Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXI).

2012/02/25

Cambios estructurales.

Como mucho, me creo un cambio de sitio de las mismas estructuras. Pero no de materiales. Sólo de personas. Pero no de ideas. Quizá de corbatas.

La idea de una tercera gran guerra mundial asusta más que nada si pensamos en edificios rotos, puentes cortados y falta de fluido eléctrico que impida ver la televisión.

En cambio, deshacer un sistema de protección al débil no se cuenta como tal. La falta de dignidad inducida no se contempla. Lo de proteger al desvalido peligra al parecerse con admitir la cobertura del pícaro, del vago, del que se beneficia de la sopa boba.

Nos indignamos del dinero tirado para dar de comer al que no quiere trabajar por un sueldo de miseria. Qué equivocados están, decimos, los demás, esos que no valoran un Estado en su complejidad, sus presupuestos y su organización, que debe, ante todo, proteger la propiedad privada y el libre comercio. Aunque la primera se haya generado de lo que sisamos en los cargos públicos y el segundo no se libre de la trampa y la exención de impuestos.

Pero ahora estamos muchos más en el ajo.

Nos pueden llegar las puñaladas por más sitios.

No quedaba más remedio que hacer una reforma. Allá Lutero, con sus pretensiones: para reforma, la estructural de los mercados de trabajo, donde nadie pueda ser dueño de su destino, gracias a la infinita libertad de despedir a quien nos está desequilibrando –por sí solo- nuestra cuenta de resultados.

Y el Estado, protector, sonríe desde su palco. Le han votado para eso, para que haga lo que ya estaba hilvanado: reventar las leyes reguladoras de la colaboración entre empresa y trabajador. El capital vence una vez más. Se vuelve la burbuja al centro del nivel sin que nadie empuje por el otro lado.

Los sindicatos, demasiado tarde, ven el tiempo perdido. No avisaron ellos, tampoco ellos, de las ínfulas financieras en las que nos metíamos, más oscuras que la boca del lobo y de noche cerrada, sin faros. Sin la menor linterna.

Se han socializado las pérdidas. Por fin. Ya era hora de que volviéramos a perder todos menos unos pocos. Como está mandado.

La estructura del mercado de trabajo.  Ja. El valor añadido de la cualificación de las personas, al guano. El prescindir de ellas con más facilidad que hacerlo de las máquinas, concedido y logrado. Ya iba siendo hora.

Los convenios, poquito a poco, que las prisas por rematar no son buenas.

Las huelgas, que las carga el diablo, mejor las pensamos y las dosificamos. Poco más nos queda. Y nada de amagos. Paremos esto del todo. A ver cuántos aguantan en el dique seco. Muchos ya vamos sabiendo vivir de esa manera.

Cambios en la estructura laboral. Anda ya, chaval. Lo de siempre, pero con leyes.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CCX).

2012/02/18

Carnavales.

Dícese de los avales que se obtienen para hacer con las carnes lo que se quiera.

Dícese del espíritu burlón, sin miedo ni cortapisas, ni petición de permiso para buscar unos ojos sin mostrar más que los propios, pero no por ello la propia mirada.

También se oye que es el tiempo de abrir las puertas del Cielo para que, por fin, se pueda pasear libremente por el Infierno, cogidos de la mano del diablo.

No hay duda de que se ríe el alma, por fin.

Se hacen infinitas las noches y los días, caballerosos, se apartan por los rincones y se ofrecen para dormir los derroches.

Se hallan besos no buscados, dicen, llenos del aroma del misterio, de la boca que sin saberlo nos buscaba. Besos que sólo el azar permitirá devolver, gracias a la turbamulta de los disfraces, de la oscuridad del ruido, de la luz de los gritos.

