Sanedrín 1. Fiscalattack.

2015/06/15
                  -Buenos días, y es deseo para algunas, dudo que lo sea jamás para mí –dijo la mujer al entrar en el reservado del club Los Chachis. Traía la color perdida y el aire a medio respirar.
                  -Hola, María Luciérnaga –respondió Ablaida Laportaire, jefa moral del grupo de amigas habitual-. Hija pordió, ¿qué te acontece? Ni ese es tu rostro habitual, ni luces perlas. Desembucha y aclara tu actual estado de espíritu, entre abatido y zaherido, a mi docto entender.
                  -Hoy, amigas, he pagado impuestos. Así, como suena.
                  Federiquita Dosmuerdos cayó al suelo. Las primas Betsabé y Logoldrina de Amuillons se lanzaron a por el tequila y llenaron las tazas de café que vaciaron de café previamente. El resto, mudas de asombro, hablaron por señas, como era de esperar.
                  -¿Y cómo ha sido? –articuló con dificultad Ablaida, la socia de más empaque.
                  -Ha sido como un pronto: después de sólo diez notificaciones firmadas por mi cocinera, enviadas después al fogón para no dejar huellas mías, me veo, hoy mismo, el cargo en cuenta.
                  -¿Importe, querida? –preguntó Ablaida.
                  -A mí el importe me importa un relleno de condón, vosotros lo sabéis, queridas. Es el detalle lo que me duele.
                  -¿Concepto, querida? –perfiló la veterana amiga.
                  -Nada de eso moderno. Ha sido concreto, un latigazo de trescientos y pico pondios contra un saldo inmaculado, sin tocar desde primero de mes, dado el gorroneo que gasto a costa de quienes me invitan.
                  -Pues lo de la gonorrea, y además impuesta, te lo tendrías que mirar –dijo Federiquita, prudente, desde el suelo.
                  El aire perdió algo de su densidad mortal y María Luciérnaga, Lucy en realidad, pudo inhalarlo, sentarse y pedir un whisky, dada la desaparición del nivel inicial de tequila en la botella comunitaria.
                  -¿Quién ha podido perpetrar y llevar a término este sórdido ataque? –preguntó Federiquita, una vez levantada sin ninguna ayuda.
                  -Pa mí que ha sido Úrsula Parmenia Moctezumo, una antigua amante de mi primogénito, el Chindasvinto José. Trabaja en Hacienda –ella, mi Chindas no la ha doblado en su vida-, y un día, en pelotas, sentada en mi cama sobre mi hijo, la vi revolviendo mis documentos. Aunque no puedo estar segura.
                  -¿Y el móvil? –preguntó Ablaida para buscar un ídem.
                  Lucy puso el último modelo de smartphone sobre la mesa. Jugaron por turnos al tetris y siguieron con la charla.
                  -No, titi. Me refiero al motivo.
                  Lucy se paró a pensar, se tomó el analgésico que le amainaba la jaqueca en esos casos y confeccionó una lista completa con una posible causante de su dolor.
                  -No te inclines tanto sobre la mesa al escribir, Lucy querida, mira no te vaya a dar una hernia fiscal –dijo Federiquita.
                  -Ya está –dijo Lucy-. Esto va a ser lo del ministro. Se vino a merendar y pidió una contribución para su partido. Mi hijo –como siempre está en casa por medio y es tonto- le dijo que nosotros teníamos muchísimas. Todas sin pagar. Cogió unas pocas del cajón y el ministro dijo que mandaría a su ayudante a recogerlas. Aquí cada uno entendió lo que le salió del píloro y la ayudante resultó, como he dicho, una antigua querindonga del niño.
                  -Un día negro –corearon las reunidas.
                  -Colecta aparte –dijo Betsabé con voz firme-, no sé qué podríamos hacer.
                  -Ya sé que no saldrá un céntimo a mi favor de vuestros bolsos de precios prohibitivos, nenas –dijo Lucy. Y añadió-: Era mi deber avisaros. Hoy soy yo, mañana puede tocarle a cualquiera de vosotras.
                  El silencio se adueño del grupo: otra experiencia nueva. Sollozaron unos segundos sin moquitos mientras un concierto de teclas iniciaba una serie de llamadas febriles. Al otro lado, chachas, cocineras, institutrices y amas de llaves recibían instrucciones claras de sus señoritas:
                  -Como le abras la puerta a alguien te parto el rostro. Ni al ministro. Ni al fontanero. Pues que se inunde. Ni al novio de la niña. Ni al otro. Ni a esa lagartona. Ya está bien. Sigue con lo tuyo.
                  Con una botella nueva en medio de la mesa, la reunión volvió a su tono de siempre.
                  El segundo punto del orden del día era discutir –y dar por definitivo para toditas las de grupo sin excepción- si se seguía con las medias hasta finales de junio o era ya el tiempo de lucir los muslos.
                  Ahí sí que había motivo para la preocupación. Como siempre, se sortearon los turnos para hablar.

