Relexiones de un sábado por la mañana (CCLXXX).

2014/11/15

Caso Malahe.

Al entrar en el cuarto semioscuro, la mujer adapta su visión y consigue distinguir al fiscal Ignacio de Abedul y Moriscos, que instruye el caso Malahe.

-Buenas, pedazo de carne imputada. Siéntese en el suelo hasta que haya presupuesto para, al menos, un cojín deshinchado y polvoriento.

-Muy buenas, juez de primera estancia, porque esto no tiene pinta ni de hotelito sucio.

-¿Sabe usted cómo se llama?

-Desde siempre: con golpes en los nudillos si puede haber alguien al otro lado de la puerta haciendo posturas de avance y retroceso. O bien, al timbre o a gritos. También por teléfono.

-¿Y de su nombre?¿qué me dice de su nombre?

-No lo recuerdo. No me líe con preguntas trampa.

-O sea, ¿que no está cuerda o que no recuerda? ¿se acuerda de algo?

-Mismamente de cualquier cosa que usted no me pregunte.

-Vamos a ver, pedazo de hija de la gran imputada, ¿sabe por qué está usted aquí, ahora?

-Si tengo prohibido hablar hasta con mi MariPaqui, la que me viene a planchar, comprenda cuando pueda que tampoco sé por qué está usted aquí. Ni estos doce perros con colmillos brillantes a mi alrededor.

-Es por la piel de su abrigo. El conejo estaba recién fallecido y estos doce lo huelen todo. Dígame, siesa y evasiva evasora, ¿reconoce algún papel de estos que le voy poniendo cerca?

-Sí señor. Todos son papeles auténticos. Quizá este de aquí, plastificado, engañe al principio. Pero no: también es papel. A4, textura de 80 gramos, prensado uniforme y satinado al 45%. Mire, que llevo ya un rato sentada aquí. Digo yo que no me empapelarán ¿no?

-Hablemos ahora de las ganas que me están entrando de estrangularla. Tengo un obstáculo demasiado grande para ello.

-¿De índole profesional o ético quizá, señor instructor del caso?

-Nada de eso: es el collar de pedruscos que le cubre el cuello. Es un problema técnico en principio, pero por principios le pregunto ¿quién le ha comprado ese collarín de diamantes?

-Estamos como al principio: no me acuerdo ni de lo que es un cuello.

-Bueno, señora PérezPáez de Garangoitia Valls de Uxó, se lo diré una sola vez y acabo de hacerlo (guay la frase ¿ein? es de Dillinger): ahora mismito hago pasar aquí dentro, y con derecho a silla, a su MariPaqui. Y vamos a ver cómo anda de memoria la que le plancha.

-Ay, Señoría Señor: que se me ha quitado de pronto el 95,77% de la mandanga que traía. Ella anda de memoria como yo, un paso primero y otro después, pero tiene tres primeros premios en chismorreo de la comunidad de propietarios. De nosotros, se sabe hasta los nombres de los niños de las querindongas de mi marido. El muy cabrito, dicho sea de paso.

-Entonces ¿se va animando a largar cuerda?

-Hombre, si pusieran un orujito y unas pastas…

-Tenga, mortadela y pan de hoy.

-Vamos allá. ¿Empiezo por chaleres construidos sobre zonas verdes futuribles o le doy a los tres viaductos que se han quedado en columpios?

-Empiece, si puede ser, por el origen del saco de cien millones en efectivo.

-Pues, en efecto, ahí voy. Todo comenzó el día en que, al caérseme unas bragas en un centro comercial de venta de bragas -no se confunda-, se me acercó el hoy mi marido y entonces aspirante a pintar los pasos de cebra de la capital para lo que no disponía de capital. Tendría yo entonces veinte años, para mí eran tiempos difíciles pues no sabía leer la hora en un reloj.

Se acercó a mí, se guardó las bragas -amarillas a más no poder- y me dijo:

-Algún día tendrás quien te diga la hora que es cada ratito.

Y añadió:

-Puede ser hoy mismo –me dijo- y me regaló las bragas amarillas en cuanto salimos del centro comercial.

Después, merendando, me contó sus planes con algo más de detalle.

-Estoy pensando en un concejal de urbanismo que es muy tonto, gracias al cual, con lo de los pasos de cebra, voy a trincar unos veinte millones de euros para comprar misiles, ayudar a derrocar al gobierno de Zambuleya, venderle al ejército golpista los calcetines que se han quedado impares aquí y sacar otros diez millones limpios. Con ellos, me trinco la concesión de baches de carretera –provocaba siempre los mejores baches, es verdad- y con ello me hago con el monopolio de la instalación de retretes fijos en los trenes.

-Aprovechando que los senadores viajan mucho y se ponen perdidos. ¿no? ¿Nada más?

-¿Le parece poco para empezar?

-¿Tiene usted pruebas de algo de lo que nos ha contado?

-Yo probaba los coches nuevos.

-¿Pero aprobaba sus métodos?

-Yo no aprobaba ni la ESO. Porque doña Saturnina me cogió manía.

-Hablo de cómo ganaba su marido el dinero.

-Él decía que…

Entra el marido de pronto e interrumpe el interrogatorio. La mujer se le echa encima y se le cuelga de la corbata llorando.

-Mírame, rodeada de perros, tirada. Como en la noche de bodas.

El marido sonríe y el reflejo de su colmillo deslumbra al fiscal.

-Vámonos, que esta ronda está pagada.

La mujer es la única que responde.

-Pues te habrá salido por un euro con treinta la convidada porque fíjate: vasito de agua y bocata de fiambre básico.

-Nos quedaban cuarenta minutos para que prescribieran todos los asuntillos que me querían endiñar. Ya llevamos, gracias a ti, cinco minutos de ciudadanos legales y libres. Vámonos pa casa, niña.

-Pues nada, encantada, fiscal. Que Dios guarde a usted muchos daños; por lo menos que le piquen los codos.

Antes de salir, echa la piel de conejo a los perros, que dejan el bocadillo de mortadela sin terminar y se van a por el abrigo.

-Así tienen algo para morder –dice la mujer saliendo con el marido en brazos.

Tengan todos ustedes muy buenos días.