Reflexiones de un sábado por la mañana (CXC).

2011/10/01

Cambios.

 

Son los que proceden, los inevitables, los periódicos por estacionales, los esperados, los lentos pero seguros, los pactados con el planeta (con un contrato abusivo por nuestra parte); los que tienen que ser.

Pero este año se atascan.

El curso escolar no acaba de volver a empezar con buen pie  porque los maestros no han sido por completo pisoteados. Las cosas a medias traen efectos negativos inmediatos. Se les conserva un hálito de dignidad y ahí están, reivindicando que se eduque y forme bien a los estudiantes. Esto no pasaría si se les militarizara, separara y aíslara antes del verano, cuando están cansados. Ahora no se dejan.

El atender en las consultas médicas no acaba de ponerse en orden. A qué puñetas seguir gastando el dinero en formar especialistas si los médicos de familia aún no limpian los cristales –cuestión de días- se lo llevan todo a la espalda. Aún respiran.

Los autónomos que pican como si fueran nuevos y trabajan a las administraciones no me redondean las estadísticas para juntar los cinco millones justos de parados. Se resisten y se ponen a chapucear para comer. Temo ver el tsunami de facturas sin pagar firmadas por mindundis oficiales.

Los políticos, los pobres, no dan el paso.

Veamos qué pasa. Qué falta para el cambio hacia la lógica y el sentido común. Aplicarlos, tal vez.

Las elecciones no capacitarán a los dirigentes para dar ese pequeño cambio hacia la claridad de las cuentas. Es que tiene guasa.

He pensado que, si las hacen con menos ceros y cifras, les van a salir más cuadradas. Tiene que ser eso. Empiezan por recortar con la venda en los ojos, como la gallinita, y al pollo que no pía, partida ganada.

El cambio hacia la transparencia de cargos, hacia la suma aritmética y real de los gastos superfluos, indecentes y mantenidos, se les atraganta a las criaturitas.

Vamos a la aceptación de que la solución pasa por hostigar al que no sabe cómo defenderse. Porque a ver quién le dice alguna vez algo a alguien que entra/sale de un jaguar negro, blindado y con chófer. Impresiona, qué quieren que les diga. Eso no cambia.

El cambio de la voz de niña a la de pollo tomatero de muchacho se notaba en los sepoctubres de los comienzos de curso. Nos disponíamos y poníamos a trabajar. Aquí se dejan pasar los meses y no se dice qué pasa con el derroche de cenas Reales y deudas imaginarias.

Difícil el cambio.

En fin,

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

Anuncios

INSPECTOR NILLO. TRES SOBRINOS Y UN FUNERAL.

2009/07/16

Los tres hermanos eran sospechosos. Ambos (¿sendos?) tres podían haber asesinado a Vassili Dudotski, el gran Conde Duque de la Estepa.

Él los había recogido del arroyo las doce veces (cuatro cada uno, por tres, es fácil) que habían caído; unas por torpeza, otras por no llevar gafas, pero siempre, siempre, porque el juego, las mujeres, y los juegos con mujeres los acababan llevando a la ruina, poniendo números rojos en sus cuentas, como el vino, el color de su ejército… y ahora la alfombra, manchada de la sangre de su tío adoptivo y común, Vassili.

Todo el pueblo, hasta los que recibían su baño anual aunque no lo necesitaran, salieron a la calle con antorchas, si bien apagadas porque era mediodía.

Gritaban indignados por el asesinamiento de su protector, un hombre que nunca había hecho daño a nadie de lunes a jueves. Era el hombre que los había protegido del hambre y de las listas de éxitos, sobre todo de aquellas “canciones del verano”. Nunca lo olvidarían.

El Komitsario Torpóv, famoso por causar verdaderas catástrofes cada vez que había que evacuar un edificio, sabía que no podría contener la turba callejera, ávida de tomarse la justicia por su mano, izquierda al tratarse de soviéticos antiguos. No lo dudó y formateó la radio de carbono de su suegra hasta enviar un correo electrónico a la central de policías mundiales, donde le pusieron en contacto con el inspector Nillo, inspector de policía, que vivía por entonces en el campo; en un campo de fútbol, en el vestuario de los árbitros, a los que cedía los domingos las perchas. Llevaba una vida tranquila y ordenada, siendo considerado como un número uno, en una calificación del uno uno, pero al final siempre le daban los casos más difíciles. Le tenían entretenido y mientras no rompiera nada…

Se presentó en la comisaría y diez minutos más tarde volaba hacia el aeropuerto, donde tomaría el taxi que le llevaría a San Burgosburgo. Desde allí, un barco le ayudaría a cruzar las montañas y pronto estaría en Calatayanski, la pequeña aldea de la provincia de Zharagotzaya, en pleno centro de la Estepa Polvorónica. Dos días más tarde, Nillo llegó al pueblo y en una entrevista televisada con el Komitsario, se hizo cargo de la situación.

Desabrochó los grilletes a los sospechosos y los sentó para interrogarlos. Era su especialidad. Para eso había nacido. Los interrogatorios de Nillo llegaron a ser emitidos en series de sellos para correos, por lo pequeños, baratos y pegajosos.

