Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXII).

2013/10/26

Cuartel General de Nosekicir. Inteligencia Ibérica.

Departamento de dictámenes técnicos.

Lazocho de la mañana, poco más o menos.

 

 

Todos los funcionarios en su puesto de trabajo, copia exacta de la CÍA menos en los muebles.

Todos salvo doña Isisbilia de Parkalin, la limpiadora, que en el cuarto de los trastos siempre le echa un muerdo de última hora al segundo jefe del Negociado de Sabercosas. En cuanto ambos entran en la oficina blindada, se encienden los ordenadores y el tostador de pan.

–Sentarse, niños, y no tirarse bolitas de papel.

Caso de hoy, para mañana o un día de éstos:

Explicación Clarita a la prensa de cuándo se obtiene la veracidad y –por encima de todo– consciencia absoluta de que alguien ha firmado un papel. Informar a los periodistas en los siguientes apartados:

1. Si se ha pintado con boli rojo, azul o negro. Qué implica cada color. Qué subyace. Qué significa subyace.

2. Sentado o de pie, zurdo o sordo. Cuestión peliaguda si se realiza delante de un espejo.

3. Borracho o subidito de tono.

3.1. Empastillado o sólo con sorbete de jarabe para la tos.

3.2. Hasta arriba de sintrom o con suaves oleadas de gin tonic  tridestilada en un vaso tallado en el siglo XVII, en Italia.

4. Edad del firmante en el momento de la firma.

5. Preguntas de actualidad. Programas más vistos. ¿Recuerda a Beckham?

Doña Isisbilia no corrige, sólo “propone” algún que otro factor a medir para obtener una puntuación adecuada en este completísimo test de responsabilidad en firma documentaria.

6. ¿Qué hora sería chispa más o menos?

Se queda contenta con el listado y le tira dos besos por el aire a uno nuevo, el especialista en Estadísticas para Semáforos, al que hace inclinaciones y giros de cabeza y pone ojitos, indicando la puerta del cuarto de los trastos.

Five years later… (Cinco años después…)

(Los puntos suspensivos están traducidos también).

Se tiene el informe terminado.

El mismo jefe, en el mimo sitio, presenta las conclusiones en primicia informativa. Aparta como puede los collares de doña Isisbilia, que ya no es limpiadora, y se sube al cajón de madera junto a la pantalla.

Vean ustedes el resultado de nuestro trabajo:

a). En esta imagen, la supuesta vieja que firma el contrato de participaciones preferentes está desviando claramente sus ojos a un monitor verde con una raya blanca. Suponemos que ve una telenovela. No preguntamos qué es lo que tiene al lado por no molestar, aunque dé la impresión de ser un gotero. Abre la boca como queriendo coger más aire, cuando sabemos que llevaba respirando ochenta y nueve años en el momento de estampar su firma. Tampoco consta si después de firmar se volvió a conectar el artefacto a un brazo difícil de acertar con una aguja, a menos que como ATS trabajara el mismísimo Robin Hood.

b). Fíjense en cambio en la risa floja de esta muchacha, no ficticia sino real, en tiempo real. ¿Qué sufrimiento no pueden ustedes intuir, barruntar y compartir –pura solidaridad– cuando ven pasar delante de ella cientos y cientos de documentos que ni lee ni sabemos si sabe leer (queremos decir en sus pormenores)?

¿Quién puede achacar a alguien que se escoña de risa (por los mismos nervios, criaturita) cuando ve su mano correr y garabatear, posiblemente con sólo un cafelito desde que se levantó aquel día, sin ayuda de estupefacientes como el oxígeno (vaya la vieja con el doping)?

Nuestra labor y su conclusión pericial, conducen a una exoneración total de la voluntad firmatoria en los trescientos papelitos de la muchacha de las trescientas fotos (cada una con un vestido diferente, eso es saber estar: la vieja, en cambio, con un camisón raído, que no se le cae la cara de vergüenza).

Contra la vieja, por su pose de aparente incapacidad de levantarse, no presentaremos cargos.

Buen trabajo, muchachos.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXI).

2013/10/19

-Hola, me llamo Ciudadculo y soy respirador.

-Hola, Ciudadculo.

-Dejad que os hable de cómo he llegado a esta situación.

En el momento en que Ciudadculo coge el micrófono para hablar porque le han dicho que no se le oye, no puede evitarlo e intenta tomar una bocanada de aire que llevaba en un saquito de plástico, en el bolsillo del gabán.

Varios asistentes a la reunión de respiradores anónimos en tratamiento presienten su intención y ven cómo los cuidadores sociales le tiran objetos como balas con muchísima prisa, cuchillos con filo y coronas de flores cultivadas en invernaderos al vacío. Como manda la ley.