Carnaval para pescar pecados. Dentro del inmenso mar negro de los bailes callejeros, guiados por reflejos de antifaces, en busca del plateado que la Luna manda a rayos discontinuos, intermitentes, para que el ansia de un talle nos vuelva locos hasta creernos, pobres ilusos, volver a verlo en un callejón. Ese callejón que vive sin nombre cobijando a los amantes frenéticos con sus portales y su silencio imposible, impenetrable.

Carnaval para no pensar. Él mismo se encarga de recordarnos el tiempo del vértigo. Dicen que vendrá después el tiempo de arrepentirse. Rompamos entonces el Universo en millones de pedazos que, cuando llegue ese tiempo, alguno quedará para reconstruirlo. Ahora, en Carnaval, déjame acercarme a unas carnes tibias, una mirada de asombro que sabe cómo engatusarme. A unos labios que no están, en Carnaval, para rezar nada.

Es tiempo de brillo, aires de remolinos, de papelillos. Te hablo siempre de Cádiz, siempre, chiquillo.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCIX).

2012/02/11

En carne viva.

La corrupción: el mal uso del dinero público.

Qué gran cantidad de razonamientos y mugidos en torno a la investigación de los casos de malversación. Siempre presunta, por supuesto.

La ingente avalancha de palabras técnicas (términos jurídicos) por un lado, intercalando siempre las de “persecución”, o, sobre todo, “campaña orquestada”, que sustituye a la trasnochada “contubernio”.

Un juez que tiene que luchar contra sus colegas en lugar de hacerlo contra el delito flagrante.

Y el roce, al pasar de un lado a otro la espada ciega de la Justicia, nos deja el ánimo en carne viva.

No hay forma de restañar con rapidez ninguna herida.

El dinero que se llevan los malos no se devuelve, por cierto. Ni se contempla.

Los imputados sonríen. Algunos porque se les ha quedado la mueca. Otros porque ya saben el puesto que ocuparán cuando pase la tormenta. Porque no irán al infierno del paro, sino que ocuparán una silla valorada en más de sesenta mil al año. Sin dietas, creo.

Y al intentar poner la mano en el fuego por la Justicia, se me queda la piel en carne viva.

Los pícaros. Las cortesanas. Los validos: comisionistas y regidores de empresas fantasma. Simple puesta al día.

La oscuridad del desempleo y el miedo al futuro. Sembrados están. Así, cualquier solución que nos impongan será agradecida después de besar la mano de quien hoy nos abofetea y mal empuja.

Los sindicatos vociferan más de lo que dicen. ¿Tendrán miedo a que se les oiga?, ¿tienen claro qué decir?, ¿nos avisaron a tiempo cuando comprábamos lo que no podíamos pagar?

Al pensar que son los que nos tienen que defender, se me pone el alma en carne viva, a mí, que los creo imprescindibles.

La cultura, pendiente de su propagación sin pagar nada; por más que sea un  lujo para el ser humano. Los libros se archivan  y la música se agolpa, pendientes de ser disfrutados en cuanto los teras se agoten.

Y yo, que me paso la vida buscando en los libros poemas que me rescaten, enciendo la televisión y se me pone la vergüenza en carne viva, al ver cómo se faltan el respeto personas que no se habían visto en su vida.

Por otro lado, hace unos días estuve a punto de caerme por culpa de un vértigo provocado por una infección aguda en el oído. No me sentí perdido ni un instante, por que encontré brazos que me agarraron y me ayudaron a sentarme hasta que fui al médico. Comprenderán ustedes que se me pusiera el ánimo en carne viva.

Esto volvió a merecer la pena.

Tengan TODOS ustedes muy buenos días.


Doña Petra en un entierro.

2012/02/10

Aparece el féretro, a hombros de diecisiete vecinos del bloque de la fallecida, doña Eloísa Melania Calatrava, la que vivía en el cuarto izquierda, todo exterior.

Aparecen después los conocidos y allegados. Entre ellos, doña Petra.

-Hola Cosme, qué pena y cuanto lo siento no sabría decírtelo, así que no te lo digo.

