Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXIX).

2011/09/24

Ideologías: Sí. No. Ns/Nc. Táchese lo que tenga cojones.

 

El socialismo debería haber revitalizado para siempre la relación individuo/Estado. Pero el Estado, compuesto por individuos, ha liado lo suficientemente la guita como para que el Estado necesite crecer tanto y para tantos lados, que ya ni se acuerda de cómo era aquello de repartir.

El capitalismo debería haberse dado cuenta de que cuando hay mucha gente que no tiene nada que perder se lía la gresca. Y que ya le resulta más difícil montar una guerra para sanear excedentes de personal. No hay cosa más limpia que una contienda, desinfectar, suturar y volver a empezar con la lección bien aprendida, para que el mundo comience a girar de nuevo al ritmo debido. Debido, por cierto, a un tipo de interés del mismísimo coño.

Lo bueno es liarla. Si no hay nada que repartir, los dirigentes socialistas deberían repartirse menos. Imitar menos a los reyes en los gastos y en el boato sería buena cosa. Es de castaña lo que se derrocha a diario. Hete aquí un clavo difícil de arrancar “A diario”. Ahí es donde se nota la ideología que busca que no haya gente que viva mal.

Dado el desorden habitual en las exposiciones de ideas que acometo en estas reflexiones, no les sorprenda que meta aquí un inciso:

Las cañerías de agua, al menos en Sevilla, provocan el mayor de los despilfarros cuando hablamos de mal uso del agua. Cuando había un cubo por casa y colas en la fuente…

He intentado una analogía. A ver qué tal se entiende. Yo mismo así, así…

En el otro extremo, vuelvo a lo mío, si tengo un Estado para administrar cada vez menos, tengo que quitar lo superfluo.

Y aquí es donde le doy –en apariencia- pábulo a los del partido del té reunido. Pero en realidad es una añagaza: un mojón bien para ellos. ¿que por qué? Pues porque nunca, jamás, empiezan el recorte de gastos por la parte de los lujos.

Conservador: rebajar la importancia del Estado, su estructura. Y mira tú por dónde, se empieza por la cultura. Concretamente por la educación. No por los coches oficiales, ni por la categoría de los hoteles en que se hospedan.

Lástima de socialistas que han derrochado el tiempo y el dinero que no era suyo. El mundo entero, la Historia llena de sacrificios, les ha puesto una corbata y un cargo para que se presenten en palacio y pidan por todos un poquito menos de desprecio al débil. Pero el cargo se les ha subido a la cabeza, tiran con pólvora del rey mercado y luego quieren engañar al que más sabe: al dinero. Y eso es imposible.

Claro que expongo sin contundencia, sin orden. Según avanzan las teclas más deprisa que mis ideas, las intento seguir con la lengua fuera. Y sé que no llego.

Pero ahí queda, ahí fuera, el mayor pifostio de muchos años en nuestra civilización, recordando que se nos olvida para qué se inventó ser ciudadano en lugar de súbdito. Justamente: por la dignidad del ser humano.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXVIII).

2011/09/17

Fiesta.

 

Me desperté de la candonga de ayer noche y sólo recuerdo la Luna saltando de un tejado a otro. Quise hablar, pero los labios no colaboraron y la miel del ron juntó aún más los labios. De los cien mil grillos de mi cerebro, un tres por ciento se puso a chirriar aún con más fuerza, coincidiendo con la llamada de mi padre para que me levantara y cogiera los tubos, el soplete de soldar y la llave inglesa universal.

Por la escalera intentaba recordar el nombre de la mujer que cogía la botella y me agarraba la cabeza para que bebiera de sus labios mientras bailaba para mí.

Creo que era el cumpleaños de alguien.

En el coche intenté dar una cabezadita que se acompañaba del recuerdo vivo y tangible de unas caderas donde intentaba agarrarme para que las cosas dieran menos vueltas. Mi padre me susurró que cerrara bien la puerta y me pusiera el cinturón, lo justo como para que le pidiera que no me clavara ni un solo clavo más en los oídos.