Mascotas (9)

2014/05/17

Elena Morado, la jirafa.

 

                  Mientras terminaba de limpiar la última chimenea del Castillo de Lord Osis, quinto conde de Chastantown, la encontré. Me di de bruces con su cara, adornada de un delicioso bigotito de hollín al más puro estilo de Charlot. Ella se escondía, pero no me dijo por qué hasta la cuarta vez que se lo pregunté.

                  -Te responderé porque veo interés en ti, trepa muros –me escribió en un Ipad.

                  -Pues mira qué bien –respondí.

                  En un texto con tamaño de letra 12, excelente para mi vista, y con su cuello protegido por el excepcional muro de ladrillo de la chimenea, la jirafa resumió sus datos personales, incluyó un breve currículum profesional y me dio motivos para huir del castillo que moverían a compasión a cualquier ser humano capaz de moverse a compasión.

                  Uno de los más llamativos consistía en servir de entretenimiento para el “juego de los aros”: cientos de invitados del conde lanzaban desde el suelo enormes anillos de plástico de distintos colores al cuello de la jirafa (me dijo su nombre: Elena) y el que conseguía dejarlo insertado recibía  un panecillo con dos terrones de azúcar, de los cuales uno debía compartirlo con ella… ¡pero jamás lo hacían! El que fallaba en su intento, recibía cuatro bofetadas. A pesar de ello, muchísimos miembros de la realiza insistían en probar suerte en el juego.

                  El problema, sin descartar el aburrimiento y el malestar de Elena, llegó cuando algunos participantes afirmaron que la jirafa se había “movido queriendo” en muchos lanzamientos, provocando errores y carrillos hinchados de inmediato, dado que los mayordomos, provistos de inmaculados guantes blancos, propinaban con rapidez y agilidad los soplamocos a los que no habían logrado el objetivo previsto.

                  Harto de quejas, el conde decidió bajarle los humos a la jirafa, castigándola a recoger del suelo los vasos de papel y otros restos de una fiesta. Ofendida por ello, la jirafa corrió a esconderse en la cercana fábrica de cartón propiedad del conde y allí la encontré, su cuello camuflado por el tubo de negro ladrillo.

                  Comprendí que aquel antro, plagado de cagamandurrias cosidos a títulos nobiliarios, no era su lugar en el mundo.

                  Fácilmente convencí al conde de la necesidad de limpiar aquella chimenea a conciencia; desatornillé el tubo dejando a Elena dentro y la cargué en mi motocicleta sin que nadie advirtiera mi rapto, quizá debido al reparto equitativo que llevé a cabo al fumigar por el aire cien litros de amoníaco y otras tantas bombas de hollín antes de bajar.

                  Por el camino avisé a mi mujer y en cuanto llegué a  casa me esperaba con unas tijeras de uñas con la que liberó con facilidad a la jirafa de su collarín de ladrillo macizo. Mi mujer es muy mañosa.

                  Serví unas copas y, antes del amanecer, conseguimos convencerla de que se diera de alta en el padrón con nuestra dirección. Nosotros disponemos de doce chimeneas: soy uno de los mejores coleccionistas de Europa y la mayoría las he adquirido en subastas o en limpiezas donde las ensucio más de lo que estaban para quedármelas cobrándole lo mínimo a los dueños. Elena las probó y eligió una de tubo de cerámica con cobertura interior de vidrio, nada tóxica y bastante flexible, que le permitía dormir cómodamente de pie sin tortícolis, su peor pesadilla.

