Doña Petra en la peluquería.

2012/09/02

 Prolegómenos.

Doña Petra salió de la Delegación de Hacienda de su distrito y metió la cabeza en la fuente que hay –al salir- por la derecha de la puerta principal. Un pato la miró con desdén y ella no le reprochó nada.

Dos horas antes, doña Petra había entrado en el edificio oficial con la idea de preguntar cómo funcionaba el Reglamento del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas.

Al llegar a casa, Nati la portera le preguntó por el estado asqueroso en que se encontraban su pelo y sus pestañas y ella lo confesó todo:

-Lotro día nos reunimos en la Asociación de las Amas de Casas Libres de Cargas para dar un giro a las actividades realizadas por las socias numéricas, que somos lo menos treinta. Yo pedí ser portavoz y voto de algo que ayudara a alguien por igual y la secretaria segunda me ofreció la limpieza de alfombras. Prácticamente entre tres consiguieron separarnos a la secretaria segunda y a mí.

››Surgió ante mi protesta una nueva oferta que no pude rechazar, según dicen nuestros estatutos, por ser la segunda en el mismo día. Lo que tengo es por culpa de los tapones para la natación sin granizada, que me lleva a cierta confusión semental. A mí, por lo visto, se me dijo clarito que “Habían puesto sobre la rampa las persianas finitas”, y que yo podía ir colocándolas. No lo entendí bien y me han dado un curso hoy de pagarle cosas a los Ayuntamientos, a las Diputaciones y a cualquier Organillo Público que se ponga delante de un contribuible; vamos, que no pude sino poner a refrescar mis meninges, junto con el cerebro y la cabeza, en una fuente cercana.

››Ahora voy pidiendo hora para la peluquería, Nati, hija.

 

Preparación sicológica.

Esta vez la niña nueva –Evangelina- de la peluquería de Juani no me atiende a mí, por la gloria de Anaxágoras. Como Petra Cantacuellos que me llamo. Como que voy dispuesta a formar un escándalo. Viene del pueblo y tiene que aprender, me dice la gobernanta, ña, ña, ña, con esa voz melínfulas. Pues yo no soy un corderillo de Indias para que se hagan conmigo pruebas peludas del cabello capilar.

 

Prolegómenos.

Llamo temprano y me cogerán para las once. Buena hora, porque así plancho los pantalones de Lorenzo. Voy a salir y justo en la puerta suena el teléfono. Es mi suegra, que no sabe nada de su hijo desde ayer, que qué descastadura es ésta, si puede saberse. Me entretiene hasta las once y tres cuartos largos. Cuando me levanto, veo lo arrugado que he dejado de nuevo el pantalón, sentada sobre él para el cotilleo. Y es que los chismes los cuenta mi suegra como nadie.

 

Entrada de tanteo.

Sonrisas y qué tontería que venga usted, si no le hace falta, cada día más joven. Pero cierra la puerta con llave cuando me voy a dar la vuelta. Seis mujeres ya con el secador, así que  a esperar. La esperábamos más tempranito, me dice. Una urgencia familiar, le digo. Pues coja usted una revista, me invita. Traigo las mías propias, de la semana pasada sin leer, le zampo. Pues Evangelina, que está terminando de barrer, la puede atender ahora mismo, me contesta. Mira, yo con quien me llevo bien es con tu oficiala segunda, Miranda. Así que hago un poquito de compra en la frutería y vuelvo. Salgo como la señora que soy, pero mi pelo da asco y no llevo ya la cabeza tan alta como antes.

 

Reconsideración.

Son las doce y cuarto. Entro de nuevo en lo de Juani y hay otras seis mujeres distintas con el secador. Una de ellas está con el tinte, dos con permanente y a las otras tres hay que cortar y poner a secar. El pelo, dice Juani con una carcajada que rompe uno de los vidrios de mis gafas de cerca. No sé cómo se lo diré al seguro. Me ofrece de nuevo ser atendida por Evangelina, que deja el limpiacristales y la fregona para atenderme cuando yo quiera. Me acuerdo a tiempo de no he pagado el impuesto de bienes inmuebles siendo el último día. Salgo como una flecha, diciendo que me guarden el sitio.

