Mascotas (5)

2014/01/26

Jacobo, el lobo.

 

            Según los que le conocían bien, en realidad era un tipo agudo e inteligente, pero de una timidez que rayaba en el tortuguismo espiritual, el avestrucismo social y el camaleonismo práctico, todo con tal de no hacerse notar.

            Lo encontré tomando aliento después de la décimocuarta toma en una nueva versión de Los Tres Cerditos, con un problema serio en la caída de construcciones unifamiliares quizá ligeras, pero con más cimientos de lo esperado. Jacobo se presentó con la mirada baja, como si quisiera hacerlo por escrito; se recuperaba de una relación que no había superado y que le produjo una neumonía prácticamente pulmonar, sin ir más lejos. Si al principio la tipa le dejó sin aliento y dijo verlo como un soplo de aire fresco, luego se le quejó de que no la dejaba respirar, que la asfixiaba: un cúmulo de circunstancias que hizo que se largara a Buenos Aires provocándole un vacío irrespirable. En esas circunstancias, soplar tres casas seguidas sin efectos especiales ya no era tan sencillo.

            Pedí al camarero de la cantina de los estudios un par de botellas de oxígeno y nos sentamos juntos a respirarlas despacio.

            -Vivo en un molino de viento –le dije-. Quizá te venga bien si aspiras a ser feliz. Además, mi mujer fabrica ventiladores de última generación y tiene un doctorado en leer el periódico en Cádiz, en domingo, en pleno Levante, fuerza quince lo menos. Seguro que te ayudará.

            -Tendría que pensarlo, aun quedan escenas por rodar, cof, cof –me tosió un poco, certificando su lenta recuperación.

            -Tómate tu tiempo –le dije-. En casa apenas tendrías que aullar o asustar a un pastorcito que nunca amenaza con tu llegada. Es un tipo de fiar, no como otros.

            Pagué las botellas y le dejé que descansara. En el plató, los tres cerditos, que ocupaban camerinos contiguos repletos de bandejas con bellotas, pasaron junto a él dándole unas palmaditas en la espalda. Me quedé a escuchar lo que le decían.

            -Ánimo –dijo el dueño de la vivienda más sólida de las tres-. Lo normal es que cedan las dos columnas madre y el edificio entero se venga abajo sin más. Si te parece bien, haremos que te tomen un primer plano y mis propios hermanos soplarán a tu lado sin ser vistos. Ninguno de los dos, lo sabes, aprueba estas construcciones: aunque podrían pagárselas, prefieren paredes ligeras y con más ventanas. Ya nos dirás algo. Rodamos dentro de diez minutos.

            Jacobo terminó el rodaje, positivaron y ese mismo día, tras la prueba de montaje, decidió que ya no sería nunca más un soplón. No apagaría ni las velas en sus cumpleaños. Me llamó y me dijo que se venía a casa.

            Hoy, cuando observo que vuelve a correr y se trae alguna gallina de goma a pilas que nuestra vecina Micaela le pone para que corra y la atrape, siento que he obrado bien. Jacobo dice haber olvidado del todo su fracaso amoroso y tampoco echa de menos el frenesí del cine o la televisión.

            Me agradeció la caja de pastillas para la tos que dejé en su mesita de noche y el hecho de que ocultara los objetos de plata puntiagudos. A cambio, en las noches de luna llena, cuando me transformo y salgo, me aconseja cómo comerme las ovejas sin desaprovechar nada, trasquilándolas previamente, con mucho cuidado.         

            


Mascotas (4).

2014/01/22

Honorino Sinomeo, el ñandú.

 

            Lo encontré en la barra de un bar, en la meseta de PocoMotxo, en Paraguay. Había cruzado la frontera con Brasil, perseguido por el director de marketing de la empresa Meros & Plumeros, un holding que perseguía peces sencillos (meros peces), pero sobre todo materia prima para quitar el polvo en el hogar.

            Pedí un doble de lo que él bebía cuando llegué y su concentrado de maíz con  batracio me hizo rejuvenecer un par de décadas. De hecho, durante toda la semana siguiente mis párpados se negaron a cerrarse una sola vez.

            Me contó que de sus 114 hembras, Georgina Peristidaitis, le llamó angustiada: había perdido sus dos primeros huevos. No sabía cómo ocurrió, ella fue un momento a consultar algo en una página WEB sobre la caída y el uso de las plumas y… poco después supo que sus dos hijos mayores ya eran paté. Honorino –me dijo su nombre después el último trago de su copa–  decidió vengarse.