                  No hay una sola telaraña en casa desde que vive con nosotros. Dado lo lejos que puede ver, nos avisa de visitas de cuñados y primos, dándonos cobertura para huir a tiempo. Entre sus grandes prestaciones, está la de servir de tobogán para niños menores de tres años y con poco peso, dada la escoñadura de sus cervicales. Los vecinos están encantados.

                  Yo, por mi madre de mi alma, la veo contenta. 


Grandes consultas de la Historia (1).

2014/03/24

Filosofía financiera.

 

 

Abdul Mensabad, padre suplente del opositor a profeta Telar Darañid, sobrino a su vez del gran Meveóm Muh Sobrad, llamó por Meteosat para pedir un consejito al sabio Bahad Labasur, el de la luenga lengua. Seis días después, cuando llegó a su presencia, le dijo:

               -Oh, grande entre los pequeños, como frío y tapado sol de invierno, atractivo imán para el espíritu, más y mejor que los chicles pegajosos…

               -No sigas, niño, no sigas y dime a qué has venido a molestar desde tu tierra, que es Baresymasbares, tierra de tascas, donde las danzharinas bailan mientras amasan el pan como su propio nombre indica –contestó el sabio Bahad al mismo tiempo que terminaba de ponerse el segundo calzoncillo de los tres preceptivos, según las enseñanzas del profeta fijo discontinuo Bahalamareah.

                  -Pues querría, siempre que pudiera ser –inició Abdul- que dijeras o dejaras caer por ahí que me permitieran un par de mesecitos sin pagar la hipoteca de mi bicicleta, oh luz de lámpara de bajo consumo. Caso de no poder gestionar el asunto de manera rápida y eficaz, vulgo si no tienes mano, ponme en contacto, oh fiel alegría de los maridos fieles, con algún visir del Banco Matoso, concesor prestatario, ése engendro inversor e infiel que pretende que mis dineros en dinares se los diere con donaire.

                  El sabio, ejecutando con maestría el divino arte de ponerse en pie, entregó a Abdul el organigrama del banco mencionado, el de los muchos recursos, para que recurriera a la puerta correcta, sin perderse, de la sección de arabosos, antes mal llamados morosos.

                  El prudente Abdul, después de ver cómo los bomberos demolían la planta de préstamos pendientes de cobro, volvió a casa del sabio Bahad para explicarle la mala suerte que había tenido: Él sólo le dio fuego para un puro habano a un grupo de hermosas mujeres y una de ellas, al ver su propia barba ardiendo, perdió los nervios y propagó el fuego por todos los departamentos posibles.

                  -El resto lo habrás podido ver en las noticias, oh sabio entre los bobos –dijo Abdul.

                  Bahad dio gracias a Alá varias veces cuando su mujer lo llamó para cenar.

-Se enfrían las moscas fritas con arándonos de Kasamandriathal, oh marido –avisó la mujer desde metro y medio, pero gritando como una trompeta apocalíptica y desafinada, quizá por obstruir el conducto para la saliva.

                  -Nos vemos otro día, pronóstico de hombre prudente –dijo el sabio mientras sacaba unos céntimos de euro que puso en las manos de Abdul-. Ahora lo mejor es que te quites de en medio. Si acaso, guarda tu bicicleta durante sesenta años en mi cobertizo, que yo la cubriré de boñigas de ñu hembra y calcetines de mi cuñado. Entonces, y sólo entonces, te serviré de aval para que la recuperes pagando una demora simbólica como rescate del bien. Por tu bien, no te cobraré comisión de almacenamiento, si bien, como medida de prudencia, usaré el aire de las ruedas en mi provecho y el de mi ganado. Creo que me lo he ganado.

