Reflexiones de un sábado por la mañana (CIII).

2010/02/06

PRÓRROGA.

Ayer mismo, sin ir más lejos, cambié mi habitual indumentaria casera, restos varios de chándals con más o menos gloria a sus espaldas, por la de un conquistador de barra y vaso largo, hielo hasta el borde y ron miel hasta menos de la mitad. Pelo húmedo, sin llegar a pegarse al melón, pantalón de raya impecable, camisa sin corbata con cuello fuera de una chaqueta atrevida sin estridencias y unos zapatos que apenas me apretaban.

Eso y la postura.

Sin ser acrobática, mi posición relativa con respecto al mueble bar de casa era osada. Mantenía un equilibrio dinámico, cambiante según la intensidad de la lumbalgia.

En cuanto a la luz de la habitación, un saloncito con instalación eléctrica moderada en sus resultados, se podría calificar de suficiente, acogedora y nada deslumbrante según los rincones y los puntos de vista.

Amodorrado por la tardanza, detalles como el de encenderse sin aviso el maldito televisor con un chirriante concurso, cortocircuitado con un par de grescas de gente rarísima, me sobresaltaron en más de una ocasión hasta que encontré el mando a distancia bajo una catarata de cojines y le quité la pila. No quería más sorpresas consistentes en que alguien, después de un anuncio sensato de lejía luchadora contra los gérmenes, se callara ante una acusación de adulterio múltiple sobre una contertulia que respondía con una sonrisa y un “me cisco en tus muertos” de manera inmediata.

Dominados los apartados de aspecto y ambientación, quise medir al milímetro la impresión a causar.

Busqué por debajo del sofá el teléfono inalámbrico y allí estaba. Estaba seguro de que había sonado por ahí al mover los muebles para enchufar el equipo de música. Aliado con don Carlos Gardel, emití por los aires una música que tenía que ser embriagadora unida a los cincuenta centímetros cúbicos de mi colonia regalo de Reyes de hace un par de años.

Tecleé el número de su móvil y, entre las estridencias de una música apocalíptica, mi mujer, el día de fin de curso escolar, me dijo que llegaría tarde, que a mí, enemigo de las discotecas, no me había llamado para no comprometerme. Con lo tranquilo que estaría yo leyendo en casa, envuelto en retales de prendas deportivas. Calentito. Cómodo.

Y me mandó un beso.

Desmonté el tinglado, cerré el mueble bar con cuidado de la bisagra de una de las puertas, cogí mi libro y al par de horas me acosté.

Cuando sonaban las dos de la mañana, sentí un beso en la nuca.

-Vaya, vaya, cómo huele mi Adán esta noche, -me dijo.

Me volví sin encender la luz dando a entender lo difícil que sería conciliar de nuevo el sueño.

-Claro, como tú vienes de una fiesta… -dije con acentuado tono de modorra, cansancio y sensación de abandono.

Ella no encendió la luz, pero en la penumbra pude observar su cadencia en el streap tease. Primero la falda, después una bota, a continuación un pequeño resbalón con ruido de perchas en el suelo y finalmente un sujetador lanzado con broches hacia mi ceja derecha, que no sufrió daños ni se quejó.

Al meterse en la cama, vampiresa y felina, su rodilla impactó con limpieza en mi estómago, fría y compacta, para hacerme emitir un gemido que ella interpretó como siempre: como la acogida de dos amantes fieles, expectantes siempre, sin concesiones a las pausas que imponen los achaques. Con un pacto que se prorroga, después de tantos años, un día detrás de otro.

Yo, por supuesto, ya no llevaba puesto ningún chándal antiguo.

Tengan, se lo deseo toda la vida a todos ustedes, muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CII)

2010/01/30

La fatiga de la compasión.

Que no nos pille esa fatiga, que seamos más rápidos que ella, la del aburrimiento y el olvido de la gente de Haití.

Paciencia para ayudarles a curarse, paciencia para aguantar a quien se nos queja. Por ahí anda el quid de la cuestión.

Van a ser años. Nosotros con nuestra crisis y ellos sin nada. Nuestras cabezas con dificultad para la ilusión y ellos con los cuerpos y las familias rotas.

