paseo sin metas. No es tan bucólico e imbécil como parece. Y es necesario.

Hablamos de la fase de consolidación de las vacaciones, no hay que olvidarlo. Y es la reostia.

Lo de los kilos ganados es la reserva. Que vienen –sin llamarlos- los tiempos duros de lucha. Allá ellos.

Disfrutad del tiempo libre. Dos palabras que juntas dan para mucho. Prohibido desperdiciarlo.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

 

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXX).

2011/07/23

Vacaciones (2). Cómo desenvolverse en otros sitios.

 

Lo de viajar sin descanso, amochilado y con pantalones cortos.

Plausible en principio, aventurero, emocionante. Pero con peros:

Si te da un apretón, el campo apoya y disipa la intención y el resultado. Hay miles de hormigas a la espera de depósitos ulteriores que no tienen a mal en compartir con otros insectos.

El problema se crece cuando está uno, pongamos por caso, en el mismito París. Ya tienes cuatro amigotes con sus guías desplegadas y el más tonto (después de ti) está dando una perorata sobre el Louvre que no la aguanta ni él. Y tú con el primer retortijón. En esta  situación, apelemos al heroísmo y, gracias al bolsillo llenos de monedas de cincuenta céntimos de  euro, salir del paso y enamorar con la mirada a cualquier guardia urbano que nos indique un cercano lugar de desahogo.

En las antípodas de lo más incómodo, una vez resuelto con brillantez el punto anterior, las grandes ciudades llaman a comer en sus restaurantes. Como nos puede coger en la decadencia del aspecto del final de la jornada turistona, no nos da por meternos en uno de los buenos y buscamos, con cómplice e hipocritona sonrisa, uno de los que venden pizzas y hamburguesas. Y sin vino, sino líquido de ese de los tornillos que como está fresquito y empuja la bola para abajo, no levanta protestas. Al menos el primer día.

Si te da por proponer callejear, hazte la propuesta a ti mismo. Lo más, incluye a tu parienta y huid los dos. Después siempre se encuentra una explicación para darle al de las explicaciones del museo. Algo así como que preguntasteis en recepción y os dijeron que “sus amigós ya se han laggado, mesié. Laggo de aquí, pog favog”.

Si no consigues huir ni ver la ciudad por tu cuenta, el fracaso es descomunal. Están bien –bien de veras- las visitas guiadas. Pero no pueden sustituir a la que hace que, aún mapa en mano, te pierdas engullido por las calles. Siempre habrá por donde volver. Comprobarás que aprietas más fuerte la mano de tu pareja.

No podemos dejar –mucho menos en un viaje- que el mundo nos lo den digerido. Viajar alimenta la sensibilidad y cura de muchos males, entre ellos la soberbia y el nacionalismo. Aprendemos de cualquier reacción, incluso de las chungas. Vemos cómo se mueven, visten y se desplazan.

Propongo –dentro del presupuesto, lo demás es mandanga- una mezcla de control y descontrol. Un poquito de ver cosas que están para verse y otro poquito de descubrir. Una mijita de escuchar al que se ha preparado las conferencias sobre la Mona Lisa y otra mijita de meterse a oír cantar en su lengua a los que viven allí. Un poner.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXIX)

2011/07/16

Vacaciones (1). Cómo llegar al sitio.

 

Hoy vamos a la costa de suave arena y aguas de maravilloso murmullo. Más o menos.

Se ha hablado mucho, pero para llegar “a” lo mejor es salir “de”. Aunque sea “con”. Y ahora, consejos útiles:

Poco cargado. Tanto de bolsas y sombrillas como de motores fuera borda. Dejemos descansar a los riñones. Y, por mucha bronca con El Frente Familiar formado por las tres cuñadas y la suegra añadidas, ir poco cargado del tinto de verano. Como norma prudente, para mitigar lo cargante, llevarlo ya bebido y bien descansado es buena cosa.

Los esternocleidomastoideos hay que masajearlos dos veces al día. O eso, o decirles a las niñas que paseen más despacito por la orilla, envueltas en esos teóricos bikinis, fruto de la paciencia costurera de un pigmeo con microscopio.

