Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXIX).

Y van muchas ya.

Un jugar con no decir nada y callarse ante preguntas que sí se entienden.

Un poner cara de “¡A mí mis votos!” y volver a la cara de póquer. ¿Y esto poquer? Pues póquer me da la gana.

Comprendo el agradar a quien te ha encomendado lo suyo y no para de darte la vara con que lo suyo para cuando. Es inevitable.

Supongo que nadie tiene las manos libres para mejorar la vida de tanta gente. Comprendo por tanto –y como consecuencia lógica inmediata– que se dedique a empeorarla. Como resultado residual, se obra el milagro de llevar la vida de unos pocos a unos niveles de felicidad in-con-men-su-ra-bles. Un logro de un altísimo nivel de dificultad. Y de entrega.

La educación se había puesto peligrosamente al alcance de todos. Así no tendríamos jamás –ni locos– una bolsa de seis millones de personas esperando una esquina para darle vueltas al bolso o una mesita para dejar en ella una cerveza. Ambas cosas sonriendo. Si los niños se forman y tienen criterio, me mandan a la mierda los trabajos de mierda. No. La educación para el que sale guapo en la orla.

La sanidad, lo mismo. Aquí se curaba cualquiera. Aquí se venía con una patología y el viejo truco de que YA se ha pagado entre todos, así que ¡hala!, quíteme usted estos dolores. No. La sanidad es para los viejos que han llegado guapos y con canosas pero abundantes matas de pelo, ropa sport y, como sea, espalda sin doblar para la foto de la compañía sanitaria privada.

Y a estas dos cosas, tan claras, se dejan respuestas tan carajotas que no sabe uno si quiere votar o no. El estilo de no responder nada concreto, nada sensato, se ha impuesto.

¿Se podrán contar las veces que nos dicen que lo que se hace es lo correcto? ¿Tendremos que esperar a que si tu Visa dice que no, tu pierna no se arregla?

Como tercera pata, la religión no debería ser moneda de cambio ni caballo de batalla ni ostias en vinagre. Ganaría mucho en claridad si se respetara su intimidad, su propuesta de una vida más digna, si perdiera patrimonio terrenal y propusiera su asignatura fuera de las aulas. Y de las iglesias. Y de los consejos de administración de las entidades financieras.

Van muchos días con cruces de palabras huecas.

No se cansan.

¿Y nosotros?

Tengan todos ustedes muy buenos días.

Anuncios

2 Responses to Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXIX).

  1. Hay un ángel por Sevilla -que es digno de admiración-, que narra y escribe libros como el que lee el Catón. Escribe sus poesías en menos que canta un gallo y si no estás preparada… podría darte un desmayo. ¿De dónde le viene al ángel esta inspiración tan fina? Lo mismo que escribe versos se te mete en la cocina; no se puede pedir más a un poeta tan completo y que merece mil premios por decir de esa manera sus poesías y sonetos.

  2. Gabriel dice:

    Tengo mi ángel de la guarda. Ahí puede estar alguna clave. Adela se llama. Y es mi tía.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: