Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXVI).

2012/03/31

Concilios.

Como acabo de oír a un obispo despotricar contra la reforma laboral que nos ha caído del cielo protector de los mercados, voy y me lanzo a conciliar el sueño con mejor cara; y lo hago a base de no lanzar dardos venenosos contra la Semana Santa. Ahí es nada.

La mejor forma de no ser sarcástico ni falso es, por supuesto, callarse y salir del país, que para eso dan fiesta en muchos sitios y profesiones de esas que aún quedan. Pero así, callado, no se entera nadie.

La cosa pasa por eso de mirar a la gente, concreta e individualmente. Sin más.

Hablo de Sevilla, donde no salir velando por un Cristo al que sigue la Virgen que le busca primero y le acompaña después –dicen mis interlocutores- es pena que no tiene consuelo. No he sabido compartirlo jamás, pero gracias a gente sensata como mi hermana y mi mujer empiezo a saber respetarlo. Quién me lo iba a decir a mí.

Imágenes arropadas, sostenidas por plataformas de miles de kilos que hieren –en muchos casos de cierta consideración- hombros y espaldas de los que la llevan en su carrera. Costaleros les dicen. En otros sitios, cargadores. No se diferencian en pasión y orgullo, ni en la vanagloria de mostrar esos moretones como si heridas de guerra fueran.

Las niñas con sus mejores galas, por lo visto con tradición de estreno en el domingo de Ramos; los muchachos con sus chaquetas azules… y los que les esperan para quitarles la sed tras largas horas de espera. Mucha gente pendiente. Mucha ilusión.

Temo por la lluvia, que dicen puede evitar la fiesta de los penitentes en las calles. Son imágenes valiosas, tallas delicadas de cientos de años, instrumentos de música que se deteriorarían mucho si se mojaran. Temo por la cara de tristeza de los que viven el año pensando en su día de la Semana. Las recuerdo: las tengo grabadas en la memoria desde el martes o miércoles santo del año 2011, donde la lluvia heló el ánimo de quienes valoran esta fiesta por encima de ninguna otra.

No he visto un mapa del tiempo con menos claridad –en todos los sentidos- que el previsto para el inicio del domingo inicial de la semana festiva.

Sin haber aprendido a sentir una procesión, sí me dolerá ver cómo se vuelven a casa los que salían radiantes en busca de esos rincones, de tarde y madrugada, donde se sienten más cerca de sus creencias.

Lo digo en serio. Buscaré por donde pueda un brujo que sepa bailar de verdad la danza del Sol.

Desde la playa, brindaré por cada pasito que dé uno de los pasos.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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NO SUPE NADA QUE DECIR.

2012/03/24

Mira, mujer, entiende lo que digo:

que te invité a salir, no te lo niego.

Pero al baile, el alcohol me puso ciego,

perdí mi norte y no bailé contigo.

No entiendo ni de amores ni pasión,

no se erizan mis pelos  ni el pellejo,

ni se inflama mi pobre corazón;

lo que resume, por definición,

que como amante soy más bien pendejo.

Por eso al verte triste me paré;

serían la sorpresa o el mareo,

o el no verse cumplido tu deseo

de acurrucarme contra la pared.

Me despertó una lágrima caída

de tus ojos tan negros, tan de mora,

lo más bonito que he visto en mi vida,

pero, despierto ya, pensé enseguida

¿así que ahora vas y te enamoras?

Con la cabeza repleta de grillos,

logré coger tu lágrima en el aire

y dije cosas con un cierto donaire

sobre perlas, cristales y su brillo.

Lo malo fue que quise repetir

lo que hay detrás de versos y cuartetas

con las rimas perfectas de poetas;

quiero decir, huir de la pirueta…

y ahí ya no supe nada que decir.

Regresamos a casa, separados;

yo en un taxi, tú llevando tu coche.

Lloré abrazado a ti toda la noche,

doliéndome tu falta de reproches

por ser tu amante y no tu enamorado.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXV).

2012/03/24

Sobre lo de votar.

Me remito/reduzco a Andalucía. Que ya tengo bastante para equivocarme y demostrar lo confundido que ando.

Tecnicismos. Un muermo. Que si pinzas por aquí, que una mijita de nacionalismo tranquilito por allá y que si Uff , Puff Y Digo por sabe Dios dónde.

Treinta años con promesas de cambiar en poco tiempo y ponerse a resolver, frente a la promesa de no decir lo que van a hacer hasta que tengan la llave.

Follones de drogatas con dinero del cajón de mamá Andalucía frente a quienes decían que “el PER al guano” y ahora ya no lo maldicen. Que no se líe nadie.

Gritos en mítines frente a más gritos en el mismo número de mítines.

