Reflexiones de un sábado por la mañana (CIII).

2010/02/06

PRÓRROGA.

Ayer mismo, sin ir más lejos, cambié mi habitual indumentaria casera, restos varios de chándals con más o menos gloria a sus espaldas, por la de un conquistador de barra y vaso largo, hielo hasta el borde y ron miel hasta menos de la mitad. Pelo húmedo, sin llegar a pegarse al melón, pantalón de raya impecable, camisa sin corbata con cuello fuera de una chaqueta atrevida sin estridencias y unos zapatos que apenas me apretaban.

Eso y la postura.

Sin ser acrobática, mi posición relativa con respecto al mueble bar de casa era osada. Mantenía un equilibrio dinámico, cambiante según la intensidad de la lumbalgia.

En cuanto a la luz de la habitación, un saloncito con instalación eléctrica moderada en sus resultados, se podría calificar de suficiente, acogedora y nada deslumbrante según los rincones y los puntos de vista.

Amodorrado por la tardanza, detalles como el de encenderse sin aviso el maldito televisor con un chirriante concurso, cortocircuitado con un par de grescas de gente rarísima, me sobresaltaron en más de una ocasión hasta que encontré el mando a distancia bajo una catarata de cojines y le quité la pila. No quería más sorpresas consistentes en que alguien, después de un anuncio sensato de lejía luchadora contra los gérmenes, se callara ante una acusación de adulterio múltiple sobre una contertulia que respondía con una sonrisa y un “me cisco en tus muertos” de manera inmediata.

Dominados los apartados de aspecto y ambientación, quise medir al milímetro la impresión a causar.

Busqué por debajo del sofá el teléfono inalámbrico y allí estaba. Estaba seguro de que había sonado por ahí al mover los muebles para enchufar el equipo de música. Aliado con don Carlos Gardel, emití por los aires una música que tenía que ser embriagadora unida a los cincuenta centímetros cúbicos de mi colonia regalo de Reyes de hace un par de años.

Tecleé el número de su móvil y, entre las estridencias de una música apocalíptica, mi mujer, el día de fin de curso escolar, me dijo que llegaría tarde, que a mí, enemigo de las discotecas, no me había llamado para no comprometerme. Con lo tranquilo que estaría yo leyendo en casa, envuelto en retales de prendas deportivas. Calentito. Cómodo.

Y me mandó un beso.

Desmonté el tinglado, cerré el mueble bar con cuidado de la bisagra de una de las puertas, cogí mi libro y al par de horas me acosté.

Cuando sonaban las dos de la mañana, sentí un beso en la nuca.

-Vaya, vaya, cómo huele mi Adán esta noche, -me dijo.

Me volví sin encender la luz dando a entender lo difícil que sería conciliar de nuevo el sueño.

-Claro, como tú vienes de una fiesta… -dije con acentuado tono de modorra, cansancio y sensación de abandono.

Ella no encendió la luz, pero en la penumbra pude observar su cadencia en el streap tease. Primero la falda, después una bota, a continuación un pequeño resbalón con ruido de perchas en el suelo y finalmente un sujetador lanzado con broches hacia mi ceja derecha, que no sufrió daños ni se quejó.

Al meterse en la cama, vampiresa y felina, su rodilla impactó con limpieza en mi estómago, fría y compacta, para hacerme emitir un gemido que ella interpretó como siempre: como la acogida de dos amantes fieles, expectantes siempre, sin concesiones a las pausas que imponen los achaques. Con un pacto que se prorroga, después de tantos años, un día detrás de otro.

Yo, por supuesto, ya no llevaba puesto ningún chándal antiguo.

Tengan, se lo deseo toda la vida a todos ustedes, muy buenos días.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVII).

2009/10/17

Qué pena de muerte.

Si algo es noticia/novedad, nos llama a su comentario para que su interés no decaiga pronto, o mejor, para que se exprima el máximo contenido en opiniones y debates. Trae una fecha de caducidad escondida, que se activa con la dejadez, el aburrimiento o, mucho más generalmente, el cansancio que produce hablar de lo mismo.

Menos mal que hay quien tiene paciencia y tenacidad. Gracias a ellos los asuntos que sabemos –todos- que son importantes, no se pierden en discusiones de un día, con acaloramientos que dejan paso a la sección de deportes.

Oigo hablar de la torpeza reciente para aplicar una inyección letal, que deja al descubierto que en cualquier lugar se encuentra el esperpento. Por esa noticia entro a opinar en contra de la pena de muerte porque –insisto tras dejarlo claro en el título- no hay pena mayor para el que la sufre ni para el que la aplica, el mismo ser humano.

