Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXXIV).

2012/05/26

A por ellos.

Un grito que nos representó jugando al fútbol ha encontrado –sin mencionársele- un eco entre los que mandan menos hoy que mañana, en nuestro futuro sin futuro.

El déficit, dicen. Y con autoridad moral, insisten, arreglando lo que los de antes han dejado.

Pero si el de antes –los de antes, mejor- también le han dado el llavero completo a los USuArios para que pongan su escudo de adorno en base a una dignidad Rota.

Son los de ahora los que quieren por un lado amnistiar a los que no pagan desde antes –desde siempre- y por otro salvar a los que ya no les queda para Rato. Así, me pagan menos y me quitan más para que otros que pagan menos no paguen más, quiero decir, no vuelvan a pagar. Como ¿siempre?

El déficit es una herramienta, no el objetivo. El Estado no tiene por qué desmembrarse como forma de vivir para pasar a ser un himno, una bandera y un rey en franca bajada de popularidad. El Estado debe costarnos dinero a todos sin excepción, para que no haga falta este estado de excepción, en el que los que siempre han estado exentos sigan estándolo y suene el atronador “¡A por ellos!” cuando empuñan nuestras nóminas.

¿Razones? Varias y muy buenas:

-El juego de localizar pícaros y manirrotos se ha estropeado.

-Los ordenadores que antes buscaban prontito una cifra superior a los 300.000,00€ anuales, ahora no funcionan.

-Las visas y mastercardes a cargo de los Ayuntamientos, junto a alguna de los jefes de los jueces, siguen funcionando, a base de cargos por encargo.

-¡Ah!, y dejar los coches oficiales en los garajes no tiene perdón de dios, con lo que cuesta después ponerlos en marcha.

Pero, como muestra de rigor y reparto del empeño en un déficit nulo, se ajusta con facilidad un descuento tras otro en el cobro mensual de los asalariados. Además de trincarles algún eurillo de más si van a por gasolina o a que les curen algo, cualquier cosilla que se les estropee.

Tenemos por tanto el desarrollo de un trabajo específico, aunque “¡A por ellos!” suene genérico. No señor, no, no: son siempre, somos siempre, con pequeñísimas variaciones, los mismos.

Juego de idas y venidas de KasaMerkel, de ChozaObama y del Koñofin, para nuevas dentelladas y poco más cuando vuelve a casa. Nacionalizar pérdidas de amigotes sin que nadie sepa nada tiene bemoles, pero no le cuesta, porque por un amigo, lo que haga falta.

Supongo que, ya que quedan unos días para que España defienda su título en Europa, lo mejor será recobrar el teóricamente inicial sentido de nuestra frase de hoy. “¡A por ellos!”.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXXIII)

2012/05/19

Recortables.

Era, es, un juego al que a los niños inquietos, los gamberros, no se nos invitaba jamás.

No había mucho que hacer, pero sí con precisión. Había que ajustarse a las líneas marcadas desde el principio. Tener paciencia, calma y ser limpio en los golpes de tijera, los tijeretazos, para que quedara vistoso según el diseñador.

Entonces, se desdeñaba lo que sobrara. No se aprovechaban los retales, porque no intervenían en el resultado final. No señor.

Una vez ajustado al dibujo señalado, se doblaban las piezas obtenidas y se adaptaban a las figuritas quietas, pacíficas e inmóviles que, desde el principio del juego, estaban dispuestas a recibirlas a sabiendas de que ellas y no las piezas encajarían como un guante con las que le iban a caer encima.

Mientras, en esa calma interior del juego pasivo y resignado del ajuste y la adaptación, se oían lejanísimos rumores de la calle, donde los niños gamberros, los inquietos, gritaban su continuo desacuerdo en relación al simple hecho de que una pelota no podía hincharse más. Era inadmisible pasarse, pues el punto justo, el que daba juego a todos, tenía un nivel de aceptación prácticamente universal. No se hablaba mucho, no era necesario. Se jugaba y ya está. Y si un mal golpe hacía que la pelota estallara, entre todos se iba inmediatamente a comprar uno nuevo. Tampoco se veían llantinas ni penas. Era algo que podía pasar, nada más.

En cambio, las piezas cortadas sin más que seguir las instrucciones lejanas que ponía el diseñador del juego universal de todas las modas, se quedaban colgadas de los hombros el tiempo que le diera la gana a la calidad del papel, a esos tirantitos mínimos que se doblaban vistiendo, protegiendo, pero siempre en apariencia, a las figuritas lánguidas, de mirada sin significado alguno.