En Haití no le pido cuentas ni a Dios. Para qué.

Sólo con pensar en mi casa aplastada, mis hijas, sus pequeños juguetes de cuando eran niñas tirados entre escombros, me quedo paralizado. Porque si imaginara que fueran ellas las heridas me mataría de pena. Por eso me cuesta tanto ponerme en el lugar de quienes han perdido el control de su mundo.

Las vidas de los haitianos tardarán en ordenarse otra vez. Depende de una demostración de capacidad del mundo entero para reconstruirles calles por donde pasear y sitios donde comprar comida limpia. Pero depende igual de que olvidemos su deuda exterior y las relaciones internacionales para vender bien los pocos productos que fabrican o siembran. Es el momento de hacer esa demostración.

El dinero, mal que bien, se inventa. A eso jugamos desde hace tiempo en este sistema que ha probado ser el mejor porque no sabemos inventar otro. Pues dejémonos de ostias: borremos los datos que dicen que Haití tiene una monumental carga financiera y reconstruyamos cuanto antes casas para recoger familias dentro.

El dinero debe comprar la dignidad de las personas que han sufrido tanto, más allá del hambre, la sed y dormir al raso junto a la muerte esparcida por el suelo. No podemos permitir que el saqueo, el que todos practicaríamos, nos arrebate la humanidad, ese toquecito lindo que sabemos apreciar al cruzarnos la mirada con quien toma un café, sin empujar para quitarnos el agua.

No podemos dejar que, cuando ya no nos acordamos del tsunami que saltó a la arena para robar tantas vidas en 2009, se empiece a sacar este terremoto de las primeras páginas de los periódicos porque se deben a la actualidad. Somos los demás quienes nos debemos a luchar con el olvido.

Periódicamente, nunca más de un día, debemos consultar qué pasa con la gente que aún no sabe qué pasará con su futuro. Habrá quien quiera buscar su dirección y tendremos que explicarle que los planos de Puerto Príncipe ya no sirven.

Hoy pienso en la gente que ha tenido, por su profesión de bombero, aviador o médico, la valentía de viajar a la isla para ayudar y quiero dar gracias a LO QUE SEA porque haya gente así. La que nos ayudará a no olvidar.

Señoras, señores, amigos, que tengamos el suficiente control de las emociones para seguir pendiente de cómo se resuelve la ayuda a tanta gente maltratada por el temblor de la Tierra.

Basta con una nota pegada al frigorífico.

Por supuesto, más que nunca, pasen todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CI).

2010/01/18

HAITÍ.

Queridos amigos y no tales:

Escribo desde España para llorar por las muertes de los débiles y los indefensos. Sin comparar, sin asignar un baremo a cada pérdida de un ser humano, lo de Haití es demoledor. Y llegue este blog donde llegue, pido ayuda para ellos. Mis amigos, mis familiares, antes de reunirnos, ya habíamos dado lo que cada uno había podido. Curioso, insisto, antes de reunirnos como hacemos de vez en cuando.

Unas fallas, dicen, un montón de millones de toneladas que se rozan y un país, un sueño del Caribe, se va al infierno. O mucho peor, el propio infierno se traslada y se instala en la mitad izquierda de una isla preciosa. Haití, el paraíso, decían.

Lo malo es que se instala de muchas formas. Lo hace rompiendo las casas y pillando a traición a los que se guardaban en ellas. Y lo hace en forma de pequeños demonios que asolan, rapiñan y desprecian aun más a los débiles, a los que ya no pueden esperar otra vuelta de rosca al sufrir. Dicen que para amarrar a estos van a mandar muchos soldados, que evitarán más daño y repartirán el agua, curarán las heridas e intentarán rescatar a los que no se quiere dar por perdidos.

Los que van a quitar piedras tienen que ser escoltados. También los que llevan comida temen por sus vidas, desorientados, cansados y con la angustia de que una hora de descanso equivale a personas sin buscar entre escombros.