Entrada al agua. Hay que dosificar el barrigazo. La teoría dice que hay quien rebota en el suelo hacia atrás sobre su propio abdomen, al irse la ola para atrás muy deprisa, en la llamada “resaca”. Si añadimos nuestra propia resaca, no calcularemos bien la altura mínima necesaria para entrar como un tiburón rompiendo las olas en millones de cristales. Otra cuestión a repasar es procurar no perder el bañador en la heroica entrada.

Lo del móvil. Se cae siempre en la playa, ya sea dentro de la ensaladilla rusa o del boquete que ha hecho el niño con el niño de tu amigo, lo que evita que los muelas a palos, y donde ya te has torcido el tobillo hará un par de horas. Evitar pedirle el suyo a nadie, porque puede que no le guste la ensaladilla.

Tumberío. Dentro de y al amparo de la sombrilla. Si no te dejan sitio, peléalo, alquila un toldo o ponte debajo de la de color naranja chillón que ha llevado una cuarentona alemana de pechos panzer divitzionen. Verás cómo tu patulea femenina te hace un hueco instantáneo después de rescatarte del cobijo naranja y teutón.

Pasear. Busca el hueco después de escupir la arena de la siesta y date un caminito de “hora y cuarto lo menos” cuando hayas vuelto a los veinte minutos pidiendo un changüi para la merienda, con menos arena y el tinto ya calentorro.

Recogida. Guardada de trozos de pan duro y sequerón en bolsas de plástico, junto con botellas de plástico. ¡Viva la ecología!, dicen poniendo en tus manos la basura. “Y tarda lo menos posible en volver de los contenedores, que la abuela se ducha primero para que se le seque el pelo y hasta el apartamento son lo menos tres cuartos de hora si no nos coge caravana”, te aconsejan a coro.

Ahora las bolsas pesan menos, pero las piernas pesan más.

Es tiempo de soñar con la ducha, aunque no quede de la caliente. De sentarse en la fresquita de la terraza, aunque sea en el suelo. De mirar las estrellas, rascando ronchitas de mosquitos, tan hechos a ganarse el pan chupando la sangre. De pensar aquí estoy, tan ricamente, mientras un balón de playa nos quita de golpe el sombrero, sin tener que hacerlo nosotros mismos ante el espectáculo de ver tender la ropa a la teutona de cuarenta el tiempo justo de llamarte para cenar el coro femenino, a cuatro voces.

Y al día siguiente más de lo mismo, pero algo mejor. Seguro.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reseteemos.

2011/07/10

Valiente, como si nada

hubiera pasado allí,

giré la llave y abrí

la puerta de mi ex morada.

 

Según tus entrenamientos,

el perro, en cuanto me vio,

se acercó a mí, me mordió

y me dejó sin aliento

del mordisco que me dio.

 

Le di otro hueso distinto

de los míos, por que jugara,

consiguiendo que soltara

lo que mordió por instinto.

 

Llevaba bastante prisa,

buscaba ropa y mis discos,

pero después del mordisco

me olvidé hasta las camisas.

 

Ya me iba de la casa,

de la aventura de vernos

tú con Jorge, yo con Blasa,

y los dos pares de cuernos.

 

Aunque antes de cerrar

vi al chucho ladrar mirando

hacia una puerta, indicando,

Invitando a investigar.

 

Mirando al perro de reojo,

puse la oreja en la puerta

y oí como una reyerta:

un “¡te cojo, que te cojo!”

que puso mi sangre alerta.

 

De patadón entré al cuarto

y los encontré encontrando

lo que buscaban, rodando.

Por poco me da un infarto.

 

Ya ves,  nuestros divorciantes,

cada uno por separado,

en nuestra cama liados

sin perderse ni un instante.

 

Propuesta: ven cuanto antes,

que no nos tomen por tontos,

echemos a estos tunantes

y vuelve a mi cama pronto.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXVIII).

2011/07/09

Instrucciones veraniegas (1). La siesta.

 

Falso testimonio para aquellos que la definen como intensa pero corta. San Felpudio los perdone, que no lo haré yo.

Malos rayos partan el páncreas de aquellos que no la respetan, a base de preguntas de claro estilo befo, tales como ¿a qué sestá tela de bien asquí echándonos la siesta tan a gustízimo?

Deságasele la digestión de un solomillo a aquellos que tildan la siesta de traidora, que siempre anda a salto de mata, pendiente de una jarra de tinto fresco, para juntos pegarnos una modorra del copón reondo.

No sigo con las maldiciones, que me conozco.

