Reflexiones de un sábado por la mañana (CCL).

2013/01/26

Auditorías.

 

Se definen como las revisiones de las cuentas o actuaciones realizadas desde (o en) el interior de un vehículo de gama alta.

De ahí que puedan ser:

Externas, con el capó abierto. Tiene cierto toque botellona y alegre.

Internas, sentados dentro sabiendo que la ventanilla se abre bien, para cualquier consulta.

Estas últimas tienen grandes ventajas sobre las primeras. A saber:

Las realizan los mismos que han provocado la auditoría, con lo cual saben dónde no tienen que buscar nada porque es tontería: si ellos no encuentran cosas raras en casa, ¿van a venir los de fuera a decirles algo?

El funcionamiento de dichas auditorías internas, en resumidas cuentas, lo que supone es precisamente resumir las cuentas, lo que en resumen se limita a los chascarrillos, como aquel en que el tesorero estuvo jugando a la bolsa durante el año 2006. Lo que nos reímos imaginándole 24 horas al día hasta completar las setecientas cincuenta mil operaciones de compra y venta de valores sin que perdiera en ninguna de ellas. Ni a comer a casa iba el tío, seguro. Lo que nos pudimos reír, todo el día en pijama, sin despegarse de la pantalla del ordenador.

Cuando se audita aparece lo inaudito. Qué bien.

Al auditar, se preguntan cosas con muy buena intención. Ejemplos:

–¿Y dice usted que este coche se lo regaló su abuela? –pregunta el auditor tapándose la nariz para no reírse.

–Pues claro –responde el auditado aguantando la carcajada-. Y los dos estallan en risas argentinas (un país donde basta el tango para auditar el alma).

Al cabo de un rato, se cotejan la fecha de caducidad de la abuela y la salida del primer prototipo del coche en cuestión, veinte años más tarde. Pero un regalo no tiene por qué agriar una relación. Se siguen preguntando cosas, que terminamos en un momento. Más ejemplos:

–Y su niño lo listo que es ¿no? –pregunta el auditor al mirar una cuenta de valores que administra acciones sin cotización oficial a nombre del niño, con unos pocos de millones de euros frescos.

–La abuela misma, que es su nieto preferido y el mismo día de la comunión lo puso a su nombre –responde un auditado al borde de la apoplejía, con las manos en la boca y mirando al suelo. Porque gracia tiene el jodío.

Da igual que este niño sea del tercer matrimonio del auditado y no tenga la menor relación sanguínea con la abuela que murió quince años antes de que naciera. El auditor pone un “bien jugado” con boli rojo en la respuesta y sigue dando su paseíto por las instalaciones del holding empresarial que le han mandado a revisar.

Al salir por la puerta, el auditor pide que le echen una mano para guardar las cajitas de vino bueno que el auditado ha compartido con él; que digan lo que quieran, pero mira qué detallazo. El resultado del estudio de las cuentas estará listo para antes de un año, se compromete.

Mientras cargan, ven venir a un becario con cara de sueldo de 700 al mes y más horas que el Big Ben. Y viene con pendrives de muchos higabites, además de un termo de café y un changüi de pavo y queso. Con un rictus, manda a un grupo de policías acordonar el edificio y no dejar salir a nadie. Amablemente, provisto de una sonrisa digna de la momia de Nefertiti, invita a entrar de nuevo al auditado y solicita las notas tomadas por el auditor, que intenta compartir dos botellitas de su caja.

–Gracias, no bebo –dice el becario entre un sembrado de acné.

Viene en una motocicleta de 125cc. Trae una calculadora de bolsillo, un lápiz y una goma de borrar. A su recorrido hasta el ordenador central de la empresa sólo le falta una pequeña alfombra roja.

Cierra la puerta y sonríe.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXLIX).

2013/01/19

Relación Calidad /Precio, Coste/Resultado.

 

Caso 1:

Invierto retantos mil doscientos euros en la formación de un universitario, pongamos un ingeniero de telecomunicaciones. Lo dejo sin futuro y, si no lo encajo de taxista y se me escapa, acaba en Alemania construyendo redes o cualquier otro tipo de infraestructura.

Rendimiento: chungo tirando a peor.

Resultado de rentabilidad: nulo tirando a definición de carajotada.

Caso 2:

Un tipo que lleva veinte años pegando carteles exige –y consigue– un puestecito alto, si puede ser de confianza, si puede ser que incluya desplazamientos– en compensación a su entrega al partido. No interviene en ni una sola comisión legislativa. No modifica ni exige –ni propone– la estructura de elección de los cargos de dicho partido. Ni que estuviéramos locos.

Rendimiento para el partido: conforme a la tradición y escalafón previstos.

Rentabilidad para el Estado: destrucción de puestos de trabajo privados, descontrol presupuestario a través de oscuras empresas públicas y creación de reinillos de Taifas donde no entra un interventor ni a tomar café.

Seguro que se nos ocurren muchos más casos.