Piensa uno en una cadena humana de todos los kilómetros del mundo pasando piedras de mano en mano hasta descubrir uno por uno los edificios y encontrar toda la vida atrapada en los derrumbes. Piensa uno en la solidaridad inmediata tan fácil de llevar a cabo cuando se impone el número (China) o la hiper-infraestructura (países occidentales), pero en Haití teme uno porque unos desesperados se pongan a jugar a bandoleros para sacar una miseria que cobrarán en vidas.

Porque allí la vida nunca ha valido gran cosa.

Porque a pesar de su luz y sus playas, se ve más la sombra de la miseria, esa tan clasificadora para otorgar dignidades. La tierra estornuda, para colmo, donde nadie tiene otro sitio donde ir. Se suena sin una mínima urbanidad y se lleva por delante a miles de personas con su tos seca, en un carraspeo infame.

La Tierra, en un cosquilleo, se cambia el perfil sin mirar a quien.

Sé que seré el último en pedir ayuda, desde este rincón, pero da igual de la forma en que se dé, para tanta gente que queda sin recursos. Se me ocurre traer a toda la que se pueda mientras se allanan las inexistentes calles, que se les curen las heridas aquí, por ejemplo. A ver si tanto helicóptero y avión militar nos ayudan.

Para actuar debe dolernos cualquier desgracia. No hay comparación en el dolor. Pero hago hincapié en la falta de un estado, de una mínima estructura social que defienda a los habitantes de Haití en una debacle como ésta.

No puedo evitar la comparación con nuestro modelo social, donde nunca he visto caer un anciano o un niño sin que los que están cerca le ayuden a levantarse.

Allí hay que ir a hacer lo mismo. Vayamos en cada corazón de los que se están jugando la vida para ayudar.

Mientras, por aquí, y celebrándolo como si fuera el mejor día de sus vidas, porque somos unos afortunados,

Tengan todos ustedes muy buenos días. Celébrenlo.


Reflexiones de un sábado por la mañana (C).

2010/01/16

Sobre el miedo (1).

Busco saber qué intimida a una persona para paralizarla y evitar que haga lo que quiere o desea hacer. Supongo que, cromosomas aparte, se nos graban unos programas en el cerebro duro y con eso empezamos a caminar: Si nos caímos y nos levantaron con cara de susto, caerse pasó a ser terrible y a partir de ahí dejamos de correr, de saltar y de dar volteretas.

Eso en la instalación del software vital.

Después, desde la primera bicicleta hasta el primer amor, hay tantos estudios hechos que no me atrevo a desdecir ni puntualizar a esas autoridades psicológicas que se pasan la vida observando con rigor y escribiendo libros serios. Serios pero no definitivos, no tan rotundos como yo quisiera.

Porque yo, gracias a un amigo mío, tengo una pregunta definitiva para un buen montón de situaciones que, de una forma u otra, nos dan miedo.

El esquema parte del relato pormenorizado de los males, las penas y las penurias que uno padece a otra persona, que escucha atentamente. Y con carga dramática.

Finalizada la descripción detallada, que nunca debe durar más de un cuarto de hora, el oyente debe dejar una mínima pausa y preguntar con toda la seriedad del mundo:

-Pero nada más, ¿no?

Y esta pregunta, lejos de la burla o del escarnio, es la más importante que he oído jamás para hacérsela a quien sufre –miedo en particular, males en general- justo cuando más parece quererse ahogar en sus penas.

Esta pregunta tiene un carácter matemático que viene a decir que “por muy grande que imagines un número, yo le sumo un poquito y tengo uno mayor”.

Traducido, resulta: Si conozco mis males, por muy grandes que sean sé hasta dónde llegan. Y de modo inmediato conozco, es mi obligación, los que tienen solución y los que no. Separados en dos grupos, ya suponen tareas, –quizá enormes, tal vez descomunales, seguro que precisan de ayuda– para resolverlas. Pero son conocidos. Ahí estamos ya más preparados para mandar al miedo al mismísimo carajo.