                  -Gracias te den los cielos en forma de té verde, poleo y cucharillas de un solo uso, gran Bahad –dijo Abdul mientras empezaba a correr, al ver venir a dos cobradores del Banco, cuyas oficinas llevaban dos meses y medio trasladadas a la planta baja, por el elevado riesgo de incendio que tenían las que ocupaban antes.

                  


Mascotas (8).

2014/02/11

Kerr, la Víbora.

 

                  La encontré en mi funda de paraguas. Escapaba del zoo de Michigan, uno de los considerados de alta seguridad.

Allí, cada serpiente tenía su celda individual, una tubería adaptada al perímetro de su cuerpo. Algunas, cuando engordaban con cualquier antílope que engulleran –a pesar de estar prohibido, los niños le tiraban alces engañados (o sea, cuernos incluidos)- tenían que pasar varios días a la intemperie con el riesgo de un corte de digestión. El trato era el mismo para todas, sin tener en cuenta por qué estaban allí.

                  El alcaide –director se llamaba a sí mismo- era un experto en nudos de corbata y no dudaba en hacerse un Wilson con un ofidio que le creara problemas.

Cuando la miré –empezaba a llover- me dijo que no la delatara y que, al salir del recinto, ella se escurriría por el bosque cercano, un lugar encharcado, saturado de roedores, anfibios y coleópteros. Me fascinó su conocimiento de las especies.

                  Se enrolló a la antena de mi coche, así que oí con dificultad mi programa de deportes en la radio, pero sí supe que no podría parar para soltarla en el bosque porque habían puesto precio a cada uno de sus centímetros; además, observé a un buen número de águilas, ávidas de comida rápida.

                  Abrí la ventanilla, entró y se mimetizó con el cinturón de seguridad del copiloto, quedando su cabeza a la altura de un viajero. Esperé a que tuviera ganas de charlar.

                  -Supongo que pensarás que si estaba allí es porque lo merecía –dijo.

                  -Aun no te he pedido explicaciones. Ni siquiera sé si tengo que hablarte de fútbol o de la moda en New York.

                  -Lo sé: no es fácil. Soy una hembra de mi especie. Me llamo Kerr, Víbora Kerr. Y soy pícara, no picona como decía el cartel de mi celda. Tienes que creerme: no he picado ni siquiera en las fábricas en las que tenía que indicar la hora de entrada. Y eso que bastaba con  clavar mis colmillos en la ficha.

                  -Está bien, está bien, muñeca. Ahora lo primero es que te ocultes unos días, hasta que pase todo este jaleo o se cansen de buscarte. Puedes quedarte en el cobertizo, un sitio húmedo, pleno de cucarachas que le hacen la pelota a la familia Rabbit, unos ratones judíos que controlan lo referente a plagas de la zona alta de la ciudad. Deberás andarte con cuidado.

                  -Sé cuidar de mí misma –me dijo como si escupiera veneno.

                  Era lista de veras. Entró por el canalillo del tejado, de donde sólo salía si le obligaba la lluvia. Allí encontró qué comer, en general cadáveres salvo un búho algo estúpido que le desafió sosteniéndole la mirada. Lo entendí.

Sin embargo, una tarde, tomando el Sol, se descuidó y fue atrapada por un antenista. Maldije las telenovelas brasileñas que llevaron a mi mujer a colocar una parabólica en el tejado, pero no podía hacer nada, ni siquiera explicar qué hacía ella allí, su vida en las tejas, subida en las tejas.

Temía por el antenista y esperé agazapado en medio del jardín, sin darme cuenta de que no me tapaba ni una silla. En cuanto el hombre se fue a cobrar la factura, aproveché y busqué entre sus herramientas. Allí estaba, junto a los cables. Tuve el tiempo justo para cortar la cinta adhesiva que le impedía hablar y me la puse como bufanda hasta meternos en el coche. No tenía sentido conservarla en casa. Pero apenas llegué al final de mi urbanización, un buen montón de coches patrulla me cortó el paso.

Se me acercó uno de los policías que se sostenía los pantalones con una cuerda de cáñamo. Supe lo que quería saber, bajé la ventanilla y me dijo:

-He oído que tenía en su casa a una víbora y ahora tiene dos –dijo riéndose entre dientes y mondadientes.

