Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXV).

2011/08/27

Penas.

 

Las de uno, por supuesto, y ya veremos si alguna de alguien más.

Pero si te paras de verdad en las de alguno que otro, las tuyas se liman. Eso tiene que llevarse con mucha fuerza, pienso cuando veo enfermos para siempre cuidados también para siempre por un familiar que ha entregado su vida y su tiempo. Eso sí que da pena.

Nos quejamos por deporte. Pero no hay que ganar medalla siempre. Quizá algún podio, si perdemos a un ser querido. Eso lo da la vida y no hay que buscar mientras una pena suplente.

Darse pena a uno mismo. Pues es el meollo de lo que no puede ser. Hay que quererse, a pesar del aspecto recién levantado y la barriga sin planchar. Tenemos que entregar alegría sin medida para recoger la que nos den los otros.

En los trabajos, los vagos queremos dar pena para que no nos manden tareas difíciles. Ojo a los jefes, que picáis demasiadas veces en el mismo cuento. Al menos originalidad.

En la vacilada con las chicas, los tristes optamos por dar pena desde el principio. Aunque querríamos mostrar nuestra gracia infinita y cantar tangos sin piano, acabamos acurrucaditos, por ver si pica alguna con el rollete maternal. Sí, sí que funciona alguna que otra vez. Es como todo, amigos.

Pero vivir sólo para la pena es un asco. Hay que arriesgar una sonrisa, un algo de eso llamado atrevimiento. Que los demás noten nuestra circulación sanguínea, nuestro latir con ganas de compartir el tiempo.

Tiempos duros, dicen. Pues sacan lo mejor de mucha gente, que da el paso y se lanza a entrar por la puerta sin trabajo, pero sin pena que darles a los que le esperan. Llegan diciendo cuántos trabajos han buscado ese día, sin desmayo. Y cuántos volverán a buscar al día siguiente, hasta que caiga alguno. Los niños ven entrar un luchador, no un penoso.

No vale lamentarse por costumbre. Es fácil de decir, pero hay que hacerlo. Hay mucho sufrimiento, mucho daño hecho sin consuelo ni remedio. Pero digno de ayuda, no de compasión, una costumbre a erradicar si consta sólo de ayes y gemidos varios.

Tenemos que darle la vuelta a este planeta. Quizá equivocó el sentido del giro. Quizá no reparte los papeles de nuevo cada día, algo que obligaría a méritos constantes para los que ese día les toca el número negativo y a la prudencia y dignidad para los que saben que les va a tocar muchas veces. Supongo que una verdadera alternancia en el sufrimiento nos haría reír de veras.

De momento, escribo con ganas de buscar rostros que, al salir de casa temprano, no se asemejen a un kilo y cuarto de almejas batidas. No se puede ir a trabajar como un alma en pena.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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Si me miras…

2011/08/22

Si me miras de frente, te prometo

no brincar ni girar un solo grado;

ni un paso atrás, ni andar de lado,

y clavado en el suelo, estarme quieto.

 

Probaré irrefutable y temerario

mi espíritu, mi hombría, mi nobleza,

al enfrentarme a la Naturaleza

del fuego de tus ojos incendiarios.

 

Si me acaricias y me desarbolas

de pétalos, tus dedos encendidos,

producirá mi pecho unos latidos

que harán callar al mar lleno de olas.

 

Si llega al fin ese infinito instante

de hablar dos bocas juntas en silencio,

no habrá duda, y sin juzgar sentencio

que no hubo ya un después, ni habrá ya un antes.

 


Cansado el corazón.

2011/08/21

Cansado el corazón de ir de estandarte,

propone que otro sea quien aparente

sufrir por el amor, dolor ardiente,

y empieza por el páncreas, órgano aparte.

Viendo que no le reacciona con latidos,

sino a base de líquido viscoso,

se lanza el corazón a modo groso

por un riñón, no dos, como es sabido.

Recibe una meada o parecido

como respuesta técnica inmediata,

“aquí sólo se filtra, no se trata

de parecer muy triste o dolorido”.

Después mira al estómago y le dice

“Amigo, tú sí sufres con los lances

de amor y sus anémicos percances.

Dí que tú sí querrás comer perdices”.

Una mezcla de ruidos gargarescos

se oyen desde el fondo a la propuesta.

No se habla comiendo y la respuesta

es tosca y se traduce en cuatro cuescos.

Nada dice el higadillo, no se mete,

bastante tiene con cribar metales,

no se mete también a sufrir males

de princesitas y de petimetres.

Retorna el corazón a dar la cara;

nutre al resto de sangre y de aire puro,

se hace cargo y vuelve a ser el duro

que el amor luego ablanda y ya no para.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXIV).

2011/08/20

Desafíos.

 

Hoy me he encontrado con un hombre violento. Se dedica a aparcar los coches en mi barrio. Iba algo borracho y me insultó al pasar junto a mí. Me he sentido mal, poco acostumbrado como estoy a la bronca, ni al sainete del insulto, quizá con paso final a la violencia. Yo sólo digo tacos cuando hago trabajo de bricolage en casa. Y, desde chico, tengo un cierto récord mundial para evitar conflictos.

