Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXI).

2009/07/04

Compromiso.

Supongo que puede (podría, debería) ser un motor para que las cosas salgan bien: Las obras con sus fechas, las horas con sus citas, las clases y los recreos con los timbres… pero me da que así se funde con la disciplina.

¿Cómo distinguirlos?

El diccionario ayuda, pero tiene que salir de la barriga: Uno, el compromiso, no se sostiene sin la otra, la disciplina o perseverancia, pero se da antes, en una declaración previa. Por ejemplo la de que te quiero muchísimo. Después habrá que mantener ese envido y hará falta tiempo que sostenga la oferta inicial de amor.

Pero eso parece volver a confundir en una las dos cosas. ¿Por qué?

Puede que porque en el anuncio del compromiso haya un estallido de deseo de que algo salga muy bien, quizá por encima de lo posible, y en la disciplina sólo queda el recordatorio, el martillo machacón que actúa de ángel guardián de las obligaciones.

Difícil pollo el de hoy, pero no mucho más que otras veces.

Nos metemos en mil vidas, bien porque se trata de algo muy llamativo, bien porque no sabemos dónde ir. Pero en cuanto se pasa el noviazgo aparece la exigencia. Entonces, como donjuanes incurables para sea lo que sea, preferimos otra primera cita de nuestra alma con la siguiente llamada a deslumbrarnos.

Tócatela otra vez, Sam.

Lo que pasa es que un día encuentras algo de madurez por ahí rodando y te la guardas en lugar de darle una patadita. Entonces ves que lo mismo una pasión por la música que construir muebles encierran un camino de mejora, un abanico de opciones que llevan a la satisfacción más allá del fogonazo. No te sientes un maestro en poco tiempo, sino que sabes que no basta con ser un aprendiz.

Sin más vueltas, lo grande es enamorarse a dosis desprevenidas de quien también se paró para quererte.

El compromiso te dice que, las más de las veces, es tiempo y calma lo que nos pedimos. Que cuesta hacer la compra y la colada con quien después tendrás que seducir previa bronca por las notas de los niños.

Pero hay que poder sostener la mirada, por muchos años que pasen.

Hagan la manida prueba, que siempre es determinante. Cojan un reloj y mírense a los ojos sin desviar la mirada ni un instante durante un minuto. Ni un segundo más. Vale la pena.

Tengan ustedes muy buenos días.


Bitácora de un buscador de tesoros.

2009/07/01

Prólogo.

Yo era hombre de lavabos y fregaderos. Los desatascaba sin miedo y la gente me abonaba las facturas, aunque fueran con IVA. Pero vi una oportunidad de cambiar de vida el 2 de enero de 2009 y me presenté voluntario a explorador. Mi nombre es Adelmo Flete, pero pronto mis compañeros de aventura me lo cambiaron.

Todo empezó por el principio, en el origen del comienzo. Sin duda.

Por la ferretería donde yo adquiría el citado día un tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27 (podría haber mandado a mi chiquillo, pero estaba de exámenes) pasó un tipo al que se le veía la nariz, nada más.

Mientras el dueño de la ferretería, Abigaraldo Barreiros, tiraba al suelo una docena de llaves inglesas para escuchar al recién entrado, yo le metí el tubo blanco del seis por el cuello de la camisa al tipo que decía que su baño se inundaba (¿qué podría saber un personaje como aquél, tan delgado, de su propio baño?), y también me dispuse a escuchar al hombre misterioso recién llegado tras su nariz.

El tipo, envuelto en un amplio paño semigris (aceptaría un blanco roto o gris perla si existieran esos colores) habló de tesoros, de tesoros inmensos.

Hasta el del tubo blanco del seis llamó a su mujer por el móvil para quedarse a escuchar. Antes de salir del comercio, su mujer, que venía con él, dio la vuelta al letrero de la puerta para que la gente leyera “Cerrado, sí, ¿qué pasa?”.

Ese día que cambió mi vida.

Fin del primer capítulo.

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Dentífrico Mascamás, el único que le garantiza el tubo lleno “sin aire al final, como otros tantos”. Además –compruébelo en su domicilio- deja los azulejos como una patena. Mascamás, su pasta de dientes, muelas y loza fina.