Debates con cosas por escrito delante de unos pocos de millones votantes, ni uno. Pues mira tú qué bien.

Poco apoyo a una casi inexistente idea de la Ley de Transparencia, esa que vengo yo reivindicando como un gilipó desde hace muchíiiiiiiiiiiiisimo tiempo.

Follones clásicos, despilfarros ya considerados normales para las campañas, pero ni un solo indicio de trincar por el cuello al que ha malgastado mucho más que dinero: la idea de que Andalucía es un sitio donde se trabaja con seriedad.

Votar en Andalucía significa unificar sin olvidar que hablando no hay acentos más distintos que los de Cádiz y Córdoba. Aquí el nacionalismo lo pone, quizá (o como mucho, o como mínimo) el saber vivir en la calle porque para eso se puede. En otros lados, después de comer, las criaturitas ya se tienen que meter padentro, porque refresca. Una pena que se les quita en cuanto vienen a pasar unos diítas por aquí.

Los tópicos no me los puedo triturar como los papeles que dicen que unos están pasando por la máquina dentada, por si las moscas. Hay que vivir con muchos todavía.

Pero votar para unificar trae consigo el aluvión de moscones que ya no saben vivir sin un puesto “de confianza”. Me pregunto de quién será esa confianza, si no aparecen en las listas electorales y no los conoce nadie. Mía no, seguro que no.

Repito: mi voto para el que me dé la lista, la LISTA, de quienes cobran de la administración. De mis empleados, recuerdo. Los que reciben su nómina (¿se les confeccionará una nómina?) de mis impuestos.

No es tan difícil. Seguro que no.

Tengan todos  ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXIV).

2012/03/17

Contrasentidos.

Se quiere largar gente (menos gasto) para poder invertir en contratar gente. Toma, Jeroma.

Se quieren subir impuestos para que, con menos renta disponible, se consuma menos y cierren las empresas, haya más paro y se recaude menos. Para compensar. Ahí lo llevas.

Si no como, que quede claro, no estoy ahorrando: estoy muriéndome de hambre. Otra cosa muy distinta sería dejar de comprarme, todos y cada uno de los días, un cartón del bingo. O diez pares de zapatos, porque con uno me basta. Con un par, quiero decir.

Y otra, por qué no, sería dejar de comer en bares y restaurantes en lugar de hacerlo en mi casa, dentro del orden presupuestario -para una casa- que supone comprar y cocinar.

Hay muchísimos más contrasentidos.

Uno de los más graves es meternos miedo y esperar confianza.

Otro más es zurrar con porras a quienes, sin más, se ponen a protestar en la calle; y que lo hagan las fuerzas de seguridad, las destinadas a mirar por nosotros. Tiene castaña la cosa. Y que se dirijan a los golpeados como los enemigos.

Contrasentido es que yo pague la carrera a un médico y que él cuando yo no pueda pagar las tarifas de su clínica, no me cure. Contrasentido es cobrar a los enfermos a cambio de mirar por su salud. La única Sanidad real, la verdadera, es la pública, porque es universal.

Contrasentido es que nadie devuelva la comida que ha robado -SÍ, he dicho robado- en los centros hospitalarios donde trabajan. Y las medicinas -ahora cada vez menos, con la farmacología más controlada individualmente-. Y las toallas. Y las compresas. Y las vendas. Todo ello como si fuera una obsesión tener los armarios de casa llenos de objetos destinados no ya a primeras curas, sino a intervenciones de gran calado que dan la impresión de necesitar un botiquín dedicado a catástrofes.

Contrasentido es guardar medicinas porque se han comprado en dosis muy por encima de las necesarias. Y llenar los cajones hasta que vayan caducando.

Y hace pocos días -me entero- otro patadón: Que se van a anular tarjetas de crédito a cargo de corporaciones. ¡Con la que está cayendo hace unos pocos de años y ahora hablan de cancelar tarjetas!

Contrasentido es que un ciclotrón apoye la teoría de don Alberto Einstein a base de neutrinos pallá y pacá y que no haya un listado de las personas que cobran de la Administración Pública en España. Una lista con los nombres, sus nifes, sus cargos y su dinero. Cuatro columnitas de nada frente a la construcción del vacío, del estudio del Big Bang, de la aceleración de partículas infinitesimales en masa o carga eléctrica. Eso sí que es chocante ¿o no?

Si se ven desbordados en ese trabajo, que alguien tiene que conocer (por ejemplo quien confecciona las nóminas… ¿o es que no hay ni nóminas?) pues que me den a mí los ficheros y, sin el menor asomo de dolor, le daré a la tecla esa tan complicada: “Imprimir”.

Procuraré, además, que haya folios suficientes. Sería un contrasentido por mi parte, a estas alturas, perder los papeles.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXIII).

