Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXI).

-Hola, me llamo Ciudadculo y soy respirador.

-Hola, Ciudadculo.

-Dejad que os hable de cómo he llegado a esta situación.

En el momento en que Ciudadculo coge el micrófono para hablar porque le han dicho que no se le oye, no puede evitarlo e intenta tomar una bocanada de aire que llevaba en un saquito de plástico, en el bolsillo del gabán.

Varios asistentes a la reunión de respiradores anónimos en tratamiento presienten su intención y ven cómo los cuidadores sociales le tiran objetos como balas con muchísima prisa, cuchillos con filo y coronas de flores cultivadas en invernaderos al vacío. Como manda la ley.

Ciudadculo es retirado por los cabestros mecánicos sin la mínima gloria. Apenas termina la vuelta al salón, es engullido por las puertas negras que llevan al extractor, donde antes de ser incinerado en implosión anoxigénica, dejará su último aliento para reserva y uso del Gobierno.

La noticia corre como la pólvora mojada hasta llegar al Centro Oxigenado Español, uno de los pocos reductos que aún hoy luchan por recuperar el aire a para los Ciudadculos, los descendientes de los Ciudadanos. Su único pulmón les limita al correr, saltar la comba y protestar decisiones restrictivas en las áreas que aún puedan restringirse.

El más audaz de los miembros del COE, Juan Beltrán Peloponepso, lidera la resistencia. Él consiguió una bombona de buceador el día en que le quitaron los puntos (otra restricción, en realidad le quitaron un punto y coma) tras la cirugía en la que le instalaron las branquias a modo de experimento. Notó que se ahogaba igual que antes y sólo un antiguo naufragio le salvó: dos pescadores de chanclas, besándose en el fondo, compartían una bombona con clave de apertura de un dígito. Juan Beltrán, un tipo listo, descodificó la clave y consiguió salir del mar por el lado donde no miraban los que le habían tirado.

Cuando se entera de la pérdida de uno de sus partidarios, un pobre hombre que sólo aspiraba a pasar el aspirador y meterse dentro un ratito, comprendió que el mundo actual no es para débiles.

Olvidó sus ambiciosos planes de perseguir y domar tornados salvajes y abandonó a su suerte a los comandos que tramaban con él la gran revolución, extrayendo aire de las cuevas más profundas. Ya ningún residente de la capital de Argentina le fiaría una sola botella.

Se echó a la espalda su bombona y con un beso que en otro tiempo dejaría sin respiración a cualquier hembra, se despidió de su mujer y salió a la calle.

Juan manejaba como nadie la combinación de colores. Según avanzaba por la avenida Huracán, dejaba tras de sí una estela infinita de globos blancos, rojos, verdes, amarillos y azules que hicieron salir de sus escafandras a una multitud de Ciudadculos que, gritando como niños –también había niños–, se hacían cada uno con un globo, le quitaban el hilo que los hacía permanecer hinchados y aspiraban su interior a sorbos pequeños, sin prisa, notando la presión de sus pleuras al principio, y un inmenso placer después.

Desde el final de la avenida, esquina con la calle de un único sentido Aires de Libertad, la policía disparaba sobre Juan dardos que absorbían el oxígeno de cada una de sus células, dejándolo caer al suelo como los legendarios buñuelos de viento mordidos. Sólo temían crear un mártir.

Al verlo como un saco vacío, los Ciudadculos dejaron volar al aire todos los globos y abrieron sus escafandras para ahogarse junto a su héroe.

El Gobierno puso en marcha una campaña de aire comprimido individual que ya no tuvo respuesta por parte de un país literalmente asfixiado.

Aquel año, las cuentas públicas sólo descuadraron por el gasto que suponía una cámara de descompresión para evitar arrugas en los pechos de Ariela Petrova, una bellísima rubia que, a sus dieciocho años, temía verse sustituida en el corazón del Primer Ministro por otra más joven. En cuanto a todo lo demás, los gastos sociales se habían reformado tal y como se había previsto. La presión, tanto de los mercados aeróbicos como la atmosférica, estaban bajo control.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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