Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXVII).

2014/05/31

Desengaños a morosos.

 

                  Estoy harto de atender a gente a la que, por ser fea, no millonaria o muy fea, le han dado calabazas cuando ha soñado –y solicitado- triquitraque, bailoteo pegadizo o similar.

                  Señores: no junten más la segunda palabra con la tercera de las que rezan en mi título profesional. A lo que me dedico, entiéndalo, es a trincar a los que no pagan y hacerles pagar, provocándoles un desengaño si creen que no van a aflojar la mosca de su saldo pendiente.

                  A los pringados por rechazo de guapetones/as, miren ustedes: se me parte el alma, pero vayan a un consejero sentimental, rehostias, que lo mío es paralelístico a un cobrador del frac. Cagüentodo, joder ya.

                  Ya hace tiempo, lo reconozco, debería haber cambiado el cartel. Y, mucho más, el anuncio en la radio, donde el locutor ese del chicle en la boca, al hablar tan rápido, hace pensar a los que sufren abandonos que aquí, en mi despacho, les voy a dar consejitos para el maquillaje, la ropa interior o temas de conversación para las siguientes citas.

                  Amos anda.

                  Yo soy la versión moderna de il cobrattori, esos tipos de sombrero y bigotito, con calcetines blancos, corbata a lunares y mondadientes entre los premolares, que, cada lunes, saliendo de un Ford negro y brillante, recaudaban para il patrone lo acordado. Hoy, con mi apariencia de legalidad, esgrimo contratos, firmas más o menos legibles, cláusulas más o menos ilegibles y futuros apocalípticos en caso de no pagar.

                  Bien es cierto que cuando trabajé recaudando para el gobierno y quise cobrarle el IVA a un par de cementeras me comí –nunca mejor dicho- un mojón de dimensiones colosales. Además, al chivarme a mi jefe de Recaudaciones de Grandes Empresas, le dio un ataque de risa y me mandó al equivalente de patrullar las calles: a una ventanilla cerrada.

                  Fue entonces cuando decidí trabajar por mi cuenta y abrí mi propio negocio.

                  Ahora, además de correr menos riesgo de acabar con zapatos de cemento en el fondo de la Bahía, parezco más frío, y, poco a poco, las deudas se van cancelando. Es curioso que quien menos tiene aún se acuerda de lo que era pagar. Puedo jurar que he vivido para ver cómo más de uno se ponía al día.

                  Intento separar la paja del trigo. Saber cuándo un tipo, al saber que me acerco, quita el volumen a su televisor de 80 pulgadas antes de abrirme la puerta y poner cara de muerto de hambre para decirme que le dé un poco más de tiempo. Algunas de esas veces me hago el tontosueco. Pero tomo nota.

                  Me contrataron para un nuevo caso. Complicado diría yo. Se trataba de una rubia con curvas de vértigo. Tuve que sentarme las dos veces que la seguí. Le reclamaban la deuda que contrajo un antiguo amante, pero en la financiera sólo la recordaban a ella y a sus curvas. Nadie fijó la vista en el que contrataba el préstamo. Ni siquiera las mujeres que le atendieron. Sólo utilizándola a ella de cebo podría hacer salir a esa rata, la que en verdad debía el dinero.

                  La rubia sacrificó el color y la longitud de su cabello y se anunció en el periódico como alguien que prestaba dinero con pocas garantías. En menos de dos horas, apareció el tipo, también con el color del pelo cambiado, y, tras firmar documentos que creía de un nuevo préstamo, declaró su amor a mi clienta. Ella hizo salir a todos los que acechábamos tras las cortinas y el pobre pájaro se sentó como disuelto en un sillón.

                  -Ha provocado usted un desengaño a moroso, maldito perro de presa –me dijo.

                  -Sí, joven, pero es consecuencia colateral ¿mentiendusté? –le dije-. Lo importante es que lo pronuncie por separado, haga usted el favor.

                  -Púdrase en el infierno –me dijo intentando caminar derecho bajo el peso de seiscientos cincuenta y dos kilos de grilletes preventivos cerrados alrededor de sus pies.

                  La chica sacó de su bolso la mitad del dinero pendiente de mis honorarios.

                  -No quiero ser morosa –me dijo.

                  -Déjelo: así tendré que perseguirla –le dije y volví a meter el dinero en su bolso.

 

                  Tengan todos ustedes muy buenos días.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXVI).

2014/05/24

Tristezas variadas.

 

                  Bajé la basura ayer, a eso de las tantas. Lo hice pleno de vitalidad, jovial aunque sin corbata, cantando algo de la Piquer. En suma, contento de ser un ser humano. Al subir de nuevo a casa, noté un cambio de los grandes. Y no sólo porque me hubiera metido en otro bloque y otra vivienda –me invitaron a un cafelito con galletas- sino porque bajé la guardia. Sí, hombre, sí, bajé las defensas.

