Súper héroes (13).

2013/08/30

Preostiaman.

Suena un “Rinnnggg” y el dueño de la casa abre la puerta. Como si una cosa implicara siempre la otra; pero bueno: es su casa y yo no me meto en nada.

-Buenos días -dice el que pulsó el timbre-: vengo puerta por puerta ofreciendo un servicio de palizón mutuo y breve a domicilio. Aquí tiene mi catálogo y la lista de los servicios que ofrezco. Destaco el diferente nivel de tortas, con detalle preciso de lo preventivas que son y buscando siempre la reconciliación previa. En general, mis clientes recurren, como mucho, al papirotazo con periódico o revista enrollado. Sugiere reprimenda más que ganas de buscar el moretón.

El de dentro, que sigue dentro, da un vistazo al folleto con cierto interés.

-Pilirrosi, ¿te interesa un surtidito de ostias? –pregunta el que abrió en voz un poco alzada para que lo oiga –al otro lado de la casa- su mujer, con quien lo consulta todo.

-No, gracias, PacoErmeldo –responde una voz femenina invisible para el de la oferta-. Tengo todavía dos pellizcos que devolverte por el piropo tan borde que le hiciste a tita Falusa en la boda. Acuérdate  además de que te tiré las gafas el martes porque me pusiste todas las bragas al revés en el cajón.

-Pues ya ve, no necesitamos nada, muchas gracias.

El que abrió cierra y el que llamó se va, cabizbajo, una vez más.

Y el que se va no es otro que el legendario… Preostiaman.

En los Remotos Tiempos Negros, cuando la violencia era la norma de vida y sólo unos cuantos poetas ponían las manos para que no se le levantara el sombrerito de un capón, allí estaba, como salido de donde estaba metido, un hombre enmascarado con un trapo que le tiraba un poco de las orejas y unas mayas de malla ajustadísimas para la época (cualquiera que fuera la época). Entonces, el llamado a héroe soltaba dos frescas en el rostro del ofensor, aunque los versos que habían sido atacados fueran malitos de veras. Preostiaman le daba algunos consejos sobre rimas y el poetilla agradecido buscaba asilo en algún sitio donde hubiera ese tipo nuevo de gente del que tanto había oído hablar: la gente que habla “antes de” pegarse.

Con el tiempo, dos descendientes de gladiadores se habían encontrado. Lugar, una calita de playa monísima. Destino, metro y cuarto de arena libre para una sombrilla. Con la parte picuda como lanza y las bolsas de esparto de las esposas como escudos, los dos proparcelistas giraron alrededor del único centro posible donde clavar el pincho sombrillero. Aún no se sabe desde qué chiringuito, apareció Preostiaman para poner a los dos contendientes –con ayuda en determinadas zonas- plenos y pringosos de una crema factor 50 “¡que ambos se habían olvidado de aplicarse en casa, 30 minutos antes!”. El efecto fue de falta de precisión en el asir de las pseudo lanzas y un quedar para endiñarse golpes “otro día, si acaso”. Preostiaman apenas los pellizcó dado lo poco rugoso de sus pieles y fuesen al bar y no hubo nada.

Fue uno de los momentos cumbre de su carrera.

En pleno auge, surgió una asociación, un grupo de bobólogos y estudiosos del “ponerse de acuerdo sin balas ni palos”, unos ilusos que, entre carcajadas, ensayaban con los que acudían a sus charlas agarrándoles una mano; y mientras subían y bajaban ambas sin soltarse, se las apretaba con firmeza, lo cual, sin duda, las ponía más “estrechas”. Preostiaman nunca se explicó como esa costumbre le quitó de un día para otro millones de intervenciones donde un pescozón a secas terminaba los conflictos: lloró como un niño ante los miles de carteles que, en cuatro cómodos pasos, indicaban como realizar “el estrecharse las manos” en señal de no beligerancia.

En realidad se murió de pena cuando contó el apretón de manos número mil millones incluyendo sonrisa (el colmo, pensó) que después derivaron en malos tratos, bombardeos y golpes de Estado. Dos personas a trompadas y mirándose a la cara, dijo en su epitafio, es infinitamente mejor que dos imbéciles hablando de paz mientras firman la factura de la compra de armas. Ambos, además, a la misma fábrica, pensando cada uno en que a él le hacen más descuento que al otro.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXVIII).

2013/08/24

Cócteles.

1.- Para que no nos conste nada de lo que estamos viendo delante de las narices: Oskuroshka.

Se prepara a base de mojar en vodka rusochino las fotos con muertos de los periódicos que estallan en ríos de tinta negra. Nos las pasamos por los vidrios de las gafas de ver (por ambos lados de los citados vidrios) y lo que nos constaba el periódico de forma gráfica deja de constarnos. También se puede mojar, aunque menos por lo visto, con güisqui de Kentucky. Lo que pasa es que ellos sólo sirven grandes cantidades.

2.- Para dejar que cualquiera de los que sólo buscaban el récord de pasaditas de las tarjetas de plástico a nombre de los poco Excel pero muy lentísimos ayuntamientos a través de  lectores de banda:

SinaVISAngría.

Se pone a capricho. Según las querindongas, que lo mismo te piden un maseratti nuevo (el otro lo acabas de pintar) que un cucurucho de palomitas. Juntas entonces un litraso de orujo y venga a poner trocitos de fruta, sin olvidar quitarle la cáscara al coco, no te lo vayas a comer, aunque no pasa nada: no deja resaca, aunque reseca los presupuestos.

3.- Para que el concejal de turismo, en verano, salga campechano y estreche las manos de muchos paisanos y los ciudadanos voten muy ufanos su cerebro plano.

Tintorotto.

No tiene más que la base, la promesa inicial explosiva que, antes de guardar las urnas al fresquito, ya se ha disipado. Como la gaseosa. El color rojo es lo de menos, nadie es perfecto.

Tengan todos ustedes muy buenos días.