-Hola Petra, gracias por venir a molestar, tú tan cumplida como siempre. Y dime, ¿de qué conocías tú a mi tía Eloísa?

-La verdad, de poco tirando a nada, porque la vi una vez en el pueblo, cuando yo era pequeña, al levantarse después de una pedrada que le di en la espalda. Pero en estos casos, todo lo malo se olvida y aquí estoy, presentándole mis respetos a la finada y, de paso, mi nuevo modelo de sombrero.

-No, si te queda como un guante, y, además, consigue taparte la totalidad de la calva.

-Gracias hombre cósmico; a ver si te estrellas.

Sigue el cortejo hasta introducir la caja en el monovolumen que ha preparado al efecto la funeraria “Eterna Horizontal”. Después de una maniobra con frenazo, algunos  portadores quedan atrapados dentro del habitáculo, pero son rescatados con rapidez.

Arranca el coche y sólo la experiencia del conductor evita que las acciones de la funeraria suban como la espuma ese mismo día, al esquivar a un pequeño microbús conducido por el tesorero honorario, por doble mérito, de la Asociación de Mancos de Fuente de Cantos.

A doce kilómetros por hora, el reguero de seguidores del coche tiene que gritar que “¡menos prisas, que en el cortejo hay dos con el flato!”. En la esquina de la calle Pandereta, junto al bar de Asun, se detiene la comitiva y se compran veintisiete botellines de agua.

  A los pocos minutos, se reanuda la marcha.

A las once y media de la mañana se traspasa el umbral  del cementerio, con doña Petra a la cabeza. Cosme, al verla de nuevo, vuelve la cara hacia una papelera, mete la cabeza dentro de ella y comenta a gritos que las desgracias nunca vienen solas, pero podrían hacer una excepción.

-Sigo aquí, como es mi deber, -se adelanta a decir doña Petra, que hace de abanderada de los seguidores de la fiambre.

El calor aumenta con el avance de la mañana y la gente se impacienta. Además, surgen otros cuatro coches con relleno similar custodiados por sus respectivos seguidores. Se concentran todos en un punto de división de calles, donde se tienen que parar.

Doña Petra se pone de pie sobre unos ladrillos y se dispone a regularizar el paso de los diferentes grupos:

-A ver, los que sean de barriadas pobretonas que se echen para atrás, o que se pongan los últimos; pero que no molesten.

Una señora de la Plaza de la Marianilla, a la que acaba de tocarle la Lotería Nacional y se va a mudar al mismito centro, se ajusta la mantilla y avanza hacia doña Petra para empujarla a dos manos y enseñarle lo que es una señora bien vestida y de posición desahogada. La intercepta su hija Remedios, que no quiere disgustos en el óbito de su abuela paterna, doña Fuensanta Galbarino.

Interviene el gerente del camposanto, don Álvaro Pinillas, quien viene acompañado de suficientes sacerdotes para atender las exequias de todo el que lo solicite. Agradece a doña Petra su empeño y distribuye a los diferentes cortejos por las distintas capillas disponibles. No quiere que se repita lo del año 1984, cuando se confundieron los sermones de dos fallecidos distintos, y no se pudo evitar que se dirigieran al difunto don Práxedes Tucumán, director vitalicio de la Biblioteca Municipal, como “Una hembra de armas tomar, buena cantante, actriz de tronío y con unas piernas de vértigo, orgullo de la ciudad”.

Se disuelve el tapón y prosigue su curso la comitiva de doña Eloísa, que tiene su lugar asignado en la última fase, cerca de la autopista.

Con el transcurrir de los acontecimientos, han dado las doce y tres cuartos de la mañana y anda el termómetro cerca de los cuarenta grados. Al mirar hacia atrás, Cosme ve cinco de los veintitantos vecinos iniciales. Uno de ellos, por supuesto, doña Petra, la única que no suda, ni se queja del calor ni carga con la caja.

