Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXX).

2012/04/28

Leyes, costumbres y patadas.

 

Llevar media vida, o mucho más, trabajando en una empresa, tiene la ventaja de la estabilidad, y el rendimiento basado en la eficiencia basada en la experiencia.

No se comenta mucho, pero en ocasiones lleva incorporado el aburrimiento, pegado a la rutina. Se pierde la iniciativa. Supongo que depende de los casos.

Lo curioso es no reconocer la aportación acumulada a una compañía por sus trabajadores después de treinta o cuarenta años. No valorar en dinero –cómo si no- el prescindir de los servicios de quien ha añadido valor –ventas, mantenimiento, atención, organización- al inicial que había cuando entró. Se propone quitar este derecho a llevarse algo de lo capitalizado, gracias a la nueva reforma laboral.

¿Por qué? Por pura y dura ansia. No tiene todo esto mucho fundamento.

Habrá casos de fuerza mayor. Pues claro. Hay de todo. Supongo que también depende de los casos.

¿Cómo? Con esa estúpida pose de estatua que ponen los dirigentes neoliberales, la misma y simultánea al grito en el cielo por que haya países que pretendan armarse hasta los dientes cabezas nucleares incluidas.

Igual que hay países que deciden quién sí y quien no, hay personas que deciden el futuro –inmediato- de otras muchas.

Se esgrimen leyes necesarias para dar la vuelta al lento camino que han supuesto leyes protectoras del empleado.

Nunca he defendido al vago, es inaceptable y no se le puede premiar con derechos y más protección. Pero lo que se pretende hoy, dando la vuelta  a la Historia, es un disparate: volver a hacer costumbre de leyes injustas, que incluyen la patada por forma de cortar las relaciones laborales.

Si te despistas y aceptas que las niñas dejen de estudiar y se casen jóvenes, mira las páginas de sucesos de los periódicos y allí estarán unas pocas –siempre serán demasiadas- cumpliendo su riguroso turno de ser maltratadas, como era costumbre y parece volver a serlo.

Si aceptas la poca dotación y el prepago o postpago de las medicinas, volverá la costumbre que había de morirse cuando se era pobre, sin más, o pensionista, olvidando lo aportado a las arcas después de cientos de meses, pellizco a pellizco de las nóminas.

Lo que más duele es la costumbre iniciada de no pestañear, de no parecer que les duela ni un poco siquiera a quienes defienden esas leyes.

Y aquellos que se han erigido como manos ejecutoras, quienes han entrenado para decir “largo de aquí” como portavoces de los grandes señores del capital, no saben que cavan también su propia fosa para cuando no puedan moverse, es decir, cuando les llegue el paro.

A todo se acostumbra uno, dicen.

Y parece que ahora -es ponerse- toca dejar de atender a los sin papeles. Salvo urgencias medidas por quien le atiende –o no- en lugar por el dolor que se lleva.

Leyes para coordinar la convivencia: basta hacerlas despiadadas para que nos acostumbremos a no tenernos en cuenta en las malas rachas.

Para mí, al menos de momento, no es fácil. Siguen siendo, le pese a quien le pese, tiempos para la solidaridad, no para ir dejando desempleados en las cunetas. A eso mismo que el Estado de Bienestar –administrado por personas sensatas- nos tenía acostumbrados. Con leyes de protección para los malos momentos, no para las malas personas.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


ON FAIR

2012/04/26

Ayer, día de nuestro señor de veinticinco de abril de 2012, arribé a una calle que distaba menos de mil trescientos metros del recinto ocupado por la Feria de Sevilla.

A lo lejos, igual que a mi lado, según mi amigo Lolito Parker Smeit me relataba por el móvil, miles de mujeres giraban vertiginosamente y por parejas –a veces en grupos reducidos de cincuenta- y se cambiaban de lado y cruzaban, en lo que ellas llamaban “otra má, otra má” al compás de una música que surgía cada sesenta centímetros de avance del gentío. Una de ellas, en un movimiento de brazos invisible para el ojo humano europeo, le mandó el móvil a un puesto de azúcar de colores –algodón rosa, exactamente- lo que le hizo usar el de guardia, reservado sólo para contingencias de tipo extremo. A continuación, a punto estuvo de meter el citado en una jarra de líquido fresquito y amable de beber, con poca graduación alcohólica y casi ninguna exigencia de estatura para ingerirlo, según Parker Smeit, y según su nombre lo indicaba: rebajito.

Mientras, en mi vagar en busca de la fiesta universal retrocedí metro y medio debido a la vomitona de un señor catalán poco acostumbrado a mezclar pescado frito con mortadela rellenas con aceitunas rellenas. Juraba, admirado, que nunca había sido centro de atención de tanta gente cercana (no podíamos separarnos mucho) y agradecía el gesto repartiendo cientos de servilletas de papel de vivos colores.