Las dos formas de jugar eran incompatibles.

Hoy no sé cómo, se han vuelto a poner de moda, a sabiendas de que los coches han ocupado el sitio de pegar gritos y tocar las pelotas. De ese modo, el mundo del recortable parece el juego más fácil de poner en práctica.

Sin embargo, una vez que algunos niños han salido y cogido de nuevo la costumbre de preguntar por sus amigos, éstos se han animado a salir, o eso parece, y se van juntando en la calle, a gritar, a decir que los juegos aburridos, donde una parte no tiene nada que hacer, no hay quien los aguante.

Dicen que hay que salir a jugársela.

Que no se nos haga tarde. Que no se nos eche la noche encima.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXXII).

2012/05/12

Cerrado por Reformas.

Lo he puesto. El cartel. En todas nuestras fronteras y accesos desde cualquier punto cardinal. En varios idiomas, incluido el merkeliano clásico, el que suena a trueno.

Es lo que querían ¿no?, pues ya lo tienen. El país cerrado por reformas, como las pizzerías cuando tienen que transformarse en “todoacienes” y hay que desincrustar primero la mozarella pegada. Como nosotros con nuestras cuentas.

Porque lo que cuenta son las cuentas, eso hay que tenerlo en cuenta.

Las personas, ya veremos…

Los recortes, una forma de meter la espátula para arrancar la mugre que molesta al liberal, deja mucho escombro, mucho trozo de pintura por el suelo y mucho polvo. Y a muchos hechos polvo, que es en lo que nos estamos convirtiendo, como estaba cantado en sus biblias, tan exactas que, cuando algo se parece a algo escrito en ella, se trataba de una premonición milimétrica. En concreto, aquello tan preciso de que “siempre habrá riquísimos y paupérrimos” se lleva a rajatabla.

Se tienen que cerrar los colegios para que haya mucho menos gasto y muchísimo menos fracaso escolar. Es como dividir por cero, que no se puede, pero todo el mundo lo dice, por si acaso. Y con soltura.

Se tienen que cerrar los centros sanitarios donde se corra el peligro de cometer una infracción administrativa atendiendo a una persona, un ser humano, que no tenga una de esas carteritas tan útiles, capaces de llevar dentro las moneditas cobrizas, separadas de los euros, más bien aisladas de éstos, para no molestar ni deteriorar los papeles, los documentos que dicen que su diálisis o su hepatitis SÍ son curables, no como el que viene detrás en la cola, que ni bolsillos trae. Mejor cerrar estos centros y no buscarse un disgusto.

Cerrar, cerrar… la puerta del corral ito.

Cerrar el camino a que el dinero se mueva demasiado. Movilizar tantas y tantas toneladas de billetes es un dejarse los riñones en el esfuerzo. Mejor abro (de modo prudente) las puertas informáticas a los apuntes en cuenta, mucho más sutiles (dónde va a parar) entre bancos privados nacionalizables y repartibles y Bancos Nacionales nacionalizantes y repartidores. Esta limpieza, esta asepsia, esta elegancia, permite no tener que dar tantas explicaciones de por qué hago lo que me parece que me sale de los cojones hacer, como dueño de la mayoría que soy, hoy, Rajoy. Voy.

Las reformas tienen además esa inercia derivada, el inevitable poyaque. “Poyaque me voy a cargar el sistema público, el que reparte algo mejor dinero y prestaciones, pues apoyo al sistema privado, que es lo prudente, ¿no?”.

¿O ha sido al revés?

Con estas corrientes, por otro lado, lo prudente es cerrar, no nos pillemos un catarro y lo único que haya para curarnos sea la caridad, ese sustitutivo eterno de la presente y terrenal justicia. Algo que, según recuerdo, tuvo que ver con una de las primeras Reformas. Pero esa es otra historia. Cerremos por hoy, como indican los carteles.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXXI).

2012/05/05

Y sin embargo…

 

Me lo dijeron mil veces:

mucho cuidaíto con la votación.

Luego vinieron los llantos:

ya tenía pánico por la abstención.

 

Fui a votar a media tarde,

no de noche, luz había;

los que más me preguntaban

a pie de urna lo hacían.

