Mascotas (8).

2014/02/11

Kerr, la Víbora.

 

                  La encontré en mi funda de paraguas. Escapaba del zoo de Michigan, uno de los considerados de alta seguridad.

Allí, cada serpiente tenía su celda individual, una tubería adaptada al perímetro de su cuerpo. Algunas, cuando engordaban con cualquier antílope que engulleran –a pesar de estar prohibido, los niños le tiraban alces engañados (o sea, cuernos incluidos)- tenían que pasar varios días a la intemperie con el riesgo de un corte de digestión. El trato era el mismo para todas, sin tener en cuenta por qué estaban allí.

                  El alcaide –director se llamaba a sí mismo- era un experto en nudos de corbata y no dudaba en hacerse un Wilson con un ofidio que le creara problemas.

Cuando la miré –empezaba a llover- me dijo que no la delatara y que, al salir del recinto, ella se escurriría por el bosque cercano, un lugar encharcado, saturado de roedores, anfibios y coleópteros. Me fascinó su conocimiento de las especies.

                  Se enrolló a la antena de mi coche, así que oí con dificultad mi programa de deportes en la radio, pero sí supe que no podría parar para soltarla en el bosque porque habían puesto precio a cada uno de sus centímetros; además, observé a un buen número de águilas, ávidas de comida rápida.

                  Abrí la ventanilla, entró y se mimetizó con el cinturón de seguridad del copiloto, quedando su cabeza a la altura de un viajero. Esperé a que tuviera ganas de charlar.

                  -Supongo que pensarás que si estaba allí es porque lo merecía –dijo.

                  -Aun no te he pedido explicaciones. Ni siquiera sé si tengo que hablarte de fútbol o de la moda en New York.

                  -Lo sé: no es fácil. Soy una hembra de mi especie. Me llamo Kerr, Víbora Kerr. Y soy pícara, no picona como decía el cartel de mi celda. Tienes que creerme: no he picado ni siquiera en las fábricas en las que tenía que indicar la hora de entrada. Y eso que bastaba con  clavar mis colmillos en la ficha.

                  -Está bien, está bien, muñeca. Ahora lo primero es que te ocultes unos días, hasta que pase todo este jaleo o se cansen de buscarte. Puedes quedarte en el cobertizo, un sitio húmedo, pleno de cucarachas que le hacen la pelota a la familia Rabbit, unos ratones judíos que controlan lo referente a plagas de la zona alta de la ciudad. Deberás andarte con cuidado.

                  -Sé cuidar de mí misma –me dijo como si escupiera veneno.

                  Era lista de veras. Entró por el canalillo del tejado, de donde sólo salía si le obligaba la lluvia. Allí encontró qué comer, en general cadáveres salvo un búho algo estúpido que le desafió sosteniéndole la mirada. Lo entendí.

Sin embargo, una tarde, tomando el Sol, se descuidó y fue atrapada por un antenista. Maldije las telenovelas brasileñas que llevaron a mi mujer a colocar una parabólica en el tejado, pero no podía hacer nada, ni siquiera explicar qué hacía ella allí, su vida en las tejas, subida en las tejas.

Temía por el antenista y esperé agazapado en medio del jardín, sin darme cuenta de que no me tapaba ni una silla. En cuanto el hombre se fue a cobrar la factura, aproveché y busqué entre sus herramientas. Allí estaba, junto a los cables. Tuve el tiempo justo para cortar la cinta adhesiva que le impedía hablar y me la puse como bufanda hasta meternos en el coche. No tenía sentido conservarla en casa. Pero apenas llegué al final de mi urbanización, un buen montón de coches patrulla me cortó el paso.

Se me acercó uno de los policías que se sostenía los pantalones con una cuerda de cáñamo. Supe lo que quería saber, bajé la ventanilla y me dijo:

-He oído que tenía en su casa a una víbora y ahora tiene dos –dijo riéndose entre dientes y mondadientes.

-Es falso, agente –le dije y no entendió bien mi frase. No se había identificado.

-A la alargada, de piel oscura con lengua afilada –me dijo sin especificar todavía a quién se refería, a sabiendas de que mi mujer, de cuarenta y siete kilos, un metro ochenta y cinco, toma frecuentes sesiones de rayos UVA y pone verde a cualquiera.

Pero me estaba distrayendo. Por la otra ventanilla, otro agente me arrancó del cuello mi complemento y supuse que todo había terminado. Sin embargo, Kerr demostró tener recursos: en manos del agente sorprendedor era ahora una ligera bufanda blanca de entretiempo, de piel lisa, suave. La dejaron en el asiento y se fueron.

-No es la que buscamos –dijo el primero y dio la orden de levantar el cerco.

Mientras nos acercábamos a casa, me contó que mudaba la piel cada cierto tiempo según la temperatura.

-Deja de mirarme, me siento desnuda –me dijo.

Por fin se olvidaron de ella y ahora es conocida y respetada por todos los bichos del jardín. Es tolerante con los que ya residían y no impide la llegada de otros nuevos, pero es quien pone las normas y, aunque pudiera parecer todo lo contrario, no se arrastra jamás ante nadie.

