Reflexiones de un sábado por la mañana (CXCIV).

2011/10/29

Jalo bien.

 

No estoy en contra de hacer un trato para que no me hagan un truco. Ni al revés, porque no sé qué significa ninguna de las dos cosas.

Pero sí vuelvo a pensar en cómo se ha impuesto esta costumbre americana. Con qué rapidez se ha extendido, que parece el padel.

Llegan los chiquillos a la puerta, me plantean la disyuntiva y yo abro una bolsa preparada por mi mujer, que no estropearía una fiesta jamás (no como otro que yo me sé que está casado con ella y no quiero señalar), reparto unas golosinas, chucherías, caramelos varios, chicles y supongo que me libro de hacer un trato con un alguien del más allá que anda por acá si no le endulzan la vida.

Pues bueno.

Tradiciones con parafernalia aceptable, buena puesta en escena. Y marketing, muchísimos millones de metraje peliculero donde te inyectan SUS tradiciones. Sus miedos y su intento de trivializar ese rollo de los difuntos y los vivos.

Porque aquí, menos ruidosos, llevamos unas flores que adornen y dignifiquen. El que lo siente reza y el que no se queda callado, con la dosis de respeto por el dolor de la ausencia, la inevitable falta de alguien a quien se quiso. Para mí es más sensato en esta medida, aunque no niego haber presenciado explosiones de llanto acompañadas de expresiones de canto como “¡Se lleva una parte de mí!”.

Aquí he vencido la primera tentación de ponerle humor negro a la cosa.

La cultura de la muerte.

La esperanza de otra vida.

Pero, ¿no será mejor invertir en ésta? Es que veo un fifty fifty que me agobia.

Como hay tanta gente dedicada a investigar el después, se mantiene un constante interés y se mantiene la parafernalia y el negocio.

Claro que sería mucha chulería por mi parte decir que la NADA está a la vuelta de la esquina: un trabajo mojonero y discontinuo,  una pensión vergonzosa y ¡hale hop!, ya puedes ir adoptando la PHE (postura horizontal eterna, pronunciar pe), a menos que estés quemado de esta vida y salgas de ella sin renacer de tus cenizas.

La vida y la muerte y viceversa. El sentimiento de que hay un algo más esperando, de que esto es transitorio.

Dejemos lo intangible: demasiada bulla para un día de dulce. Que piensen en ello los que no tienen a una legión de chiquillos llamando a la puerta, unos pícaros que esperan a que se apague la luz de la escalera para llamar a mi puerta y, por ese orden, ofrecerme un trato para que se me pase el susto.

Yo me limito a agarrar por el sombrero a una pequeñaja que viene vestida de bruja y se lo jalo bien. A ver si españolizo algo la cosa y dentro de unos años puedo, al fin, popularizar esa noche bocatas de chorizo y queso, que eso sí que despiertan a un muerto.

Se lo digo yo, ha, ha, ha, ha…

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CXCIII).

2011/10/22

Eta vez esperemos que sí.

 

Cada forma de patología, a su roce con una piel distinta, crea una enfermedad diferente, pero la enfrentamos sin dejarnos engañar del todo por los síntomas y sin dejar de contar con ellos.

El cuento del pastorcillo mentiroso es nuestro paso obligado a exigir la verdad desde la primera vez que se dice “de verdad”.

Con estas premisas dispersas, no soy capaz, no me atrevo, a gritar al viento lo que llevo esperando desde que las páginas de los periódicos temblaban por tantas fotos de jóvenes guardia civiles asesinados, de tiros secos por la espalda. No me sale aún la botella de champán del frigorífico de toda la vida.

Sólo pienso en Euskadi como personas trabajando mucho, gente con mirada directa y clara el tiempo en que los visité.

No renuncio a soñar un futuro sin violencia oficial, calificada/estructurada como conflicto bélico para ese simposio reciente con un título de carpeta inaceptable para tantos documentos, declaraciones, justificaciones insólitas y miradas para otra parte cuando se ha vivido con la extorsión y la mirada amenazante a diario: algo muy difícil, pero que muy difícil de tragar desde que te levantas hasta que te acuestas.

Y las cartas del impuesto revolucionario.