Hemos glorificado a demasiada gente después de dejar de vivir. Y, menos mal, magnificado hasta que se tome en serio el hecho de abortar, para que se reconozca que es, ante todo, una tragedia con límite el respeto a la libertad de la mujer, según mi criterio. Pero no hemos valorado todavía lo suficiente quitar una vida con la ley soplando a favor.

Hay ya demasiadas muertes inevitables. Tanto jugar a beber por beber y esnifar por aguantar de pie la bebida, tanto conducir para llegar antes al final de la vida, consiguen una mortandad que, vista desde fuera como especie, nos informa bien del valor real que no le damos a la vida.

Demasiadas como para añadir las que se hacen en países que se llaman democráticos y generadores de estados de derecho.

Argumentos: Uno sólo. Si se mata a un inocente, uno sólo, ya no hay más que hablar. No me sirven de nada exámenes de ADN que se aprueban en septiembre, en lugar de la convocatoria que coincide con una ejecución. Aunque esas notas sean brillantes y digan que no, que el sacrificado no tenía nada que ver con los cabellos, la sangre o la piel de la víctima. Si no se le ha matado, se le puede intentar devolver algo del tiempo que ha vivido recluido. Si se ha hecho, no hay nada que hacer.

No nos queda más que reconocer errores de educación. No hemos sido firmes con generaciones de caprichosos, de vagos y de egoístas que afloran como los vinos, con los años, pero hechos vinagre fuerte.

Está, por supuesto, la reacción en caliente contra el asesino despiadado. Ese que no sabe respetar y nos destroza si nos quita a quien queremos. Pero vivir protegidos por un Estado nos hace ceder en confiar en el sistema judicial y en el ejecutivo. No en el ejecutor.

Es probar que no somos como ellos, quizá, otro argumento. Es, casi seguro que sí, exigir el cumplimiento íntegro de las condenas. Ningún crimen execrable debe salir gratis. Por puro respeto a la víctima y a las personas que le querían. Por puro respeto a la vida, nuestra primera obligación. Incluso la de los criminales.

Aún con lo anterior, por valorar la vida humana sin letra pequeña,

Tengan todos ustedes muy buenos días.


LA SEXUALIDAD.

2009/04/26

Por unos atracos que no vienen al caso, y dado que estaban reformando la salita de estar de la cárcel, fuimos obligados a acudir a cursos de la parroquia. Entre los de Teología Para Sordos y Dominio del Flato, descubrimos que Pascual Baaser leía en realidad “Amorcito Chachi”, en lugar de los obligatorios indicados por La Conferencia Episcopal a cobro revertido. Un libro equivalente al “Katresutra, momentos álgidos”. El autor, Ataúlfo Llador, huyó del país dejando como apéndice un informe de traumatología donde se advertía de contorsiones compartidas, con especial atención a esas en las que acaban apareciendo en la cama seis pies o más.

En el prólogo, Ataúlfo comenzaba con una frase llena de sensibilidad:

“Escribir sobre el sexo, de todas todas, debe doler; yo lo haré en papel”.

Destacamos algunos párrafos del manuscrito:

En el Edén Todo estaba permitido, rindiéndose el Altísimo ante el altísimo nivel de rendimiento. Dada la temperatura ambiental, se podía estar sin chaleco ni refajo, y se acabó por perder la llave del armario ropero. A pesar de las distancias infinitas del Jardín, Adán se las arreglaba para no irse lejos de Eva, es decir, no evadirse. Se puede decir que las cosas iban bien. Dos días más tarde, por un innecesario y demasiado atrevido numerito con manzanas, estaban  en la calle, con una maleta llena de ropa sin libro de instrucciones.

Y pasó el tiempo. Y para el sexo, antes sin reglas, llegaron las jaquecas, el trabajo, el fútbol… y las reglas.

Históricamente, la cuestión se ha desarrollado de la forma siguiente:

El amor platánico, inventado por los monos, fue solo una corriente pasajera que triunfó en unas islas cercanas a Tenerife.

Después, con los caballeros andantes, siempre de batalla en batalla, muchas se hacían pajes,  o sea, se nombraban muchos pajes al día, surgió el tiempo dorado para los pajes.

El Renacimiento hizo que niños con casi dos meses tuvieran que pasar de nuevo por un trance que ya creían superado.