Llega el momento de poner las flores y el féretro en su nicho, situado en la pared, a dos metros sobre el suelo.

Doña Petra busca soluciones.

-No es que sepa nada de Física, apartado de Dinámica y estudio de las Fuerzas y sus puntos de apoyo, pero me da a mí que sólo un complejo pero ordenado juego de poleas resolverá con garantías el traslado de tu tía a su destino definitivo, Cosme, qué quieres que te diga.

Cosme suda a chorros y busca a un responsable del lugar para que organice aquello y se acabe todo de una vez. Pero no aparece nadie.

Petra no decae ante las dificultades.

-Cabe una alternativa a mi propuesta anterior, que consiste en establecer entre el coche y el nicho un plano inclinado, difícil de usar al principio, pero que gasta menos esfuerzo que llevar el fardo a cuestas, y culmina con mayor facilidad la colocación del mismo en su plaza en propiedad.

Los cuatro vecinos que quedan, junto a Cosme, se rinden a la evidencia: Doña Petra parece tonta, puede que sea imbécil, pero resuelve el problema con teorías irrefutables.

Poco a poco, y con la ayuda de una puerta sin dueño que cubría la entrada al nicho familiar de los Villariños de Povea y Perales, los esforzados vecinos, junto a Cosme, trasladan el féretro desde el coche y, en un último empellón, logran introducirlo limpiamente dentro de su hueco, en el número 234-A.

No es una celebración propiamente dicha, pero la cara de satisfacción de los que intervienen, incluido el conductor de la furgoneta, es de las grandes.

Doña Petra, que ha dirigido las operaciones, mira a Cosme y al resto como lo haría una maestra tras un buen examen.

Suben al coche, todos delante, y salen del lugar, cada uno a su casa.

Celebran el trabajo bien hecho, sin saber que el ataúd de doña Eloísa se ha salido por el agujero del otro lado del muro, fruto quizá del gran impulso final, y, llámese destino, viene al fin a reposar en una zanja de cuatro por cuatro metros y seis de profundo, destinada en principio a guardar los restos/escombros de la antigua necrópolis llamada Candóngalur, que data del siglo XXIII a.C., mucho antes de la invención del bocadillo, dato que corrobora el hecho de que, de las muestras de pan descubiertas, ninguna tiene forma de rebanada.


Doña Petra en el quirófano.

2012/02/05

-Buenas. Soy el anestesista.

Doña Petra, que estaba boca arriba, patas arriba y hablando con su vecina Paqui Isidora, la Paquisi, no le hace el menor caso. La moda otoño invierno tiene prioridad.

-Estooo, por favor, oiga, que si se levanta usted de la camilla… y desenchúfese del oxígeno, que es para la enferma, -propone el especialista en dejar callados un ratito a los enfermos.

-Paquisi, que vive en el ático -responde fríamente doña Petra-, se traga todas las humaredas de fritanga del vecindario y agradece una poquita de aire de primera categoría, no respirado a priori, señorito de usted.

La rechifla es generalizada, pero cada uno se va a su puesto: Doña Petra se acomoda para ser más o menos diseccionada y Paquisi, después de abrazar a todo el personal del quirófano, que se tiene que esterilizar otra vez, se va de espectadora a la grada, desde donde observar con detalle e intervenir si fuera menester, para ayudar a su vecina favorita.

Al momento, Petra se adormila con una copla en los labios que dice algo parecido a si le interesa la frivolidad a alguien, es que ha besado por casualidad a una española y cae como desmayada. Paquisi también se desmaya, ante el drama de ver a su amiga indefensa, en medio de tanta gente con armas blancas en las manos.

Comienza la intervención con un corte limpio a la altura del riñón derecho de doña Petra, que despierta lo justo para llamar la atención al cirujano jefe, don Emiliano Dino:

-No coja usted más que lo necesario, que cuando llegue a casa hago inventario y a ver quién responde si falta algo, -amenaza la resucitada, sorprendiendo al equipo quirúrgico.