 

Y bajo el recuento,

en la madrugá,

sin que tú notaras mi cara tan mustia

solía cantar:

 

Te temo más que a los rojos,

te temo por tus subidas,

tus recortes, Rajo y cojo

más reformas escondidas.

 

Que se me pase el disgusto

si te llego yo a creer,

que el velo del templo estalle

si te voto alguna vez.

 

Vaya subida más fuerte

a presidente primero,

no debían elegirte

no debían elegirte

pero, coño, te eligieron.

 

Prometes unas y otras

y na se te importa no cumplir con na.

Sabes que no hay sueldos fijos,

y ni un buen despido nos vienes a dar.

 

Llorando junto a las urnas

o en el INEM cada día,

eso ya no hay quien lo pare,

qué pena la patria mía.

 

Anda, vaya España, vas a permitir

y sin darte cuenta, con tu voz de rana

me cantas así:

 

Mejor a mí que a los rojos,

y son las mismas subidas,

por la Merkel bendecidas:

mis recortes son muy flojos.

Daré al país más impulso,

para que vuelva a crecer,

aunque los mercados doblen

nuestros tipos de interés.

 

Se equilibra con dinero

nuestra balanza de pagos;

no debía copagarte,

no debía copagarte,

Y sin embargo, copago.


Súper héroes (10).

2012/05/01

ObvioMan.

 

En un lugar del planeta para ser exactos, una conversación se eleva por encima de la media. Tiene lugar entre el anfitrión de un premio literario, un escritor que defiende sus tesis y un asistente que va porque dan cocletas de puchero. Los tres debaten.

-Pues yo pues pienso que puede ser que sí. Pues.

-Pues yo qué quieres que te diga. Pero no te digo lo contrario, ni mucho menos.

-Pues a mí desde luego que no veas. O así.

Las venas en los cuellos se tensan, tiemblan las copas en las manos: una de ellas se cae, pero no se rompe por ser de duralex macizo. Ni corre la sangre, pero es por lo espeso del citado líquido en venas de los tres vejestorios.

Nadie sabe cómo acabará esta escena, ni a dónde llevará esta espiral de violencia intelectual imparable.

Nadie salvo ObvioMan.

Por una de las terrazas torpemente dejadas abiertas por algún gañán de entre los camareros, más que aparecer se materializa en la velada un hombre que, al desplazarse hacia el centro de la tertulia, discusión ya sin control, va subiendo y bajando la cabeza a su paso, asintiendo a todos y cada uno de los comentarios que dejan caer los invitados.

-Qué bueno el chorizo, -casi exclama un señor de Gerona.

-Pues claro, es de Monesterio, -aclara Obvioman.

-Qué alegría de iluminación en este local, -dice una señora mayor, conquense.

-Por supuesto, gracias a las ventanas abiertas, -dice sin parar.

-Qué peinado tan elegante, -dice una voz de entre la multitud. Alguien bajito.

-No hay como tener un peluquero de confianza en días de fiesta, -culmina Obvioman sonriendo.

Cuando llega al centro del triángulo formado por los contertulios origen de la posible tragedia, Obvioman hace por enterarse y después como que se entera del objeto de la discusión.

En un movimiento de pies elegante, sin dejar de mirar con una sonrisa a los tres discutidores, da la razón constantemente a cada uno de ellos, dice “pues claro, no faltaba más” en varios idiomas, incluso el latín para añadir una nota culta a la situación y de modo inmediato se palpa cómo se rebaja la tensión. La Literatura acaba siendo definida como “cosas que escribe alguien y que se puede leer más o menos después y eso”, quedando mansamente desembocados en olas de aceite los antes furibundos comentarios.

Se avisa para la cena y, de camino al comedor, Obvioman explica y jura que los cuadros que cuelgan de las paredes obedecen a estar sostenidos por cuerdas que, a su vez, se engancharon en su día a una alcayata.

Pocos salen de su asombro.

Al final, un éxito culminado con el robo de la página del diccionario donde aparecía la palabra “discusión”. El aplauso es ensordecedor.

Si alguien tiene criterio sobre algo y además le da por exponerlo libremente, acude a quien pueda dejar en menos que nada cualquier iniciativa al respecto. Obvioman irrumpirá y hará que la mojada agua, el gaseoso aire y la vertical pared, junto con la blanca nieve, logren que pongamos los pies sobre el horizontal suelo.

Tarata tan tachán: Llama a Obvioman.