Enumero, en simple y román paladín, las virtudes y maneras que rondan y definen la mejor falta de actividad descrita desde que le salieron árboles al planeta.

1) Nada de previsión. Se lleva uno el periódico que no va a hojear –basta la contraportada, si acaso la programación del cine de verano- y los dos tomos del Ulyses de Joyce.

2) Lo de “la colcha apártala, Gustavi, que después huele a pies”, mejor no comentarlo, porque se me pone la antragantancia en la epigondolosis y se me llevan los demonios. Al caraho la colcha.

3) ¿Persianas levantadas? ¡Le doy un mordisco a la cinta de la persiana que no la vuelve a subir ni una grúa! ¿Y el fresquito, sentraña?, y a ver ¿quién detendrá las fuerzas aéreas en que se han convertido los mosquitos de las zonas playeras?, dime en el alma quién. Quietas las persianas.

4) Calcetines puestos. Discutible, como mucho negociable. De acuerdo en enjuagarse los pieses.

5) “Las zocholatarde, pordió, lazochoooo”, a grito pelado, no son formas de llamar a alguien que tiene descolgada la mandíbula, cruzado en diagonal, bocabajo.

6) Preguntas prohibidas “¿me pondría un cafelito, gariño? o ¿gueda argo de gahpashito fresco? ¿teníamos niños, nosotros?

La siesta masculina, me parece que he dejado caer sin decirlo.

Propongamos que es la jefa quien, con masculina y escurridiza habilidad, se escaquea del fregado un par de sobremesas del apartormento veraniego y se intenta pegar el tumberío a la fresquita. A los veinte minutos, en el salón, se están dando de palos los niños, los cuñados y las suegras infiltradas. O se cuentan por pares los/as tontos/as encargados/as de entrar en la habitación y soltar “Oich, perdona hija, que venía por estas chanclas inútiles y viejas, que no necesito para nada. Tú sigue ahí tranquila, descansa, que no te quiero molestar”.

Esto tiene como única solución el contratar el apartamentito con la tribu y una habitacioncita en un hotel cercano y desconocido para el grupo.

Pongan en práctica, amigos míos, estas instrucciones y baremados de la sagrada siesta. Verán cómo mejoran sus vidas.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Gora San Fermín.

2011/07/06

Puerta de Gloria.

Elegí a Carlomagno III, el más bravo del  lote, al que miré a la cara antes de salir. Sonó puntual el chupinazo, que tapó mi disparo al amante de mi mujer, y corrí al encierro.

Pagué a los mozos para que, al pasar mi toro, el resto resbalara en la curva, pero salió aún mejor: aplastaron a mi cuadrilla, recuperé el dinero, frenaron los cabestros y pude subirme al morlaco. Comenzaba mi momento de gloria y miré al balcón de Miranda cuando pasé por su calle. Ayer le juré que me separaba de mi mujer, sin rodeos, cogiendo el torno por los cuernos.

Se reagrupaba la manada, acercándose a mí tanto los demás toros como los que me buscaban por robarles y dejarles medio muertos.

Pero todo habría merecido la pena si lograba que Miranda, de mantilla, me tirara una flor al verme entrar en la plaza como yo soñaba.

O la puerta del callejón era muy baja o yo había medido mal mis propios cuernos. Al caer, me pisotearon tanto los mozos -muchos más y con más saña- como los bichos. Allí me quedé, con los bolsillos vaciados en un momento, viendo a Carlomagno III pararse majestuosamente ante el palco que ocupaba Miranda, que no entendió nada.

 

 

 



Tramítame el querer.

2011/07/02

 

 

Sellado por tus besos queda activo

el pacto de poder verme en tus ojos.

De las copias del texto, una cojo

y en pleno corazón guardo y archivo.

 

La forma de acceder al documento

y hacer valer a diario este derecho,

será visible por el simple hecho

del golpe de latido violento

disparo, explosión fuerte de mi pecho.

 

No exigiremos ningún justificante

confirmando pasión, maldad, bondades:

comprobación de cómo las edades

hieren de amor, la herida más sangrante

que hace morir de amor a las verdades.

 

Y todo el expediente, revisado,

se quedará en su sitio, al descubierto,

pendiente del abrazo, de hacer cierto

el cuento del amor recomenzado

tras cada amanecer: quedará abierto.