Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXLVII).

2012/12/29

Sobre ruedas.

 

He meditado mucho lo que voy a hacer por España: resolver la crisis de un plumazo. Ahí voy con mi idea y juzguen ustedes.

Me he enterado, porque no estoy en Babia, del número de coches oficiales que tiene la Comunidad Autónoma de Madrid a su cargo, contando sólo el Ayuntamiento de Madrid. Sí, no se líen. He empezado por la capital.

En lugar de aburrirles con detalles, mañana mismo, con la fresquita, pincho cuatro ruedas a uno cualquiera de los coches negros, brillante, blindados, caros y muy equipados de algún jerifalte y, por arte de la Aritmética, el número desorbitado de coches oficiales gastando gas se reduce en una unidad.

Como lo oyen. Y ahora viene lo bueno.

El tontoboyas que haya sido elegido por el (yo) destino para ir andando por todo Madrid con un letrero de “politiquillo peatón” clavado en su sombrero sin atravesar siquiera su cuero cabelludo, provocará la mayor alarma sobre el resto de los que van en coche. Se darán situaciones jocosas en principio, como la de salpicarle la cartera documental cargada a mano acelerando en todos los charcos cercanos a la acera del desgraciado sin aire en las ruedas. Aún más: llegará el momento en que el chófer antes uniformado y de brillantes botas se presente en la partida de dominó junto al resto de impecables pilotos de 299 automóviles negros, potentes -llenos de poder- los cuales le zaherirán en su orgullo mientras le afean su falta de marcialidad en el vestir.

De ahí, amigos, las consecuencias se desatarán en progresión geométrica, que queda pendiente de explicar para otro momento. Lo que sí es cierto es que se desbordará el Averno, que no aclara mucho, pero significa bronca gorda, continua y sin control.

El tontoboyas llevará sin saberlo un letrero pintado en la espalda que dirá algo así como “mañana puede ser otro, ¡quién sabe si un Subsecretario!, ¡no reírse!”, lo que hará temblar a varias Señorías cuando vean llegar andando al descochado, sucios los zapatos por el polvo de las obras, pringosas las suelas de no se sabe de qué perros anónimos y dos o tres mechones sueltos en desordenado vaivén sobre la frente.

Aquí puede estar el no va más.

¿O puede que haya más?

Claro que sí:

Doña Torola de Sagipuria y Perengallol, esposa consorte y cuarta candidata a polvorín mensual del descochado, permanecerá de pie en la puerta de su dúplex durante la segunda media mañana del día, con el riesgo de acabar aceptando un anisette de su portero, posiblemente por el frío, porque no son horas. ¿Por qué? Porque el coche oficial no aparece por ningún lado.

¿Consecuencias?

Nefastas para el Orden. Se lo digo yo a ustedes.

Una mujer sin peluquería, sin compras, sin masaje previo del primer candidato a polvazo semanal en el gimnasio… la tragedia en estado puro.

Piensen la que puedo provocar con una simple aguja de hacer punto: no sólo disminuyo el gasto de forma sensible. Deshago además un entramado social demoledor, desmonto una pirámide afianzada en la vida de la capital de España…

Haré temblar los cimientos del divino Comité del Chocheteo Tirapasta.

No sabéis con quién os la estáis jugando, bandoleros. No lo olvidéis:

Mañana tempranito, con la fresquita, cuatro ruedas. Después, el mundo será mejor y más justo.

¿Cómo que no…?

¡Hahahahahahah, hahaha, hahaha, hiahiahiahiahiahiahiahia… hahahahahahah, hahaha, ha¡

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXLVI).

2012/12/22

Alguien, en algún lugar…

 

El rigor. Exacto. Lo que ha pensado usted nada más ver el primer renglón de esta cuartilla expandida hasta el A4, como nuestra carretera hacia Madrid hizo gracias a la autómata. (Recordar: poner verde y preguntar hasta cuándo lo del peaje)

Uno no se entera. Decir “crisis” y así entrar en la conversación. Aunque los demás niños de la guardería te tiren pellas de plastilina de dudoso origen plástico.

Si otro más tarde tampoco se entera, hay que darle alguna oportunidad. Pronunciar frases de acogida: “No, si esto lo arreglaba yo en cuatro días”. Entonces se pide otra ronda y el recién llegado se siente integrado.

Yo valoro reconocer (curioso: un grado menos que conocer y el prefijo “re” parece fortalecer su efecto) algunas caras. Por ejemplo, la del detrás del mostrador del sitio donde compro. Quiero conocer a quien me resuelva la lista de espera de una intervención quirúrgica. Ese no sé nunca donde está. (Aclaración: NO está en el quirófano, he ido y estaba vacío con la luz apagada. A las tres horas me he marchado a casa).

Yo sé quién es mi cobrador de comisiones bancarias. Voy a donde sé que está. Me saluda y le saludo. Me siento, me quejo y me sonríe. A la cuarta queja, saca la limita, lima algún dígito y me voy con menos aristas en mi cuentecita.

Quiero conocer y hablar con quien va a recuperar su agujero negro financiero gracias a cada uno que no se sienta a reclamar. No le he visto nunca, aunque firmé un contrato para decir que me fiaba de su gestión con mi dinero. Estará, seguro, en algún sitio.