Y que me crea que ahora los pocos héroes del pueblo que aún andan sueltos, unos cincuenta, van a trabajar en una cadena de montaje… Porque del colmo de los colmos se me ocurre si pedirán ahora una pensión vitalicia por su trabajo para el hipotético estado independiente.

Dejar de sufrir.

Recomponer la estructura social.

Diálogo.

Nada de esto se puede negar.

Todo esto hace falta.

Pero me planteo la memoria y el respeto a cada persona muerta porque alguien, el primero que se creyó con autoridad, apretó un gatillo.

El lema de que nadie que muera por tus ideas disfrutará de ellas lo llevo grabado a fuego. Es pensar en cada universo único, irrepetible y roto. Ese cada alguien que no podrá disfrutar de este adiós a las armas, que, por cierto, no he visto todavía tiradas en una plaza para la chatarra.

Quizá con esas, eta vez me lo creería.

 

Tengan todos ustedes muy egunon.


En campaña (3).

2011/10/21

Efervescencia.

-Y nuestro posgrama es tan buenísimo, amigos creyentes todos, que ni os va a salir la barba en domingo si lo votáis.

Aplausos, banderas, vuvuzuelas, abanicos, peteneras… Una fiesta que los doce asistentes al mitin desbordan con sus cantos y su entusiasmo. Van ocho minutos de reunión y el candidato, pleno de ardor electoral, se lanza a por más promesas.

-¡Y la sin alcohol sabrá a cerveza!

Silencio brutal, sólido, que estalla al caer sin peso; como alguna que otra pancarta, junto a miles de carteles con la imagen del candidato, que ya lamenta dónde se ha estrellado. Y más cuando descubre que el cabeza de lista de la oposición se había limitado en otro mitin celebrado aquí cerca que “la pondrá muy fría, aunque no sepa a nada”. Se quiere morir.

El día de la votación, se resigna a ver una y otra papeleta pringada de chorizo, marca inequívoca de que incluso los charcuteros han votado a su adversario político, un advenedizo, pero alguien  que sabe dónde tiene los pies y cuál es su techo.

Delicuescencia.

Han pasado cuatro años y el candidato vuelve porque no hay otro. Esta vez necesita un plan. No lo tiene, luego tendrá que tirar por tierra lo que su oponente prometió y no ha cumplido.

Consigue movilizar un electorado ya revenido por las falsas expectativas, pero aún capaz de oír nuevas e ilusionantes propuestas. En el mismo lugar donde fracasó en la campaña anterior, vuelve a colocar un atril plegable, que despliega para desplegar su oratoria.

-¡… habrá un día en que el tinto no estará preparado antes de que entremos en los bares!

La ovación es cerrada. El candidato siente la sangre correr por sus venas. Pero la vida es como es. Uno de sus más cercanos colaboradores le avisa con una señal y, a micrófono cerrado, le hace saber que el otro partido, el del mamostias, consiente en que se embotelle si es “del día”. Porque así estará –y aquí de nuevo el puñal en el alma del candidato- “más fresquito y cogido el sabor”.

Antes de que se quite el gorro de papel con sus colores, el mitin se ha vuelto a venir abajo.

En las urnas, el candidato se limita a ver entrar cientos de papeletas con claros signos de haber sido utilizado como posavasos: círculos redondos y rojos. Los tabernícolas le han dado la espalda. Nuestro hombre se diluye como un azucarillo y piensa en retirarse.

 

Paciencia.

La política es para los pesados, electores y elegidos.  Una nueva –quizá última- convocatoria electoral para nuestro hombre y llega el delirio. –A ver, -grita subido en la nevera azul- a ver, ¿quién llevaría al último rincón, como hago yo, la nevera con la sangría helada sobre la cabeza, la abriría para cada uno de vosotros, y se subiría sobre ella para ser más cercano? Casi se cae, pero aguanta, sostenido por los aplausos.

El día del voto, su urna, en forma de nevera, acaba llena. De tal modo que ni cuenta los votos. Su adversario, también recién operado de caderas, viene a darle la enhorabuena y se toma un vasito con él.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXCII).

2011/10/15

Deportes (1). El fútbol, lógicamente.

 

(a) Nos paraliza socialmente. Nos deja metidos en casa (oichch salir, cariño, con lo bien que estamos aquí. Mira, una peli para después del partido ¿vale?).

(b) Nos radicaliza socialmente. Nos encaloma entre dos butacas de plástico si vamos al estadio. -Esto es espectacular (por el móvil), hay que ver, compartir esta emoción del estadio; lástima lo del puro; lástima lo del paraguas en el ojo; lástima lo del pedorro de  delante; lástima del gol sin repetición. Te dejo, cariño.

(c) Hace millonarios. A los demás. A unos cuantos jóvenes sin control ni frenos, porque juegan con una pelotita. A los que rellenaron casillas cuadraditas, sin salirse, con un elemental 1 x 2 y acertaron.

(d) Hace salvajes. Pero es que hay autobuses con unos colores que claman al cielo. Cómo no comprender, y asumir, y colaborar, que hacer estallar a pedradas los cristales de esos autobuses del equipo contrario es mitad obligación, mitad deber.

(e) Hay expresiones para la gloria. Los partidos duran 90 minutos. Puedo jugar por la derecha o por la izquierda, a mí me es indispensable. Quiero hacerlo lo mejor posible. Esto último, lo pretendemos todos en cuanto se nos pone delante una hembra de tronío, pero lo inventaron los futboleros.

(f) Hace más millonarios todavía. El que compra senegaleses para venderlos a precio de uranio enriquecido, quedando enriquecido él. “Este chico es una mina”, dicen, sin citar qué mineral da. Y rueda la rueda para que el senegalés acabe de portero en el Ritz o, si hay suerte, mucha suerte, en el Sabadell FC.

(g) A los cuarenta, da trabajo a fisioterapeutas especializados en barrigueros. Los domingos por la mañana, una corriente de cuarentones comienza su éxodo desde los pabellones hasta las puertas de urgencia de traumatología de los hospitales más cercanos. Dentro, una escayolista baja les da la ídem.

(h) Los mundiales arrasan. A las películas. A los debates. Al resto de la programación. A los países que los organizan. A su población. A los que viajan para verlos.

(i) Deberían llevar corbata los jugadores. Se dispararía su venta. O sombreros ligeros y ajustados, antiviento, para rematar el balón con la cabeza sin peligro para el balón, con tanto cuerno desatado. Las tiendas se forrarían. Seguro que si jugaran con tacones éstos subirían aún más. Imponen modas en el peinado, la chulería, la picaresca y el aire de vencedores. Son los héroes, los modelos a imitar.

 

El

El mundo gira alrededor de un balón en movimiento. Es la no sé cuánta ley del maravilloso Newton, conocida pero no revelada hasta hoy, aquí, en este humilde blog.

Me voy, que empieza el partido. No sé quién juega, pero me va a dejar clavado en el sofá un par de horas, sin pensar en nada. No se puede pedir más. ¡Uuuuuyyyy!

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


En campaña (2).

2011/10/13

En campaña (2).

 

Desde lejos, el cartel de cien diez metros cuadrados ofrecía una sonrisa demoledora que ningún otro candidato podría dar jamás. O al menos, de momento.

Emilio Pulgadas, del Partido Naturaleza y Vida, tenía la edad justa, la imagen justa. Se acercaba a su imagen mientras tomaba la salida de la autopista.

Su programa se alineaba en puntos claros y separados en su cerebro y era capaz de explicarlo en cualquier orden. Se sabía de memoria las respuestas a muchas preguntas, esas tan comprometidas de periodistas que presumen de independientes.

Se acercó al gran cartel y tuvo que aminorar la marcha por la densidad del tráfico. Se fijó y juraría que había una mancha negra debajo de su nariz. Pudo avanzar unos metros y la mancha no desaparecía.

Parecía un bigote. Negro, estrecho. No había duda de qué personaje siniestro se evocaría ante un bigote como ese. Dejó de sonreír por dentro.

Tuvo que parar obligado por el atasco.

Vio como algunos conductores se bajaban a estirar las piernas. La radio anunció que se trataba de un accidente leve, pero que podría tener bloqueada la autopista durante unos minutos.

No estaban lejos del cartel. Era el único con publicidad electoral. Había sido el primero. Lo miraron. Y vieron la mancha.