La cuestión es ¿cuánto he cedido?

Los tiempos son terribles. Dejamos que la violencia encuentre su salida natural y se encauce por donde ella quiera, sabiendo que no hay solución posterior, sino daños. Para la mayoría si no para todos.

Pero me siento mal. Ofendido sin haber hecho el menor gesto. Con una mezcla de miedo y rabia, herido en mi orgullo según creo recordar de cuando me peleaba en el barrio por unas canicas, un gol anulado o la preferencia por un equipo u otro, hace muchos años.

Me preocupa el terreno que me han invadido, el que ocupa un metro alrededor de mi persona.

Necesito saber que, salvo la agresión física, la mejor opción es la que he tomado: seguir adelante, paseando, y no hacer el menor caso al reto. No recoger el guante.

No sé cuántas situaciones de este tipo se producen al día en el mundo. Lo que temo es la costumbre de la agresión verbal, intimidatoria. Y no digamos la que produce una lesión o una incapacidad. Lo que me repugna es tener en la cabeza la idea de que si no hago frente al agresor, volverá a conquistar algunos centímetros más y no habrá opción a evitar la confrontación.  Me amarga vivir con miedo por culpa de quien me desafía sin motivo. Como si para él fuera habitual. Como si se desenvolviera igual que un pez en el agua dentro del insulto. Supongo que en parte debe ser así y que, aunque me cueste admitirlo, soy yo el que está fuera de contexto.

En general, los padres y madres que observo intentan evitar que sus hijos tengan respuestas violentas como primera opción. Pero también he oído a quienes no soportan que sus hijos sean agredidos y se queden parados, sin defenderse. Algunos llevan esta defensa a un ataque y así el círculo no se cierra jamás.

Estoy tocado en algo que no esperaba. Como si a mí no me correspondiera nunca ser el objetivo de una situación así. No sé por qué me encuentro tan extraño, pero lo achaco a estar acostumbrado a la cordialidad de mis vecinos, gente a la que saludo al paso por mi calle, sin más.

Me siento mal. Supongo que, si no se repite, se me olvidará y volveré a mi rutina habitual, la que no contempla estas situaciones.

En fin, a pesar de mi mal rato, disculpen y

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Mi madrastra.

2011/08/18

 

Conocida así porque así se llaman las que cumplen los requisitos para serlo, fue una mujer a la que amé con una pasión desbordante, pero sólo durante los meses de enero y febrero de 1976.

Era ella por aquel entonces, hablo de diciembre de 1975, una mujer arrebatadora, de pelo negro azabache y cejas fruncibles que incluían el miedo justo para ser obedecida por mí, un pobre individuo biberonizado antes de tiempo, que no se atrevió ni a llorar en cuanto entró por la puerta.

Pasó el tiempo y llegó mi adolescencia, quizá a una edad discutible, los treinta. Pero es que todo es discutible. La cuestión es que seguíamos viviendo en la misma casa, con mis estudios a punto de terminar y mi padre completamente fallecido un par de años atrás. Hablo de, estoy seguro de ello, el treinta y uno de diciembre de 1975.

El arrebato erótico sandunguero al que nos dejamos llevar fue un pim pam pum desorbitado. Ocurrió mientras yo llevaba en los brazos una enorme pila de libros para llevarlos a la biblioteca del salón. Puede que el ir  vestido con uno de sus camisones, el negro de encajes, tuviera algo que ver. El caso es que rodamos por las escaleras varias veces, pues tras cada ataque de vértigo de nuestras entrañas volvíamos a subir al último rellano, aunque entonces a mí ya sólo me quedaba una mínima parte del encaje, mientras que ella, fantástica y acechante una y otra vez supo conservar la mitad de mi bigote postizo, el que usaba para los exámenes.

Cuando me desperté el uno de marzo de aquel año, se había ido. No se llevó más que una maleta, que entonces no supe que contenía su camisón negro –ya más mío que suyo- hecho jirones y una magnífica foto de nuestra última caída por las escaleras.

No volví a verla hasta ayer, dos de marzo de 1976, cuando, calada por la lluvia, llamó a casa y antes de entrar y besarme, me mostró una maleta llena de las últimas novedades en lencería.

Elegí la mayoría de los modelos, dejando a un lado la encorsetada corsetería, y entré en casa con ella en brazos, dispuestos a recuperar el tiempo perdido.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXIII).

2011/08/13

Las pamplinas son para el verano.

 

Uno quiere reírse, mojarse y refrescarse más (incluso por fuera) durante el verano, a pesar de los pases de los bikinis rellenos.

Uno añora los tiempos de las vacaciones entre cursos, que entonces sí que eran eternas.

Entonces, uno tonteaba a todas horas. No había tantos horarios como parece, lo que pasa es que te quedabas dormido sin darte cuenta, en un cordel para la ropa. A veces dentro de la camiseta tendida.

Ser niño era fácil.

Y hoy, aún puro verano, tengo nostalgia y muchas ganas de niñear gracias a mis recuerdos.