 

El dinero público viene a ser el fundamento del Estado. Es difícil entenderlo según se pasan los días, con tanto entramado personal y común a desentrañar. Pero es así: confiamos en que –poniendo un poquito cada uno, según capacidad– asuntos como los caminos para andar y los hospitales para curarse (un poner) se construyen y cuidan también para uso de todos. El resto de los detalles viene a estar pensado o concebido de manera parecida.

Si el Estado conserva su patrimonio, conserva su inversión, mantiene un control del dinero que recauda y da sentido a lo cotidiano, igual que una casa de familia, pero con más ceros en las cifras.

Hasta aquí, lo lógico. Por sencillo y claro. Pues claro, si es muy sencillo.

El problema surge con los sinvergüenzas. Los caraduras. Los que defraudan la confianza. Los que juegan con ventaja. Los que conocen y provocan los desequilibrios. Los que saben y se guardan los trapos sucios hasta el momento justo de mostrarlos. Los que se ríen y nos dicen que no sabemos con quién estamos hablando. Los que se meten en el entramado a la espera de que les toque su ascenso a consiggliere. Los que se ofrecen para el trabajo sucio. Los que dicen que son los otros los que deberían dimitir. Los que llevan al colegio privado a sus hijos, siendo defensores públicos de lo público. Los patriotas que se llevan de España muchos millones de euros, como si el dinero lo hubieran fabricado ellos. Los que eligen el momento de pedir la secesión, justo cuando el iva les vendría bien no repartirlo tanto. Los que Realmente dan por hecha una distancia sideral entre su ADN y el plebeyo. Los que acaban de operadores telefónicos de lujo. Los ex que sacralizan los grandes sueldos. Los que se han fumado primero y esfumado después los fondos para los eres. Los jueces que tardan cinco mil días en leer cinco mil folios de un sumario. A saber cuánto en escribirlos antes. Los fiscales que juegan a la baja en la subasta de petición de penas.

Al mecanismo atascado de no devolver inmediatamente el dinero que no es propio. Que es de todos. Sí, es lo mismo de tantas otras veces.

Pero ojo: que nosotros también somos, prácticamente, los mismos.

Hemos invertido la vida en este proyecto de vivir juntos. Merecemos mejores resultados.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCXLVIII).

2013/01/12

El Kraken.

 

Está de rabiosa actualidad, con más de una versión cinematográfica, y ahora resultado de la investigación científico submarina:

Un bicho que sale de lo más profundo, moviéndose con la cabeza para abajo, como un vampiro el tío, que mete sin avisar un tentáculo por donde le da la gana, con suavidad viscosa…

¿Nos suena?

Cualquiera de los mitos antiguos o modernos se aplica a contar una historia, montar una película y/o encandilarnos/entretenernos. El famoso imaginario colectivo.

¿Nos suena?

Estamos aceptando que la mitología se imponga. Se acude al Tarot. Se alude al dolor de huesos. Se nos viene encima algo gordo.

Tiene guasa.

Pregunto si los que llevan cuarenta años con el sida en la sangre y la hambruna durante toda su vida se preocuparán de qué es eso tan malo que se les puede venir encima.

Aquí en el primer mundo el circuito del dinero no es el de la riqueza. El primero es y debe ser turbio. Si se descubre el truco de que compartirlo lleva a un Estado protector y fuerte, mucho más solidario del que se nos quiere echar encima, un collar de diamantes sería la muestra de ser tan frívolo como elegante y montar un Ferrari más o menos lo mismo: se acabó la exclusividad.

El dinero se amontona como aislante para gente que no nos gusta como huele, esa que compra siempre cosas de mal gusto.

El hecho de la exclusión social, que se nos viene mordiendo el culo a la clase media, corre de pronto con más prisa que velocidad. El robo a lo genocida del colchoncito burgués es un agujero negro, donde vive el Kraken.

Se esgrime que el Estado que paga caro a sus representantes es mucho más caro si además pretende proteger a los representados. De ahí que una buena selección natural, hecha a base de poner distancias siderales entre las rentas, sea la cirugía adecuada. Lástima de la anestesia, que supondría un coste altísimo.

Las operaciones financieras llevan implícita la trampa previa. La información privilegiada y la recompensa prometida a priori cuestan muchas promesas electorales a incumplir. La especulación como juego no está al alcance de las tribus de Senegal que ven pasar como balas los coches del rally. Como mucho, algún coche abandonado para el desguace.

¿Dónde está el límite? Los que mandan sabrán dónde. Porque, me repito siempre, no en el ansia de la acumulación del dinero. No en el patriotismo que se lleva el dinero español –un poner– a Suiza, para diversificar de forma prudente sus inversiones.

De momento, hace falta un susto que ayude a no que no se levanten las antiestéticas barricadas. La forma, un calamar gigante lleno de brazos, silencioso y etéreo pero asfixiante y pesado cuando dejas que te envuelva y te aplaste. ¿Es el miedo?, ¿La Crisis?

Es el Kraken.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.