 

Desde el cuartel.

En casa, con la compra hecha y las revistas sin leer, me entrego a preparar el almuerzo. Llega Lorenzo, se sienta y se lleva la bronca por arrugar el pantalón, que encaja humildemente. Tras la sobremesa, hablo con él y comprende mi calvario. Viene solícito con un número de teléfono de una peluquera que va a las casas por las tardes. Quedan a las cinco. Tiempo de sobra tendrás para ir arregladita a la cena de aniversario de la separación de mis padres, me anima Lorenzo, que siempre sabe cómo hacerme feliz.

 

Llamada por el telefonillo del portal.

Los oigo conversar: “Que vengo a lo del peinado. Pase usted, muchacha, que ahora viene mi mujer. Y cuánto tiempo llevas en esto. Pues no mucho. Pero vienes bien recomendada. Ya ve usted. Pues nada, ahí en la mesa hay sitio para ir poniendo los cachivaches. Uy las palabras que dicen ustedes, qué raras”.

Entro en el salón y Evangelina tiene listos el champú, el tinte, los rulos y el secador.  Cuando voy a estallar, saca triunfante todas las revistas de esta semana, sin abrir desde el quiosco, con ese olor a maledicencia fresca, sin comentar.

Me doy cuenta de que todo el mundo necesita una oportunidad y me siento, relajada.

A Lorenzo lo mando a regar las macetas al patio, para que no se distraiga mirando como sube y baja la bata de la muchacha.

 


Doña Petra en un entierro.

2012/02/10

Aparece el féretro, a hombros de diecisiete vecinos del bloque de la fallecida, doña Eloísa Melania Calatrava, la que vivía en el cuarto izquierda, todo exterior.

Aparecen después los conocidos y allegados. Entre ellos, doña Petra.

-Hola Cosme, qué pena y cuanto lo siento no sabría decírtelo, así que no te lo digo.

-Hola Petra, gracias por venir a molestar, tú tan cumplida como siempre. Y dime, ¿de qué conocías tú a mi tía Eloísa?

-La verdad, de poco tirando a nada, porque la vi una vez en el pueblo, cuando yo era pequeña, al levantarse después de una pedrada que le di en la espalda. Pero en estos casos, todo lo malo se olvida y aquí estoy, presentándole mis respetos a la finada y, de paso, mi nuevo modelo de sombrero.

-No, si te queda como un guante, y, además, consigue taparte la totalidad de la calva.

-Gracias hombre cósmico; a ver si te estrellas.

Sigue el cortejo hasta introducir la caja en el monovolumen que ha preparado al efecto la funeraria “Eterna Horizontal”. Después de una maniobra con frenazo, algunos  portadores quedan atrapados dentro del habitáculo, pero son rescatados con rapidez.

Arranca el coche y sólo la experiencia del conductor evita que las acciones de la funeraria suban como la espuma ese mismo día, al esquivar a un pequeño microbús conducido por el tesorero honorario, por doble mérito, de la Asociación de Mancos de Fuente de Cantos.

A doce kilómetros por hora, el reguero de seguidores del coche tiene que gritar que “¡menos prisas, que en el cortejo hay dos con el flato!”. En la esquina de la calle Pandereta, junto al bar de Asun, se detiene la comitiva y se compran veintisiete botellines de agua.

  A los pocos minutos, se reanuda la marcha.

A las once y media de la mañana se traspasa el umbral  del cementerio, con doña Petra a la cabeza. Cosme, al verla de nuevo, vuelve la cara hacia una papelera, mete la cabeza dentro de ella y comenta a gritos que las desgracias nunca vienen solas, pero podrían hacer una excepción.

-Sigo aquí, como es mi deber, -se adelanta a decir doña Petra, que hace de abanderada de los seguidores de la fiambre.

El calor aumenta con el avance de la mañana y la gente se impacienta. Además, surgen otros cuatro coches con relleno similar custodiados por sus respectivos seguidores. Se concentran todos en un punto de división de calles, donde se tienen que parar.

Doña Petra se pone de pie sobre unos ladrillos y se dispone a regularizar el paso de los diferentes grupos:

-A ver, los que sean de barriadas pobretonas que se echen para atrás, o que se pongan los últimos; pero que no molesten.

Una señora de la Plaza de la Marianilla, a la que acaba de tocarle la Lotería Nacional y se va a mudar al mismito centro, se ajusta la mantilla y avanza hacia doña Petra para empujarla a dos manos y enseñarle lo que es una señora bien vestida y de posición desahogada. La intercepta su hija Remedios, que no quiere disgustos en el óbito de su abuela paterna, doña Fuensanta Galbarino.

Interviene el gerente del camposanto, don Álvaro Pinillas, quien viene acompañado de suficientes sacerdotes para atender las exequias de todo el que lo solicite. Agradece a doña Petra su empeño y distribuye a los diferentes cortejos por las distintas capillas disponibles. No quiere que se repita lo del año 1984, cuando se confundieron los sermones de dos fallecidos distintos, y no se pudo evitar que se dirigieran al difunto don Práxedes Tucumán, director vitalicio de la Biblioteca Municipal, como “Una hembra de armas tomar, buena cantante, actriz de tronío y con unas piernas de vértigo, orgullo de la ciudad”.

Se disuelve el tapón y prosigue su curso la comitiva de doña Eloísa, que tiene su lugar asignado en la última fase, cerca de la autopista.

Con el transcurrir de los acontecimientos, han dado las doce y tres cuartos de la mañana y anda el termómetro cerca de los cuarenta grados. Al mirar hacia atrás, Cosme ve cinco de los veintitantos vecinos iniciales. Uno de ellos, por supuesto, doña Petra, la única que no suda, ni se queja del calor ni carga con la caja.

Llega el momento de poner las flores y el féretro en su nicho, situado en la pared, a dos metros sobre el suelo.

Doña Petra busca soluciones.

-No es que sepa nada de Física, apartado de Dinámica y estudio de las Fuerzas y sus puntos de apoyo, pero me da a mí que sólo un complejo pero ordenado juego de poleas resolverá con garantías el traslado de tu tía a su destino definitivo, Cosme, qué quieres que te diga.

Cosme suda a chorros y busca a un responsable del lugar para que organice aquello y se acabe todo de una vez. Pero no aparece nadie.

Petra no decae ante las dificultades.

-Cabe una alternativa a mi propuesta anterior, que consiste en establecer entre el coche y el nicho un plano inclinado, difícil de usar al principio, pero que gasta menos esfuerzo que llevar el fardo a cuestas, y culmina con mayor facilidad la colocación del mismo en su plaza en propiedad.

Los cuatro vecinos que quedan, junto a Cosme, se rinden a la evidencia: Doña Petra parece tonta, puede que sea imbécil, pero resuelve el problema con teorías irrefutables.

Poco a poco, y con la ayuda de una puerta sin dueño que cubría la entrada al nicho familiar de los Villariños de Povea y Perales, los esforzados vecinos, junto a Cosme, trasladan el féretro desde el coche y, en un último empellón, logran introducirlo limpiamente dentro de su hueco, en el número 234-A.

No es una celebración propiamente dicha, pero la cara de satisfacción de los que intervienen, incluido el conductor de la furgoneta, es de las grandes.

Doña Petra, que ha dirigido las operaciones, mira a Cosme y al resto como lo haría una maestra tras un buen examen.

Suben al coche, todos delante, y salen del lugar, cada uno a su casa.

Celebran el trabajo bien hecho, sin saber que el ataúd de doña Eloísa se ha salido por el agujero del otro lado del muro, fruto quizá del gran impulso final, y, llámese destino, viene al fin a reposar en una zanja de cuatro por cuatro metros y seis de profundo, destinada en principio a guardar los restos/escombros de la antigua necrópolis llamada Candóngalur, que data del siglo XXIII a.C., mucho antes de la invención del bocadillo, dato que corrobora el hecho de que, de las muestras de pan descubiertas, ninguna tiene forma de rebanada.


Doña Petra en el quirófano.

2012/02/05

-Buenas. Soy el anestesista.