Capítulo I.

De lo que el hombre relató.

“Soy uno de los hombres más valientes que conozco. Me llamo Rabindranaz Barahado, sin más, y nací en una ribeeeera del Arauca vibradooor. Soy hermano de la fuente, soy hermano de mi hermana y de mi hermano Salvadoooor, tatán tan chan.”

Cuando el hombre de la nariz prominente comprendió que nos parecía un chufla, cambió el tono de la voz y pasó de un matiz producto de vegetaciones nasales al de un monaguillo veneciano de cuarenta y dos años. Exactamente lo que era.

“Vivo en busca de aventuras. He vivido tantas que no me acordaría si no las hubiera apuntado. Y la última de todas, de una intensidad desbordante para cualquier cagamandurrias, impensable si no se es durísimo, nos hará sacar un buen montón de riquezas, por lo que pienso viajar a recogerlas; deduzcan de la anterior persona primera del plural que necesito formar una caravana de hombres, mujeres y camellos valientes. Hablo del desierto de Pacharán”.

Hasta la mujer del comprador del tubo blanco se quedó callada, como si eso fuera fácil.

Estábamos apoyados en el mostrador el dueño, el dueño del tubo, su mujer (callada todavía), el hombre misterioso y modesto y yo. Allí reunidos, discutimos sobre si decidíamos quedar para reunirnos y discutir qué hacer. Ante nuestros gestos de pavor, Rabindranaz sacó un machete más afilado que la lengua de Quevedo y lo clavó en el mostrador de madera: No soportaba que ninguna cucaracha se le paseara por delante.

Antes de la cena, los cinco estábamos conjurados en una promesa común: Coger cuanto antes la furgoneta del vendedor, darle un agüita, colocarle unas cortinas y llenarla hasta arriba de tupper wares para largarnos al desierto de Pacharán a buscar esas riquezas tan infinitas.

Quedamos en salir al día siguiente, después de desayunar.

Fin del Capítulo I.

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Si se le caen los pelos, recójalos, que no serán tantos. Si ocurre igual con las lentejas antes de ponerlas en remojo, proceda también a recogerlas, de tres en tres si acaso para terminar antes. Pero si lo que se le escapa de las manos es un paquete de kilo y medio de azúcar molido, puro polvo dulce que estalla hacia todos los rincones de la cocina, no lo dude y deje de agacharse: Compre una Chupatod, la aspiradora que le permitirá comparar un aire antes y después de haber encendido su Chupatod, de cómo filtra. Verá a su cuñada con mejores ojos, gracias a la desaparición de esas partículas que se quedan por medio en las comidas de Navidad. Chupatod es su aspiradora.

Capítulo II.

De cómo nos colocamos en la furgoneta y emprendimos el viaje.

Para conducir, en posición pentagonal relevadora o de permutación rotativa para los cinco asientos, de modo que cada uno, con carnet en vigor, se hiciera cargo de setenta mil kilómetros seguidos. El primer turno le tocó al dueño de la ferretería, al que despegaríamos del volante en las paradas. Para dormir se celebrarían sorteos semanales.

Salimos después de la compra en Merca Chifle, con la furgona rellena de lonchas de todo tipo, botellas de agua y servilletas de papel, sin olvidar la seda dental y el abrelatas.

Cogimos por detrás de la parte norte del país más raro que había en el continente africano y supimos que íbamos bien al preguntar a una señora que hacía punto bajo una sombrilla con publicidad de una Caja de Ahorros de Ceuta. A continuación, una línea recta en la dirección “Palante, todo seguido”.

La primera noche en el desierto nos reunimos para desentumecer los brazos del vendedor y oír por fin algunos detalles de nuestra aventura.

Fin del Capítulo II.

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Si está harto de ganar kilos, no juegue más en la Lotería del Gordo. Desde hoy mismo, participe sólo en sorteos patrocinados por Phamélic & Cía, la compañía internacional que no ha dado un euro en premios en los últimos diez años, consiguiendo la desesperación más absoluta en los que compran sus participaciones, que entristecen y adelgazan. No lo olvide, Phamélic & Cía.

Capítulo III.

De cómo lo inesperado pasó a ser lo habitual.