El primero en hablar del mostacho fue un joven. Viajaba con una chica y comentó a voces lo que supondrá el maldito bigote por los siglos de los siglos.

Emilio Pulgadas cogió los prismáticos y salió de dudas. Se trataba de un pájaro negro, quizá un estornino, posado en su labio superior. Quizá una esquina mal pegada de un trozo del cartel permitía que el pájaro descansara tranquilamente bajo su nariz.

Oyó varios comentarios en sintonía con el joven. No había nada más que mirar, ni siquiera una de esas bellezas veraniegas que alegran tanto como distraen a los conductores.

El tráfico avisó con volver a moverse. Pero se equivocó la radio. Salieron muchos más conductores a estirar las piernas. Y uno de ellos miró al coche de Emilio y avisó en voz baja que allí estaba el candidato, en carne y hueso, mirando no sé qué con unos prismáticos.

Emilio se percató. Sólo miraba el cartel y decidió terminar con el estropicio de su imagen y para ello terminar antes con el pajarraco. Salió del coche y sacó su rifle con mira telescópica del maletero.

Al verlo, los conductores corrieron a sus coches.

El disparo fue certero y el pájaro cayó como una piedra, vertical y sin mover las alas. Pero se dejó buena parte del plumaje pegado por la cola electoral que no le había dejado volar.

Emilio miró el camino y no vio a nadie fuera de los automóviles. Le extrañó ser el único a pesar de tantos minutos parados.

Cuando se restauró el tráfico, pasó despacio delante de su cartel y vio cómo el bigote había crecido gracias a alguna que otra pluma desparramada por el tiro. Ahora sí que no había duda de a quién recordaba. Al pasar junto a él, los conductores pisaban el acelerador y no le devolvían la sonrisa. Decidió incluir la protección expresa de los pájaros negros en su programa.

Pero pensó un instante y dejó de sonreír por fuera.


RELEVO.

2011/10/08

El hombre dijo ser vendedor ambulante  y se metió conmigo en el ascensor.

-Nada más verle, pensé que es usted un de la escala básica de la empresa, -me dijo cuando pulsó el botón del piso catorce, presionando en realidad mi dedo, que ya apretaba dicho botón.

Era difícil verle la cara entre docenas de cajas de ropa interior masculina que se desbordaban con variados colores y formas, pero de la talla 52, la mía.

En lugar de empujarle y ahogarle con camisetas blancas de tirantes por su comentario, intenté conocer la calidad del género que había subido desde la acera.

-A usted no le importa, -me contestó sin que yo apenas hablara-, porque estas prendas las traigo para su jefe, para nadie más.

Recordé que, en efecto, otros vendedores de ropa solían aparecer por el despacho de don Silvio bien cargados de chaquetas, zapatos, corbatas… era la primera vez que veía a alguien con ropa interior.

-Se la traigo directamente de Bruselas, y lo hago con los grandes directivos, no para gente de su condición –volvió a hablarme para provocar por fin que le estrangulara. Lo hice con calcetines de algodón blancos, sin costuras.

-Quizá no sea usted tan estúpido como yo pensaba, -intentaba decirme el vendedor mientras se quedaba sin aire.

-Deéjelo, déeeejelo, buen hombre –le dije- ya estoy metido en faena; acabo con usted en un momento –literalmente- y yo mismo le llevo la ropa a don Silvio.

Cayó despacio sobre la pared del habitáculo, junto al cuadro de botones, y recogí su mercancía. Trataba sin éxito de pulsar el botón de alarma.

Al entrar en el despacho, tras trastabillarme por los pasillos sin apenas poder ver por donde iba, don Silvio protestó por la tardanza de mi llegada –la llegada de la ropa en verdad- para probarse.

Despejó su mesa, me ayudó a desplegar las cajas de ropa, y no se sorprendió al verme aparecer tras ellas, aunque me preguntó por el vendedor habitual, al que echó de menos.

-Se le ha bajado la tensión, -le  dije por decir-.

Don Silvio tenía prisa. Se desnudó y comenzó modelo por modelo a probarse calzoncillos, unos más clásicos, otros mucho más atrevidos. Separó dos grandes montones –uno de ellos con un guiño, lo que me hizo ver que su uso no sería doméstico- y me pagó en efectivo. Como siempre, me dijo.