La facilidad para la felicidad es mucha cuando has nacido en Cádiz y ya vienes con la playa regalada. Empiezas la jornada costero/arenosa con opción a bocata de calamares y cerveza fría y la terminas con un atardecer que avisa para la ducha y el cine de refrito de verano, donde el Drácula y don Juan Guaine te esperaban lo justo para empezar.

Tiempos de no pensar en estudios ni obligaciones y sentir el roce de las olas. Hoy me paro, clavo los pies en la orilla y consigo no oír el bullicio, apagarlo con la espuma del descorche de cada rompeolas.

Hoy es difícil que te acepten sobre una colchoneta en forma de lagarto hinchado. Tus sobrinos sonríen pensando que es una gracieta pasajera y guardan las formas entre sus amigos. No queda más que una proeza en forma de voltereta doble o retirarte con dignidad. Eliges lo primero y se pierden muchos puntos de valoración, tanto de uno como de los chiquillos, que se retiran discretamente. Lástima si además alguna vikinga te ha visto caer de forma poco elegante, dolorido en barriga. Con lo fácil que era con quince años…

El tiempo de sentir que se terminó un trabajo y que aún no nos han encargado el siguiente: eso es mi sueño de todas las noches de verano. El verano es un regalo en mi Sur.

Caminar, bañarse, tomar el sol… suena más prudente, más de las edades provectas. Correr, zambullirse con panzazo, estar a punto de quemarse la espalda si no te pringan con crema de protección factor 451… es lo que viene de veras a la cabeza.

El verano es el momento de resensibilizar el cuerpo. A través de la piel, poro a poro, sin prisa.

El verano me hace añicos los esquemas. Hay luz por todas partes. No hay colores perdidos por culpa de las nubes. Las mujeres lo saben y sus vestidos se tiñen de fiesta. El viento también lo sabe y revolotea las faldas sin avisar, cuando uno más se lo espera.

Vivan los veranos calientes con cerveza fría.

Vivan los amaneceres frescos, para ir a los mercados a buscar la fruta llena de sabores del verano.

Viva cada uno de esos días del verano que se paran, como hacen las gaviotas en el aire, y se hacen infinitos.

Viva el cruzarte con una mirada inesperada, de quien tanto quieres querer durante tantos días y que el verano, alcahueta maravillosa, permite que se acompañe con una sonrisa. Y un abrazo. Y un muerdo.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXII).

2011/08/06

Obras en el hogar.

 

Las obras en el hogar DE LOS DEMÁS están realmente bien. Las causas son variadas y los resultados en general agradables de ver cuando te invitan a ver el armario nuevo, perfectamente preparado para colocar en él las cosas nuevas inútiles recién compradas.

Pero hacer las obras en la casa de uno es:

Temerario. Nadie sabe cómo puede acabar el sistema nervioso.

Ruidoso. El timbre del vecino, de su voz, resulta mucho más agudo que el de la puerta. (Consejos: anular el timbre, tapar la boca del vecino; otras). Pero el primer martillazo, el que compromete a tirar del todo la bañera para el plato de ducha, es para el rudo operario como darle al muro de Berlín: una liberación. Al propietario del piso, es un gong infinito, el paso hacia una nueva era que no sé si será la de Acuarios o la de Obituario.

Sucísimo. Polvo eres, polvos intentas, pero no puedes huir del polvo en polvorosa. Se extiende por las habitaciones, penetra en tus libros, tus calcetines, tus fosas nasales y otras fosas que crees bien guardadas… inútil. El polvo de escayola es la maldición bruja más eficaz desde la calvicie y la caída del mástil a eso de los …enta y tantos, aproximadamente. Digo yo.

Inestable. La gran (grandísima) imaginación femenina provoca la rectificación en marcha del proyecto inicial. El yaquestamos es la mayor demostración de ello. Se cambian tabiques que aún no se han levantado y de pronto, por no se sabe qué pasillo, rompe el oficial segunda y se encuentra uno en la habitación de la suegra antes de que esta termine de ponerle la rayita a la botella de anís.

Caro. A pesar del juramento cementocrático del contratista, que ha conseguido comprar los materiales a precio de 1.778, a un conocido suyo. Y del precio cerrado, comprenda. Y uno, cuando logra ver el rostro del profesional bajo dos capas de polvo de escayola, comprende. Y paga.

Resultado. Genial, lo reconozco, si reconozco también que se vuelve a entrar en la casa cuando sólo huele a ambientador y la única mota de polvo que flota en el aire es mirada torvamente y se larga. Las cosas, de nuevo en su sitio salvo el dinero, que ha cambiado de bolsillo. Los libros legibles sin asfixiar en su pase de páginas. La normalidad. Las toallas no entran a presión.

Efectos colaterales. Da uno publicidad gratuita boca a boca. Se despide con un apretón de manos a los operarios, después de una convivencia más que mensual donde se conocen extremos familiares y personales. Pero, sobre todo, el tirar a la basura un montón de cachivaches inútiles. Eso sí que justifica un zafarrancho, sea del tamaño que sea.

Pero:

Obras son amores y no buenas razones.

Por sus obras los conoceréis.

Obrad en reconstrucción mía.

Obra y cobra pronobis.

Olvidad pues vuestras zoz obras.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.