Grandes consultas de la Historia (1).

2014/03/24

Filosofía financiera.

 

 

Abdul Mensabad, padre suplente del opositor a profeta Telar Darañid, sobrino a su vez del gran Meveóm Muh Sobrad, llamó por Meteosat para pedir un consejito al sabio Bahad Labasur, el de la luenga lengua. Seis días después, cuando llegó a su presencia, le dijo:

               -Oh, grande entre los pequeños, como frío y tapado sol de invierno, atractivo imán para el espíritu, más y mejor que los chicles pegajosos…

               -No sigas, niño, no sigas y dime a qué has venido a molestar desde tu tierra, que es Baresymasbares, tierra de tascas, donde las danzharinas bailan mientras amasan el pan como su propio nombre indica –contestó el sabio Bahad al mismo tiempo que terminaba de ponerse el segundo calzoncillo de los tres preceptivos, según las enseñanzas del profeta fijo discontinuo Bahalamareah.

                  -Pues querría, siempre que pudiera ser –inició Abdul- que dijeras o dejaras caer por ahí que me permitieran un par de mesecitos sin pagar la hipoteca de mi bicicleta, oh luz de lámpara de bajo consumo. Caso de no poder gestionar el asunto de manera rápida y eficaz, vulgo si no tienes mano, ponme en contacto, oh fiel alegría de los maridos fieles, con algún visir del Banco Matoso, concesor prestatario, ése engendro inversor e infiel que pretende que mis dineros en dinares se los diere con donaire.

                  El sabio, ejecutando con maestría el divino arte de ponerse en pie, entregó a Abdul el organigrama del banco mencionado, el de los muchos recursos, para que recurriera a la puerta correcta, sin perderse, de la sección de arabosos, antes mal llamados morosos.

                  El prudente Abdul, después de ver cómo los bomberos demolían la planta de préstamos pendientes de cobro, volvió a casa del sabio Bahad para explicarle la mala suerte que había tenido: Él sólo le dio fuego para un puro habano a un grupo de hermosas mujeres y una de ellas, al ver su propia barba ardiendo, perdió los nervios y propagó el fuego por todos los departamentos posibles.

                  -El resto lo habrás podido ver en las noticias, oh sabio entre los bobos –dijo Abdul.

                  Bahad dio gracias a Alá varias veces cuando su mujer lo llamó para cenar.

-Se enfrían las moscas fritas con arándonos de Kasamandriathal, oh marido –avisó la mujer desde metro y medio, pero gritando como una trompeta apocalíptica y desafinada, quizá por obstruir el conducto para la saliva.

                  -Nos vemos otro día, pronóstico de hombre prudente –dijo el sabio mientras sacaba unos céntimos de euro que puso en las manos de Abdul-. Ahora lo mejor es que te quites de en medio. Si acaso, guarda tu bicicleta durante sesenta años en mi cobertizo, que yo la cubriré de boñigas de ñu hembra y calcetines de mi cuñado. Entonces, y sólo entonces, te serviré de aval para que la recuperes pagando una demora simbólica como rescate del bien. Por tu bien, no te cobraré comisión de almacenamiento, si bien, como medida de prudencia, usaré el aire de las ruedas en mi provecho y el de mi ganado. Creo que me lo he ganado.

                  -Gracias te den los cielos en forma de té verde, poleo y cucharillas de un solo uso, gran Bahad –dijo Abdul mientras empezaba a correr, al ver venir a dos cobradores del Banco, cuyas oficinas llevaban dos meses y medio trasladadas a la planta baja, por el elevado riesgo de incendio que tenían las que ocupaban antes.