            Irrumpió por sorpresa en la granja central de cría de la empresa, liberó a los cautivos y después picó neumáticos de coches lujosos, desgarró abrigos de alpaca, se tragó collares de perlas completos, lo que le vino de perlas, porque luego las usó como munición, provocando conjuntivitis e hinchazones en quienes trataban de evitar que avanzara. Finalmente, logró llegar al último piso del edificio de cristal donde se encontró con el director general, sentado tras una enorme mesa de cristal. Cuando Honorino avanzó hacia una montaña de cosas de poner en las mesas, incluida una foto familiar, que pensaba desordenar del todo, el tipo pulsó un botón y tras de sí se elevó un panel que dejaba ver a su mujer, Georgina, rodeada de sus huevos. A su lado, un tipo malencarado sostenía una amenazante cucharilla que recordaba a las que cualquier hotel pone para romper la cáscara de un huevo pasado por agua.

            -Te propongo mitad y mitad –dijo el jerifalte–. Sois prolíficos, lo sé (a pesar de su enfado, Honorino y Georgina se ruborizaron). Te cambio un cierto control de tu libertad por la mitad de la producción. Yo saco paté, carne, tortillas y plumeros y tú disfrutas de la paternidad compartida, olvidando al cincuenta por ciento que no has conocido. Y huevos que no ves, cascarón que no sientes…

            Honorino se volvió un tornado. Saltó como un pájaro loco, algo que ningún ñandú aceptaría jamás, picoteó cuadros valiosos y, de una estupenda patada, echó abajo el panel transparente de poliuretano que le separaba de su mujer y su progenie. Picoteó la corbata del tipo que vigilaba y lo primero que hizo fue conducir a su familia al ascensor y ponerlos a salvo. Una amiga suya, Endora Gustatrapsia, de ADENA, se comprometió a pasar la frontera y llevarles a un lugar seguro. Honorino apenas pudo tirarse por la ventana y planear hasta el suelo; y aunque dolorido, pudo escapar.

            -¡Quiero el pico de ese ñandú. Mejor toda la cabeza! –gritó el director con la gabardina hecha jirones, mientras sus guardas iniciaban la persecución.

            -Y así hasta hoy –me dijo Honorino. Pedí otra ronda y le propuse venir a casa. Tengo una habitación vacía desde que se fueron los niños a estudiar y mi mujer habla constantemente sobre el síndrome del nido vacío.

            Aceptó. Viajamos desde Asunción en un vuelo chárter y en cuanto llegamos a España se conectó a la Red con un nombre fingido para tratar de comunicar con Georgina. Ya ha contactado con Inmigración. Pronto, seguro, tendrá noticias suyas.

            No le he preguntado nada acerca de sus otras 113 compañeras sentimentales.

            Teniéndole en casa, me digo, ningún vecino va a volver a tocarme los huevos.


Mascotas (3).

2014/01/21

Helmut Arugo, el loro.

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Mascotas (2)

2014/01/18

Fugitivo.

 

            Lo encontré en Navidad, en un callejón trasero de los grandes almacenes Pam & Tó, donde se compraban los regalos los tipos solitarios y egoístas. Asomaba una pluma doblada y blanca y le vi en la oscuridad.  Temblaba. Se lo dije. Me dijo que cómo no iba a temblar en esas fechas. Lo asumí. No te mosquees, le dije. Me remito a la respuesta anterior, me dijo. Subió al coche, pavoneándose (conduzco un Cadillac del 61).

            Llegamos a casa y aparqué directamente en mi garaje, para evitar comentarios de los vecinos. Apagué el motor y subimos a mi casa por la escalera interior, de donde salía un olor que le sobresaltó. Al llegar, Nicasio y los niños comenzaron a hacer ruidos raros: glou, glou, glou o similar. El pavo me miró y me dijo que al menos él tenía una justificación permanente para hacer el idiota. Ya, le dije, lo comprendo, tú siempre vas a estar en la edad de hacer el idiota. Y además, comentó, esa opción es libre. No soy idiota intrínsecamente.

            Tiré el bolso con algo más de nerviosismo de lo habitual y, en lugar de quedar colgado en la percha de caoba del salón, estuvo dando vueltas toda la noche cogido a una de las aspas del ventilador del techo. Estaba inquieta. Aún no nos has presentado, dijo el pavo, ni siquiera sé tu nombre. Le di fotocopias de los CIF de todos los miembros de la familia y él los archivó bajo las plumas del ala izquierda, donde cualquiera guarda su documentación. O una pistola, me dijo mi marido telepáticamente a gritos. Qué pavada, dijo el pavo, mientras removía el fuego evitando las pavesas. Si no tienes cuidado, provocarás un incendio pavoroso, le dijo Joseli Juan, mi primero, que estudia para monologuista en Tele Brinco. El pavo no le miró siquiera, pero sé que anotó el chiste con una de sus plumas.