                  -Bajé en alegro moderatto y subí triste –le dije al locólogo del seguro, quien consultó unas tablas y me llamó no sé qué improbable, por el hecho de sufrir un bajón al subir y viceversa. Me recetó dos chistes antes de las comidas y unas cosquillas al amanecer, después de unos estiramientos de pelvis. Al salir, tiré la receta a una papelera con el corazón encogido.

                  Volví a casa gracias a una agencia de mensajería que me recogió perdido; fue a cobro recibido, lo que mi mujer encajó con gesto adusto, pues se desequilibraba así el presupuesto mensual para gastos en carajotadas. Ella tenía en mente un florerito de hormigón para la salita de estar y con este imprevisto tendría que esperar.

                  Todo se volvía en mi contra. Yo notaba ese pesar interno, como quien lleva una lavadora por dentro de la camisa, en un colgante sencillito.

                  No pude evitar que se desbordara la primera lágrima. Para mí que hasta sonó una nota en el cielo, algo bemol, igualito que en Tubular Bells, anunciándome el inicio de un oscuro y profundo período de tristeza aguda y perniciosa. Que entré llorando en casa, vamos.

                  Mi mujer no hizo referencia alguna a la culminación frustrada de su proyecto decorativo, sino que vino solícita a hacerme la entrega de un paquetito de kleenex. Se lo agradecí pero sin bailar, lo que hizo que ella también rompiera a llorar poniéndose perdida de rímel la camisa.

                  Nuestros gemidos aumentaban y pronto llamaron a la puerta los vecinos a los que debíamos menos dinero. Preguntaron –antes de arrepentirse se lo contamos- y en lo que se tarda en abrir un pañuelito de papel por persona, nuestro recibidor era un mar de lágrimas compartidas.

                  Ya sentados en corro –había sillas de sobra- comenzaron los comentarios habituales.

                  -No somos casi nadie –dijo el del bajo B, que vivía solo.

                  -Y en slips ajustados aún menos todavía –soltó el del ático, un profesor de natación jubilado.

                  -Menos mal que viven ustedes en un instante -nos dijo apretándonos las manos el de arriba.

                  -En un segundo –corregí– en un segundo-. Y se apartó para llorar él solo junto a nuestro jarrón Ming de madera reprensada.

                  No éramos conscientes de lo idiota que se puede llegar a ser. Nadie aportaba ideas nuevas en nuestro edificio desde 1999, cuando el del cuarto A propuso el intercambio de gafas al azar en una reunión de patio. Fue un acontecimiento recogido en acta junto al video de los trompazos contra las paredes debido a los desajustes ópticos provocados.

                  Se lo recordé entre gemidos a mi mujer y ella, interrumpiendo unos hipidos, dijo Eureka. No supe decirle que no pero entendí lo que pretendía: una solución clásica, por encima de manuales.

                  Dado que tenemos una buena provisión de tocino en casa, subimos al desván, nos proveímos de tacos suficientes y bajamos tirando al viento nuestros mocos recogidos en los kleenex.

                  Nos movimos con rapidez y al poco rato, con el factor sorpresa a nuestro favor, cada asiento ocupado tenía a su alrededor un metro y medio de suelo impregnado de una capa de tocino añejo de medio centímetro de altura.

                  Como en los salones de fiesta, saqué a don Arturo Boleros, presidente de la comunidad. Yo no tenía previsto caer con él, pero me alegré de que ocurriera. Nada más intentar un paso, resbalar y caer en sincronía los dos con los pies por alto, conseguimos captar la atención de algunos vecinos que se animaron pensando en el baile y en un accidente.

                  La segunda pareja en darse la costalada fue la de los Domínguez Perifalte, quizá quienes más habían llorado durante la tarde. Ahí ya hubo alguno que mordió el pañuelo por no parecer descortés.

                  El del bajo A, hombre de metro treinta y dos, fue el siguiente en caer.

                  -Sumando factores, qué bajo has caído en conjunto, Jonás–le soltó mi mujer improvisando. Desde el suelo, el hombre estalló en hipos intermitentes con risotadas e intentos de patearnos.

                  Le acompañaron, por orden, Lupe Mogibres y Ladislao Puñales, dos recién llegados que riegan a las cinco de la mañana, pero que al caer demostraron cómo se pueden desperdigar por el suelo sesenta euros en monedas de a dos y de a cinco. Y lo mejor: antes de llegar al mármol y rebotarles la cabeza, ya habían soltado una auténtica carcajada.