No cojo el coche en ciudad porque no cojo el coche nunca. Es bueno, me digo, porque confío en los conductores de los servicios públicos. Pero el día que me tocan cuarenta minutos de espera en la parada, no salto a protestar por la tardanza porque el conductor tiene que conducir, no tomar nota de mis quejas. Cuando salgo del autobús no hay nadie que me explique por qué la Línea número tal sufre desajustes severos en su carga de pasajeros. Seguro que alguien será el que pueda entender lo que pasa. Lástima: no sé dónde está.

La profesora de Matemáticas de mis niños es licenciada en Educación Física. Voy a preguntarle por el último examen y me cuenta lo que le cuesta prepararse la asignatura, a base de muchas horas por la tarde, después de sus horas de gimnasia, carreras y deporte en general. Quiero saber muchas cosas, pero la profesora no tiene las horas del curso anterior para atenderme. Está atendiendo dos frentes. No me creo que sea más competitiva ahora que el año anterior, donde sólo impartía la materia para la que se ha preparado durante toda su vida y para la que aprobó unas oposiciones frente a otros miles de aspirantes. No se me ocurre preguntarle al Jefe de Estudios ni al Director del Centro. Quiero ver a alguien que tenga algo que ver y algo que decirme. Lo supongo en algún despacho. Me dicen que tal vez la Inspección… No sé qué pensar.

Reconocí a las personas que me ayudaron a poner una papeleta dentro de una urna transparente el día de las últimas elecciones. Se trata de una vecina del barrio. Hizo su trabajo de forma correcta.

Ahora quiero saber quién tiene mi papeleta en su bolsillo. No sé quién la usa para tomar decisiones. No sé si ha sacado adelante alguna ley importante o si duerme en la chaqueta de alguien que no ha participado en ninguna comisión legislativa. Me voy al Congreso de los Diputados a preguntar y me echan a patadas. Ellos, que están ahí usando la llave maestra del voto.

No sé dónde llamar. Quizá a alguien, en algún sitio…

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXV).

2012/12/15

Tanto que decirnos.

 

Se nos vino el tiempo de pensar en hacer algo de lo que queríamos, de lo que nunca nos habían dejado hacer. Con tanta gente de acuerdo, aceptamos llamarlo tiempo democrático. Y llegamos a que tampoco era hacer sólo lo que nos diera la gana. Hará de eso 2012-1978=34 años bien que mal contados.

Hubo quien se encargó de decir que a las personas hay que dirigirles sus acciones, no a ellas. Que hay respetarlas a ellas primero y a sus opiniones después.

Hoy, la mayoría de las personas que se hartaron de decirnos eso con mucha educación, ya no están. Se echa de menos a los dos, las personas y su condición.

Queda una España rara. A pesar de los campeonatos ganados, no se acaban de colgar banderas españolas en los balcones: suena fachosón; si uno entiende que las ideas socialistas moderadas son la mejor y única solución para una economía solvente, suena comunistilla. Se habla de símbolos con familias venidas a mendigos. Se discute primero de soberanía, antes que de dignidad y convivencia. De formas antes que de educación real, la que da capacidad de reacción y de análisis mientras se comparten y transmiten contenidos sin tergiversar.

Se dejan sin devolver dineros públicos robados. Ante la presunción de un ladrón con cargo hay que darle un trato preferencial si tiene dinero sin devolver y paga una fianza.

Se implanta el desmantelamiento de los servicios públicos a base del requetepago. En forma de gotera, se recaudan euritos que acaso sumen el ínfimo por ciento de lo derrochado en infumables actuaciones de los servidores públicos.

Se cobra a los que se han enganchado a la diálisis y no se piden explicaciones por miles de pequeños ordenadores pagados por la Administración Pública, regalados a chiquillos sin educación y destrozados por éstos en casa, a base de videojuegos y chateo con choteo. Las pizarras digitales cumplen su cometido de arruinar a los vendedores de tiza, pero como en su día los fabricantes de frigoríficos echaron de su trabajo a los vendedores de hielo, nos dejamos llevar: hay que innovar por la vía rápida.

Supongo que es bueno reciclar el papel, aunque esté lleno de tinta y su proceso contamine. Pero prefiero mil veces repasar cada metro cuadrado de campo y quitar la hojarasca y las ramas secas y evitar incendios. Es la mejor forma de no perder árboles. Si se siembran abetos, se pueden sembrar troncos destinados a formar libros. Si están quemados, no sirven para nada. Y supongo también que pueden convivir con los eBooks. Ahora hay infinidad de procesos diarios en los que los bancos y grandes empresas no imprimen toneladas de papel diario. Es un paso.

El ahorro se impone por sentido común en los trabajos repetitivos. En los transportes, en los embalajes, en la conservación.

Está bien mirar el ahorro. Lo siniestro es hacerlo de la puerta de casa para fuera. Si es cierto lo que se barrunta, los políticos siguen en su diario despendole y no piensan, no conciben parar el derroche. Los asesores, los órganos de consulta, los cargos de confianza, las pequeñas empresas teóricamente públicas, los desmanes de fiestas y viajes… estamos locos.

¿Cómo es que cada petición de sensatez y de transparencia es aplastado?

¿Cómo se embarullan las discusiones hasta el punto de que un caradura no devuelve lo robado y sigue como si tal cosa?

¿A qué nos hemos acostumbrado?

Tengan todos ustedes muy buenos días.