Reflexiones de un sábado por la mañana (CCLXXIX).

2014/07/26

Solución.

 

            El hombre negro caminaba por la calle; resolvía mentalmente el problema del racismo; pondría blanco sobre negro en el papel con relativa facilidad, se dijo, cuando un hombre blanco con zapatos de charol le preguntó la hora. Se informó al respecto mirando sus manecillas negras sobre un redondel blanco, se la dijo y se dijo después “le he dado mi tiempo a ese hombre y se me ha quedado la mente en blanco”. Siguió andando, cruzó una calle y le faltó muy poco para ser atropellado sobre el negro alquitrán por un blanco que conducía un coche blanco de neumáticos negros, ya que éste se paró antes de la blanca señal de paso de peatones. El hombre negro se asustó pero no llegó a ponerse blanco –en realidad, unos cuantos cabellos blanquearon- pero sí lívido. Continuó su camino, ya distraído, confuso, sintiéndose el blanco de las miradas de los hombres blancos y negros que pasaban junto a él. Entendió mal a una anciana vestida de negro –quizá por luto, que es ir de blanco en la India, fíjense- que le invitó a sentarse sobre un blanco –ella juró que dijo banco-; pasó deprisa junto a un hombre blanco con gafas negras que jugaba al ajedrez con un hombre negro de camisa blanca y corbata negra, sin precisar quién de los dos jugaba con las blancas y quién con las negras. Pensó en tomarse un café bien negro con algo de azúcar blanca, pero pidió por error un vaso de leche bien blanca. Se sintió mal y buscó la cartera negra, no la encontró, se le había caído al entrar en el bar sobre una losa blanca. Pasó un mal rato al pensar que estaba sin blanca. Mejoró cuando una mujer negra de dientes blancos se la devolvió. Quiso invitarla, pero su hombre la llamó desde debajo de su negro sombrero, y ella se fue con él en un coche negro. Tengo la negra hoy, se dijo, aunque creo que tengo el alma blanca. Lo dijo en voz alta, y confundió a la gente haciéndola creer que tenía un puñal. Él lo negó, afirmando que jamás había disparado a un blanco. O sea, a una diana, quiero decir, dijo, y por supuesto que tampoco a un hombre blanco, aclaró como pudo. Unas nubes negras se cernían sobre su espíritu ese día, se dijo ya sólo para sí. Cruzó pasos de cebra pisando el blanco, luego el negro… varias veces, sin un orden. Llegó por fin a casa, masticó feliz un trozo negro de regaliz, sonrió con la pasta blanca en sus dientes, la espuma blanquilla en su mejilla, las blancas sábanas en su cama… y se sintió seguro de nuevo cuando, al pulsar el blanco interruptor de la luz, todo se volvió negro y silencioso. Esperaré a mañana, temprano, a ver qué pasa, se dijo mientras se quedaba dormido. Le aterraba pasar una noche en blanco.

            Tuvo un sueño donde intervinieron exactamente siete millones de colores. Despertó y llamó a su jefe; ya tenía una solución.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

 

 

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