Temer lo conocido es más difícil. No nos asustará quien nos quiera humillar si conocemos qué busca con hacerlo, por ejemplo tapar sus carencias o su cobardía con quien cree más fuerte. No nos asustará una rata de alcantarilla si avanzamos hacia ella con un palo y enseñando los dientes. Son tan listas como nosotros o más. Ni nos asustará un tumor a quien hemos localizado gracias a una radiografía. Ya sabemos dónde está. De nuevo el conocimiento nos pone, por lo menos, a la misma altura del problema.

No podemos dejar que los problemas, asociados al cansancio de resolverlos, nos impidan pensar en reír el resto del día. No debemos.

Hasta ahora no he dicho que nada sea fácil. Están los libros de autoayuda, sensatos en buen número, y esta reflexión no pretende serlo. Mi comentario se nutre de conversaciones con amigos y conocidos, que, inevitablemente, día tras días, dejan ver una busca de la felicidad, una armonía que ayude a seguir viviendo. Y para eso hablan, para quitarse el miedo: Al ver que compartimos muchos de sus temores, nos podemos ayudar. No es tan trivial este otro comentario matemático de tautología o verdad universal:

Sano es el que tiene las mismas enfermedades que los demás. Pues mira tú.

Hemos descubierto e inventado tantas cosas que exigen tiempo que el agobio ha aprovechado su momento para atraparnos. Me encanta quien trabaja más tranquilo según le meten más prisa. No hay mejor taxista que el que invita a bajar de su coche a quien pide atravesar la ciudad como un rayo para tomar un vuelo en veinte minutos. Con su actitud, ese taxista salva al menos dos vidas ese día. Y nos recuerda la obligación de preparar con más detalle ese viaje.

No digo yo que no.

Mientras, sin miedo, tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (IC)

2010/01/09

CULTURA E INDEPENDENCIA.

Los artistas se han jugado la vida durante siglos. No sólo ante una espada, sino ante la libertad de vivir sin horarios, aún a riesgo de malvivir. Ahora hace mucho tiempo que se aceptan/exigen subvenciones. Eso puede tener un precio: contentar a quien paga. Pues quien paga manda.

En la televisión, la radio y los periódicos, aparece, suena y está impreso quién se lleva bien con el Gran Jefe dueño del medio en cuestión.

Si un poema es bueno, ¿tiene que ser además de un poeta afín?

¿Quién dice entonces que la cultura es única, grande y libre?

¿Quedará para esto nada más que la abuela que canta una nana aunque su yerno sea de derechas y ella una comunista irreductible?¿Viceversa?

¿Y la pintura? Hay exposiciones subvencionadas de una calidad mínima que, desde el primer cuadro huelen a comodidad y cóctel de inauguración. La prueba es que nadie habla de los cuadros.

Entre artistas hay envidias inevitables, y muchas de ellas surgieron cuando alguna Corte Real dio su sello de bardo oficial a algún ingenioso creador de sentencias y versos. Su situación dependía de cómo alabara a su señor y un paso en falso podía llevarle a caer en desgracia. Había muchos esperando tomar su puesto y solía conseguirlo el que más le había echado en cara venderse por un puesto de funcionario del ingenio. Hoy sucede algo parecido.

Lo malo de cualquier comentario crítico es dar, más pronto que tarde, nombres concretos. Si nuestra atalaya tiene buena acústica, estaremos condenando al cómico de turno a las galeras, con la autoridad de tener un sitio mejor para gritar, y, en general, sin darle turno de réplica.

Envidio la capacidad de síntesis y, para rellenar el hueco me lío a preguntar. Me fabrico preguntas constantemente, en el intento de ponerme lo más posible en el lugar de la persona atacada. Haya hecho lo que haya hecho, lo intento. En cultura, escritores y músicos del siglo XX alinearon a muchos artistas contra un sistema cavernícola. Difundieron poemas maravillosos que contenían verdades incómodas y hoy no se les agradece sino a unos cuantos ese trabajo de levantar la voz.

Cualquier relación, casi cualquiera, entre gobiernos y juglares está viciada de antemano: Siempre habrá que aceptar la autoridad como un mal menor, y aunque aceptamos un director para las orquestas, muchas de ellas y sus solistas pasan auténticos calvarios hasta aceptar la disciplina que lleva a la armonía que contemplamos desde las butacas, pero planteo que el artista, antes persona, debe gritar para todas partes, no siempre con la espalda pegada a la pared o cogido de la mano de los ayuntamientos afines.

