Se enfrentan Damadatsi Pruda, de la casta Ña, contra Puridura Metmabu, de la casta ñuela, ciento diez escalones sociales por debajo de la de su adversario y mucho más alegre.
De tal modo, los seguidores de Pruda tienen derecho a pisar los riñones de los que animan a Metmabu, y éste mismo, además de pedir permiso a su rival cada vez que le toque jugar, realizará fantásticas contorsiones de cadera y cintura, humillándose como es su destino ante alguien con un origen tan superior al suyo.
Comienza la competición. No se llega ni a las dos horas de retraso.
Pruda abofetea a Metmabu para entrar en calor y desentumecer los músculos de manos, muñecas, codos y omóplatos. Que luego vienen los calambres, le dice su manager, el yogui Cicudrama. Además, le rompe un palo llamado “taco”, y le dice tacos suaves, nada de cabrón ni cosas por el estilo: le dice cabrito y en voz baja.
Metmabu sonríe y sirve para su rival un suave y templado té en una taza de cristal repujada con incrustaciones brillantes , mientras él da un traguillo a un botijo de Cáceres lleno de anisete.
Tiran la moneda, que recoge del suelo el árbitro con la boca –es de una de las castas más ínfimas que hay, y los dos jugadores le despeinan a tortas, incluso se sientan sobre él durante un par de minutos- y dice que empieza Metmabu, quien cede su turno ante la sugerencia de Pruda, que le saca la bola blanca de la boca para que pueda articular versos del sublime Parhananas, el poeta de bebés.
Después de recortar el césped de la mesa, el árbitro, con un ajustadísimo sombrero de copa realizado en plástico, pone las bolas sobre el tapete para verificar la correcta textura de la tela. Después se baja y coloca las bolas de colores.
El primer golpe de Pruda a las bolas –antes, por aburrimiento, le pega una patada al camarero, de la casta ñeta, un grupo social muy valorado en los recitales de flamenco-. Pruda golpea con efecto, provocando que la bola blanca “se pasee” como de puntillas por encima de las demás, como pidiendo permiso, en un derroche de fantasía. La blanca, por su cuenta, se sale de la mesa y se lleva por delante los incisivos del vaishia Genaro Gómez Perlas, un enamorado de este juego que se ha gastado toda su fortuna en acudir a la final. Protesta pero nadie le toma en serio, pues todo el aire se le va por el hueco de sus ex paletas.
Por su parte, Cicudrama, ante la jugada de su pupilo, se afeita en directo ante una cámara de televisión, argumentando que con cuatro hojas la piel no se entera de nada. Y es cierto: la marca Rapayá para afeitar dedos de pies –patrocinadora de esta final- está llamada a hacerse de oro.
Con permiso del de casta superior y sin echarle en cara su fallo, Metmabu vuelve a pasar una bandejita con pasteles, besa los pies de Pradu, da un codazo al camarero y toma su taco con la izquierda, pasándosela a la derecha sin caérsele. Se agacha sobre la mesa, besa la bola blanca apasionadamente y la pone, sumisa y húmeda, delante de su largo taco. Se acerca a ella y más que golpearla la envuelve y empuja, la arrincona, invitándola a cargar contra las demás, a las que dispersa en todas direcciones. En concreto, la bola verde de rombos se estampa contra un jarrón Ming valorado en cuatro millones de dólares que la compañía aseguradora comienza a cobrar de inmediato pasando una gorra por todos los asistentes. ¿O es que nadie ha visto nada?
Dado que cuatro de las bolas se han metido en los agujeros laterales y de los rincones, Metmabu pide la venia para seguir jugando. Lo hace de nuevo de acuerdo con la bola blanca, a la que tiene loca. Para el siguiente envite, la vuelve a mirar mientras unta de tiza su taco de forma lenta, durante quince minutos. Cuando se echa sobre la bola, ésta ya sabe lo que tiene que hacer, pero en su camino la bola negra, perdida, tropieza con ella, se pierde más aún por una esquina y, cuando el árbitro la saca, viene envuelta en una querella criminal de la que sale absuelto el jugador al llegar a un acuerdo. Metmabu se tiene que tirar al suelo a instancias del árbitro, al que patea después de estrecharle la mano.
En el turno de Pruda, la blanca sabe que no volverá a gozar de los privilegios que tenía. En efecto, la condición de raza superior se invierte en este país, donde la trata de blancas es un negocio de vértigo. Pruda, para empezar, mira a la bola negra que se pega aterrada a una banda hasta parecer que se reduce de tamaño. En su golpe al centro de la blanca, ésta reacciona sin frenos, buscando cuanto antes una digna caída a la oscuridad que no le llega. Varias bolas, muchas en verdad, buscan asilo bajo el tapete y piden turno para desaparecer por los distintos agujeros de escape que ofrece la suave, verde y angustiosa cubierta de la mesa. Apenas permanecen temblando sobre ella dos bolas más, una roja lejos de ser redonda y la negra, que , dándolo todo por perdido, susurra un blues acerca del güisqui de Kentucky.
La suerte está echada. Si la roja logra meterse y huir de este infierno, Pruda logrará su decimonoveno campeonato anual en un deporte que comenzó a practicarse hace tres meses en la India.
Para lucirse ante las cámaras, intenta el último golpe de espaldas, con guantes y fumando. El camarero, a quien nadie había pedido nada, aprovecha para servir en vaso largo licor de ginebra, miel y esencia de butano. Por supuesto, lo hace justo cuando Pruda va a embocar y derramando buena parte del líquido en un bolsillo del jugador. Se produce el lógico tumulto y el camarero demuestra que es posible tragarse tres bolas de billar y regurgitarlas, todo ello en menos de treinta segundos, lo que permite seguir con el campeonato.
Turno de Metmabu. Su complicidad con la blanca, junto a su ausencia de prejuicios raciales en general, hace que las tres bolas restantes, en orden y sin empujarse, se dirijan a los agujeros correspondientes a la menor insinuación de su taco, al que basta asomar la punta entre las manos de su dueño.
El júbilo se manifiesta en un clamor de dos decibelios, ruido máximo permitido por la casta superior para celebrar que el pestoso e indigno jugador destinado a ser humillado sea ganador de un deporte que no interesa a nadie. Sale el campeón con la copa encasquetada hasta las orejas y con los suyos huyendo de las pedradas y estacazos de los que apoyan a Pruda, quien se queda poniendo velas a la diosa Nofallarí mientras su preparador le golpea los músculos pronadores con toallas húmedas.
Lentamente, se apagan las luces y el local se recupera para su función habitual: una piscifactoría de cangrejos rojos para paellas.