El anestesista intenta sin éxito dormir del todo a la paciente, pues un dedo en el ojo pica y escuece. Sigue la intervención. El cirujano segundo protesta por lo excesivo de la capa de grasa que impide llegar a algún órgano. “O, por lo menos, carne”, -suspira.

Hay una enfermera de muy buen ver, Mabelita, que deja abierta una revista y muestra las páginas centrales a la pacienta, con quien ha cogido mucha confianza desde que quedó ingresada en la clínica:

-¿Pues no se ha divorciado Pochota Marinagoitia del que fue segundo marido de la modelito esa, la que anuncia los yogures para la tercera edad? ¡Menuda pelinis!

-A esa la ponía yo a trabajar de verdad, fregando, barriendo, cocinando, planchando y cotilleando a la vez. A ver si entonces mantenía ese tipito, -comenta doña Petra.

-Amosanda, como si yo, -dice la enfermera- mantuviera estas curvas sin dejarme la paga en masajes, cremas y algún que otro retoque en esta clínica.

-Pues yo te digo mi verdad: si me dejan el cuerpo como a ti, pienso pagar la factura –jura doña Petra por sus muertos, juntando pulgar e índice de la mano derecha y besándolos con fruición.

El anestesista, después de gastar un bote de colirio, sorprende por detrás a doña Petra y la adormila con una dosis para elefantes de Dormideltod, y la paciente, al estilo de la Dama de las Camelias, se deja caer sobre la almohada y suelta la revista que, planeando con suave cadencia, cae al suelo abierta en una página que ofrecía los servicios de una agencia de sementales canadienses con total discreción.

Terminan, tiran lo que sobra y cosen.

A las seis horas, doña Petra despierta en su habitación, rodeada de los familiares que visitan a la paciente de la cama de al lado, una centenaria que no termina de firmar el testamento, ahora que está al gusto de sus herederos.

Doña Petra se siente algo mareada y toma prestados dos bocadillos de la bandeja de la vieja, aprovechando la distracción de los visitantes, la mayoría provistos de bolígrafos de tinta líquida.

Al pasar del baño a su cama, no se cree la imagen que refleja en el espejo. Si bien el color del camisón de la clínica es de un estilo remordimiento/angustia, el tipo que le han dejado le permitirá sentarse de nuevo en los teatros sin clavar sus dos codos a los espectadores pegados a ella.

Mientras la nube de herederos cierra el cerco sobre la vieja semi momia, doña Petra arrampa con un tercer bocadillo sin vigilancia y se lanza al pasillo de la planta: En una fugaz maniobra de emboscada, consigue dos platos de sopa de fideos, una tortilla, una ración de boquerones y tres flanes, acompañados de bollitos de pan; eso sí: integral.

A las diez, le traen la cena: Coliflor hervida y media manzana.

-Así, así es como va usted a mantener su nueva figura, querida, -celebra el médico de guardia al verla dejar a un lado la piel de la fruta.

Doña Petra sonríe plácidamente. La vieja de al lado, que conoce la verdad, intenta denunciarla, pero se coloca la dentadura al revés y el resultado al hablar se asemeja al grito de una pescada dos días después de ser ídem.

Al día siguiente le dan el alta, recoge sus pertenencias y, a pesar de la mirada asesina de la vieja pelleja resistente, se incauta de dos bocadillos a la vista y los mete en el bolso; uno es de lomo y el otro de queso curado, como procede en una clínica.

Dos semanas después, en una reunión de comunidad:

-Pues yo te juro que Petra se ha sometido a una operación para perder peso, porque yo la vi allí, con la barriga al aire, dispuesta a todo. Recuerdo lo que tardó en dormirse, mucho más que yo -jura Paquisi besando una medalla de San Cristóbal Lotero.