Anuncios

Mascotas (7).

2014/02/11

Asdrúbal O’Brian, cocodrilo.

 

                  Iba por la acera. Oí el grito que salía de un portal y me detuve a meterme en lo que no me importaba nada. Pude entrar cargado con ocho bolsas llenas de las compras de Navidad de los grandes almacenes Pocapast, gracias a que la puerta era de doble hoja, o no habría llegado a tiempo de salvar a un joven cocodrilo a quien trataban de embargar una parte de la piel de su cola como garantía de pago. Yo lo consideré como un futuro robo de cartera y golpeé a unos ancianos en pijama con las bolsas que llevaba en la mano derecha, las que contenían ropa de cama, lo que nos hizo ganar la calle al cocodrilo y a mí.

                  -No tenías que haberte complicado la vida –me dijo-. No les falta razón. Llevo seis meses sin pagarles el alquiler de los seis que hace desde que me trasladé a esta ciudad.

                  -Comprendo –le dije-. Pero, aparte de un gorrón, ¿tienes trabajo?

                  -Claro que lo tengo. Lloro en entierros de todo tipo de animales famosos. Ya sabes, Rin Tin Tin, la mula Francis, el lagarto Juancho…

                  Aquí, tanto él como yo fuimos incapaces de sofocar una llantina.

                  -No sabía nada de lo de Juancho –dije roto de tristeza.

                  -Tranquilo, fue un borrado de imágenes en la intimidad –me dijo.

                  En la acera de enfrente, mi mujer nos saludaba con el coche en marcha, como hacía en su antigua banda de atracos. Nos avisaba para que no nos atraparan los ancianos, que ya se habían levantado del suelo y nos amenazaban con almohadas compactas y en su funda.

                  -Vamos –le dije, y se metió en el coche por la ventanilla de atrás. Lancé sobre él las bolsas y, al atravesar una barrera de doscientos coches enviados por la policía, no tuvimos ningún problema.

                  -Aún no me has dicho por qué no pagabas el alquiler, reptil –le dije sin querer ofenderle.

                  -Me llamo Asdrúbal –dijo ofendido-. El tipo de la funeraria sólo piensa en vender cara mi piel.

                  -Deberías haberte enfrentado a él y vender cara tu piel en el sentido no comercial del término, o sea…

                  -Ya sé lo que dices, humanoide –me dijo, supongo que queriendo ofenderme-. Hablas de luchar por mi dignidad.

                  -Me llamo Hipólito, chaval –le dije sin decirle de momento mi apellido, Dundee-. De momento, quédate con nosotros unos días. No te preocupes –le tranquilicé- todos nuestros bolsos de mano son hechos a mano con lana y doble pespunte. A lo sumo hemos contribuido a algún resfriado de oveja, nada más.

                  Asdrúbal, en medio de las bolsas, sonrió y pareció relajarse por fin.                 

                  Llegamos a casa y lo primero que hicimos fue pedir permiso a nuestro vecino, Tonio Matsamatsa, para usar su piscina, un asqueroso charco de barro y ramas sin uso desde que compró la casa.

                  -No hay problema, vecino –dijo.

                  A cambio, Asdrúbal se comprometió a librarle de las ratas y jabalíes que le tenían comida la tapicería de los muebles del jardín.

                  Días después fuimos a su antigua empresa y vimos cómo el dueño se desesperaba. La muerte de un doble de la ballena Wally, encargada a unas hienas para plañir, resultó un fracaso y los dueños de la orca no pagaron ni un céntimo. El tipo se avino a razones, pagó los atrasos y firmó un buen contrato con Asdrúbal.

                  El segundo contrato, el de un apartamento no muy lejos de casa, se lo comió. Mi mujer le mostró un cepillo de dientes envuelto en una funda de violoncelo, nos abrazamos y se vino definitivamente a vivir con nosotros.


Mascotas (6).

2014/02/09

Zacarías Tenorio, elefante.

 

                  Nos hicimos amigos en el circo donde él trabajaba desde pequeño. Durante uno de sus números, un espectador idiota, jaleado por unos acompañantes también idiotas, llevaba un buen rato tirándole cacahuetes con fuerza, algo que una piel tan dura apenas notaba. Hasta que uno le dio en un ojo. Zacarías atravesó las gradas sin romper una sola silla, agarró al tipo y le hizo comerse tres bolsas de cacahuetes, si bien la última ya sin cáscaras.

                  El público, dividido en dos facciones, se enfrentó con rapidez entre sí. Los partidarios de seguir obligando al idiota inicial a ingerir cacahuetes (pelados) eran numerosos pero de edad media cercana a los ochenta y seis años. El resto, que no pagaba entrada, rondaba los seis y suplía su inexperiencia en batallas con la fuerza de sus gritos y sus patadas en las espinillas.

                  Ante el gravísimo problema de orden público, intervino el ejército y Zacarías, como primera medida, fue despedido.

                  Me acerqué y le puse mi tarjeta en la trompa.