-Por mi madre que es la primera vez, -dijo Rabindranaz, acurrucado con los demás bajo el único paraguas, impreso con publicidad de una panadería segoviana.

Se había puesto a llover en el desierto de Pacharán y la arena empezaba a empapocharse, lo que nos obligó a cobijarnos dentro de la furgoneta.

-Pues lo mejor en estos casos es buscar un sitio alto y pedruginoso, -dijo la mujer del cliente-, que añadió: -Me llamo Consuelo, que no me parecía prudente seguir sin presentarnos, y mi marido es lo más antisocial y tímido que darse pueda.

Como la furgoneta se hundía, nos pusimos a empujar para sacarla de las arenas movedizas y el resultado fue el siguiente:

Todos menos yo empujaban hacia delante agarrando las puertas laterales abiertas y con la primera marcha puesta. Y yo empujaba las puertas traseras cerradas. Los dos equipos delanteros se hundían pero notaban una compensación por su esfuerzo al comprobar que quizá no se movieran, pero tampoco retrocedían. Las ruedas traseras, en su girar frenético sobre las arenas empapadas, me cubrieron de arriba abajo en un minuto y, cuando paramos exhaustos, avancé para conocer nuestra posición y provoqué un susto de muerte en el resto de los expedicionarios. Allí comenzó mi leyenda, que terminó al día siguiente, con una ducha.

Unha Renero, Unha Renero!, -exclamó Rabindranaz, soltando el paraguas, que salió volando hacia el horizonte profundo y negro de la infinita noche del desierto.

-¡Aigg, qué asquízimo!, -soltó Consuelo.

A pesar de la poca luz, pude verme reflejado en el retrovisor y caí desmayado.

Fin del Capítulo III.

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Si no tiene hambre, no moleste. Si lo suyo es de zampabollos, meriende Gallitina, la galleta compuesta de harina, agua, más agua, azúcar y carne de gallina molida. Si sus hijos vuelven al hogar tras el colegio, déles Gallitina y acuéstelos o se caerán de sueño, pues la densidad de nuestras galletas, indicadas para las digestiones de las boas constrictor de Brasil, los dejarán traspuestos no menos de doce horas. Si protestan, usted les baja las persianas del cuarto. Gallitina, no lo dude.

Capítulo IV.

De cómo resolvimos la cuestión.

El guía fue el primero en faltar. Y Emilio, que dijo su nombre después de dos semanas compartiendo aventuras, saltó como un resorte y se fue a por él. Mejor lo cuento cronoloflísticamente ordenado:

Después de lo del chaparrón nos pusimos a secar y salimos con viento fresco del sur hacia nuestro objetivo, que se presentía cerca. De hecho, nos salieron cantes propios de la tierra de cada uno y desembalamos las palas y los picos. Pero un jarro de agua fría nos esperaba para provocarnos una contractura en el alma. Un deginse espiritual, quiero decir.

Al derretirse el cuentakilómetros, nos detuvimos junto a una papelera para tirarlo en el bidón amarillo de reciclaje y, al levantar la vista, vimos el primer letrero: “Zona cercana a la primera gruta llenita, pero llenita de tesoros hará cosa de un mes. Ya está vacía. Ni se paren. Sigan hasta la siguiente.”

De pura rabia mora arranqué el letrero y lo llevé a la furgoneta. Hasta un cuarto de hora estuvimos diciendo palabrotas. Yo veinte minutos, lo confieso. Dije hasta aquello de “ajolá se le arañen las ingles con un peine de coral” que decía mi abuela. Pero seguimos nuestro camino.

Y en eso, cuatro días más tarde, vimos al grupo organizado. El guía, al vernos tan hechos unos ascos, no tuvo otra ocurrencia que ofrecernos su viaje con descuentos. Ahí Emilio, viendo cómo los turistas de edades variadas, pero la mayoría de la tercera edad, se llenaban sus sacos de oro, plata y jarrones para la entrada, se puso los nervios en blanco y preso de un ataque de ojos comenzó a golpes de rueda de repuesto con el guía.

-Que hay para todos, ostialajoder, imite usted a lo que ve y no se ensañe conmigo. Por Dios y por la Virgen del Ganges, que parece usted la Montiel recién levantada.