-Es falso, agente –le dije y no entendió bien mi frase. No se había identificado.

-A la alargada, de piel oscura con lengua afilada –me dijo sin especificar todavía a quién se refería, a sabiendas de que mi mujer, de cuarenta y siete kilos, un metro ochenta y cinco, toma frecuentes sesiones de rayos UVA y pone verde a cualquiera.

Pero me estaba distrayendo. Por la otra ventanilla, otro agente me arrancó del cuello mi complemento y supuse que todo había terminado. Sin embargo, Kerr demostró tener recursos: en manos del agente sorprendedor era ahora una ligera bufanda blanca de entretiempo, de piel lisa, suave. La dejaron en el asiento y se fueron.

-No es la que buscamos –dijo el primero y dio la orden de levantar el cerco.

Mientras nos acercábamos a casa, me contó que mudaba la piel cada cierto tiempo según la temperatura.

-Deja de mirarme, me siento desnuda –me dijo.

Por fin se olvidaron de ella y ahora es conocida y respetada por todos los bichos del jardín. Es tolerante con los que ya residían y no impide la llegada de otros nuevos, pero es quien pone las normas y, aunque pudiera parecer todo lo contrario, no se arrastra jamás ante nadie.


Mascotas (7).

2014/02/11

Asdrúbal O’Brian, cocodrilo.

 

                  Iba por la acera. Oí el grito que salía de un portal y me detuve a meterme en lo que no me importaba nada. Pude entrar cargado con ocho bolsas llenas de las compras de Navidad de los grandes almacenes Pocapast, gracias a que la puerta era de doble hoja, o no habría llegado a tiempo de salvar a un joven cocodrilo a quien trataban de embargar una parte de la piel de su cola como garantía de pago. Yo lo consideré como un futuro robo de cartera y golpeé a unos ancianos en pijama con las bolsas que llevaba en la mano derecha, las que contenían ropa de cama, lo que nos hizo ganar la calle al cocodrilo y a mí.

                  -No tenías que haberte complicado la vida –me dijo-. No les falta razón. Llevo seis meses sin pagarles el alquiler de los seis que hace desde que me trasladé a esta ciudad.

                  -Comprendo –le dije-. Pero, aparte de un gorrón, ¿tienes trabajo?

                  -Claro que lo tengo. Lloro en entierros de todo tipo de animales famosos. Ya sabes, Rin Tin Tin, la mula Francis, el lagarto Juancho…

                  Aquí, tanto él como yo fuimos incapaces de sofocar una llantina.

                  -No sabía nada de lo de Juancho –dije roto de tristeza.

                  -Tranquilo, fue un borrado de imágenes en la intimidad –me dijo.

                  En la acera de enfrente, mi mujer nos saludaba con el coche en marcha, como hacía en su antigua banda de atracos. Nos avisaba para que no nos atraparan los ancianos, que ya se habían levantado del suelo y nos amenazaban con almohadas compactas y en su funda.

                  -Vamos –le dije, y se metió en el coche por la ventanilla de atrás. Lancé sobre él las bolsas y, al atravesar una barrera de doscientos coches enviados por la policía, no tuvimos ningún problema.

                  -Aún no me has dicho por qué no pagabas el alquiler, reptil –le dije sin querer ofenderle.

                  -Me llamo Asdrúbal –dijo ofendido-. El tipo de la funeraria sólo piensa en vender cara mi piel.

                  -Deberías haberte enfrentado a él y vender cara tu piel en el sentido no comercial del término, o sea…

                  -Ya sé lo que dices, humanoide –me dijo, supongo que queriendo ofenderme-. Hablas de luchar por mi dignidad.

                  -Me llamo Hipólito, chaval –le dije sin decirle de momento mi apellido, Dundee-. De momento, quédate con nosotros unos días. No te preocupes –le tranquilicé- todos nuestros bolsos de mano son hechos a mano con lana y doble pespunte. A lo sumo hemos contribuido a algún resfriado de oveja, nada más.

                  Asdrúbal, en medio de las bolsas, sonrió y pareció relajarse por fin.                 