Un guitarrista, con el hueco de su instrumento hacia arriba, pedía por favor que dejaran de introducir monedas de uno, dos y cinco céntimos de euro que los monederos de telas parecían disparar, como el efecto volcán hace con la lava, del mismo color cobrizo y brillante. Y pesado. Mientras más gritaba pidiendo euros completos, más se le aplaudía y concentraba gente alrededor, gente de todas las edades que unos autobuses rojos y naranjas vertían en las aceras, haciendo que mis cuatro metros ganados de avance en el día se perdieran. Como en la Bolsa.

Sentí como una mata de romero se metía por uno de los agujeros de mi nariz y cuando culminé una serie de diecisiete estornudos gracias al estímulo de dicha planta en mi pituitaria, fui incapaz de devolver la planta a su portadora, quizá también pensando que era una tontería dejar que la excepcional navaja que llevaba llegara a desabotonar mi inmaculada camisa. Por el móvil, Lolito me animaba a no dar más de sesenta céntimos en efectivo por el romero. Prudentemente, firmé un cheque al portador por otros sesenta céntimos y lo añadí al pago, lo que me permitió terminar mi entrevista con la señora escondida tras la espesura de su bigote, difícil de camuflar con el romero.

En otra trifulca, causada por el abofeteo a caballo de dos amazonas guapísimas, los animales se dedicaron a besarse sin recato alguno y a punto estuvieron de dar con sus bellas amazonas en el suelo. Una de ellas, concretamente la más morena de las dos, quedó hábilmente agarrada a una farola mientras su corcel intentaba maniobras mucho más atrevidas que el beso inicial con la otra, una yegua de tronío. El follón nos dio, como en el rugby, unas veinte yardas de avance.

Lolito, impaciente, me juraba que no me iba a esperar ni un minuto más y que, por primera vez, comenzaría su bailongo con la señorita jerezana doña Esperanza de Brandy y Aranguren. Que allá yo con mi baño de masas y mis ganas de mezclarme con la población local.

Cuando el guitarrista notó las notas musicales que destilaba al chocar con mi cogote su guitarra, semi llena de monedas de cobre, cogió su libretita de composiciones espontáneas y allí mismo compuso una melodía que, días más tarde, había de darle en una canción del verano de gran éxito popular. Y, como consecuencia, los más de diez metros de avance que conseguí al ser introducido por la puerta de una ambulancia, reconocido y dado de alta de forma exprés, y expulsado por la otra.

Y allí, en ese momento, la vi.

La portada. Desde lejos, pero real. La Portada del Real.

Era cierto, después de todo.

El momento parecía, además, propicio. Era cuestión de aprovecharlo.

Unos jóvenes, por lo visto futbolistas e ídolos para la población autóctona, levantaron a modo de celebración una copa de latón apurpurinado, tal y como lo hacen los que ganan un trofeo o campeonato, encendiendo el fervor y el griterío de la gente cercana. Dado que la ceremonia incluye en su desarrollo la llamada fase “hacer el pasillo a los vencedores”, me vi succionado entre dos hileras, dos marabuntas de sevillanos que fabricaban un corredor que llevaba a la entrada del fiestorro. Un par de caraduras más, más o menos de mis años, pusieron la misma cara de entrenador que yo puse para justificar el privilegio de llegar varias horas antes al Centro Mundial del Bailongo que los que habían salido de su casa al amanecer.

Y traspasé el umbral. Lo juro por mi río Támesis y las corvas de mi reina. Y mientras el ruido de mis pisadas desaparecía al caminar sobre una alfombra depositada por el ardiente caballo de unos minutos antes, pude ver cómo millones de lunares surgían en movimientos de cinturas estelares, en cimbreantes andares. Pedí, pagué y bebí un agua de solares.

La llamada de Lolito me sobresaltó. Con el laconismo de un telegrama, me orientó lo suficiente para que me quedara quieto y él, golpeando suavemente mi hombro, me certificara que había llegado a mi destino. Acepté de modo inmediato y entré con él en una “caseta”, donde certifiqué de nuevo cómo, sin ser adhesivo, las hembras sevillanas pueden embutirse en trajes que ciñen como hay que ceñir.

Hechas las presentaciones pertinentes entre mi persona y los habituales asistentes al recinto, incluida la excepcionalmente guapa señorita Esperanza, de la que no resistí la invitación de bailar, me dispuse, en efecto, a dejar que el mundo girara alrededor de unos volantes envueltos en nubes de albero.