Agarramos a Emilio, le pusimos un sedante (ayer, un mes después de aquello, sigue sedado, como la seda) y sacamos un saco cada uno para llenarlo de tiestos dorados, plateados y bronceados.

Fin del Capítulo IV.

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Su respuesta sexual no es la que era, ¿verdad? Pues a partir de hoy, diga “sí, por favor, béseme usted por fin” y disfrute de la vida. En el caso de que dé el paso, utilice preservativos Ponloenfirm, con lo se asegurará no meter la pata, sino un apéndice bien distinto, desprovisto de imprevistos. Ponloenfirm, su marca de la felicidad. Pero antes diga que sí, que ya no es usted ningún niño.

Capítulo V.

Dormido Emilio y guardado el equipaje, con el guía menos enfadado porque le dimos una propinilla, la vuelta se prometía feliz: En lugar de senderos atascados de arena, dunas de arena y caminos inexistentes por culpa de la arena, encontramos una autopista. Lo curioso fue que no amanecía ni a tiros.

Hasta que nos quedamos dormidos.

Al amanecer siguiente, estábamos descargando el lote de tesoros (en sacos comunitarios a repartir) en la puerta de atrás de la ferretería.

Con el último saco, vimos que no nos faltarían tubos blancos para lavabos y fregaderos en los próximos doscientos años.

Llamamos al guía por el móvil para cagarnos en sus tataraparientes hasta el siglo IX, pero él se nos adelantó antes de que marcáramos:

-No sé qué pasa. Creí que esta vez sería diferente: En la Zona Chachi todito es tesoro valioso y brillante. Una vez arramplado, de pronto se va la luz, amanecemos en casa y lo que saco del saco es, a lo más, chatarra. De las cuatro veces, al menos una me salió una colección de alfombras. Algo es algo. Lo siento y váyanse al carajo. Buenas tardes.

Con Emilio sentado y sin hablar, nos reunimos de vez en cuando para tomar café y charlar sobre lo ocurrido. Rabindranaz, que se ha cambiado el nombre por Teodoro, no para de tirarle los tejos a Consuelo, al ver que su marido no toma la iniciativa. Pero ella trae a su consorte a todas las reuniones.

En la reunión de hoy, después de migar las galletas en el café, ha aparecido una mujer misteriosa a la que sólo se le veía la nariz. Hemos dado un respingo.

-Vengio del palaisio de Visir Arishnagoud, para reinstalar tuberíaes. Quiero pedir presio para siento vintidós mil metrios de tubos blancos, rediondas, es desir, tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27. ¿possible aquí?

-Puede que el tesoro no fuera directo, -dijo Teodoro, sin dejar de mirar las piernas de Consuelo.

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Si lleva media vida queriendo ver las piernas y su prolongación a su secretaria, pero no le ha sido posible dada la correcta posición al sentarse de la dueña de tales piernas, haga que frieguen su suelo de mármol con Brillaspej. Con Brillaspej su personal usará obligatoriamente gafas de sol, usted no adivinará qué mano llevan en el póquer, pero podrá por fin tener la deseada panorámica de los maravillosos muslos de su personal de confianza, Conchita, una obra de arte, seguro. Brillaspej.


Grandes Cocktailes (1).

2009/06/28

París, enero de 1927. Embajada de Chirmenia.

Invitados: Personal diplomático europeo y don Jacinto Madrigales, de Albacete, premiado por Galletas Crujechoc, al que echan a la calle al cuarto de hora, justo cuando llega alguien que es alguien.

A destacar en el vestuario: la habilidad de la encargada del guardarropa: No perdió ni uno de los 81 sombreros masculinos negros de copa iguales ni intercambió ni uno de los 81 femeninos de fieltrigasa de color verdazulón con tonos morados. Eso sí: tiró una boina a la basura.

Como maestra de ceremonias actuó Florinda Charlton, famosa por sorprender desde detrás de las cortinas con sonrisas histéricas a cualquiera que se acercara a la mesa del ponche.

Animaba para el baile y ambientar la fiesta en general la orquesta Pagímonamí, con la explosiva vedette Chachá Yayá, que pudo venir gracias a dejar sus nietos al cuidado de unos vecinos.