Aparecen con el Humanismo los primeros textos sobre usos amatorios. Plutarco Llonis defiende en su “Il Miggoriamore, il piu cachondi” el beso dulce y tierno de catorce horas, con repentino y bromista mordisco final en la nariz.

Antes, en Roma, se superó el número impar mayor que tres en cualquier número de los que se montaban en palacio. Los bárbaros llegados del norte no pudieron menos que exclamar “a esto lo llamaremos barbaridad, cobrando derechos de autor”.

Con el Romanticismo extremo, amor y sexo se vuelven imbéciles. Todos quieren sellar su vida matándose si su querer no es correspondido. Ni en Correos se quieren matar bien los sellos de la correspondencia, y se incoan cientos de expedientes.

El siglo XX divulga, se chiva, de muchos secretos del amor. Surgen las películas que nunca ganan el Oscar al mejor vestuario, pero están nominadas al de efectos especiales.

Se gana la libertad para la mujer en muchos campos, y algunas ciudades. En el sexo tienen mejor criterio al poder comparar y muchas reuniones de comunidad de propietarios acaban de mala manera nada más entrar la del sexto, Ignacia Pamordé.

El sexo se expande y llega como asignatura a los colegios, en aulas que llegan a contar con más de veinte profesores y personal nada docente,  ávidos de aprender.

La legislación puso freno, prohibiendo situaciones como la provocada tras la emisión en Canal Soez de: “Lo que inventa Vicenta a cámara lenta” y su posterior debate entre  monjas invitadas al programa, no sabemos de qué congregación, con los hábitos hechos jirones.

Con esta obra, Ataúlfo pasa a formar parte de nuestra selección de autores favoritos. Y su libro, el segundo de nuestra colección, a ocupar un lugar de privilegio en nuestra estantería.

 

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (LVIII)

2009/03/28

Parece inevitable definirlo como lo haría un médico con un diccionario en la mano: Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. O bien: Sentimiento de pena y congoja.

Trivial cuando te han dado una pedrada en la espalda, no tanto en el caso de la patada en los simétricos pendulantes… Insufrible en las muelas finales, las del juicio, lo que explica al final lo del Juicio final.

¿Es un fin o es un medio, un aviso de que algo funciona mal?

Yo apuesto porque es una alarma. Pero reconozco que, para decirme que tengo que arreglar algo, no necesito que me griten al oído. Así pues, propongo la búsqueda del dolor mitigado justo en cada caso y bien clasificado. Si me duele el pie, que no signifique encontrar una dolencia rara en medio de un pulmón.

Pero da la impresión de que el dolor se ha hecho dueño de sí mismo. Y que dolores terribles, como el del parto, se llevan una vida de mujer esperando y no dan miedo. Y que el miedo a la soledad, a lo desconocido, al desamor, a la muerte, no se han aprendido a tolerar.

Si voy a una consulta dental, antes de escoger la antigua revista de motor para la espera y sentarme, un señor me tiene preparado su historial detallado de padecimientos, muela a muela, diente a diente. Con el tiempo, antes de que empiece le amenazo con contar mis penas y las de mi abuela. La única forma de no entrar en celebrar dolores pasados, ni propios ni ajenos.

Se hablaba mucho hace años del dolor de corazón, que se refería a la pena por haber ofendido a Dios. Es curioso que hoy parezca un dolor menos latente. Puede que lo relativo de las normas de la Iglesia haya supuesto anestesia suficiente para ese dolor del alma. Aquí querría plantear la sustitución por el dolor causado al provocar dolor a los demás. Tendría que ver con la dignidad. Sería más concreto.

Hay dolores intensos, agudos, pero pasajeros. Unos tienen que ver con el del codo, el de la viuda, que no siempre tiene la culpa. Otros se ven compensados por un gozo paralelo. Véase un gol tras una enorme patada en la espinilla, o un primer beso tras una primera bofetada en la primera aproximación. Hay riesgos compensados.

Por desentrañar quedan el dolor de la traición y el de la humillación del ser humano. Más sutil que ninguno y sin medida, rompe en pedazos el alma de quien esperaba un apoyo y es dejado de lado en un momento terrible. Hay ejemplos tan monstruosos, que, una vez detenido y juzgado el culpable, al propio abogado defensor se le oye pedir la existencia de un infierno como Dios manda.

El dolor también nos califica. En pequeñas dosis deriva a la pereza y basta con levantar el culo del asiento, ayudar en algo y esa pequeña victoria nos ha hecho mejores.