Doña Petra, que estaba boca arriba, patas arriba y hablando con su vecina Paqui Isidora, la Paquisi, no le hace el menor caso. La moda otoño invierno tiene prioridad.

-Estooo, por favor, oiga, que si se levanta usted de la camilla… y desenchúfese del oxígeno, que es para la enferma, -propone el especialista en dejar callados un ratito a los enfermos.

-Paquisi, que vive en el ático -responde fríamente doña Petra-, se traga todas las humaredas de fritanga del vecindario y agradece una poquita de aire de primera categoría, no respirado a priori, señorito de usted.

La rechifla es generalizada, pero cada uno se va a su puesto: Doña Petra se acomoda para ser más o menos diseccionada y Paquisi, después de abrazar a todo el personal del quirófano, que se tiene que esterilizar otra vez, se va de espectadora a la grada, desde donde observar con detalle e intervenir si fuera menester, para ayudar a su vecina favorita.

Al momento, Petra se adormila con una copla en los labios que dice algo parecido a si le interesa la frivolidad a alguien, es que ha besado por casualidad a una española y cae como desmayada. Paquisi también se desmaya, ante el drama de ver a su amiga indefensa, en medio de tanta gente con armas blancas en las manos.

Comienza la intervención con un corte limpio a la altura del riñón derecho de doña Petra, que despierta lo justo para llamar la atención al cirujano jefe, don Emiliano Dino:

-No coja usted más que lo necesario, que cuando llegue a casa hago inventario y a ver quién responde si falta algo, -amenaza la resucitada, sorprendiendo al equipo quirúrgico.

El anestesista intenta sin éxito dormir del todo a la paciente, pues un dedo en el ojo pica y escuece. Sigue la intervención. El cirujano segundo protesta por lo excesivo de la capa de grasa que impide llegar a algún órgano. “O, por lo menos, carne”, -suspira.

Hay una enfermera de muy buen ver, Mabelita, que deja abierta una revista y muestra las páginas centrales a la pacienta, con quien ha cogido mucha confianza desde que quedó ingresada en la clínica:

-¿Pues no se ha divorciado Pochota Marinagoitia del que fue segundo marido de la modelito esa, la que anuncia los yogures para la tercera edad? ¡Menuda pelinis!

-A esa la ponía yo a trabajar de verdad, fregando, barriendo, cocinando, planchando y cotilleando a la vez. A ver si entonces mantenía ese tipito, -comenta doña Petra.

-Amosanda, como si yo, -dice la enfermera- mantuviera estas curvas sin dejarme la paga en masajes, cremas y algún que otro retoque en esta clínica.

-Pues yo te digo mi verdad: si me dejan el cuerpo como a ti, pienso pagar la factura –jura doña Petra por sus muertos, juntando pulgar e índice de la mano derecha y besándolos con fruición.

El anestesista, después de gastar un bote de colirio, sorprende por detrás a doña Petra y la adormila con una dosis para elefantes de Dormideltod, y la paciente, al estilo de la Dama de las Camelias, se deja caer sobre la almohada y suelta la revista que, planeando con suave cadencia, cae al suelo abierta en una página que ofrecía los servicios de una agencia de sementales canadienses con total discreción.

Terminan, tiran lo que sobra y cosen.

A las seis horas, doña Petra despierta en su habitación, rodeada de los familiares que visitan a la paciente de la cama de al lado, una centenaria que no termina de firmar el testamento, ahora que está al gusto de sus herederos.

Doña Petra se siente algo mareada y toma prestados dos bocadillos de la bandeja de la vieja, aprovechando la distracción de los visitantes, la mayoría provistos de bolígrafos de tinta líquida.

Al pasar del baño a su cama, no se cree la imagen que refleja en el espejo. Si bien el color del camisón de la clínica es de un estilo remordimiento/angustia, el tipo que le han dejado le permitirá sentarse de nuevo en los teatros sin clavar sus dos codos a los espectadores pegados a ella.

