Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLIX).

2013/04/13

Abierto por Feria. Sevilla.

 

La luz, el baile, el vino. Las mejores tres grandes causas para ver a las mujeres en movimiento.

Hasta las que viven sentadas atendiendo una ventanilla con cristales por medio resucitan su hembría para la Feria y se inventan una curva nueva descrita en el aire, sin nombre matemático posible, aunque tengan su poquito de parábola para intentar explicarlas. La empiezan con las manos, que vuelan como mariposas al abrirse, como palomas al girar y como águilas al clavarte los pies en cada final de los cuatro tiempos de una sevillana: mirada, avance, giro y detención del tiempo.

Está la medida infinita del movimiento envolvente, otra hazaña geométrica tan bonita como engañosa: nos hace creer que somos nosotros, al menos en el baile, quienes marcamos la pauta. Basta el taconeo explosivo, intenso sin llegar a matar los bichos del tablao; lo suficiente para recordar que toda mujer que da un paso atrás está cogiendo impulso.

Dicen descansar de vez en cuando y usan el tiempo suspendido para disponer el campo de juego. Repintar las líneas y agudizar la vista. Devolver brillo a los labios y reajustar las flores. Beber lo que se debe beber y jugar con el vaso en una mano y la otra libre para saludar con besos ligeros al aire, salvo el que tiene que dar en su sitio.

Se busca mientras el complemento para el  baile futuro inmediato, que hay  quien lo espera con el aire encogido, en un sorteo fruto de lo que ellas digan, aunque ellos sean quienes lo pidan.

Estallan las palmas, se despierta la guitarra y los cuerpos se lanzan, ya saben cómo se las gasta el compás medido. No se puede engañar al baile de las sevillanas. Hay quien demuestra en un solo intento lo tonto que se le suponía, hasta ahora sin pruebas irrefutables. No le queda sino poner de su cuenta alguna ronda y brindar quietecito, junto a la barra del bar, donde se perdonan tantas cosas.

Fuera de las casetas de encaje, los caballos se someten a un paseo bajo el sol y con cascabeles, en el que regalan a sus jinetes la visión de la fiesta única para todos; no es momento para la cara sombría. Habrá dónde y cuándo reclamar que las cosas se pongan mejor. En la Feria hay que crear instantes y disfrutarlos, no dejarlos pasar. Los más listos, los menos tristes, se juntan con quienes saben buscar esos puntos de luz y aprenden pronto a sentirlos y no explicarlos.

Yo aplaudo a los que te abren los brazos en la puerta su caseta con el gesto de quien abre el recinto ferial para un millón de personas.

Ave, Feria, bailatoris te salutant.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLVIII).

2013/04/06

Esto es lo que hay.

 

Vivimos conectados al pensamiento inmediato y a la puesta en marcha instantánea. Según Les Luthiers, “El que piensa, pierde”.

Se nos ha olvidado, aunque mi amigo Antonio insiste en recordármelo, pensar/razonar despacio para actuar –después- todo lo deprisa que hiciera falta, sin el agobio de la improvisación.

Hablo siempre de esto de vivir en grupo. Lo llamamos Estado, que deriva más en Estadísticas que en protección de la tribu, esa más nacida del roce y que funciona con menos funcionarios.

No se dice “recapacita” sino “¡vamos, actúa, reacciona!”, “¿no tienes ya la doctrina suficiente para saber lo que tienes que hacer?, ¡Pues hazlo, alma de cántaro!”[1].

La frase central, común a cualquier Libro Blanco del qué decir es “¡Niega, chaval!”

No se dispone ni de un buen manual para pedir disculpas ni dar explicaciones. Ni de otro de urgencia para sentirse mal como persona cuando se ve a los damnificados por las decisiones. También el libro de instrucciones de la simple simpatía se ha perdido. O escondido.

El juego de los que no se mojan los pies cuando hay riada, ese montoncito de gente que siempre encuentra un piso más alto donde subir, no cambia. Gracias a que contratan a un licenciado en Derecho con buenas notas por repetir lo aprendido, acaban diciendo que lo que hicieron, simplemente, no hay por qué pensar en que lo hicieron. Ni que conocían a quienes lo hicieron. Ni que, aunque viajaron con él y durmieron a su lado, tuvieron por qué enterarse.

El juego de los que no pagan los seguros sociales de unos chicos en pantalón corto con ansias desmedidas de gol se asocia al júbilo provocado por esos momentos en que la red acoge al esférico para amansarlo, después de que un hombre contratado para ello, un cancerbero, haya visto inútiles sus esfuerzos.

Los periodistas ayudan a que los bramidos de las noticias, que salen como truenos de las cavernas en forma de rumor volcánico, se queden en un pedito tipo abuela plácida, ese que termina en condescendencia familiar con aceptación del mal olor que permanece y al que estamos acostumbrados. Dice cierta mitad de ellos que no hay por qué suponer lo que la otra mitad afirma, frase ésta completamente reversible y por encima de lo evidente. Faltaría más.

No es lo que ves, es a quien se lo ves. Esto es lo que hay.

Nadie tiene aún la capacidad de sentarse en una mesa a las bravas, sin la menor botella de agua, con un boli rojo y otro azul, delante de un extracto de cuenta de diez años. Nadie podrá decir que eso es posible. Nadie menos yo, señores, yo lo he logrado. Lo tengo en mi casa, a disposición de un juez que tenga a bien saber cómo pude ponerme ciego de quisquillas en el verano de 2010 y hacer desaparecer las pruebas. Aunque mi mujer no se enteró hasta el día siguiente, con la vomitona. Hizo lo que pudo para eludir la nube de fotógrafos y respondió que ella no tenía nada que ver, que si no estaban cocidos ella qué podía saber de mi voracidad. “¡Eran para la cena!”, exclamó antes de taparse la cabeza para entrar en la limusina.

Pero nadie me llama para aclarar nada y las cáscaras vacías de esos moluscos yacen como futuros fósiles en el fondo de algún vertedero. Junto a las contabilidades que nunca contuvieron apuntes que registraran movimiento alguno.

Supongo, después de esto, que Nadie tiene que dar cuentas de nada. Me parece justo.

Esto es lo que hay.

Rogamos no molesten ni insistan. Obtuve tal malestar de aquel atracón que permanecí varios días bajo el secreto del sudario, en un spasauna de alto standing en el que pagué con la Visa de mi mujer, por error.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


[1] Do it, cantaro soul!, en inglés del original.