En dosis que se acerca a nuestro límite de sufrimiento, el dolor nos lleva a convencer de que nadie ha padecido así antes. Seremos insoportables.

Ya lo dijo Remington Steel: No es el dolor que la vida te cause, sino cómo te enfrentas a él. Ahí está el secreto a voces. Aprendamos de las mujeres que, recién paridas, piensan más en el niño que en sus dolores. Son un buen ejemplo. De los mejores.

Y bueeeeenoo:  A un par  de días en casita, con gripe, entre mantas, todos tenemos derecho. La cosa está en no abusar. Si no consumimos nuestro crédito de quejicas, siempre habrá quien nos cuide y nos mime. Al tercer día, parriba que la vida es muy corta.

 

Tengan ustedes muy buenos días.

 


LUNA DE MIEL.

2008/06/08

Mira, Juan, no te amofletes; que yo en el avión me reí porque a nadie más que a ti se le ocurre pedir caracoles para cenar en un Boeing 727; aunque sea “su tiempo” en el pueblo. Anda, cógeme en brazos para cruzar la puerta de la habitación. Sssi, después de las maletas. Bueno, después del baúl y del saco de naranjas. No pasa nada, es que la puerta era estrecha. ¡Cuidado!; vaya, no, no, que ya me levanto yo sola. Tú ve quitando las maletas y las naranjas de en medio. Voy al baño y en dos minutos estoy lista. Juan, ¿minuto y medio y la tele puesta? Lo de la paciencia de los cursillos prematrimoniales no te lo has estudiado. Y, encima, son documentales. Ah, que son del cultivo de naranjas. Bueno. Oye, mira qué picardías llevo. Y el champán fresquito, fresquito. Ah, que te da gases. Pues naranjada, que es muy sana. Juan, fiera, voy pallá. ¿Que me vuelva y apague? Bueno, muy bien… (si total, yo ya sé lo del bisoñé).

 


LA ROPA

2008/01/27

En su sitio.

Mira, Clara, yo solo. Ha sido como un pronto ¿no? Siéntate, siéntate, que te lo cuento. Pues llego del partidito, que, por cierto, hemos ganado tres a dos. Síííííí, ellos eran dos y nosotros tres, pero no me distraigas. Al entrar, llama el del Círculo de Lectores. Le digo que ya tenemos uno, que gracias. Voy a por algo fresquito y veo la montaña de calcetines marrones en el sofá. No paso de largo como tú dices, sino que me zambullo en el montón. Y vaya si he encontrado el mando a distancia. Menudo soy. ¿la ropa sucia del partido? Ah, sssí, debajo del sofá, creo. ¿Doblar los calcetines? Pues no, no se me ha ocurrido. Desde luego, le quitas a uno la ilusión de llegar a casa.

Recogida.

Que no… ¡qué va, hombre, por mí nadie va a saber lo tuyo con los números! te dejo Manolo, un abrazo. Nada, mujer, naaaaaada,… 71.000 euros, sí, de los seguros del suegro, si. Nooo, no los declaaaraba. Sí, en hoteles. ¡Síiiiiiii!, con Susana la enciclopedia, eso mujer, la volúmenes. No, no creo que vaya a prisión. No te pienso decir nada, Clara, así que no preguntes. Que ya voy a recoger la ropa y la llevo al cuarto de la lavadora. Ese cuarto, digo yo, será el de las latas de aceite y donde curo yo los chorizos, ¿no? ¿ves como sé dónde están las cosas?  Ahí la pongo toda.

Tecnicismos.

Ajá, la blanca con la blanca. La de color con la de color. Pero ¿qué color con qué color? A ojo, ya. Pues mejor pruebo y aprendo con la blanca. Lejía, pero poca. Suavizante, pero no antes. Está claro.  Se cierra y ya está. ¿Qué botón, el rojo? Pues no veo que ande. Menos gritos, qué quieres, no haberte puesto al lado de la aspiradora. Bajas por otras bragas y ya está. En la lavadora también hay un botón rojo. Bueno, le doy al que dice lavar bien. Oye, ¿no tarda mucho? ¿Me da tiempo a ver los goles?

Tras las máquinas.