                  -Llámame –le dije-. Puedo darte un empleo y un sitio donde vivir. Si te sale música de salsa en el contestador, deja un mensaje. Será señal de que estoy ocupado en algo muy íntimo, con mi mujer, desnudos, en la cama o en el suelo, que –como tengo poca confianza contigo- no te voy a decir, así como así, que se trata de un folleteo intenso.

                  Supe por la prensa que el finiquito se lo pagaron en maní tostado, sin agua. Los convenios de los circos son un caso aparte de la legislación laboral. Aún así, la indemnización tenía en cuenta el historial de Zacarías en cuanto a salvamento de gatos en árboles, recogida en el aire de trapecistas algo bebidos y sin red, o trompazos de agua dados por sorpresa a algún político recién estrenado en su cargo que figurara entre los espectadores.

Zacarías era polivalente. No sólo usaba su fuerza descomunal y su equilibrio para montar y transportar sobre su lomo estanterías de cuatro cuerpos. Además, con sus enormes pezuñas mandaba mensajes personalizaos a través de smartphones sin equivocarse en una sola letra, lo que hacía que los chiquillos, que acudían con sus móviles al circo, aplaudieran a rabiar.

Cuando hubo regularizado su situación de desempleo, me dijo que vendría a verme.

Mi mujer, más perspicaz que yo, supo que era él quien llamaba sin usar el timbre en cuanto vio la puerta en el suelo.

-Disculpa –dijo bajando la trompa- es que tenéis una birria de puerta. Pero yo la arreglaré.

-Pasa y tómate algo antes de arreglarla del todo, imbécil –le respondió ella con una sonrisa. ¿Un batido de cacachuetes?

Ambos congeniaron inmediatamente. Zacarías tenía buena mano para la decoración y nuestra casa, en menos de una semana, parecía un zoológico con televisión. Sólo hubo que poner un baño especial para él, un simple desagüe, que nos salió bien de precio al ducharse por sí mismo, succionando el agua de un par de cubos.

Han pasado unos meses y no tengo quejas. Zacarías es uno más de la familia y los perros y gatos del vecindario vienen a pedirle consejo en cuanto a sus casetas o sus cajones de arena. Sólo ha habido un par de altercados con la ratita Celenia Schwaitz, una presumida que viene a asustar a Zacarías de vez en cuando. Por lo demás, ahorramos en bonobuses y taxis y disfrutamos del tejado como hacíamos antes de que nos robaran la escalera de mano, aunque él sube pocas veces.

Nos alegramos de tenerle en casa, porque nunca olvidamos una cita, un cumpleaños o hacer la lista de la compra. Él se encarga de recordárnoslo.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXIV).

2014/02/08

Echar cuentas.

 

            “Si me preguntas que a dónde voy, piensa que es fácil de adivinar…”

            Era una de esas canciones de los sesenta que se cantaban en España porque no había muchas más en la radio; porque cualquier canción, con su melodía semi rústica intentando huir de lo cazurro, cualquier canción digo, nos parecía bien. Daba igual la letra.

            Valga la introducción como puesta en situación.

            Ojo ahora, que voy con las tesis.

Ahora los mensajes tienden a volver a ser pocos para que vuelvan y vuelvan a repetirse y se instalen. Pocos, rancios y vagos. Por supuesto, que no inviten a la discusión, un ejercicio que ya se irá desmantelando.

El mensaje básico como respuesta a preguntas comprometidas está en auge: se ha instalado por su facilidad en el manejo y su condición de multiuso:

-No me acuerdo.

Y su sencillez en las variaciones.

-No lo recuerdo… no.

Este último con una pequeña variante dramática con toma de aliento, disuelta al final, mostrando reflexión e interés hacia el preguntador.

En modalidades correspondientes a lo in fraganti, se lleva muchísimo la respuesta transitiva atenuada:

-Ha sido éste de aquí, que menudo pieza está hecho. Pero mirando los gastos que tiene… la cosa se ve con otros ojos, no me diga que no.

Que incluye, en su estrambote, al de toque de portera veterana:

-Y yo sin enterarme de nada, mire usted.

Con otra versión que aporta un toque cañí, dolor de padre o marido que sufre una cornada en silencio, con un desengaño que desgarra.

-Pero ¿no le constaba nada? ¿no se daba usted cuenta?

-Ya ve usté…

Seguido ahora de un monólogo donde se derrama sentimiento:

-A mí, como no me cuentan nada, no me echaban cuentas, ¿se da usted cuenta? Nada, pero nada que me diga nada de lo que me cuenta usted de este pájaro de cuenta. Si acaso, un rosarito o un collarcito de cuentas, que a fin de cuentas…

Si se insiste, hay que ser de nuevo conciso, recurriendo a la sequedad de la asepsia que da el estar al día en cosas de leyes y balances:

-No me consta. Por eso no lo constabilizo.

A base de preguntar, sin que te des cuenta, se descuenta alguno que otro de los posibles años de prisión y no se echan cuentas de cuánto se debe ni cuánto debería haber.

Y fin del cuento. Vamos, de la cuenta.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.