Dado que la danza de seducción del baile de esta zona del Paraíso tiene momentos de cercanía inevitables, gocé como un cerdo de Yorkshire cuando de los hermosos labios de la señorita Esperanza brotó un “hueles a romero” que supe que le salía del alma.

Terminado el baile, surgió el momento de hablar de cosas que se lleva la gente a la feria para hablar de dichas cosas allí. Fue uno de los ratos sin medida de tiempo más agradables que he pasado.

Sé que corrió el vino, mucho más deprisa que yo. Pero algo hizo, el tiempo, la conversación, el baile, la cara de tonto de Lolito, los ojos de Esperanza… que no me emborrachara de alcohol. Quizá fue, hoy que lo recuerdo, eso que llaman embrujo. Estoy seguro de ello, hoy en el altar, a punto de besar a Esperanza, con Lolito a mi lado, de padrino.

Sevilla, a veintiséis de abril de 2012.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXIX).

2012/04/21

Comentarios. Compromiso.

Uno escribe para uno y, si le lee alguien, pues mira tú por dónde, que dirían los antiguos, bienvenido sea.

Un blog –éste- de los millones que andan sueltos. A veces un diario, otra un bidón para recoger lo que uno, en ese momento, y con un estado de ánimo, le da por parir.

Ando –como lector- por muchos parajes. La mayoría en la prensa escrita, tal vez por el romanticismo de mantener la letra pintada sobre papel y su contacto físico. Su símbolo de reparto. Y en esos parajes de hojas más o menos grapadas, veo compromisos.

Las columnas fijas, las “treinta líneas”, los artículos más extensos de opinión, tienen un nombre y –desde hace unos años- una fotografía poco actual (coquetería o “ya pondré una reciente”) de su autor/a, como forma de dar aun más la cara. Me gusta.

El meollo de hoy reside en eso de respaldar lo que uno piensa una vez lo ha plasmado en letrillas. Uno transmite y expone, dice y opina, defiende y explica. Pero, al mismo tiempo, se define, se planta. Igual que en las tabernas, igual, con los mismos gritos y ademanes en sus escritos que el apasionado del café de antaño para tomar posturas.

Independientemente, claro está, del arte. Algo mucho más definitorio, mucho más efectivo de lo que parece. Muy por encima, a veces, del contenido. De chicos, cualquier cantinela valía para ridiculizar a quien no nos gustaba. Pero si era en verso y contenía el nombre del aspirante a humillado, encontraba, de modo inmediato, el coro a mil voces para amplificar la mofa. Se valoraba positivamente el ingenio por encima del insulto. Con la edad y la técnica periodística impregnada de buena literatura, los artículos no se libran de ser lo mismo en miles de casos.

Pero vuelvo a eso de dejarse ver.

De entre el infinito saco de noticias surgidas desde –digamos- una convocatoria de elecciones hasta hoy, cualquiera implica controversia. Eso no es nuevo. O ataque, lo que tampoco es nuevo.

Cuánto rodeo. Pues al grano.

La cosa es que nadie, nadie, ni yo, tiene cifras reales de corrupción. Cifras reales de lo que cuesta un Estado, ni cifras de despilfarro. Así que leña al mono, al débil, no sea que se encuentren los responsables.

Vamos a ver, cojones, si nos enteramos de una vez:

1) Ninguna organización, ninguna, desde la familia hasta la ONU, puede crecer hasta asfixiar la dignidad humana. Ni ser tan cara de mantener que ahogue la finalidad para la que nació. Por todos los demonios del infierno, de una maldita (lógico) vez, que los máximos gobernantes pongan a TODOS los de su partido a rendir cuentas de las cifras de sus nóminas/ingresos/gastos.

2) Sin impuestos, no hay democracia. Y hoy, con los nervios tan afilados como nos los han puesto, la codicia se lo va a tener que pensar un poco más. Que pague quien tiene que pagar.

Y 3) El pago adicional de medicamentos, calculado a mano como antes, con las cifras por delante, supone el gasto en pan de todo el mes para unos pocos de miles de pensionistas. Si hay casos de abusos, que trabajen los inspectores y que corten por lo sano. Pero no disparen antes de seleccionar bien el blanco.

Quiero, en definitiva, una resonancia magnética de todo el Meollo. No sé si me explico. No sé si me comprometo.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXVIII).

2012/04/14

Deudas, demoras y morosos.

-Pague, pague usted sin miedo. En poco tiempo –cuestión relativa, pero discutible-, usted habrá empezado a devolver capital. Mientras, déle, déle usted a las demoras. Y hágalo sin más demoras. O las pasará moradas.