                  Llegamos a casa y lo primero que hicimos fue pedir permiso a nuestro vecino, Tonio Matsamatsa, para usar su piscina, un asqueroso charco de barro y ramas sin uso desde que compró la casa.

                  -No hay problema, vecino –dijo.

                  A cambio, Asdrúbal se comprometió a librarle de las ratas y jabalíes que le tenían comida la tapicería de los muebles del jardín.

                  Días después fuimos a su antigua empresa y vimos cómo el dueño se desesperaba. La muerte de un doble de la ballena Wally, encargada a unas hienas para plañir, resultó un fracaso y los dueños de la orca no pagaron ni un céntimo. El tipo se avino a razones, pagó los atrasos y firmó un buen contrato con Asdrúbal.

                  El segundo contrato, el de un apartamento no muy lejos de casa, se lo comió. Mi mujer le mostró un cepillo de dientes envuelto en una funda de violoncelo, nos abrazamos y se vino definitivamente a vivir con nosotros.


Mascotas (6).

2014/02/09

Zacarías Tenorio, elefante.

 

                  Nos hicimos amigos en el circo donde él trabajaba desde pequeño. Durante uno de sus números, un espectador idiota, jaleado por unos acompañantes también idiotas, llevaba un buen rato tirándole cacahuetes con fuerza, algo que una piel tan dura apenas notaba. Hasta que uno le dio en un ojo. Zacarías atravesó las gradas sin romper una sola silla, agarró al tipo y le hizo comerse tres bolsas de cacahuetes, si bien la última ya sin cáscaras.

                  El público, dividido en dos facciones, se enfrentó con rapidez entre sí. Los partidarios de seguir obligando al idiota inicial a ingerir cacahuetes (pelados) eran numerosos pero de edad media cercana a los ochenta y seis años. El resto, que no pagaba entrada, rondaba los seis y suplía su inexperiencia en batallas con la fuerza de sus gritos y sus patadas en las espinillas.

                  Ante el gravísimo problema de orden público, intervino el ejército y Zacarías, como primera medida, fue despedido.

                  Me acerqué y le puse mi tarjeta en la trompa.

                  -Llámame –le dije-. Puedo darte un empleo y un sitio donde vivir. Si te sale música de salsa en el contestador, deja un mensaje. Será señal de que estoy ocupado en algo muy íntimo, con mi mujer, desnudos, en la cama o en el suelo, que –como tengo poca confianza contigo- no te voy a decir, así como así, que se trata de un folleteo intenso.

                  Supe por la prensa que el finiquito se lo pagaron en maní tostado, sin agua. Los convenios de los circos son un caso aparte de la legislación laboral. Aún así, la indemnización tenía en cuenta el historial de Zacarías en cuanto a salvamento de gatos en árboles, recogida en el aire de trapecistas algo bebidos y sin red, o trompazos de agua dados por sorpresa a algún político recién estrenado en su cargo que figurara entre los espectadores.

Zacarías era polivalente. No sólo usaba su fuerza descomunal y su equilibrio para montar y transportar sobre su lomo estanterías de cuatro cuerpos. Además, con sus enormes pezuñas mandaba mensajes personalizaos a través de smartphones sin equivocarse en una sola letra, lo que hacía que los chiquillos, que acudían con sus móviles al circo, aplaudieran a rabiar.

Cuando hubo regularizado su situación de desempleo, me dijo que vendría a verme.

Mi mujer, más perspicaz que yo, supo que era él quien llamaba sin usar el timbre en cuanto vio la puerta en el suelo.

-Disculpa –dijo bajando la trompa- es que tenéis una birria de puerta. Pero yo la arreglaré.

-Pasa y tómate algo antes de arreglarla del todo, imbécil –le respondió ella con una sonrisa. ¿Un batido de cacachuetes?

Ambos congeniaron inmediatamente. Zacarías tenía buena mano para la decoración y nuestra casa, en menos de una semana, parecía un zoológico con televisión. Sólo hubo que poner un baño especial para él, un simple desagüe, que nos salió bien de precio al ducharse por sí mismo, succionando el agua de un par de cubos.