                  Lo de intentar levantarse fue el detonante multitudinario y compartido. Alguien dijo que se temía un pipí descontrolado si seguía riéndose de esa forma. Le indiqué el baño y llegó después de dos impresionantes cabezazos a la puerta, lo que hizo que no llegara a tiempo al servicio. Nadie se lo tomó a mal. Al contrario, la risa crecía y también lo inundaba todo.

                  Hubo dos casos de contusiones leves y una posible luxación de hombro, dado que el ángulo de caída para algunos vecinos se mantenía constante. Llamé por el móvil a una unidad móvil de urgencias. Al entrar un camillero resbaló y se comió varias petunias de nuestra macetita de cinc. Aún con los tallos en la boca, el hombre se partía de la risa.

                  -No hay que ser cabrón para poner tocino… -empezó a decir hasta que se atragantó y se meó en el pasillo sin poder evitarlo. Inhabilitado por la risa floja, me agarré la cintura para poder respirar y propuse que todo el mundo se fuera largando a modo de lagartija. Así lo hicieron y el suelo se me quedó casi limpio, con un poquito de olor, pero muy brillante.

                  Cerré la puerta llorando, pero de risa.

                  -No hay como las cosas sencillas para valorar lo que uno tiene –me dijo mi mujer sonándose con el último kleenex sin usar que le quedaba-. Anda, pídele a un vecino la basura y bajas otra vez, verás como notas el cambio.

                  Fue mano de santo. Bajé con rapidez, me situé junto al bidón gris, pisé el pedal y metí a la primera la bolsa de plástico con autocierre y antigoteo. Una faena redonda.

                  Subí los escalones de dos en dos y me sentí como nuevo.

                  Qué fácil habría sido ponerle tocino a mi vida para comprender que la mayoría de los problemas, bien engrasados, te hacen ver una solución en la que, de otro modo, no habrías caído.

                 

                  Tengan todos ustedes muy buenos días.


Mascotas (9)

2014/05/17

Elena Morado, la jirafa.

 

                  Mientras terminaba de limpiar la última chimenea del Castillo de Lord Osis, quinto conde de Chastantown, la encontré. Me di de bruces con su cara, adornada de un delicioso bigotito de hollín al más puro estilo de Charlot. Ella se escondía, pero no me dijo por qué hasta la cuarta vez que se lo pregunté.

                  -Te responderé porque veo interés en ti, trepa muros –me escribió en un Ipad.

                  -Pues mira qué bien –respondí.

                  En un texto con tamaño de letra 12, excelente para mi vista, y con su cuello protegido por el excepcional muro de ladrillo de la chimenea, la jirafa resumió sus datos personales, incluyó un breve currículum profesional y me dio motivos para huir del castillo que moverían a compasión a cualquier ser humano capaz de moverse a compasión.

                  Uno de los más llamativos consistía en servir de entretenimiento para el “juego de los aros”: cientos de invitados del conde lanzaban desde el suelo enormes anillos de plástico de distintos colores al cuello de la jirafa (me dijo su nombre: Elena) y el que conseguía dejarlo insertado recibía  un panecillo con dos terrones de azúcar, de los cuales uno debía compartirlo con ella… ¡pero jamás lo hacían! El que fallaba en su intento, recibía cuatro bofetadas. A pesar de ello, muchísimos miembros de la realiza insistían en probar suerte en el juego.

                  El problema, sin descartar el aburrimiento y el malestar de Elena, llegó cuando algunos participantes afirmaron que la jirafa se había “movido queriendo” en muchos lanzamientos, provocando errores y carrillos hinchados de inmediato, dado que los mayordomos, provistos de inmaculados guantes blancos, propinaban con rapidez y agilidad los soplamocos a los que no habían logrado el objetivo previsto.

                  Harto de quejas, el conde decidió bajarle los humos a la jirafa, castigándola a recoger del suelo los vasos de papel y otros restos de una fiesta. Ofendida por ello, la jirafa corrió a esconderse en la cercana fábrica de cartón propiedad del conde y allí la encontré, su cuello camuflado por el tubo de negro ladrillo.

                  Comprendí que aquel antro, plagado de cagamandurrias cosidos a títulos nobiliarios, no era su lugar en el mundo.

                  Fácilmente convencí al conde de la necesidad de limpiar aquella chimenea a conciencia; desatornillé el tubo dejando a Elena dentro y la cargué en mi motocicleta sin que nadie advirtiera mi rapto, quizá debido al reparto equitativo que llevé a cabo al fumigar por el aire cien litros de amoníaco y otras tantas bombas de hollín antes de bajar.

                  Por el camino avisé a mi mujer y en cuanto llegué a  casa me esperaba con unas tijeras de uñas con la que liberó con facilidad a la jirafa de su collarín de ladrillo macizo. Mi mujer es muy mañosa.

