Mascotas (8).

Kerr, la Víbora.

 

                  La encontré en mi funda de paraguas. Escapaba del zoo de Michigan, uno de los considerados de alta seguridad.

Allí, cada serpiente tenía su celda individual, una tubería adaptada al perímetro de su cuerpo. Algunas, cuando engordaban con cualquier antílope que engulleran –a pesar de estar prohibido, los niños le tiraban alces engañados (o sea, cuernos incluidos)- tenían que pasar varios días a la intemperie con el riesgo de un corte de digestión. El trato era el mismo para todas, sin tener en cuenta por qué estaban allí.

                  El alcaide –director se llamaba a sí mismo- era un experto en nudos de corbata y no dudaba en hacerse un Wilson con un ofidio que le creara problemas.

Cuando la miré –empezaba a llover- me dijo que no la delatara y que, al salir del recinto, ella se escurriría por el bosque cercano, un lugar encharcado, saturado de roedores, anfibios y coleópteros. Me fascinó su conocimiento de las especies.

                  Se enrolló a la antena de mi coche, así que oí con dificultad mi programa de deportes en la radio, pero sí supe que no podría parar para soltarla en el bosque porque habían puesto precio a cada uno de sus centímetros; además, observé a un buen número de águilas, ávidas de comida rápida.

                  Abrí la ventanilla, entró y se mimetizó con el cinturón de seguridad del copiloto, quedando su cabeza a la altura de un viajero. Esperé a que tuviera ganas de charlar.

                  -Supongo que pensarás que si estaba allí es porque lo merecía –dijo.

                  -Aun no te he pedido explicaciones. Ni siquiera sé si tengo que hablarte de fútbol o de la moda en New York.

                  -Lo sé: no es fácil. Soy una hembra de mi especie. Me llamo Kerr, Víbora Kerr. Y soy pícara, no picona como decía el cartel de mi celda. Tienes que creerme: no he picado ni siquiera en las fábricas en las que tenía que indicar la hora de entrada. Y eso que bastaba con  clavar mis colmillos en la ficha.

                  -Está bien, está bien, muñeca. Ahora lo primero es que te ocultes unos días, hasta que pase todo este jaleo o se cansen de buscarte. Puedes quedarte en el cobertizo, un sitio húmedo, pleno de cucarachas que le hacen la pelota a la familia Rabbit, unos ratones judíos que controlan lo referente a plagas de la zona alta de la ciudad. Deberás andarte con cuidado.

                  -Sé cuidar de mí misma –me dijo como si escupiera veneno.

                  Era lista de veras. Entró por el canalillo del tejado, de donde sólo salía si le obligaba la lluvia. Allí encontró qué comer, en general cadáveres salvo un búho algo estúpido que le desafió sosteniéndole la mirada. Lo entendí.

Sin embargo, una tarde, tomando el Sol, se descuidó y fue atrapada por un antenista. Maldije las telenovelas brasileñas que llevaron a mi mujer a colocar una parabólica en el tejado, pero no podía hacer nada, ni siquiera explicar qué hacía ella allí, su vida en las tejas, subida en las tejas.

Temía por el antenista y esperé agazapado en medio del jardín, sin darme cuenta de que no me tapaba ni una silla. En cuanto el hombre se fue a cobrar la factura, aproveché y busqué entre sus herramientas. Allí estaba, junto a los cables. Tuve el tiempo justo para cortar la cinta adhesiva que le impedía hablar y me la puse como bufanda hasta meternos en el coche. No tenía sentido conservarla en casa. Pero apenas llegué al final de mi urbanización, un buen montón de coches patrulla me cortó el paso.

Se me acercó uno de los policías que se sostenía los pantalones con una cuerda de cáñamo. Supe lo que quería saber, bajé la ventanilla y me dijo:

-He oído que tenía en su casa a una víbora y ahora tiene dos –dijo riéndose entre dientes y mondadientes.

-Es falso, agente –le dije y no entendió bien mi frase. No se había identificado.

-A la alargada, de piel oscura con lengua afilada –me dijo sin especificar todavía a quién se refería, a sabiendas de que mi mujer, de cuarenta y siete kilos, un metro ochenta y cinco, toma frecuentes sesiones de rayos UVA y pone verde a cualquiera.

Pero me estaba distrayendo. Por la otra ventanilla, otro agente me arrancó del cuello mi complemento y supuse que todo había terminado. Sin embargo, Kerr demostró tener recursos: en manos del agente sorprendedor era ahora una ligera bufanda blanca de entretiempo, de piel lisa, suave. La dejaron en el asiento y se fueron.

-No es la que buscamos –dijo el primero y dio la orden de levantar el cerco.

Mientras nos acercábamos a casa, me contó que mudaba la piel cada cierto tiempo según la temperatura.

-Deja de mirarme, me siento desnuda –me dijo.

Por fin se olvidaron de ella y ahora es conocida y respetada por todos los bichos del jardín. Es tolerante con los que ya residían y no impide la llegada de otros nuevos, pero es quien pone las normas y, aunque pudiera parecer todo lo contrario, no se arrastra jamás ante nadie.

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2 Responses to Mascotas (8).

  1. Hola: estuviste un poco lento; si la hubieses matado, hoy tendría tu mujer unos zapatos preciosos de serpiente que valen una pasta gansa; muy bueno tu escrito, un besado.

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