Mientras la nube de herederos cierra el cerco sobre la vieja semi momia, doña Petra arrampa con un tercer bocadillo sin vigilancia y se lanza al pasillo de la planta: En una fugaz maniobra de emboscada, consigue dos platos de sopa de fideos, una tortilla, una ración de boquerones y tres flanes, acompañados de bollitos de pan; eso sí: integral.

A las diez, le traen la cena: Coliflor hervida y media manzana.

-Así, así es como va usted a mantener su nueva figura, querida, -celebra el médico de guardia al verla dejar a un lado la piel de la fruta.

Doña Petra sonríe plácidamente. La vieja de al lado, que conoce la verdad, intenta denunciarla, pero se coloca la dentadura al revés y el resultado al hablar se asemeja al grito de una pescada dos días después de ser ídem.

Al día siguiente le dan el alta, recoge sus pertenencias y, a pesar de la mirada asesina de la vieja pelleja resistente, se incauta de dos bocadillos a la vista y los mete en el bolso; uno es de lomo y el otro de queso curado, como procede en una clínica.

Dos semanas después, en una reunión de comunidad:

-Pues yo te juro que Petra se ha sometido a una operación para perder peso, porque yo la vi allí, con la barriga al aire, dispuesta a todo. Recuerdo lo que tardó en dormirse, mucho más que yo -jura Paquisi besando una medalla de San Cristóbal Lotero.

-Pues será verdad que fue, -responde Hortensi Perales- pero esta mañana la he visto en la mercería de Lali, mi cuñada, y ha comprado la ropa interior del mismo color verde persiana de siempre, pero con una talla más. Y eso no se lo pone nadie más que ella.

En ese momento, aparece doña Petra en la reunión, pues se discute poner, o no, la antena parabólica.  Se queda un ratito, vota, se levanta y se va sin parar de sonreír un momento.

Lleva bajo el brazo la publicidad de un herbolario.

La faja la está matando.


Doña Petra. En antena.

2009/08/17

El programa se llama Directo a los Ojos, y se graba siempre en vivo. Trata de la relación de los miembros de una familia entre sí: padres con hijos, suegros con nueras, cuñados con tías… Doña Petra decidió acudir.

-Buenas tardes a todos, aquí estoy de nuevo, me llamo Carmenchu Petón y hoy tengo la inmensa satisfacción de decir que el público y los invitados son los mismos y por tanto intercambiables: ¡Vaya cantidad de gente la que forma nuestra familia protagonista! Al frente de la saga se sitúa, y en el mejor asiento, doña Petra Cantacuellos Moguer, que me ayudará, vamos digo yo…

Carmenchu hace un gesto de invitación a que Doña Petra sonría y le diga “pues claro, para eso estamos ¿no, sentrañah míah?”

La respuesta es algo distinta.

-Vaya pena la de tu marido u hombre con cualquier vínculo contigo si te ve por detrás el peinado que traes hoy, nena, ni que te hubieran masticado el pelo. Pero, claro, como el cámara es amigo tuyo…

Carmenchu, una profesional que cumplía veinticinco años en el programa, se echa a llorar, tira al suelo su silla y el micrófono y se va del plató por la izquierda. Se oyen gritos, una patada de alguien a alguien y el rasgado de un vestido verde, el de Carmenchu, que así renuncia a salir de nuevo.

La productora, fiel a su presentadora estrella, sortea entre las suplentes para sustituirla de inmediato y le toca a Carmela Tonina, una de Toledo que promete mucho, y que estuvo metida en telediarios, deportes y estafas grandes. Antes, había hecho lucha libre.

-Seguimos aquí, con esta gente tan simpática que ha hundido la carrera profesional de nuestra compañera. Y, sin más, entramos de lleno en el tema que tocaba esta tarde: ¿Por qué se llega tan pronto a las manos en las comidas familiares de Navidad?

Doña Petra, atenta a la pregunta, mira el escote de Carmela y hace gestos a la cámara dos con las dos manos, que indican cómo ella, en sus tiempos, lucía más y mejor delantera, pero los años no pasan en balde. Después mira al techo y sueña con que algún pájaro se las picotee a la locutora y, del reventón, salga disparada hacia atrás. Si puede ser, en horas de máxima audiencia… Sin palabras, sólo con gestos.

