Súper héroes (15).

2013/09/28

Guía Man.

En una calle muy ancha, cuyo nombre no sabe ni un gendarme, no ha mucho tiempo me perdía por ver algo que no alcanza el callejero, agenda antigua, listín flaco y algo borrador. Porque me dio la gana, entoné el siguiente canto al Destino:

Me pareció que mi vida

se perdió en una barriada

con entrada y sin salida.

Y sin recordar la entrada,

que, por la emoción sufrida,

no había sido ni apuntada.

Sentí entonces un escalofrío de intensidad 7,2 que duró cuatro segundos y seis décimas: una de las mejores marcas del año según supe después, al tiempo que mi boina cambió su inclinación sobre mí. Era la causa de ambos efectos un sutil y moderado viento Sur, una corriente de aire por cuya succión se vinieron a dar tales prodigios.

Volví mi cabeza atrás, procurando evitar esguinces, y le vi. Me sobresalté, pero no salté sobre nada. En jarras y discreto en el vestir. Sonreía en exceso, según él de modo temporal dada la pequeña intervención odontológica reciente, necesitada de una dosis de anestesia previa, cuya característica principal era dejar el labio inferior al pairo. Carraspeó como pudo y, escupiendo lo mínimo posible mis solapas, me dijo lo siguiente con modulada voz aunque analgésica pronunciación:

Me da que andaz desbistado,

joven lampiño y urbano.

¿Poddedería echadte una mano

y decidte pod qué lado

te ezcapadíaz ufano

de ezte baddio abandonado?

Oí algo del Carmina Burana: salía de su bolsillo, de un emepeío de esos. Tenía el tipo una magnífica puesta en escena.

Un instante después, todo sucedió tan rápido como decir (ya traducido del dentistish al castellano) “coja usté la primera a la izquierda, siga hasta ver dos universidades cerradas, una guardería sin terminar y el parque de los árboles quemados. Justito allí tiene usted una boca de metro sin inaugurar. Coja el raíl que queda y camine dos kilómetros en recta, hasta la primera parada operativa, esa sí, del suburbano.  A partir de ahí, el mundo es suyo”.

Traté de abrazarle y sólo tuve vacío entre mis manos. Abrí los ojos y vi un papel que, con cadencia de un primer copo de nieve, descendía. Lo cogí. Lo miré. Estaba escrito. Lo leí. Decía así, con una letra de fácil lectura:

“Siento mi fulgurante desaparición. Tengo sesión de tarde completa. Llegan hoy a los hospitales públicos cientos de parientes de enfermos de pueblo, de los que se pierden en pediatría, cuando lo suyo es, quizá, del hígado. Los despego de rincones en los almacenes, les seco el llanto y los dejo delante de su consulta. Ya nos veremos. Si acaso, déjame pagado un cafelito en la primera cafetería que te coja de paso. No te preocupes por buscarme, yo te encontraré. Mejor compra un plano, que no están mal de precio.

Soy… Guíaman”.


Súper héroes (14).

2013/09/11

Trola Boy.

El general Aprettboton comandaba la VI Flota compuesta por dos canoas hinchables y una piragua para seis contando el que chilla, y con ese panorama se deshacía en sollozos a un ritmo de catorce llantitos con hipo por minuto. Le habían engañado otra vez. Y había sido ese maldito Trola Boy, alguien en quien –tras ocho engañaciones seguidas– no volvería a confiar hasta al menos dentro de unos días. El general era así de firme en sus decisiones.

¿Qué pasó?

La idea de intervenir en el Golfo era sólo de unos cuantos golfos, esos que venden el mismo tanque a dos países al mismo tiempo dándoles papelitos de turnomatic para su uso. En el caso de la potencia que respaldaba al general, ella misma se lo guisaba y comía. No diremos qué potencia es, pero sí que USA mucho eso de tirar petardos en las ferias de los demás, sin ver que hay viejos sentados y chiquillos jugando.

En general, el general firmaba un papelito para decir “recibo” estos tornillos y estos tubos. En esta ocasión, como estaba celebrando su elección para dirigir las operaciones, un muchacho llamó a la puerta de su casa. Su cara le era familiar, no sabía por qué, pero su sonrisa le hizo olvidarse de ello y concentrarse en firmar el telegrama: “Váyase del tirón pallá. Le esperamos con todo flotando”. Le pareció un sitio “demasiado estratégico”, pero guardó una copia y terminó de guardar sus calcetines de combate.

El que mandaba a Aprettboton se dijo que aquello no tenía formalidad ninguna. A él nadie le daba plantón: cogió los sesenta destructores y los no sé cuantos submarinos y se volvió para casa. Mientras, el general, en medio de un charco grande y sin olas, sobre una de sus dos canoas, daba instrucciones a un recluta para que dejara de saltar sobre los bordes, no fuera a pincharla y se hundieran. Casi en soledad –el recluta no se quitaba los walkman de la oreja– reflexionaba sobre cómo había creído lo que el hombre del telegrama le contó en la puerta: Mi general, será como en los viejos tiempos, usted sólo, casi sin apoyo, en la nocturnidad de lo oscuro, en un bote del Aguapark que le llevará mismamente hasta la retaguardia del malo, al que usted, para su mayor gloria, capturará y despeinará a pesar de su laca.

Una trola más, esta vez una de las buenas, del héroe llamado a operar con la ingenuidad y tontonería de los que no miran ni a los lados con tal de jugar con petarditos de los gordos. Como los burros.

Si alguien está creído de no tener que dar cuentas a los demás por disponer de sus vidas, ahí está Trola Boy, que los hará creer cualquier cosa para desviarles al menos un poquito de sus objetivos.

Taratatán tatán: Trola Boy.

P.D.: No hemos mencionado la biografía de nuestro héroe de hoy.  Ni cómo se convirtió, por tanto, en un súper héroe de los chachis. Seguramente, en cuanto se nos ocurra algo, lo haremos. Gracias por su comprensión.