Ciudadculo es retirado por los cabestros mecánicos sin la mínima gloria. Apenas termina la vuelta al salón, es engullido por las puertas negras que llevan al extractor, donde antes de ser incinerado en implosión anoxigénica, dejará su último aliento para reserva y uso del Gobierno.

La noticia corre como la pólvora mojada hasta llegar al Centro Oxigenado Español, uno de los pocos reductos que aún hoy luchan por recuperar el aire a para los Ciudadculos, los descendientes de los Ciudadanos. Su único pulmón les limita al correr, saltar la comba y protestar decisiones restrictivas en las áreas que aún puedan restringirse.

El más audaz de los miembros del COE, Juan Beltrán Peloponepso, lidera la resistencia. Él consiguió una bombona de buceador el día en que le quitaron los puntos (otra restricción, en realidad le quitaron un punto y coma) tras la cirugía en la que le instalaron las branquias a modo de experimento. Notó que se ahogaba igual que antes y sólo un antiguo naufragio le salvó: dos pescadores de chanclas, besándose en el fondo, compartían una bombona con clave de apertura de un dígito. Juan Beltrán, un tipo listo, descodificó la clave y consiguió salir del mar por el lado donde no miraban los que le habían tirado.

Cuando se entera de la pérdida de uno de sus partidarios, un pobre hombre que sólo aspiraba a pasar el aspirador y meterse dentro un ratito, comprendió que el mundo actual no es para débiles.

Olvidó sus ambiciosos planes de perseguir y domar tornados salvajes y abandonó a su suerte a los comandos que tramaban con él la gran revolución, extrayendo aire de las cuevas más profundas. Ya ningún residente de la capital de Argentina le fiaría una sola botella.

Se echó a la espalda su bombona y con un beso que en otro tiempo dejaría sin respiración a cualquier hembra, se despidió de su mujer y salió a la calle.

Juan manejaba como nadie la combinación de colores. Según avanzaba por la avenida Huracán, dejaba tras de sí una estela infinita de globos blancos, rojos, verdes, amarillos y azules que hicieron salir de sus escafandras a una multitud de Ciudadculos que, gritando como niños –también había niños–, se hacían cada uno con un globo, le quitaban el hilo que los hacía permanecer hinchados y aspiraban su interior a sorbos pequeños, sin prisa, notando la presión de sus pleuras al principio, y un inmenso placer después.

Desde el final de la avenida, esquina con la calle de un único sentido Aires de Libertad, la policía disparaba sobre Juan dardos que absorbían el oxígeno de cada una de sus células, dejándolo caer al suelo como los legendarios buñuelos de viento mordidos. Sólo temían crear un mártir.

Al verlo como un saco vacío, los Ciudadculos dejaron volar al aire todos los globos y abrieron sus escafandras para ahogarse junto a su héroe.

El Gobierno puso en marcha una campaña de aire comprimido individual que ya no tuvo respuesta por parte de un país literalmente asfixiado.

Aquel año, las cuentas públicas sólo descuadraron por el gasto que suponía una cámara de descompresión para evitar arrugas en los pechos de Ariela Petrova, una bellísima rubia que, a sus dieciocho años, temía verse sustituida en el corazón del Primer Ministro por otra más joven. En cuanto a todo lo demás, los gastos sociales se habían reformado tal y como se había previsto. La presión, tanto de los mercados aeróbicos como la atmosférica, estaban bajo control.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXX).

2013/10/15

Administrar Justicia.

 

No, no, nooooo: Es que no os enteráis bien:

Si al delito se le mete mano y no llego ni al paquete de folios de sumario de secreto ibérico, hundo a las industrias papeleras y dejo hueco en las estanterías. No soy así.

Síííííííííííííííí, que sí, que ya lo sé: que prescriben. Bueno, pero prescriben lo justo.  Y para eso estamos los jueces, para lo justo.

Yo eso de presentarme con menos de cuatrocientos millones de folios debajo del brazo es que no lo veo, qué quieres que te diga.

Unos vendieron un terreno, de acuerdo. Pues otros los comprarían ¿o no? Pues entonces hay equilibrio, otro de los matices y fines que persigue cualquier juez que se precie.

Unos dicen que se jubilaron sin haber trabajado en su vida. Si cobraron sin trabajar, lo razonable es que, una vez jubilados, donde tampoco van a trabajar, sigan cobrando, digo yo.

Tenemos aquí reflejados tres aspectos fundamentales en la actuación de los jueces:

Justicia, Equilibrio y Raciocinio.

¿Quién puede pedir más?

Golfos, golfos, ha habido siempre. Sin ellos, ¿a quién juzgaríamos?

