Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXVII).

2013/07/27

¡Romper papeles!, ¡ar!

Antes que perderlos, o que caigan en malas manos, en un despacho lóbrego se rompen frases que comprometen. Como si los propios compromisos, al no estar el papel testigo que los recuerde, se olvidaran de haber existido. Como, si en una ópera, el tenor que no se sabe bien la letra tampoco viera bien de lejos y la nota se le escurriera por la ancha manga de su túnica verdiana.

Está claro: si no hay papel, no se dijo nada ni hay nada que decir.

Sobre el papel, la solución parece aceptada como buena: aunque hemos compartido generosamente el dinero que no era nuestro, no hay papeles que lo digan. Y si los hay, dile al botones que le dé al botón de romperlos, que vamos de camino por si hay que comerse alguno al final.

Alguna que otra opción queda: están los grafólogos, para ver intenciones; y los pacientes: esos que reconstruyen millones de tiras de las máquinas trituradoras… pero los jueces no tienen la evidencia de un papel bien firmado que diga que, al menos, podemos presumir de tener un presunto, aunque no pierda la presunción de inocencia, dónde vamos a parar, ni la presunción en el vestir cuando acude al juzgado. Cuidado que, en mi papel, quiero decir mi A4, me pierdo.

Mientras acudimos a la escena, cada uno en su papel, se nota que hay una exigencia de mayor nivel: el documento. Un dibujito en azul o verde sobre el papel, más bien al final, confiere a lo escrito ese algo de verdad perenne, ese poquito de credibilidad superior al apretón de manos o el simple apunte. Antes de que alguien lo rompa, nos lanzamos a su reproducción y lo divulgamos. Ya vendrán los abogados a decir que un sello lo pone cualquiera.

Ponemos cara de atónitos cuando comprobamos que incluso los malos apuntan las cosas malas que hacen, como si fueran tontos pero muy ordenaditos, a pesar de anotar cosas del lado oscuro. Pero, claro, los papeles no mienten de un día para otro: sólo recuerdan. Lo apropiado, entonces, ¿sería romperlos y fiarse sin saber de quién?

Los papeles que dicen algo raro de alguien suelen caer, siempre, en malas o torpes manos. Como las fotos del Facebook, que parecen hechas para lamentar que se hacen. Se custodian mal y terminan en quien no tiene otra cosa de hacer, con tanto paro, que ver si se puede sacar tajada. Revolver los papeles es revolver viejos tiempos, aquellos donde no pasaba nada por lo bien que nos llevábamos y prometíamos que las anotaciones en papel, sin tanto cacharro informático, eran sólo para llevar un poquito de orden en las cuentas. Conclusión: romper un papelito a tiempo es prevenir.

Papeles de tesoreros, los únicos que los faraones no dejaban en libertad (para no perder los papiros), papeles de galán de mala dicción que antes fue segundón, papeles de reyes que parecen bufones persiguiendo princesitas coristas tras las cortinas. Papeles de acechador siniestro, pequeño y ceñifruncido… y millones de folios de 80 gramos en sumarios, para demostrar que las estanterías de los juzgados dan de comer a las ratas lo mejor de lo mejor.

Papeles arrugados, mal doblados y carcomidos. Mejor romperlos y echarlos, llenos de ácaros, a la papelera.

Y a por un paquete nuevo, pleno de blancura; de los que ya vienen con el borrón y la cuenta nueva.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXVI).

2013/07/06

 

Novísima guía para el comportamiento y disfrute de las vacaciones veraniegas.

 

El autor de la presente guía, sin querer provocar un cisma social irrecuperable, ofrece y expone unas pequeñas pautas que se incluirán a modo de apéndice (Vol. 32) en el ya clásico patrimonio de la Enciclopedia Vacacional Española (EVE) de venta en la Venta Toribio.

 

  1. Siga probando suerte con lo de que “creo que la conozco” al torticulearse el cuello por culpa de “todas y cada una” de las bombas en envase de bikini –o al vacío– que le pasan de lado mientras pasea con su pareja. Es la única salida que se conoce y alguna que otra vez no provoca pescozón.
  2. No trate de demostrar que “aún se acuerda” de cómo se sube en una colchoneta hinchable. Sus hijos y los colegas de sus hijos acabarán comprándole una para usted solo, la que incluye flotadores para los codos y usted tendrá que usarla.
  3. No intente, en ningún caso, rescatar el langostino que se ha quedado sin comer en el chiringuito. Sí, ese que asoma los bigotes entre dos platos de la pila que sostiene el camarero. Otros muchos lo han intentado y la pila de platos, los cubiertos y lo que queda de la cerveza calentorra, caen siempre sobre su camiseta.
  4. Quedarse tumbado panza arriba a tomar el Sol deja un imperdonable diseño de zonas rojas y blancucias sobre su barrigón, debido a la bolsa de red que su mujer le puso para “protegerle algo”. Esté atento.
  5. Las trompadas con el otro patriarca que le disputa su sitio en la arena para la sombrilla pueden terminar con los dos a la sombra durante los quince días. Mejor negocie, porque algunos, fresquitos y con cuatro comidas diarias, seguro que prefieren el calabozo. Allí se lo ponen todo por delante.
  6. Si no sabe montar/desmontar la silla de la suegra, no trate de aprender el primer día de playa. Deje que lo haga su mujer, que en un ratito para la charla con las amigotas y se viene con usted. Mientras, unte a todo el chiquillerío con protección suficiente, como si fuera usted guardaespaldas. Y no se preocupe tanto por el pellizco que se ha cogido en el dedo con la dichosa silla.
  7. Evite el 82% de las maldiciones por el segundo pellizco en el segundo intento, si su mujer se retrasa con lo de la charla.
  8. Si le sobran chiquillos, trate de separar por un momentos a los suyos propios (los que más le suenen) y con una suave espátula recupere algo de crema solar del pelo de los que conoce menos.
  9. A la hora de comer rodee cada fiambrera de abundante papel de aluminio. Incluso, tenga la precaución de colocarla previamente dentro de otra fiambrera. Sabido es que la presión con que se cierran provoca explosivas aperturas que hacen volar  croquetas que no se recuperan jamás.
  10. No se enfade con la anual broma de echarle los restos del hielo por dentro de la camiseta. O enseñe bromas nuevas a sus adorables chiquillos.
  11. Venza la tentación de decir que va a por tabaco. Todos saben que dejó de fumar hace unos cuatro años.
  12. Lleve la llave de las esposas con las que habitualmente sujeta a sus hijos después de comer. Pasadas las tres horas de la digestión, suéltelos, cada uno con su número.
  13. Si ve venir un momento de armonía al atardecer, cállese y disfrútelo. Para eso ha venido usted a este paraíso de agua con medusas y gente que grita lo bien que están. Y no se ría por la postura en que queda su suegra al caer hacia atrás sin despegarse de la silla, que ya le cae algo mejor como mueble.
  14. Antes de volver, será mejor que recapacite y recoja sólo lo que vea que no es reciclable. En vez de guardar los trastos que cargaba al llegar, busque esos maravillosos contenedores amarillos y suelte ahí lo que le parezca, empezando por la silla plegable. Al día siguiente, mañana, será otro día.

     

    Tengan todos ustedes muy buenos días.

    Y unas felices vacaciones.