PRÓRROGA.
Ayer mismo, sin ir más lejos, cambié mi habitual indumentaria casera, restos varios de chándals con más o menos gloria a sus espaldas, por la de un conquistador de barra y vaso largo, hielo hasta el borde y ron miel hasta menos de la mitad. Pelo húmedo, sin llegar a pegarse al melón, pantalón de raya impecable, camisa sin corbata con cuello fuera de una chaqueta atrevida sin estridencias y unos zapatos que apenas me apretaban.
Eso y la postura.
Sin ser acrobática, mi posición relativa con respecto al mueble bar de casa era osada. Mantenía un equilibrio dinámico, cambiante según la intensidad de la lumbalgia.
En cuanto a la luz de la habitación, un saloncito con instalación eléctrica moderada en sus resultados, se podría calificar de suficiente, acogedora y nada deslumbrante según los rincones y los puntos de vista.
Amodorrado por la tardanza, detalles como el de encenderse sin aviso el maldito televisor con un chirriante concurso, cortocircuitado con un par de grescas de gente rarísima, me sobresaltaron en más de una ocasión hasta que encontré el mando a distancia bajo una catarata de cojines y le quité la pila. No quería más sorpresas consistentes en que alguien, después de un anuncio sensato de lejía luchadora contra los gérmenes, se callara ante una acusación de adulterio múltiple sobre una contertulia que respondía con una sonrisa y un “me cisco en tus muertos” de manera inmediata.
Dominados los apartados de aspecto y ambientación, quise medir al milímetro la impresión a causar.
Busqué por debajo del sofá el teléfono inalámbrico y allí estaba. Estaba seguro de que había sonado por ahí al mover los muebles para enchufar el equipo de música. Aliado con don Carlos Gardel, emití por los aires una música que tenía que ser embriagadora unida a los cincuenta centímetros cúbicos de mi colonia regalo de Reyes de hace un par de años.
Tecleé el número de su móvil y, entre las estridencias de una música apocalíptica, mi mujer, el día de fin de curso escolar, me dijo que llegaría tarde, que a mí, enemigo de las discotecas, no me había llamado para no comprometerme. Con lo tranquilo que estaría yo leyendo en casa, envuelto en retales de prendas deportivas. Calentito. Cómodo.
Y me mandó un beso.
Desmonté el tinglado, cerré el mueble bar con cuidado de la bisagra de una de las puertas, cogí mi libro y al par de horas me acosté.
Cuando sonaban las dos de la mañana, sentí un beso en la nuca.
-Vaya, vaya, cómo huele mi Adán esta noche, -me dijo.
Me volví sin encender la luz dando a entender lo difícil que sería conciliar de nuevo el sueño.
-Claro, como tú vienes de una fiesta… -dije con acentuado tono de modorra, cansancio y sensación de abandono.
Ella no encendió la luz, pero en la penumbra pude observar su cadencia en el streap tease. Primero la falda, después una bota, a continuación un pequeño resbalón con ruido de perchas en el suelo y finalmente un sujetador lanzado con broches hacia mi ceja derecha, que no sufrió daños ni se quejó.
Al meterse en la cama, vampiresa y felina, su rodilla impactó con limpieza en mi estómago, fría y compacta, para hacerme emitir un gemido que ella interpretó como siempre: como la acogida de dos amantes fieles, expectantes siempre, sin concesiones a las pausas que imponen los achaques. Con un pacto que se prorroga, después de tantos años, un día detrás de otro.
Yo, por supuesto, ya no llevaba puesto ningún chándal antiguo.
Tengan, se lo deseo toda la vida a todos ustedes, muy buenos días.
Escrito por Gabriel