                  Serví unas copas y, antes del amanecer, conseguimos convencerla de que se diera de alta en el padrón con nuestra dirección. Nosotros disponemos de doce chimeneas: soy uno de los mejores coleccionistas de Europa y la mayoría las he adquirido en subastas o en limpiezas donde las ensucio más de lo que estaban para quedármelas cobrándole lo mínimo a los dueños. Elena las probó y eligió una de tubo de cerámica con cobertura interior de vidrio, nada tóxica y bastante flexible, que le permitía dormir cómodamente de pie sin tortícolis, su peor pesadilla.

                  No hay una sola telaraña en casa desde que vive con nosotros. Dado lo lejos que puede ver, nos avisa de visitas de cuñados y primos, dándonos cobertura para huir a tiempo. Entre sus grandes prestaciones, está la de servir de tobogán para niños menores de tres años y con poco peso, dada la escoñadura de sus cervicales. Los vecinos están encantados.

                  Yo, por mi madre de mi alma, la veo contenta. 


Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXV).

2014/05/17

Deprimirse. 

                  Según el Diccionario, poner cara de tirria al ver de cerca a los primos carnales y a los ganadores en las carreras. Y no te digo nada cuando cada lunes se te arrima la prima de riesgo.

                  Derivados son Deimprimirse, sacar fotocopias de uno recién levantado, o Deprimarse, dejar de cobrar unos céntimos extra cuando uno ha terminado el trabajo con asco o sin corbata alguna. Se usa mucho también el Exprimirse, que es dejar de sacarse jugo cuando le aprietan mucho a uno.

                  Ciñámonos al original.

                  Yo me deprimí una vez, allá por 1964, cuando fui pelado como un prelado. Fue un impacto directo al ánimo, pues descubrí al mismo tiempo el fresquito en el colodrillo y el espejo. Tenía siete años y no perdoné al mundo hasta cumplir los diecisiete, año en que comencé a pelar trimestralmente mi cubierta cerebral hasta el nacimiento de las sinapsis, con el fin de abaratar costes y poder beber a fin de mes.

                  Desde entonces, tengo una gran comprensión hacia los que se autocalifican como deprimidos, o Deoprimidos si es por cuenta ajena. Parece ser que, comparados con el que se deja agujerear tontamente el hígado, el que se deprime goza de un status etéreo, aún no definido, un escaloncito por encima de aquellos, gente que derrocha gasas, tiritas e hilo de sutura, que no se echan a llorar ante un córner mal sacado que se va directamente fuera de banda.

                  Hagamos digresiones, perífrasis y devaneos:

                  ¿Qué haría un depresivo en el Pleistoceno?

                  ¿Quién, de los que huían despavoridos delante del tigre sable, se pararía a charlar con él, haciéndole preguntas delicadas para no herir sus sentimientos y ayudarle a salir del bache?

                  ¿Qué mujer pleistocena, sin depilar, aguantaría a un troglodita hasta arriba de néctar sentado a las tantas en la Rockateca, diciéndole que sus ocho mujeres no le entienden? ¿no le daría pasaporte y se iría con un cruce de gorila y mamut, a romper las camas de granito de la época, dejando al autodesconsolable con dos palmos de narices al volver con dos cuernos –de cerveza- de más?

                  Se echa en falta una victoria social, un salir victorioso de una batalla donde el ser humano aplaste a un gran enemigo. Este podría ser el caso. Para ello, doy –gratis en oferta hasta el 29/10/2112- una relación de reacciones ante determinados problemas que irán creando una masa alegre ante las dificultades, deseosa de vivir ante las incrustaciones de balas y algo más enamoradiza.

                   CASOS/RECOMENDACIONES

Golpe en la espinilla al amanecer/Dormir con espinilleras transpirables.

Café tibio, pérdida del autobús/Mudarse cerca del Vesubio. Ir en globo

Desamor continuado/Bailar en taparrabos al bajar la basura

Fallo en exámenes determinantes/Estudiarse sólo “lo que cae o ponen”

Conocimiento de cuñadas feas/Ir a la reunión con amigos aún más feos

Sufrir de gases en el trabajo/Romper papeles simultáneamente

Te toca presidir la comunidad/Dar la vuelta al mundo ese año, fíjate

No te toca la lotería/Toca a la lotera: está de pan y moja

 

                  Y así, sucesoriamente.

                  No te dejes caer en la tontación y líbranos de más.

                  Cuando uno tiene la llave de su vida, no tiene por qué estar bajando siempre.

                  Ánimo, muchachos y muchachas del mundo. Luchad contra ese intento de pena constante que ponen quienes nos quieren vender hasta los sueños. Como diría yo, Mohón pa ellos.

                 

                  Tengan todos ustedes muy buenos días.