El primer sobrino, sobre el que caían las sospechas más directas, era sólo medio tonto. Nillo decidió hacerle la mitad de las preguntas y rellenar él mismo la otra mitad. No se notó la diferencia y decidió investigar a otro hombre cercano al difunto/muerto/ asesinado/cadáver/fiambre, quiero decir el occiso, no sé si me explico.

Nillo lo observó; rubio, joven, bien parecido, no parecía un criminal. En voz baja, un guardia le aconsejó que dejara de mirar al recién nacido que bautizaban cerca y le indicó que dirigiera la mirada hacia Estrechenko, un hombre sospechosísimo. Nillo se fue pa él:

-He viajado trece mil quinientos kilómetros y dos décimas para resolver este caso. Como no me entere bien y pronto del nombre del asesinante, te endoso un atragantón tal, que hasta en mi pueblo va a estar pasada de moda tu ropa cuando te despiertes. Y mira que somos antigüitos en el vestir en Móstoles.

Antes de la segunda sesión de interrogatorio, Nillo tenía el NIF y las declaraciones de la renta desde 1.998 hasta el 2.008 del homicida, hombre sencillo a quien Vassili había humillado en una tienda de todo a un rublo. El culpable, Vladimitir Prontov, confesó así su crimen:

-Aprovechando una de tantas borracheras de los sobrinos, los puse a cantar vestidos de Pavarotti & Friends, tras lo cual ellos también se desmayaron. Endemientras, me lié a palos con Vassili, quien no dejaba de gritarme, entre puñetazo y patada, que mi corbata jamás me haría más alto. Y que yo, sin ayuda, tampoco mearía más alto. No pude soportarlo más y le zumbé con la bufanda de acero flexible.

Cuando fueron a recogerle a la estación de bicicletas, los superiores de Nillo aceptaron de buen grado las botellitas de caviar y las doce latas de vodka que trajo de recuerdo, y dejaron para él, colgando de su pecho, una medalla al mérito de doce kilos, fabricada en puro hielo de la Siberia.



INSPECTOR NILLO. Un caso del tirón.

2009/06/08

El inspector Nillo, Néstor Nillo, tenía al fin un día libre en 2009, tras archivar personalmente más de la mitad de los tres casos que le habían encargado ese año. Estaba agotado.

Caminaba contra el viento con su gabardina, su seña de identidad, doblada en dieciséis partes. Dobló con menos esfuerzo una esquina y, de súbito inmediato y repentino, de entre la multitud surgió un grito que decía “¡Cójanlo antes de fin de año!”, proferido al mismo tiempo (Nillo se dijo que al unísono) por dos mujeres maduras las cuales habían sufrido, las dos, un tirón: La primera en el deltoide, un músculo poco popular, y la segunda en su bolso. Las dos lamentaban su descuido y soltaban las correas de sus perros para gritar en un tono más agudo.

Mientras, el motorista tironero, ladrón y canalla, al que para referirnos en adelante llamaremos “el malo”, terminaba la acera de la calle “Bosquejo” y enfilaba la avenida “Apuntes”, con el doble de carriles y mucho mejor asfaltada.

Pero nada sabía “el malo” de su futuro inmediato, que sin menoscabo llamaremos futuro instantáneo, o incluso como mencionan otros autores, nada sabía del “ya” que se le venía encima. 

Si bien Nillo no pudo driblar, esquivar sería más correcto, los cuatro perros liberados –y agradecidos- de sus dueñas (una dueña de tres, la otra de uno) que se lanzaban a su merienda, aprovechó el tirón y dio un tirón a las correas para intentar trincar al del tirón inicial (no hay que perderse). Pero los cuatro perros tiraban y –si ello es admisible- Nillo respingó. Es una reacción natural, parecida al frenazo en seco, tras la que Nillo soltó su gabardina. Ésta, libre de presión, ondeó al viento –que, si me permite, huracaneaba a ratos- al principio como un pañuelo, y después como una vela mayor desplegada a todo trapo no más doblar la esquina de “Apuntes” con la avenida “Esquema”.

Acháquese a la dirección del viento y su fuerza, el respeto a una docena de semáforos en rojo… El caso es que “el malo” en su huída se encontró de frente con la gabardina de Nillo. Según se le echaba encima, “el malo” hizo excelentes movimientos metiendo las mangas, con gran coordinación para ponérsela sobre la marcha, pero no pudo ser: No contaba con la capucha, modelo juvenil, que le tapó la cara.

“El malo” se estampó contra un buzón de correos que vomitó cartas recién tragadas, así como algún impreso de los que había engullido esa misma mañana.

Nillo, con su mano libre, recogió la gabardina, el bolso, las cartas y “el malo” del suelo. Agradeció que llegaran las dos loros para recoger los perros y el bolso y dio un tirón de orejas a “el malo”, que en un gesto que le honró trasladó al inspector Nillo a la comisaría montándolo detrás. Quedaba cerca de allí, en la avenida “Sinopsis”.

Cuando el inspector Nillo descansa, su gabardina lucha en su lugar. Una muesca más en su leyenda.