Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXL).

2012/10/20

Demasiado viejo para ya veremos qué. (O ¿un tiempo para cada cosa?)

 

En aras de una correcta información de cómo –más bien cuándo- abordar la extensísima oferta de cursos formativos que nos invade, exponemos la edad que consideramos más correcta o acertada para acceder a algunos de ellos. No así su duración (la del curso).

Curso de cómo tragarse cualquier sapo.

Se aconseja a partir de la primera comunión (religiosos) o en general de la primera ostia. Si uno no la responde, ya tiene hecho el prólogo y puede afrontar que se le cuele alguien en la cola del cine con la misma facilidad que un ministro le dice que, con la que nos han recortado, ya queda menos.

De cómo aceptar que esta ronda la pagamos entre todos y luego ya veremos.

Es, en realidad, un curso superior-avanzado estilo máster del curso anterior. Supone tragar sonriendo y haciendo cuentas a lápiz con el propio director Gral. de ¡CuántasCuentasCuenta! que nos asignen por sorteo (¡y puede que en su propio despacho!).

Acceder a una vivienda en ciertas condiciones.

Vamos a ver. Lo de antes de los cuarenta es de locos. Si además casi no se para en casa, con tanto trajín. Lo bueno es invertir los ahorros de los viejales (a partir de los muchenta y seis o muchenta y siete) y traerse un nieto que los vigile, darle algo al mes y que ya, cuando él trabaje, ponga las lámparas y las cortinas.

Decidir sobre qué forma de vivir se quiere.

-¿Me he metido yo con usted? Entonces, no sé a qué demonios viene usted a chillarme en plena solapa que yo soy un servidor público. ¿No me dio usted su voto, so Juan Lanas? Aquí lo tengo, doblado y nuevo, sin usar. Vuelva dentro de cuatro años y hablaremos. Mientras, circule. Cagüensanpetesburgi…

Independizarse.

Hay quien ha probado antes de los cincuenta y nueve. No la ha ido mal del todo, pero dice que echa de menos comer caliente: o le falta comida o le faltan luz o gas para calentar la que hay. Suelen volver a la tribu familiar, donde siempre hay quien sabe arrancar cuatro patas de un sillón y poner una candelita. Lo malo es cogerle miedo a salir otra vez.

Decir la verdad a todas horas.

Se me ha colado, amigos.

Conozco a uno, de Algeciras: Juan José Téllez, que aprendió desde pequeño el tío. Es tremendo. No sabemos cómo -al menos- hacerle escribir en caracteres cirílicos, para que, aún diciendo lo mismo, no revuelva el gallinero. Nos tiene locos. No tiene edad para un solo sapo. Le podremos robar el carnet. La identidad, jamás. Da cursos a diario.

 

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXXXIX)

2012/10/20

Pelotazos.

 

Los recibí el martes, por sorpresa. Nos llamó para avisarnos por teléfono móvil nuestro amigo Páez, que siempre está donde hay que estar: sacando dinero de un cajero; no como nosotros, en medio de la trayectoria de una bola de goma durísima, que hizo astillas con mi tibia. No sirvió de nada que Páez me dejara un mensaje, a pesar de lo rápido que transmiten estos aparatos modernos, apoyados por satélites.

Pues eso, que me tocó un pelotazo. Sin sinónimos.

El arreglo del hueso lleva su tiempo. Pero el del ánimo parece no estar tan medido. Resulta que no sólo me han dado bien en directo por no haber hecho nada ni en diferido; ni siquiera gritaba. Supe además que pueden darme más y mejor. En el sentido de aprovisionamiento, pensé al principio, supone que los vendedores de pelotas de goma superarán su crisis de venta. Algo es algo.

Pero no: se trata de que ir por la calle y protestar va a estar aún peor visto.

Se plantea una revolución, pequeña por supuesto, dicen, del Código Penal. Eso de las algarabías, molestando a la hora del horario de máximo comercio, está por resolverse. Pero no hablando, ni escuchando; a base de pelotazos, supongo.

Y nada de fotos, por favor.

La prensa debe llevar hecho un curso de dibujo intensivo y, lápiz en mano, hacer un bosquejo del rostro del que –cumpliendo órdenes- le esté mostrando el valor del clásico golpe de porra una vez inmovilizado por el pelotazo lejano pero certero. Lo más importante será hacer ver cómo el proceso se ha completado: el político no quiere jaleos; el artillero de goma lanza su andanada y, finalmente, el de infantería martillea a la peligrosísima joven para que se cierre el ciclo del orden público.

Así que nada de voces altas en altavoces. Nada de protestas contra lo que dijo que jamás se haría. Nada de nada.

Pero ni una lista de  los gastos en primera clase de los buenos, los que se limitan a dejar pasar esta pequeña tormenta, con algún trueno de más.

Ejemplito:

Hay monolitos –manolitos- en Cádiz que dicen que van a costar seiscientos mil de vellón. Supongo que serán imprescindibles,  y si no fuera así nuestras autoridades no emprenderían ese pequeño gasto.

Se celebrarán también allí la cumbre de países de habla hispana o similar. Habrá que sacarles unas gambitas y unos platitos de queso y jamón a los niños, para que se vayan contentos y dejen las cosas como están, sin pedir demasiado dinero para colaboración internacional. Si alguno habla de más, ahí está el que les puede preguntar por qué no se callan. O similar.

Habrá una enorme afluencia de gente. Los empresarios hosteleros ya piensan en un pelotazo, así que nada de huelgas ni gritos ni follones. A ver qué hacen con los que limpian las calles y recogen la basura.

La verdad, con un pelotazo se tiene el cierre más contundente de cualquier conflicto callejero. Es rápido e intenso. Es directo. Es redondo.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.