Si alguien resulta ser primo y se salva, se compensa. Porque ¿quién no ha hecho el primo alguna vez para llevarse un disgusto? Siempre ha habido un primo fuerte que nos ha defendido contra las adversidades, ya en forma de trompadas a los matones, ya en forma de ministro al que no consta que su primo, por quien pondría en el fuego la mano de su primo, haya recibido primas distintas de las familiares. Luego todo queda en familia y ahí es mejor no meterse, porque cada casa es cada casa. Luego todo casa.

Las empresas grandes, me lo tiene dicho mi abuela desde siempre, son como los panales: si no hay una mano firme que dirija y unas buenas obreras que no paren, ni descansen y que coman poco, el trabajo se va pabajo. Como el carajo. Hay que estar muy pendiente. Lo que pasa es que ¿cómo me voy a enterar de si el de la mesa de al lado, a más de dos metros de distancia de la mía, se mete un par de comisiones con alguna criatura necesitada que no llega ni al millón de saldo en sus cuentecitas? Y si me entero, ¿no se me cae el alma cuando me dice que es la última vez, de verdad que sí? Yo es que no tengo corazón más allá de quitarle la mitad. O menos, la mayoría de las veces. Y no se queja ni el bedel, que siempre tengo un detallito con él.

En cuanto se le resume el párrafo anterior, el juez suelta unos lloros, unos quejidos, un ponerse en el lugar… que hace que sobresea en un pis pas. Qué sentrañas tendría si abriera otro sumario que llevaría al sudario del sofocón.

No, amigos: NO. Esto de llevar las causas eternamente abiertas sólo conduce a la perdición de folios y de tiempo. Y a la hernia fiscal.

Comprendamos que es el tiempo, inexorable administrador de risa floja, el que mejor ejemplifica cómo han de dejarse los papeles sin tocar una temporadita en su caja, para que se acomoden los ácaros, tantas veces expropiados sin un mínimo cuchitril donde pasar la noche.

Comprendamos que hay que seguir odiando el delito y compadeciendo al delincuente.

Es un mensaje de la Dirección General de La Ralentiley, Subdirección PrisaPoca, Negociado Mangancha, Sección Tesquieriya, Oficina Solvidó, Mostrador Nomacuerd.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXIX).

2013/10/12

Y van muchas ya.

Un jugar con no decir nada y callarse ante preguntas que sí se entienden.

Un poner cara de “¡A mí mis votos!” y volver a la cara de póquer. ¿Y esto poquer? Pues póquer me da la gana.

Comprendo el agradar a quien te ha encomendado lo suyo y no para de darte la vara con que lo suyo para cuando. Es inevitable.

Supongo que nadie tiene las manos libres para mejorar la vida de tanta gente. Comprendo por tanto –y como consecuencia lógica inmediata– que se dedique a empeorarla. Como resultado residual, se obra el milagro de llevar la vida de unos pocos a unos niveles de felicidad in-con-men-su-ra-bles. Un logro de un altísimo nivel de dificultad. Y de entrega.

La educación se había puesto peligrosamente al alcance de todos. Así no tendríamos jamás –ni locos– una bolsa de seis millones de personas esperando una esquina para darle vueltas al bolso o una mesita para dejar en ella una cerveza. Ambas cosas sonriendo. Si los niños se forman y tienen criterio, me mandan a la mierda los trabajos de mierda. No. La educación para el que sale guapo en la orla.

La sanidad, lo mismo. Aquí se curaba cualquiera. Aquí se venía con una patología y el viejo truco de que YA se ha pagado entre todos, así que ¡hala!, quíteme usted estos dolores. No. La sanidad es para los viejos que han llegado guapos y con canosas pero abundantes matas de pelo, ropa sport y, como sea, espalda sin doblar para la foto de la compañía sanitaria privada.

Y a estas dos cosas, tan claras, se dejan respuestas tan carajotas que no sabe uno si quiere votar o no. El estilo de no responder nada concreto, nada sensato, se ha impuesto.

¿Se podrán contar las veces que nos dicen que lo que se hace es lo correcto? ¿Tendremos que esperar a que si tu Visa dice que no, tu pierna no se arregla?

Como tercera pata, la religión no debería ser moneda de cambio ni caballo de batalla ni ostias en vinagre. Ganaría mucho en claridad si se respetara su intimidad, su propuesta de una vida más digna, si perdiera patrimonio terrenal y propusiera su asignatura fuera de las aulas. Y de las iglesias. Y de los consejos de administración de las entidades financieras.

Van muchos días con cruces de palabras huecas.

No se cansan.

¿Y nosotros?

Tengan todos ustedes muy buenos días.