2012/03/10

Monólogos.

Son –por fin se consiguió- nuestra forma universal de comunicarnos.

Durante un tiempo fueron –creo que siguen siendo- un ejercicio de habilidades para desahogarse; o parecido: una descarga de miedos. Una especie de confesión, como cuando se hacían públicas para quitarse del tabaco; o una profesión en el caso de prepararlo salpicado de chistes o chismes, según la calidad de los oyentes, que influye mucho.

Monologar es básicamente barato. No exige una gran preparación y –salvo por el monólogo de quien no nos escucha, pero que tiene el mismo interés por lo ajeno que nosotros- supone sólo capacidad pulmonar. Lo de la buena modulación de la voz tampoco es una condición.

Respecto a comimpartir ideas, el monólogo puede ser una fuente inesperada de sorpresas. Basta que tosa el que te pilla cerca y –elevando un poco el tono por encima de los espasmos, o sea los movimientos convulsivos y sonoros del aparato respiratorio- insuflas sus pulmones con tus pensamientos a través del aire. Ahí el monólogo se impone como una retahíla que el que te pilla cerca no puede parar fácilmente. Se lleva un buen montón de enseñanzas. Y uno se siente realizado de haberse oído monologar con claridad y nitidez en las frases. Y, por supuesto, por haber conseguido compartirle a alguien nuestro credo en sus obstruidas narices.

El arte de hacerlo por teléfono –imitando a otras que también dicen que se hacen por teléfono- es para el monólogo quizá más sencillito. No tenemos, a cambio, la reacción de quien no nos escucha. Tal vez de quien no nos oye. Quizá de quien nos hace burlas o se ríe. O ha puesto el sin manos y se está limpiando las uñas, haciendo “mha, amm aha, ahá” de vez en cuando, con nosotros creyentes de nuestra imposición comunicativa. Nuestro monólogo.

Los grandes idearios, los inmunes al cambio, se inyectan con campamentos, mítines, panfletos y campañas electorales. O misas. Son monólogos monótonos. Son martillos pilones para el oído. Y no están preparados para la menor contrarréplica. Ni mucho menos para hacer pausas que permitan poner una hojita de perejil fresca por medio.

Se monologa mucho en las comunidades de propietarios, antes de la bronca común. Es genial asumir el papel de presidente inútil cimentado en monólogos donde se largan propuestas sin estudiar, impagados sin pagar y presupuestos sin comparar. Es el centro de acerados monólogos devueltos, compuestos a lo más de tres sílabas y terminados en ón. O cuatro, contando con el de caraculo. Después, cada uno a su casa, a monologar con los hijos, que han trincado el mando a distancia. Bofetón y a otra cosa.

El mundo está lleno de incomunicación, decimos como prólogo a la puesta en marcha de nuestro monólogo matutino, ése que comenta el tiempo y recuerda que hay que verse más.

Quizá haya puesto pocos ejemplos de capacidad de no saber nada de los demás, pero es que, para ser exactos, lo que realmente quiero decir, por mi parte, en lo que a mí respecta, relativo  a mi experiencia vital, compréndeme, escucha y ponte en mi lugar, es que… tú me entiendes, lo que quiero decir…

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXII).

2012/03/03

Dejemos hablar al viento.

Como si nos atreviéramos a recibir de nuevo -devueltas en ráfagas- las promesas hechas.

Como si tuviéramos valor para sorprendernos con la inocencia del toque en el hombro de una brisa de aire fresco; a estas alturas.

Las palabras que se lleva el aire al moverse, dicen, rebotarían confusas, mezcladas, trituradas, rotas en sílabas que las desdecirían. Una página verbal, agitada, batida en el tiempo que tarda el viento en llegar al infinito y volver, se vuelve una pasta ininteligible. Intragable.

Hemos soltado discursos que nos comprometían a ser menos malos. Se articularon las frases solidarias que sabíamos que contenían el tono justo, la modulación exacta; sin ver cómo confortarnos en el momento en que se demostraran vacías. Hay ayudas que no llegan porque están bloqueados los caminos, llenos de palabras esperanzadoras de atención, que los torbellinos, los remolinos, los rabos de nube, han amontonado y no dejan pasar a las manos de las palabras a los hechos.

Ya sabemos perdernos en palabras donde nosotros, también nosotros, somos víctimas del Mecanismo Universal Mercantil, sagrada y divina forma de control de Todo que nos dice que debemos ser un poco más pobres para así ser más prudentes y no malgastar la ayuda  que prometimos a los desheredados. Aquí hay viento para todo, pero estamos en medio de un huracán, lo que justifica que –un poquito después de hablar- ya se hayan ido muy lejos nuestras palabras de un futuro digno. Como si dependiera del Kaos Supremo a quien no podemos contradecir. Pero había que hacer la campaña electoral. Y no se puede estar callado en medio de un mitin, lleno de banderitas, y esperar a que la gente aplauda y después vote. Ni que estuviéramos locos.