Era una niña que parecía mayor, creo recordar. Dijo que cumplía diecinueve, pero me parecía –igual que a todos- que era mucho más joven. Era la que repartía las bebidas y después iba y venía para cambiar la música y hacer que las parejas cambiaran. Estaba en otro intento de quedarme dormido pero mi padre me abrió los agujeros de la nariz al entrar de nuevo en el coche –sin que le viera salir- con un vaso enorme de café caliente.

Mientras mi padre tiraba de mí hacia el día recién nacido, mi inercia del mundo real de la noche anterior lo hacía con la misma fuerza. En las pausas de los semáforos era capaz de juntar a las dos mujeres en mi duermevela, la que traía las bebidas y la que la distribuía de su boca. Me puse a bailar en el asiento, al ritmo que marcaban las melenas negras de las dos y mi padre dio un frenazo en todos los sentidos.

No supe que la avería que íbamos a solucionar estaba en la casa donde se celebró la fiesta hasta que llegué. Al salir del coche cargado de herramientas, trastabillé y estuve a punto de caer. Por pura lógica, me crucé con las dos mujeres jóvenes de la noche anterior vestidas con batas blancas y con guantes en las manos. En lugar de darnos los buenos días, nos vomitamos los cafés como saludo y nos dirigimos a cumplir con nuestro deber: yo a corregir un desagüe lleno de vidrios y ellas dos a peinar y hacer la manicura a la dueña de la casa.

Pero antes de separarnos, volvimos las caras al unísono, nos juntamos tras un pequeño cobertizo y sin más ceremonias nos desnudamos con rapidez y nos devolvimos la ropa interior mal repartida.

Antes de terminar de arreglarnos, sonaban desde la casa los gritos de mi padre pidiendo que le encendiera el soplete: habría que cortar y volver a soldar la tubería atascada. Ninguno de nosotros intentó hablar ni recordar más de lo que ocurrió en la realidad de la fiesta y aceptamos de buen grado esta pesadilla tan extraña, con el sol en la cara y ruidos de máquinas, sin ron ni música.

Antes de entrar, nuestros móviles señalaban la hora y lugar para volver a estar vivos.

Mi padre miró la pantalla y me pasó una mano por el hombro, animándome en mi primer día como ayudante de fontanero. Dicen que engancha, ya veremos.

 

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXVII).

2011/09/10

Leer.

 

En principio es comprender, después de un vistazo a algo escrito.

Pero va mucho más lejos si lo escrito está con intenciones de juntar dos mentes, dos imaginaciones y dos formas de comprender el mundo. Aunque –un poner- uno de los dos esté en el Aconcagua y haya muerto hace cien años y el otro sea de Alcantarilla, provincia de Murcia, y sea una funcionaria de las que SÍ trabajan. Y con ganas.

Leer es conectar. Quizá demasiado ceñido a las palabras y otros signos, quizá poco aceptado como lo que es, intuir y desenmarañar un pensamiento que descansa alineado en páginas, pendiente del revoloteo causado por una mirada. Y quizá, algo más libre, en calar un comportamiento, una forma de ser y no sólo con una mirada: leer es averiguar.

¿Y si las ideas se propagaran sin necesidad de letras ni otros signos grabados? Las ideas podrían ir puras de un cerebro al resto, apuntando bien no sea que propusiéramos noches locas a un conserje demasiado cercano a esa rubia de plena potencia que nos miró distraídamente. Porque eso sí, a ver quién controla unas ondas que estaban amarraditas en la cabeza de uno cuando se dejan salir.

Los tamaños de letras, las palabras espesas o ágiles, las frases cortas para decir pronto las cosas. Los párrafos para navegar a gusto con el  que las escribió pensando en tu segunda lectura, que completaría y agrandaría la suya primera. Sólo lo puedes hacer con la lectura.

Sustituye el hecho de leer al más inmediato y permeabilizador de la visión de gente moviéndose, de la imagen y los sueños ya hechos, envasados e inamovibles. Porque a ver: ¿Quién va a tener el caballo más blanco que el de mi imaginación? ¿Quién va aplicará caricias como las que imagino a la rubia plenipotenciaria? Nadie. Nadie se cuela en mi universo creado por la lectura.