Han pasado unos meses y no tengo quejas. Zacarías es uno más de la familia y los perros y gatos del vecindario vienen a pedirle consejo en cuanto a sus casetas o sus cajones de arena. Sólo ha habido un par de altercados con la ratita Celenia Schwaitz, una presumida que viene a asustar a Zacarías de vez en cuando. Por lo demás, ahorramos en bonobuses y taxis y disfrutamos del tejado como hacíamos antes de que nos robaran la escalera de mano, aunque él sube pocas veces.

Nos alegramos de tenerle en casa, porque nunca olvidamos una cita, un cumpleaños o hacer la lista de la compra. Él se encarga de recordárnoslo.


Mascotas (5)

2014/01/26

Jacobo, el lobo.

 

            Según los que le conocían bien, en realidad era un tipo agudo e inteligente, pero de una timidez que rayaba en el tortuguismo espiritual, el avestrucismo social y el camaleonismo práctico, todo con tal de no hacerse notar.

            Lo encontré tomando aliento después de la décimocuarta toma en una nueva versión de Los Tres Cerditos, con un problema serio en la caída de construcciones unifamiliares quizá ligeras, pero con más cimientos de lo esperado. Jacobo se presentó con la mirada baja, como si quisiera hacerlo por escrito; se recuperaba de una relación que no había superado y que le produjo una neumonía prácticamente pulmonar, sin ir más lejos. Si al principio la tipa le dejó sin aliento y dijo verlo como un soplo de aire fresco, luego se le quejó de que no la dejaba respirar, que la asfixiaba: un cúmulo de circunstancias que hizo que se largara a Buenos Aires provocándole un vacío irrespirable. En esas circunstancias, soplar tres casas seguidas sin efectos especiales ya no era tan sencillo.

            Pedí al camarero de la cantina de los estudios un par de botellas de oxígeno y nos sentamos juntos a respirarlas despacio.

            -Vivo en un molino de viento –le dije-. Quizá te venga bien si aspiras a ser feliz. Además, mi mujer fabrica ventiladores de última generación y tiene un doctorado en leer el periódico en Cádiz, en domingo, en pleno Levante, fuerza quince lo menos. Seguro que te ayudará.

            -Tendría que pensarlo, aun quedan escenas por rodar, cof, cof –me tosió un poco, certificando su lenta recuperación.

            -Tómate tu tiempo –le dije-. En casa apenas tendrías que aullar o asustar a un pastorcito que nunca amenaza con tu llegada. Es un tipo de fiar, no como otros.

            Pagué las botellas y le dejé que descansara. En el plató, los tres cerditos, que ocupaban camerinos contiguos repletos de bandejas con bellotas, pasaron junto a él dándole unas palmaditas en la espalda. Me quedé a escuchar lo que le decían.

            -Ánimo –dijo el dueño de la vivienda más sólida de las tres-. Lo normal es que cedan las dos columnas madre y el edificio entero se venga abajo sin más. Si te parece bien, haremos que te tomen un primer plano y mis propios hermanos soplarán a tu lado sin ser vistos. Ninguno de los dos, lo sabes, aprueba estas construcciones: aunque podrían pagárselas, prefieren paredes ligeras y con más ventanas. Ya nos dirás algo. Rodamos dentro de diez minutos.

            Jacobo terminó el rodaje, positivaron y ese mismo día, tras la prueba de montaje, decidió que ya no sería nunca más un soplón. No apagaría ni las velas en sus cumpleaños. Me llamó y me dijo que se venía a casa.

            Hoy, cuando observo que vuelve a correr y se trae alguna gallina de goma a pilas que nuestra vecina Micaela le pone para que corra y la atrape, siento que he obrado bien. Jacobo dice haber olvidado del todo su fracaso amoroso y tampoco echa de menos el frenesí del cine o la televisión.

            Me agradeció la caja de pastillas para la tos que dejé en su mesita de noche y el hecho de que ocultara los objetos de plata puntiagudos. A cambio, en las noches de luna llena, cuando me transformo y salgo, me aconseja cómo comerme las ovejas sin desaprovechar nada, trasquilándolas previamente, con mucho cuidado.