Tienes mi palabra, guárdala cuanto antes en tu bolsillo del pantalón y el pantalón en tu casa. Y no abras las ventanas de tu casa, no dejes que el efecto Venturi, contratado como excusa, se la lleve argumentando que es lo corriente dejarse llevar por la corriente de aire, tan fría y veloz.

Menos miedos, más aguante. Más mantener lo dicho. Que no nos falte al aire fresco. Que no nos quedemos sin aliento. Que no se lleve el viento ni una palabra dada más.

O que, por qué no, dejemos de prometer lo imposible.

O que, por qué no también, dejemos de creernos marionetas.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Súper héroes (8).

2012/03/02

Súper K Ra J.

Yasmina Bassir López de Gomara, una desconocida aún para el gran público, es una mujer con dos vidas. Una es aburrida, de ama de casa y vicepresidenta ejecutiva de Parneses Enterprise, con un sueldo fijo de ocho millones de paquetes de cien billetes de cien euros al año y plenos poderes de decisión.

La otra es trepidante y llena de emociones: la que vive de tarde como Súper K Ra J, una mujer que puede estropear una mayonesa igual que tirar por la ventana un televisor nuevo en lugar de la caja que lo envolvía. Su forma de vestir, a base de delantales y pijamas, no deja lugar a dudas. Es un ascodesastre andante.

Llena como está de anécdotas su vivencia de ser humano con súper poderes, señalaremos algunas de ellas para general escarnio de sus vecinas, que no la pueden ver, situación que se acentúa cuando se mete a cambiarse en la portería, colocándose el atuendo de súper mujer. Hace años que no se ha repuesto una de las persianas del habitáculo y Yasmina expone muchos puntos de vista valorados en directo por los maridos de las citadas vecinas. Después, irrumpe a gran velocidad para salir de la portería y al del cuarto D, que siempre se pone en medio, lo tiene harto de rodillazos en la zona pélvica, justo a la altura de los huevos.

En la calle, se encarga de buscar por puro instinto a la persona que más cargada de bolsas vaya por la acera y tropezarla y hacer que se le caiga algún bulto para, al agacharse a ayudar, provocar un cabezazo mutuo que despeina a ambas, si bien nuestra mujer lleva siempre laca y cepillos, útiles para enmarañar del todo y/o cegar a la afortunada a base de huracanes de aerosol en los ojos.

No pierde el tiempo en reuniones familiares, donde critica en corrillos el vestido de la novia en bodas donde la madre –quien le escucha formando parte del corrillo- olvidó no invitarla.

En los velatorios estornuda con fuerza y desprende de su peinado diademas que, menos mal, la mayoría se clavan en el tórax del occiso aún tierno, sin el menor rigor mortis y sin provocar más desgracias.

Cuando te entregan medallas al mérito, sea de lo que sea, ella las agarra, las muerde valorando quilates, te tira del cordón hacia abajo para leer las inscripciones y te provoca distensiones cervicales.

En los divorcios donde ha acudido como testigo, sí que se ha lucido de veras, consiguiendo –junto a la prevista, que parecía arreglarse antes de que apareciera Súper K Ra J- la separación de las abogadas de ambas partes, la jueza, dos bedeles y el empleado de mantenimiento, casado hace pocos meses. Y todo gracias a la teoría que Yasmina, en realidad Súper K Ra J, tiene sobre el convivir en pareja: según ella, “una sinfonía legalizada de eructos, gases simétricos y ronquidos, junto a la adquisición del estatus de alguno como cuñado, lo más bajo que se puede llegar a caer”.

Si algo te va bien, si alguna actividad o persona te parece interesante, llama a Súper K Ra J. Ella irrumpirá en tu vida, dirá cuatro mamarrachadas bien dichas y el ambiente se enrarecerá, se cancelarán suscripciones anuales a la ópera, se olvidarán las cenas navideñas,… quizá para siempre.

Cuando el peso lógico y sensato de la vida en sociedad te aplaste, llama a Súper K Ra J. Ella lo echará todo –absolutamente todo, sin excepción- a perder.

Entre sus conquistas amorosas figura Cutre Boy, y es famoso el chisme que gira alrededor de la vomitona que protagonizaron ambos el día de la Pamela, en el derbi de Ascott, desde el piso último, tras quedar primeros en el concurso de ingestión de coliflores azucaradas, yogur de patatas y galletas hervidas al ajo.

Tarara tan tatán ¡Súper K Ra J!