Es un mensaje habitual de ánimo y aliento de quien, sentado en su coche, exhorta a gritos a quien, sobre una bicicleta que se le clava en el culo y cuesta arriba, intenta alcanzar no ya una cumbre, sino un llano para seguir pedaleando en términos financieros.

Son tiempos de sensatez. De buscarla. Cuestión primera.

Pero se sigue hablando en un escenario donde se va hundiendo uno por uno a los que casi no sacan el cuello del agua.

Se impone la cordura. Hagamos frente al capital salvaje. ¿Cómo y por qué?

En el cómo es fácil: perdonar algunas deudas es y será ayudar a pagar algunas en lugar de perderlas todas. Diferir o anular demoras agigantadas como bolas de nieve y comisiones que arañan todo el casco del Titanic. Querer cobrarlas es acumular números en unos saldos ya establecidos en el desatino.

Si no ganan algo las dos partes –banco y cliente en dificultades concretamente-, los dos pierden muchísimo.

¿Por qué? Porque esperamos un futuro mejor, de modo más o menos inmediato.

¿O es que al final NO lo esperamos?

Si echamos a latigazos a los que pasan por dificultades, ¿no será que después los querremos dejar entrar con algo de pan y agua (es decir, unos 500 euros/mes en billetes nuevos)?

A ver si el descarnado trato que hemos accedido a aplicar (mientras no me toque… ya se sabe a ésos, no a nosotros) a los desprotegidos resulta ser la nueva forma de trato, la definitiva, la que se tardó doscientos años y muchos muertos en abolir.

A ver si todos los gobiernos europeos nos han firmado la contratación como putas y camareros (y viceversa) en España, Portugal, Grecia y una parte, el Sur, de Italia. Porque una vez comprobada la belleza de sus mujeres y las horas de sol, el estudio de mercado laboral está completo.

Ay, ay, ayayay. Qué cosas se me ocurren.

El ansia. Que no tiene límites. Que somos humanos, dirán los que defienden soluciones que derriban el Estado como órgano vivo y protector del débil, no del vago. Pues eso, trátennos como tales y córtenle de raíz el plástico y el crédito a todas las tarjetas con las que juegan los consejeros, los delegados, los subsecretarios. Y sus amiguitos del alma. Y los cocainómanos sin control. Y a los aristócratas que andan probando descalabrarse desde pequeños, desde los pies, para con el tiempo poder romperse el prestigio ante los demás países. Esos gatillos, descontrolados. Esos gastillos, igual.

El resto, que pase a tiempo por taquilla. Sin demora.

Por cierto, moroso viene también de “gente de mal carácter”, desabrido; malaje. Ocurre cuando no se puede pagar ni la luz y se vuelve uno moroso.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXVII).

2012/04/07

Transparencias varias.

 

Yo programo, tú me votas, yo cumplo el programa. Hi, hi, hi…

Yo prometo que programo, aunque no programe, pero tú me votas y ya cumpliré la promesa; o el programa; digo yo. Hia, hia, hia…

Tú votas, tú te callas, tú me eliges y ya veremos por donde sale el Sol, si digo yo que salga, que esa es otra. Pero mantén la confianza en nuestro buen hacer, que cosas más raras se han visto. HAA, HAA, HAAHAAHAA, que pareces tonto, hijo.

Pero ¿y si ahora va y resulta que yo, ciudadanito peatón, tengo la opción de ver qué has hecho con el dinero de tal proyecto, en tal sitio, sí, sí, aquel que dijiste que uniría esos municipios varios, acuérdate, político electo, acuérdate.

Vaya, parece que se te ha cortado la risa esa de valkiria con hipo.

Porque, digo yo, si –insistiré hasta la muerte en este tipo de cosas- si se pueden acelerar neutrinos, ¿para cuándo un listadito de lo que cuestan las carreteras, y a su lado el listadito de lo que declara el que la ha construido?

Ssstaría ssstupendo, ¿a que sí?

Hablar de transacciones, qué pesadez, os vais a aburrir, pequeños míos, si yo guardo los papeles, los contratos, los extractos de cuentas… es por vuestro bien. ¿Qué trabajo me cuesta a mí poner los datos de las cosas públicas en público?

Pues eso, si no cuesta tanto trabajo, el hecho está dentro de tu radio de acción en cuanto al esfuerzo, politiquillo electo: ponte a ello.

Plazos, licitaciones, concursos… todo se aprende. Y si no, que den un cursillo previo por la televisión pública, indicando en cada factura dónde tenemos que leer el concepto, el CIF del contratista y la transacción bancaria. Basta con que no se sepa el número  de la cuenta de quien reciba la yesca. Pero sí la de cargo y el número de transferencia, donde se indique la referencia de la factura.

Ssssería magggggnífffico, ¿ein?

Claro, es que son muchas obras y se cansa uno.

Repartamos la auditoría. Repartamos el trabajo. Seguro que no son doscientos hospitales diarios ni seis millones de kilómetros de vía ferroviaria al día. Seguro que no.

Si una Ley se transmite de modo inmediato y eficaz en tres luces (rojo, ámbar y verde) que se alternan para ordenar el tráfico dando paso, ¿por qué es tan complicado que el dinero público rinda cuentas en papelitos?

¿Por qué no hay una página WEB de acceso público para ver por dónde van los gastos una vez hecho el presupuesto de una obra o servicio público?

Tenemos DNI electrónicos, firmas secretas y claves personales para acceder a la información pública dejando bien claro el rastro de nuestra consulta. Incluso, por supuesto que también, para formular preguntas o pedir aclaraciones. ¿Dónde está el misterio?

Desde aquí mi petición para que la nueva Ley de Transparencia no sea un mal chiste. He firmado para que sea clara y de eficacia inmediata. Yo no sé usar las videoconsolas, pero sé que usan en sus juegos algoritmos de una complejidad enorme. Lo que pido para la Ley es nada más –y nada menos- que su nombre responda al hecho físico que la describe: capacidad para observar, a través de ella, cualquier asunto. En concreto, cómo se gasta nuestro dinero.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Súper héroes (9).

2012/04/01

Selloman.

Soy Herbert Bocanegra Stroptower, de Móstoles, cuna de héroes. Me dedico profesionalmente a dar clases particulares de cómo abanicarse en una tarde de toros. Que parece que no, pero hay mujeres y hombres a los que empujaría durante horas al verlos mover ese mágico artículo como si repasaran la guía telefónica sentados en no digo qué pieza del baño, en conexión directa con el cosmos y ejerciendo una enorme presión atmosférica.

Pero en mis ratos libres, a eso de las cuatro, justo después de poner el lavavajillas, me convierto en un ser distinto; un ente mitad héroe, mitad náquehacer, que da gusto ver cómo se porta con la gente de a pie y algunos de a caballo.

Soy… Selloman.

En general, mis poderes vienen de no poder soportar las grietas sociales. Si bien, al principio y por la falta de experiencia, he puesto cemento hidráulico en alguna gruta del Paleolítico jeringando la opción turística de tales cavernas, con el tiempo he mejorado muchísimo y grandes sectores sociales han firmado y sellado pactos dificultosos, todo ello desde mi salida de la cárcel en régimen abierto.

Sin ir más lejos, me he ceñido a lo cotidiano. Y los resultados… Madre del Amor Hermoso, ¡Qué resultados!

Desde que ejerzo y me cuelo en los ministerios, ya sea de fomento o de sanidad, quedan colas mínimas en comparación a las de antes de meterme yo por medio.

Desde hace unos años, impreso que veía en manos de algún pobre ciudadano desamparado ante el trámite, impreso que no tardaba un minuto en ser compulsado con un sello precioso, ya fuera de “Entrada”, “Admisión”, “Válido” o incluso “Pagado” sin cobrar nada. Y los colores, variados, hermosos: Madre del Amor Idem: ¡Los colores!

Alguna que otra frente de jubilado decrépito he revitalizado con “Renovado”, evitando a los pobrecitos míos horas de estar de pie a la espera de su bonobús anual.

Soy, sin duda, un clásico. Con maravillosos sellos de lacre he conseguido cerrar cajas de polvorones que, en el caso de haber sido enviados en frágiles envases sin ese cierre, no habría llegado ni la mitad del contenido a las tan entrañables fechas para las que se destinan.

Y soy, por descontado, polipráctico. Lo mismo pongo un sello de cincuenta céntimos en un sobre antes de que el enamorado se arrepienta de declararse por carta a su novia en situación de Erasmus, por estropicio del móvil, que no tiemblo al sellar con silicona más de un cierre de aluminio de ventana por donde se cuela un piruji en invierno que afeita las orejas.

Como hito de mi carrera, participé en el sellado de la pirámide de Keops tras su cuadragésimo saqueo, del que yo personalmente saqué una mantelería para doce. Dicho sellado lo hicimos con papel de servilleta húmedo de agua y harina que, al secar, da apariencia de cosa antigua.

Y cada año, en Asturias, hago el descenso del Sella.

Si temes la tardanza del sello que te acredite un papelón, si tu bañera se separa de la pared, no lo dudes… Llama a Sellomán. Verás como acude. Lo sé yo.