Clamo por una cumbre de artistas. Un encuentro donde nadie hable de otra cosa que de arte. Una cumbre donde se supere el punto de fricción de los derechos de autor, donde la venta de ejemplares no establezca jerarquías y donde se arriesgue y se ponga el aplauso por debajo de la creatividad.

Esto anterior se hacía antes entre los flamencos, que respondían de sí mismo y poco más cuando lo que tenían era su voz y un guitarrista. Ahora es más complicado.

No puedo pedir renuncias a ganar dinero y fama, pero pido huir de ser artista y estar en nómina. Porque esto hace renunciar a la crítica y hacerlo en ruedas de prensa, donde el gobernante teme a las estadísticas y su difusión.

Yo no digo que sea fácil.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Y EL SÉPTIMO DESCANSÓ.

2010/01/05

Yo te vi antes que José,

a él le miraste antes,

él me vio primero y sé

que era él mi contrincante.

Ninguno de los dos supo

que había otro, un tal Andrés,

haciendo más grande el cupo

que de dos se puso en tres.

Y un trío es mucho teatro,

hasta que surgió Fermín,

que elevó el cotarro, en fin,

para que fuésemos cuatro,

que quedamos hecho cisco

por ti, una loba innombrable,

políglota, hembra insaciable,

al aparecer Francisco.

Quinteto de enamorados,

con turnos de funcionarios,

respetando los horarios

del resto de los amados.

Y, tú, tan campante, Adolfa,

llevando en orden tu agenda,

reflejo de tu leyenda

de amante, y también de golfa,

pero poniendo a tus pasos

el mundo, bajo el pretexto

de que, si se diera el caso,

te buscarías un sexto

para el último repaso.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCVIII)

2010/01/01

LETANÍA DEL NUEVO AÑO.

Para que el año que viene, que no es más que un día detrás de otro, sea buenísimo, cojamos un piñón. Si vemos doble, el año será el doble de bueno, ¿no?

Para que las mismas personas que no se tragan, en fin de año lo hagan, cojamos un piñón.

Para los que se ríen cuando una uva se les atraganta y nos escupen el traje de fiesta, no cojamos un sofocón.

Para celebrar lo que sea, démonos un atracón.

Para digerirlo, hagamos la digestión.

Para adelgazarlo, corramos maratón.

Para no tirarlos, en marzo, trocitos de turrón.

Para los que nos abrazan por la calle, pidiendo amablemente nuestra cartera, como su primer atraco del año, cojamos al ladrón.

Para reverdecer nuestro espíritu nacional, cojamos un coche y cojamos el Peñón.

Para que desde el primero de enero esté menos empinado, pongámonos tacón.

Para que nadie nos tosa, protéjase el pulmón.

Para que nadie se acatarre, protéjase el pulmón con plumón.

Para que Fernando Alonso gane y no sea segundón, démonos el madrugón.

Para que el ministro de algo no se atasque, apoyemos su moción.

Para que Rouco Varela no se enfade, que haya confesión.

Para que no haga ni puta falta, que haya compasión.

Para que el mundial se gane, viva la selección.

Para que el otro mundial también se gane, que juegue Pau Gasol.

Para que ninguna patera vuelque, que vengan en avión.

Para que haya alcaldes buenos, fuera la corrupción.

Para que no se maltrate, viva la educación.

Para que haya diálogo, no sólo discusión, viva la educación.

Para que conduciendo no haya tanto sofocón.

Para que haya trabajo, que haya imaginación, buena administración, y la concertación.

Para las hipotecas, que siga el rebajón.

Para viejas y viejos, que haya comprensión.

Para las buenas ventas, que pare el chaparrón.

Y para este verano, una buena canción.

Para todos ustedes, sean los miles de millones de personas que leen esta ristra de peticiones al Altísimo (que no, que no es Pau Gasol) les deseo Un Feliz Año Nuevo, pero antes, por supuesto,

Que tengan todos ustedes muy buenos días.