            En silencio, impávido, me pidió quedarse en casa algunos días, hasta que pasaran las fiestas. Estoy cansado de huir, nos dijo, no tengo dónde ir. ¿Cómo se te da ser pavo guardián?, le preguntó Nicasio. Sólo guardo unos cinco mil pavos en el banco, nos dijo, por si llego a tener una vejez de carnes duras y poco atractivas para que me dejen en paz. Trataré de buscarte algo, le dijo. Por pavor te lo ruego, le respondió.

            De pronto, la televisión dio la noticia de su huída. Sí, soy el que buscan, nos dijo bajando el pico. El pavo que ha desafiado a la familia Pavón, los del imperio de la carne de ave. A ver, qué le vamos a hacer, me entregaré y me les serviré en bandeja.

            Mi Nicasio actuó rápidamente. Cuando llamaron a la puerta los que venían a por el nuestro, mi marido les abrió con un enorme pavo relleno a medio hornear. Siento no haberle metido trufas, pero van carísimas, dijo sonriendo a los detectives contratados por el mangante magnate Pavón. Quédeselo, mascachifle, dijeron guardando sus lanzagranadas. Nadie ha escapado vivo de nuestro jefe y no iba a ser ésta la primera vez.

            El pavo estuvo a punto de estropearlo todo con sus gritos de júbilo. Se quedó a vivir en casa y sólo sale a dar pequeños paseos con gafas de sol y gabardina. Sobre todo desde que entre  Joseli y Amparito, su hermana, lo desplumaron en una partida de póker abierto. Sin límite.

            Aún no sabemos su nombre, pero es parte de la familia.


Mascotas (1).

2014/01/16

Honor familiar

Acabo de salir de la comisaría, tras prestar declaración, y aún no puedo creer lo que ha pasado.

En mi propia casa, después de no sé cuántos días viviendo bajo mi techo, mi amigo, el mosquito José Jeremías Lereldo Treviso fue hallado muerto. Según el informe, se trataba de un suicidio.

Gracias a que llegué un poco más tarde de lo habitual a casa, no presencié el momento. Mi mujer, echándome los brazos al cuello en cuanto abrí la puerta, me contó que en un momento dado, en que ella acudió a cerrar un grifo que estaba abierto (qué raro, pensé), José J se había lanzado al interior de una taza de té hirviendo.

Algo no encajaba, me dije. José tenía experiencia con el té muy caliente. Además, nunca trabajaba sin arnés de seguridad. Él se deslizaba arriba y debajo del interior de la taza, buscando el aroma (le servía de baño de vapor) sin dejar de agarrarse a cualquiera de los hilos de las dos bolsas de ese hierbajo inglés, comprimido y seco que mi mujer introducía en el agua.

Abracé  a mi mujer, pero, sin soltar mi cartera llena de pesas del gimnasio (esta cleptomanía va a acabar conmigo) me dirigí a la cocina. Todo estaba igual que tras la escena inicial, me dijeron los dos agentes del CSI enviados a investigar.

Tuve que ponerme guantes por lo que pedí disculpas al más alto al dejarle caer mi cartera en un pie y me dispuse a colaborar, pues soy aficionado a darle vueltas a las muertes inesperadas (cuando me enteré de lo de la mula Francis volví locos a los de la embajada estadounidense).

No tardé ni un minuto en pedir un análisis de sangre del interior de la taza y los resultados fueron concluyentes: José Jeremías no había chupado ni mi lóbulo de la oreja izquierda (lunes, miércoles y viernes) ni tampoco el sensual cuello de mi mujer. La sangre que no había podido digerir, aún no mezclada del todo con el té, era de otra persona.

Mi mujer se derrumbó, la levanté, se derrumbó, la levantó uno de los policías, se derrumbó, la dejamos en el suelo y confesó.

Su amante, un funambulista metido a reparador de antenas, se había dado una cabezadita en el sofá y José Jeremías, reparando el honor familiar, le había pegado un picotazo serio bajo el párpado derecho. La policía lo localizó en el chalet de enfrente y traía un bulto del tamaño de un huevo, una roncha que sólo José J era capaz de hacer.

El resto, con José hinchado, aprovechando su bajada de la taza, confiado en la sujeción de la bolsa a la taza, ya es historia. El funambulista se derrumbó sobre junto a mi mujer y confesó casi todo, que hay cosas que no le importan a nadie.

Mientras tramito el divorcio, he ido a la tienda de animales y no he sido capaz de sustituir a José Jeremías. Quizá sea demasiado pronto.