Al salir fui atacado por el vendedor, armado de bufandas de pura lana virgen con las que me asfixiaba en pleno mes de julio.

-Aquí tiene su dinero, -le dije-. No falta ni un céntimo.

-¿Ha preguntado por mí? –preguntó el vendedor asimismo, mientras guardaba el dinero.

-Sí, en efecto, -le contesté a duras penas, medio atragantado aún por una bufanda verde.

-Bueno, bueno, bueno. Te explico, -me dijo mientras me obligaba a sentarme-. Resulta que yo venía a matar a don Silvio, pues me cornamentea con mi mujer. Para eso habrá hecho una separación de calzones minúsculos –asentí- y me has hecho la puñeta. Así que toma –me entregó una caja no muy grande- y esta vez no falles. Dentro llevas calcetines negros, no usa otro color, todos de su talla menos un par. Ahógalo con ese mientras escoge los suyos. Ya tienes práctica –me guiñó-. De mí ya está harto de defenderse. Tú serás a partir de ahora el encargado de intentarlo. No me falles.

-Pero yo no tengo nada que ver con tus cuernos ni con tu mujer, -le dije.

-Todo se andará, muchacho, todo se andará. Si tu mujer es joven y guapa, se fijará en ella.

Antes de irse, me mostró una docena de cicatrices en la espalda, el estómago y el cuello, bajo una bufanda gris.

-El viejo es duro de pelar, no te confíes.

Y se largó.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXCI).

2011/10/08

De presiones.

 

Cada uno en su metro cuadrado de losa, arena fina o tablao flamenco, pisotea -perdón, presiona- lo que puede. Y el que no, el presionado, se deprime.

 

Casos.

Intentas hablar con uno de cara indeterminada, aparente aprendiz de pringado, y le intentas colocar tu piso, el sin terminar. Te parece que te mira mientras te dice:

-Yo de primo, lo justo.

Y de primera, te deprimes.

Vas por primera vez a un consejo de administración de alguna empresa de esas que al día siguiente despedirá hasta las cucarachas del sótano y, como te dan una prima de asistencia, te crees que te priman. Pero sólo te apremian. Y, aún con la prima, te deprimes.

Como no ligas ni una rosca del seis, te inventas con tu prima, la poliviuda, un amor a primera vista, para salvarla a la pobre y que no se deprima. Te mira y te zampa, esgrimiendo sus tres títulos de viudedad:

-Aquí lo que prima –entreabre el vestido- es un buen mondongo. Caso contrario, la primera puerta a la derecha da a la calle.

Como no es el caso, tu prima no consentirá que la comprimas contra colchón alguno. Y, en lugar de fácil presa, te expresa que no serás tú quien la exprima. Antes de salir la consideras ya tu ex prima.

No das los brochazos justos y la imprimación antihumedad queda irregular, dando la impresión de que no has hecho bastante presión; ni siquiera sobre una pared.

 

¿De qué va todo esto?

De estallidos en el desierto, de incongruencias. Quizá no tan incongruentes.

De luchar ya sólo por pisotear al de abajo en lugar de revolverse contra el que nos pisa  desde arriba.

Quizá de no aguantar, de quererse salir de la rueda de hamsters que nos han colocado bajo los pies.

De no ver el momento en que un único administrador del dinero público diga “me he equivocado y, además, aquí está el dinero”.

De la tristeza infinita de ver caer por el vertedero tantas y tantas leyes laborales, convenios y acuerdos, como si no valieran ni el papel en que se imprimieron.

De que, en breve, entremos en razón y comprendamos que quien no tiene dinero para una intervención quirúrgica lo que tiene que hacer es morirse y dejar de molestar.

De la infinita gilipollez de pensar que una lección de geometría, o un estudio de estilo literario, lo enseñan mejor los profesores de la enseñanza privada que los de la pública.

Hasta ahí podíamos llegar.

Quiten ustedes, por favor, el espacio entre las dos palabras del título de este articulillo de hoy. Y sean comprensivos.

Muchas gracias.

 

Y tengan todos ustedes muy buenos días.