Las noticias, los prospectos de laxante, las instrucciones de manejo del mismo, son pequeños telegramas que ayudan para un momento concreto, también individual. Pero no hace falta interpretarlos. Están casi descifrados. Lo bello y emocionante se produce al acercarse a ese deseo inicial de quienes hicieron poemas para el juego del soñar. Ahí es donde está la magia.

Propongo la lectura incluso antes que la escritura, que es dibujar. Propongo leer cuanto antes, sin interrumpir la lactancia ni las siestecillas, pero buscando descubrir cuanto antes un mundo negado a quienes no han podido entrar en la Fantasía gracias a los libros. Y antes los tebeos. Y antes los cuentos.

Agradezco el privilegio y, a lo suave, no pierdo ocasión de proponer el aprendizaje de la lectura a todos los que me cruzo y no han podido aprender todavía. Alguno/a cae. Cuando lo vuelvo a ver, parecen haber nacido de nuevo. Y no exagero.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CLXXXVI).

2011/09/03

Fines de semana.

 

Para el que los tenga libres todavía, mucho más que un regalo.

Para muchos, un tiempo de comprar, limpiar. Quizá para descansar.

Es otro de los puntos que se van, que se pierden, pegados a la cola de ese monstruo que dice que seamos cada vez más infelices. Que hemos vivido demasiado tiempo bien, muy bien. Y que eso hay que pagarlo con infelicidad.

Somos la cigarra, por lo visto.

Tenemos años por delante para compungirnos, exorcizarnos y quizá así, redimirnos.

Hemos inventado un paraíso terrenal, un alejarnos mucho de la esclavitud, que tiene un coste.

Claro que, poquito a poco, sábados y domingos, se puede corregir tanta desvergüenza y compensar a los mercados, para que se apacigüen y nos perdonen los desmanes.

Se empieza por un par de horas el sábado, entrando más tarde de lo habitual, lo que da una idea del tratamiento homeopático que nos han prescrito. Si se rompe en mil pedazos el descanso, el tiempo de quedar con los amigos, se gana en quitar de en medio faenas atrasadas, consiguiendo el lunes una sensación de orden en las mesas, en los talleres y en los almacenes. Aunque los cuerpos vayan cascados.

Los fines de semana desintoxican, liberan, desahogan.

Soñar con descansar tiene su afán. Se vive -se vivía, se trabajaba- con el ojo puesto en lo terminado, en la tarea que nos afirmaba como parte de un proyecto. Y en hacer otras cosas después. ¿Se tendrá que vivir pensando en nada más que el beneficio?  Menudo error.

El viernes por la tarde se quitaba uno la armadura y dejaba entrar el tiempo de la familia y los amigos. No podemos dejar que nos marque la piel. O peor aún, que forme parte de ella.

Los parques tienen ahora un gran vacío de padres, llenado a duras penas con los abuelos. ¿Tendrán que abrir también las guarderías los sábados y los domingos?

Si además nos dan fútbol por televisión, siempre los mismos partidos con los mismos jugadores –el resto no importa ni existe- nos apalancamos y follamos menos, que ya es decir. Pero se llega a esa sensación anestésica del alma que nos hace manejables.

Los que se llaman indignados dicen cosas que hay que escuchar.

Yo aporto que el mundo del trabajo y de las obligaciones ha ganado, con mucho esfuerzo, un tiempo de descanso y disfrute.

Empecemos, como ellos, poquito a poco: al menos no olvidar que los uno o dos días de descanso semanales son sagrados, aunque no puedan coincidir siempre con los fines de semana, como se puede comprender.

Empecemos, como mínimo, a recordar que no es aceptable ser machacados.

Si la única vía de competitividad de un empresario es alargar la jornada laboral, ese empresario es un maleta de solemnidad. Que revise su balance y sus ideas, su organización y su idea de empresa. No sólo esa partida tan fácil de manejar, la de gastos de personal. Y que piense en un personal que, si se ha ganado el descanso, debe disfrutarlo.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.