La presentadora le llama la atención mediante el gong fabricado con un cazo contra una bandeja de latón y Petra vuelve de sus ensoñaciones. Como el resto de la familia/público sigue masticando los bocadillos que dan en producción para después del programa, la única que contesta es Petra:

-Mira, señorita usurpante, -responde Petra con las pupilas aún dilatadas del susto- me parece que establecer la exclusiva en contra de las Pascuas es una cosa de persona rara y falta de panderetas, una cosa así como tú. En mi casa, da igual cuándo se celebre la comida. Nos pegamos y ya está. Así que menos tomarla con esas entrañables fechas.

Aplausos.

La presentadora, mientras se afila las uñas, sonríe a la cámara dos como nunca en su vida.

-Entonces aplico rimmel y borro de mi guión la fecha concreta, pero ¿qué pasa en las comilonas familiares? –pregunta como si estuviera enamorada de los telespectadores, con un batir de pestañas que levanta pamelas.

-Ay, hija, -responde Petra-: Las coyunturas pueden parecer distintas, pero la verdad es sólo una, y pongo ejemplos que explicarán con tal claridad la situación, que hasta tú, seguro que ni estudios primarios tienes, la podrás asimilar.

Y al empezar a hablar Petra, la presentadora, con una sonrisa que provoca grietas en los labios, anuncia la publicidad.

-¡Se acabó, bruja pelona! –grita Carmela desabrochándose el micrófono móvil.

-De hoy no pasa, niñata fascineranta, hoy te pongo yo la nariz en el bolso y te la llevas a que te la cambien por la de otro loro, mejor brasileño, –responde Petra.

La presentadora se quita los tacones y, con los brazos en jarras, se despacha a gusto:

-Mira, proyecto de suegra, si no me casé con tu nieto, el Nico, fue precisamente por ti y por la mitad de tu familia, que a la otra mitad no tuve el gusto.

Abucheos. El público/familia se pone de pie y abuchea más.

Doña Petra se levanta y, con las manos en las caderas, se balancea a lo fandango y grita:

-¿Tú, tú con mi Nico? ¡Muerta y despeinada tendría yo que estar para verte con mi Nico!

Se abalanzan pero tropiezan con los cables y caen de bruces. El público baja al plató. El cámara dos, por los mismos nervios, no había dejado de filmar. El productor soñaba que un anuncio de detergente que lava más blanco que nadie eliminaría esta mancha en su currículum. La realidad es algo distinta: Se produce el momento de máxima audiencia cuando, al intentar levantarse doña Petra, tira hacia abajo del vestido de Carmela dejando al descubierto ciertos puntos de vista, si bien destaca el recio tejido del refajo fucsia.

Los geos tardan en llegar y alguien ha atrancado la puerta. No consiguen entrar en el estudio. Se sigue grabando.

Del techo, suavemente, desciende Carmenchu, sentada en un trapecio a lo Moulin Rouge, centro de un haz de luces de colores, entre acordes de la banda sonora original de la Verbena de la Paloma. Sonríe y hace que el de la grúa la deposite despacio en el suelo. Se sube en una silla, desata el cable del micrófono del cuello de Carmela y se dirige al público:

-Queríamos la realidad sin trampas, queríamos la verdad sin censura. Hoy os lo hemos ofrecido. Gracias y hasta el próximo martes, amigos telespectadores.

El cámara dos no apaga, porque ya no se acuerda de cómo se hace, y toda España ve caer de espaldas a Carmenchu, mientras Carmela se lanza de cabeza contra el estómago de doña Petra que, por lógica, escupe la dentadura. Este momento será repetido, a cámara lenta, doce veces seguidas, hasta que se termina por fin el programa al llegar la hora del telediario, que da un resumen del follón como noticia estelar.

A la semana siguiente, después de visitar a Carmenchu en la clínica, se celebran las bodas de oro del matrimonio de doña Petra y acuden los mismos del plató, incluida Carmela, que ha ido al cine el domingo con Nico, pero sin compromiso.

Tardan lo de siempre en empezar a pegarse. Y tiene razón Petra: no es fiesta.