Mascotas (5)

Jacobo, el lobo.

 

            Según los que le conocían bien, en realidad era un tipo agudo e inteligente, pero de una timidez que rayaba en el tortuguismo espiritual, el avestrucismo social y el camaleonismo práctico, todo con tal de no hacerse notar.

            Lo encontré tomando aliento después de la décimocuarta toma en una nueva versión de Los Tres Cerditos, con un problema serio en la caída de construcciones unifamiliares quizá ligeras, pero con más cimientos de lo esperado. Jacobo se presentó con la mirada baja, como si quisiera hacerlo por escrito; se recuperaba de una relación que no había superado y que le produjo una neumonía prácticamente pulmonar, sin ir más lejos. Si al principio la tipa le dejó sin aliento y dijo verlo como un soplo de aire fresco, luego se le quejó de que no la dejaba respirar, que la asfixiaba: un cúmulo de circunstancias que hizo que se largara a Buenos Aires provocándole un vacío irrespirable. En esas circunstancias, soplar tres casas seguidas sin efectos especiales ya no era tan sencillo.

            Pedí al camarero de la cantina de los estudios un par de botellas de oxígeno y nos sentamos juntos a respirarlas despacio.

            -Vivo en un molino de viento –le dije-. Quizá te venga bien si aspiras a ser feliz. Además, mi mujer fabrica ventiladores de última generación y tiene un doctorado en leer el periódico en Cádiz, en domingo, en pleno Levante, fuerza quince lo menos. Seguro que te ayudará.

            -Tendría que pensarlo, aun quedan escenas por rodar, cof, cof –me tosió un poco, certificando su lenta recuperación.

            -Tómate tu tiempo –le dije-. En casa apenas tendrías que aullar o asustar a un pastorcito que nunca amenaza con tu llegada. Es un tipo de fiar, no como otros.

            Pagué las botellas y le dejé que descansara. En el plató, los tres cerditos, que ocupaban camerinos contiguos repletos de bandejas con bellotas, pasaron junto a él dándole unas palmaditas en la espalda. Me quedé a escuchar lo que le decían.

            -Ánimo –dijo el dueño de la vivienda más sólida de las tres-. Lo normal es que cedan las dos columnas madre y el edificio entero se venga abajo sin más. Si te parece bien, haremos que te tomen un primer plano y mis propios hermanos soplarán a tu lado sin ser vistos. Ninguno de los dos, lo sabes, aprueba estas construcciones: aunque podrían pagárselas, prefieren paredes ligeras y con más ventanas. Ya nos dirás algo. Rodamos dentro de diez minutos.

            Jacobo terminó el rodaje, positivaron y ese mismo día, tras la prueba de montaje, decidió que ya no sería nunca más un soplón. No apagaría ni las velas en sus cumpleaños. Me llamó y me dijo que se venía a casa.

            Hoy, cuando observo que vuelve a correr y se trae alguna gallina de goma a pilas que nuestra vecina Micaela le pone para que corra y la atrape, siento que he obrado bien. Jacobo dice haber olvidado del todo su fracaso amoroso y tampoco echa de menos el frenesí del cine o la televisión.

            Me agradeció la caja de pastillas para la tos que dejé en su mesita de noche y el hecho de que ocultara los objetos de plata puntiagudos. A cambio, en las noches de luna llena, cuando me transformo y salgo, me aconseja cómo comerme las ovejas sin desaprovechar nada, trasquilándolas previamente, con mucho cuidado.         

            

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2 Responses to Mascotas (5)

  1. Hola, querido poeta; hoy he leído tu artículo y, como dice que tu esposa fabrica ventiladores, te ruego me guardes uno para agosto, porque lo del molino de viento ya tenemos en Cádiz pa regalar… muy bueno tu escrito. Abrazos.

  2. El final es buenísimo, las noches de luna llena… Un giro fantástico para un relato muy bueno.

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