-Pues será verdad que fue, -responde Hortensi Perales- pero esta mañana la he visto en la mercería de Lali, mi cuñada, y ha comprado la ropa interior del mismo color verde persiana de siempre, pero con una talla más. Y eso no se lo pone nadie más que ella.

En ese momento, aparece doña Petra en la reunión, pues se discute poner, o no, la antena parabólica.  Se queda un ratito, vota, se levanta y se va sin parar de sonreír un momento.

Lleva bajo el brazo la publicidad de un herbolario.

La faja la está matando.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCVIII).

2012/02/04

Comilonas. Mejor, meriendas de negros.

 

Nos pueden. Son muchos menos, pero tienen mucha más capacidad de meternos miedo.

Hablo de los que no sólo tienen mucho dinero y poder, sino que piensan que hay que transmitirlo a los suyos, como los cromosomas, junto con el libro de instrucciones para que las cosas se mantengan.

¿Y si nos importara todo un bledo?

¿Y si no nos diera tanto miedo cierto grado de igualdad?

¿Y si compartiéramos los microondas?

¿Y los móviles?

Hay mucho tiempo durante el cual ambas máquinas están apagadas, muertas, sin uso. Pero representan demasiado el sentido de la propiedad, el que han conseguido inocularnos en vena para distinguirnos de la chusma.

Entonces, seamos todos chusma.

Olvidemos la higiene, la ropa nueva, la zapatilla impecable, de marca…

Hablemos siempre a gritos, volvamos a escribir cartas.

Porque algo hay que hacer.

El cataclismo económico no es más que el gran argumento, el gran núcleo para explicar que hay demasiada libertad.

Así de sencillo. Pero como se han impuesto las discusiones chulescas de los conservadores, cualquier intento de poner ideas en común se deshace ante lo que los poderosos, los que tienen seguro el comer de por vida, comentan con una mitad sonrisa mitad mohín de mal olor: Su lógica del desamparo inicial de las personas. Su invitación a llamar productividad a la competición permanente, aunque tantas veces sea en desigualdad, aunque parta de la mayor desventaja.

En España, nuevas leyes. Algunas, como simple corrección del río de gasto social que ha llevado al Estado a la ruina a base de albergues para mujeres maltratadas. No como esos aeropuertos sin un solo avión, ejemplo de pulcritud contable y servicio a la comunidad y su próspero futuro.

Pero yo a lo mío,

¿Y si nos indignáramos, digamos un poner, unos quince millones?

¿Y si los beneficios de los bancos, las grandes constructoras, los famosos Holdings, cayeran en picado?

¿Y si apagáramos la luz durante un mes, de entrada?

¿Si ocurriera algo de esto, nos echarían a todos a la calle?, ¿nos echarían del país?

¿Qué puede salir de un ataque compulsivo de privatización? que quien no pueda pagar un servicio, -básico o superfluo- no lo tendrá y se acabó. Yo puedo ir por carreteras secundarias y senderos de cabras, pero no sé colocarme un marcapasos, aunque no soy malo haciendo estanterías sencillitas, no del tipo Ikea.

Tirémoslo todo por la ventana. No hay sitio donde poner tantos cachivaches.

Tiremos el Estado por el desagüe: no hay terreno alternativo para vivir en él mientras, dicen los políticos, reparamos las goteras.

Los recortes de las montañas empiezan por los picos, no por las laderas.

Un Estado no puede dejarse el déficit rompiendo la vida de muchísimos ciudadanos. Si nació, fue para proteger a la persona, no para someterlos. Para eso ya estaban los señores feudales, dueños de las vidas y los sueños, esos que se hartaban en las comilonas.

Un Estado no puede arrastrarse siempre a los ricos, que tanto se benefician de Él, con tantos préstamos a infinito interés tan infinito que se pasan años, legislaturas enteras, cobrándole intereses a modo de exención de obligaciones. Las primeras, las fiscales, como cabe suponer de un rico. Para eso estamos los pringados.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.