EN PUNTO DE PARTIDA.

2009/12/26

-¡Sin empujar!, -le dije al ruso ese, el tal Pentakriftof o como se llame. ¿Pues no va y me pone en la esquina? Poco menos que defenestrado, Jorge, tú lo tienes que entender, negro, que los dos hemos sido peones de centro de toda la vida. Y, bueno, nos hemos comido, bloqueado y saltado al paso miles de veces, ¿no?, pero siempre nos hemos estrechado las manos cuando nos han sacado del cuadrilátero. Yo no te guardo rencor. Ni a ti ni al que siempre va a tu lado, ese peón de dama que me da a mí que tiene un lío con la susodicha. Que no, amigo, desengáñate, con esa hoy uno y mañana otro. Con decirte que ayer mismo, revueltos en la caja, me enteré de que el alfil izquierdo, sí, ese que sólo parecía tener ojos para su caballo, entiéndeme, pues venga a contonearse dentro de su casilla, sí, pero que puso a la dama en un plan que, en las dos primeras partidas, se salió a destiempo. Vamos, estaba claro que estaba salida desde que yo, precisamente, hice los honores de la partida en mi punto de ídem. Y hoy, fíjate, aquí en la esquina, hablándonos a gritos, a ti te lo cuento porque oye, los negros sois más tradicionales: Ahí el que es el primero se muere el primero, pero yo, mírame aquí, delante de la torre, que parece mentira que aquí en Barcelona llamen torres a las casas de la avenida Diagonal, pero entiende tú a esta gente, pues te decía que a esta torre le tienen manía los de urbanismo y cualquier día viene una excavadora y a ver quién me defiende a mí ¿El rey? Esa es otra. Este monarca se enrosca en sí mismo y ahí me las den todas, a mí que siempre he sido el que ha dado su vida por él, delante, como el Clint Eastwood de guardaespaldas, ¿te acuerdas?, pues ahora dime tú qué pensión te queda cuando no puedas demostrar que te has movido en toda la partida mientras veías morir a todo un ejército. ¿Quién se va a creer que no me arrinconado ahí, sin no digo ya dos sino un único paso adelante? Por cierto, Antonio, el peón que sustituyó al que se llevó firmado la niñata aquella del público, me ha dicho que cuidadito con el alfil que tienes detrás. Un chivato, amigo mío, un chivato. Ese no se mueve en línea recta en su vida. Es verdad que no cambia de color, pero no duda en sacrificar un peón por quitarse de en medio. Bueno, te dejo, que tengo aquí un caballo loco que, si me descuido, en un salto se me pone delante. ¿No te digo? Imagínate, si ya estaba parado, ahora estoy poco menos que clavado, porque el Rey, a poco que tu dama ha amenazado con comérselo, se ha acochinado en la esquina, detrás de mí, y de ahí no lo saca nadie, antes abdica, y es lo que yo le digo, le digo “Majestad, pasito a pasito, como os movéis, seréis pasto del Yulnikov, ése ruso también de enfrente”. Pues en vez de escucharme, llama a otro alfil para que se me pusiera delante y a la izquierda. Total, para no aburrirte, que me echo a dormir y se acabe como sea la partida. Por cierto, ahora que te veo cerca, aquí en la mesita junto a mi rincón, te han dado fuerte ¿eh? ¿Quién ha sido? Ah, sí, Demóstenes, precisamente el que ha cogido mi puesto en el centro del tablero. ¡Buenoooo!, un trepa, un trepa de cuidado. ¿Y con zancadillas? Ya te digo. ¡Toma batacazo!, ¡quitaos de encima, majestad, por favor!, ¿ahora sí pedís mi ayuda? ¡A ver quien se enfrenta a esa fiera de negro! Vos no estáis para tanta posturita de barra de bar. ¡Madre mía, que se lo ha comido! Problemas de pareja ha habido y habrá siempre, no te digo que no, Jorge, pero dime ¿dónde estaba su mujer cuando la otra se le ha echado encima?, ¿ein? Y como te dije yo: Con el alfil ese detrás, sin dar la cara, como el que avisa si viene alguien. Ahí se lo llevan, ni un entierro como Dios manda… En fin, parece que viene ahí el que recoge las cajas. A ver si nos vemos en un campeonato de barrio, donde la gente juega con menos prisas y nos ponen a cada uno en su sitio. Adiós, Jorge, moreno. ¡Eh, sin avasallar!, que ahora, revueltos para guardarse, todos son buenas palabras. ¡Dita sea!