Como detalles intrínsecos, damos ejemplos del nivel de las conversaciones:

Entre embajadores.

-Que te invado, Teófilo, que te invado el país mañana mismo si no me compras mi producción extra de alfalfa. ¡Cago en la monserga…! ¿unas aceitunitas?

-No tiene tú la mitá de lo que hay que tené entre los borsillo der pantalón de chanda de oportunidades que te traes puesto. So pingafra… Sí, gracias, de sin hueso.

Entre dos invitados, en una zona apartada.

-Quita y cesa esas dos o tres manos palpantes de mi contorno en general, Doménico, que a esta fiesta sí que se ha venido mi marido, y nos puede identificar a ojos vista.

-Que soy yo, María de la Chachá, tu marido, el único que te ha hecho caso en todo el transcurso de la fiesta. Anda, darte una bailación, que maburro lo máximo.

Entre anfitriona y mayordomo.

-Demóstenes, recoja y guarde ya las bandejas de plata, que he tenido que sacar dos de entre los abrigos de los conde duques de Jibarstein, justo cuando arrancaban el coche de gasógeno.

-Señora, que dichos conde duques son sus padres de usted.

-Al punto, Demóstenes, que yo sé lo que me digo.

Los que al amanecer se iban, diciendo:

A la anfitriona,

-¡Oich, la fiesta pordió, qué maraviiiiiilliioosssaa!, ¡A ve si quedamos otro diíta Mersshe, con lo bien que lo hemos pasado!,

A la cocinera,

¡Adió, Heriberta, vaya cocletas güenas, shosho!…

En camilla salió Florinda Charlton, sin dejar de hacer tumbada lo de las manos cruzando las rodillas, que cada vez le salía mejor, y con la fuente de ponche al lado para mantener su custodia.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXX).

2009/06/27

Perdón.

Cuestión ardua, porque se ramifica. Viene grabado por un espinoso asunto de pecados a expiar y se queda gravado por unos impuestos de penitencias, con idas y venidas que dan por hecho un desajuste previo.

Intento explicarme.

La ofensa parte de una natural desigualdad, o de un intento de someter que define al ser humano. No lo sé. Pero lo mal es que sólo se pide perdón cuando se baja de algún que otro escalón del pedestal. Nadie en la cima del poder pide disculpas y comprensión. Y mucho menos si no te someten a la justicia terrenal, la que se relaciona con un intento de nivelación tras el agravio.

De la justicia eterna, por lo visto, no hay sino preocuparse al final, con un intermediario vestido de negro al que decimos arrepentirnos. Entonces él, en virtud de unos apoderamientos o facultades concedidas, nos pone un sello en el alma para que ésta viaje con salvoconducto en la autopista hacia el Cielo. No se sabe nada del que se despeña en Despeñaperros sin tener animales domésticos. Ese se irá pudriendo en cuerpo y alma, ajeno a la Guardia Civil hasta el lunes y al de la sotana cuando pasen los bautizos y las comuniones. No sabemos qué perdón habrá para los que no saben ni morirse.

La caridad, por poner paralelismos, se tuvo que inventar para poder inventar al pobre. Ya estaba así la paridad. Y luego se meten con los del ying y el yang, todo el día compensando, como si nada se pudiera quedar impar y tan fresco. Blanco y negro, día y noche, bien y mal. Por tanto, qué mejor idea que inventar el perdón justo en el momento en que se inventó la primera falta de respeto al de al lado, por ejemplo al no prestarle un poco de ayuda frente a un imprevisto o enemigo inesperado.

Pero, al hilo del párrafo anterior, ¿por qué es tan difícil aceptar que los seres humanos tendemos a descerrajarnos las cabezas y que es lo más normal del mundo? Los animales se muerden a todas horas y nos parecen la armonía en estado puro. Supongo que los logros artísticos y sociales del hombre han hecho pensar en una evolución hacia la solidaridad que en algunos casos ha confundido un pelín. Nada más lejos de la realidad: Se sigue oprimiendo porque eso está por encima del bienestar material que se consiga. Se sigue exprimiendo por la necesidad de ver descuajaringarse al de al lado. Y todo esto se sigue imprimiendo para leerlo los domingos. Después, después de masticado el cuello del débil, nos vemos obligados a pedir perdón.