¡Hay que ver lo que avanza la tecnología! Al centrifugar, la lavadora ha llegado hasta la misma puerta de la terraza, la criaturita. Bueno, abro y saco la ropa, que hace muy buen día y  da gloria tenderla. Vamos allá. ¡Este tenderete de plástico, ábrelo tú o lo tiro por la azotea!, ¡menudo pellizco! Pues parecía al revés. La ropa interior dentro, ¿no?, ah ¿fuera también? Cojo por ahí, pongo la pinza, sujeto la manga, no suelto… Bien, bien, ya bajo a pedirle al vecino que me la dé. Pues no ha caído a la calle. Ah, vaya que el viento sí la tirado a la calle al final. Como tengo que ir por el pan, aprovecho. Siento que esta cuestión de la ropa está bajo control.

Orden.

Sí, he sido yo: Me ha parecido conveniente un cambio en tu forma de guardar la ropa en los armarios. Para no liarte he puesto pegatinas indicadoras. Las toallas de baño hacen de guardapolvo para las chaquetas y abrigos; y las sábanas envuelven los pijamas, en una idea de finalidad parecida, según te indico en las notas adhesivas. Pues qué carácter, hija, con la voluntad que le he puesto. ¿Todo como antes? Pero si yo nunca he sabido como estaban antes. Qué genio. Por cierto, a ver si me encuentras el pantalón de deportes. ¿Qué sigue debajo del sofá? Desde luego, mira como eres de vengativa y rencorosa, hijamujer. Anda, termina tú, que voy a organizar la cena. Como yo no esté en todo, esta casa es un guirigay…


DISCIPLINA AL VESTIR

2007/12/20

Amanecer.

Nota de antes de dormir: Jamás volver a mezclar la pasta de dientes en el ron. Aunque se disuelva bien.

Hoy, al levantarme, he sentido la tentación de encender la televisión, y sólo mi mujer con la ayuda de los vecinos han conseguido evitarlo. Agradecido, me pongo los calzoncillos debajo del pantalón, venciendo el resplandor del sol en la cara. Esto último inevitable, pues caí plano sobre la terraza gris de gres.

Desayuno y consciencia.

Ante el desmedido acto al que me enfrento esta mañana, hago acopio de energía mediante la ingestión una serie de bocadillos en orden creciente de proteínas, llegando algo cansado al de jamón, al que ayudo con algo de ginebra. Sólo para no añugarme, le explico a mi esposa, que lo comprende.

Es el momento.

Miro el trapo conflictivo. Es largo y, aunque comienza delgado, acaba tras una extraña progresión en un triángulo picudo que amenaza con pinchar algo si llega demasiado lejos. Me lo instalo como una bufanda y voy hacia el espejo con el libro de instrucciones, sacado ex profeso de Internet por mi esposa, tan solícita.

Inicios.

Acometo la serie de nudos sobre mi cuello de la misma forma en que intenté poner las cortinas del salón. Vuelven a entrar los vecinos, y entre todos impiden que muera ahorcado, al haber pasado la corbata por los rieles. Les invito a una copita y a pesar de la hora agradecen y se la toman. Sobre todo Evaristo, el del cuarto C, que no se había acostado todavía.

Asentamiento y aceptación.

Esto tiene, como todo, sus secretos. Al pasar una vez un trozo sobre el otro, noto que tomo confianza. Vuelvo a hacerlo, esta vez sin mirar y aparece mi suegro en el cuarto de baño. El trabajaba en Almacenes Ligero y me dice que nunca ha visto un lazo mejor para adornar cajas de vinos que el que yo me he puesto sobre el cuello. Solo las tijeras consiguen que se deshaga esta situación tan tensa.

Desarrollo  y madurez.

Cojo la de rayas -regalo de mi cuñado Boris- para el tercer ensayo. Ahora, prudente, no doy dos vueltas al mismo lado, sino que paso por debajo del primer lazo la parte delgada, sorprendiendo al nudo, que intentaba cerrarse. Queda, como resultado, una especie de flor de tela que mi mujer, atenta, pone como centro de mesa, quitando la figurita del niño traído de Holanda que está siempre orinando.

Final feliz.

Nuestro vecino policía, Genaro, que vive justo debajo, piensa que desde las cinco de la mañana lo de mi piso ha sido por culpa de gente que intentaba atracarnos. Entra, pues, disparando y dando volteretas. Al dar una patada en la puerta del cuarto de baño, se quita su corbata negra que le molesta y suelta un profesional “¡ajá!”, a lo que mi suegro le entrega las revistas verdes sin rechistar.

Al recoger la corbata del suelo, veo que el nudo está hecho (la reparten así para los funcionarios) me la pongo y me largo al trabajo, que se me va el autobús.