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCVII)

2009/12/26

Cultura para todos.

Punto de partida simple: más allá de la música clásica concebida por los genios del Barroco o pintura y literatura del siglo de Oro, a ver quién unifica “lo cultural”.

A ver quién lo define sin bronca. Sin elevar a unos y atacar a otros.

¿Son incontestables los que tienen el teléfono directo con las Musas?

Cultura como enseñanza básica y universal parece aceptada. Mandamos a los niños a estudiar y gastamos en ello mucho esfuerzo. Pero no lo defendemos. Ahí está el problema.

Transmitir lo conocido que sea útil parece también aceptado como lógico: Hay que mantener las máquinas y los sistemas de organización. Somos demasiados como para no tener semáforos, por ejemplo. O café en las máquinas de los bares.

Pero, ¿y el saco sin fondo ni forma que supone “saber cosas” o “ser útil”? Definir lo cultural al margen de estas preguntas no parece fácil. Ni aceptable.

Se coge ese saco vacío y se va metiendo en él un puñado tras otro de costumbres y conocimientos “que forman parte de nuestro patrimonio histórico”, o bien las tendencias más atrevidas e innovadoras de artistas que no siempre son reconocidos como tales. El problema que planteo deriva a una mezcla de arte, dinero e independencia. Como es lógico.

Considerar la difusión cultural una obligación del Estado es inevitable. La enseñanza básica es un recurso universal para evitar el analfabetismo, ese monstruo que excluye a los ciudadanos de estar al tanto de leyes y manejos. Pero, sin duda, la mínima coherencia de mi artículo la busco en la condición de obligatoria de dicha enseñanza.

No se puede obligar a nadie a salir de la barbarie. Sin embargo, sobraría una generación sin alfabetizar para estar perdidos, para que nuestro camino andado se fuera al guano y sin retorno.

Pido cultura para todos pero pido capacidad de analizar, hablar de lo que se sabe y preguntar sobre lo que se ignora, que cuesta más. Propongo empezar, cada día, por apagar un poco la tele en esos instantes donde nos toman, con razón, por tragalotodos incapaces de, por lo menos, aburrirse en soledad.

Como lo simple, tiene su rendimiento inmediato: Es necesario que, como se ha conseguido siglos antes de la televisión, nuestro cerebro se plantee un esfuerzo individual, más allá de lo dado por hecho que suponen las imágenes. Así, aislarse en la lectura un rato cada día nos da criterio, para que nuestra opinión valga cada vez más. No se pueden votar las leyes que no se han leído. O no deberían.

Leer el Quijote no significa despreciar los villancicos antiguos. Poder elegir en cada momento es lo principal que se busca si no estamos enfrente de una pantalla que nos conduce a unos sueños siempre fabricados de antemano.

Y estar al loro, en la onda, tampoco obliga a nadie a quemar enciclopedias.

Ese poquito cada día, propongo así, suavemente, para saber jugar con más de una baraja. Una de ellas, la inmensa colección de conocimientos puestos en nuestras manos. Hagamos por merecerlos.

Como siempre, les deseo que pasen todos ustedes muy buenos días.

Y en estos días, que no falte: Felicidades.


LA CAUSA.

2009/12/20

-Me siento responsable por mi olvido, -declaró el doctor en el juicio-. Se trata de un tipo muy sensible. Le conozco bien.

-Puede que fuera el desencadenante, -respondió el juez.

El día de su cumpleaños Hyde no recibió regalo alguno. Ya no volvió a confiar en nadie jamás. No se tragó que el doctor Jeckyll se olvidara de la fecha.