Sanedrín 1. Fiscalattack.

2015/06/15
                  -Buenos días, y es deseo para algunas, dudo que lo sea jamás para mí –dijo la mujer al entrar en el reservado del club Los Chachis. Traía la color perdida y el aire a medio respirar.
                  -Hola, María Luciérnaga –respondió Ablaida Laportaire, jefa moral del grupo de amigas habitual-. Hija pordió, ¿qué te acontece? Ni ese es tu rostro habitual, ni luces perlas. Desembucha y aclara tu actual estado de espíritu, entre abatido y zaherido, a mi docto entender.
                  -Hoy, amigas, he pagado impuestos. Así, como suena.
                  Federiquita Dosmuerdos cayó al suelo. Las primas Betsabé y Logoldrina de Amuillons se lanzaron a por el tequila y llenaron las tazas de café que vaciaron de café previamente. El resto, mudas de asombro, hablaron por señas, como era de esperar.
                  -¿Y cómo ha sido? –articuló con dificultad Ablaida, la socia de más empaque.
                  -Ha sido como un pronto: después de sólo diez notificaciones firmadas por mi cocinera, enviadas después al fogón para no dejar huellas mías, me veo, hoy mismo, el cargo en cuenta.
                  -¿Importe, querida? –preguntó Ablaida.
                  -A mí el importe me importa un relleno de condón, vosotros lo sabéis, queridas. Es el detalle lo que me duele.
                  -¿Concepto, querida? –perfiló la veterana amiga.
                  -Nada de eso moderno. Ha sido concreto, un latigazo de trescientos y pico pondios contra un saldo inmaculado, sin tocar desde primero de mes, dado el gorroneo que gasto a costa de quienes me invitan.
                  -Pues lo de la gonorrea, y además impuesta, te lo tendrías que mirar –dijo Federiquita, prudente, desde el suelo.
                  El aire perdió algo de su densidad mortal y María Luciérnaga, Lucy en realidad, pudo inhalarlo, sentarse y pedir un whisky, dada la desaparición del nivel inicial de tequila en la botella comunitaria.
                  -¿Quién ha podido perpetrar y llevar a término este sórdido ataque? –preguntó Federiquita, una vez levantada sin ninguna ayuda.
                  -Pa mí que ha sido Úrsula Parmenia Moctezumo, una antigua amante de mi primogénito, el Chindasvinto José. Trabaja en Hacienda –ella, mi Chindas no la ha doblado en su vida-, y un día, en pelotas, sentada en mi cama sobre mi hijo, la vi revolviendo mis documentos. Aunque no puedo estar segura.
                  -¿Y el móvil? –preguntó Ablaida para buscar un ídem.
                  Lucy puso el último modelo de smartphone sobre la mesa. Jugaron por turnos al tetris y siguieron con la charla.
                  -No, titi. Me refiero al motivo.
                  Lucy se paró a pensar, se tomó el analgésico que le amainaba la jaqueca en esos casos y confeccionó una lista completa con una posible causante de su dolor.
                  -No te inclines tanto sobre la mesa al escribir, Lucy querida, mira no te vaya a dar una hernia fiscal –dijo Federiquita.
                  -Ya está –dijo Lucy-. Esto va a ser lo del ministro. Se vino a merendar y pidió una contribución para su partido. Mi hijo –como siempre está en casa por medio y es tonto- le dijo que nosotros teníamos muchísimas. Todas sin pagar. Cogió unas pocas del cajón y el ministro dijo que mandaría a su ayudante a recogerlas. Aquí cada uno entendió lo que le salió del píloro y la ayudante resultó, como he dicho, una antigua querindonga del niño.
                  -Un día negro –corearon las reunidas.
                  -Colecta aparte –dijo Betsabé con voz firme-, no sé qué podríamos hacer.
                  -Ya sé que no saldrá un céntimo a mi favor de vuestros bolsos de precios prohibitivos, nenas –dijo Lucy. Y añadió-: Era mi deber avisaros. Hoy soy yo, mañana puede tocarle a cualquiera de vosotras.
                  El silencio se adueño del grupo: otra experiencia nueva. Sollozaron unos segundos sin moquitos mientras un concierto de teclas iniciaba una serie de llamadas febriles. Al otro lado, chachas, cocineras, institutrices y amas de llaves recibían instrucciones claras de sus señoritas:
                  -Como le abras la puerta a alguien te parto el rostro. Ni al ministro. Ni al fontanero. Pues que se inunde. Ni al novio de la niña. Ni al otro. Ni a esa lagartona. Ya está bien. Sigue con lo tuyo.
                  Con una botella nueva en medio de la mesa, la reunión volvió a su tono de siempre.
                  El segundo punto del orden del día era discutir –y dar por definitivo para toditas las de grupo sin excepción- si se seguía con las medias hasta finales de junio o era ya el tiempo de lucir los muslos.
                  Ahí sí que había motivo para la preocupación. Como siempre, se sortearon los turnos para hablar.