**** Repetiré mil veces que es antes de hacer la puñeta cuando pido que se piense en el perdón. Así, hasta conseguir de hecho NO hacer la puñeta.

Lo que pasa es que, agitados en un saco los conceptos de perdón, justicia, pecado, delito, pena, penitencia, etc., se va la cabeza a dar vueltas por sí sola y no aclara mucho si perdonar debería ser divino (y sólo divino) para tanto humano errar, o si se trata de un simpático recurso que, al ser ejercido, presenta una aceptación a momentos de inconsciencia, despiste… o inocencia, que supongan suficiente peso y causa para eludir una contrapartida en forma de castigo: la simple venganza.

No es fácil, lo sé.

Mañana, no sé cómo, alguien podría escribir unos papelitos que digan que es el dueño: Acompañado de un montón de matones con bombas nucleares, impondría su gobierno de sumisión absoluta y no permitiría más leyes que las suyas durante un par de meses. Cualquier infracción a esas leyes será castigado con la pena máxima y no se podrá pedir perdón. A ver qué pasa entonces.

Mientras, me aprendo el párrafo precedido de cuatro asteriscos, nada menos.

Tengan ustedes muy buenos días.


Cultura Pura 3. El teatro.

2009/06/23

En el futuro el arte vivirá de las ansas de soñar y perder el miedo al instante, a la cercanía del gesto, de la posible improvisación… o sea, del teatro.

Duras giras por provincias, temporadas malas, “no hay billetes”, cercanía del público, improvisaciones… magia.

No, si no te digo yo que no… Pero, ¿y el principio?

Como casi nadie sabe, al principio el teatro era sitio de reunión, en Roma y Grecia, para hablar de cosas serias. Pero como iba mucho el legendario Bromius, y decía muchas cosas de guasa, surgieron las comedias, donde el hombre, si es que estaba sembrado, jugaba con las palabras hasta romper de risa las cinturas, haciendo caer los centuriones. Por ejemplo, a los que preguntaban “¿cuanto falta para que acabe la comedia?”, respondía “¡Pues como media comedia si Júpiter no lo remedia!” Al mes siguiente, a Bromius se le cayeron del casco unas medias junto al pretor que se sentaba en el medio, y se supo que Bromius pasaba por medio de la esposa del pretor en los intermedios de la comedia. Al final, con una espada mediana, le hicieron la raya en medio, en medio de la plaza, a eso de la una y media, tras terminar la comedia.

En nuestros días es distinto: No hay inclemencias porque en los teatros casi no llueve, a menos que la acción se desarrolle en Londres.

Hay pueblos con costumbre de teatro muy arragaida, aunque muy especializada también, habiéndose llegado a las siete mil seis representaciones de ¿Dónde se esconde el bedel?, de don Eugenio Mas y Masaún, habiendo días que, Víctor Nasol, el que hace de bedel, de lo bien que se esconde, ya ni iba a la representación y aprovechaba el tiempo para estudiar sus oposiciones a bedel.

Está por méritos propios y huida de los demás el teatro conceptual y simbólico, pleno de sutilezas con obras alejadas de los sainetes, obras donde mueren todos varias veces sin dejar de decir que la vida consiste en saber llevar un sombrero de ala ancha.

Ha habido grandes actores y actrices, que cosecharon éxitos y echaron una mano en la cosecha de la cebada, muy trabajadores y serios. Era de destacar después, en la función, el estilo con que recogían un pañuelo de seda del suelo utilizando el azadón. Se aplaudía horrores desde la segunda fila. O cuando, en una escena de pasión, la heroína romántica salía montada sobre su futuro suegro al alegre grito de ¡Iiiiiiejjjeeee Lucero! mientras éste le negaba el amor de su hijo. El teatro se venía abajo y algunos se salvaron al no haber puertas.

Si el lector, persona menos dada al rigor con que exponemos nuestro artículo, desea un nivel más cercano a la divulgación que a la información exacta, bien puede dirigirse a la Enciclopedia Británica, o bien a la puerta izquierda del Gran Teatro Falla de Cádiz, en la que Braulio, un portero de categoría, le contará lo bien que se pasa en el teatro y algunos chistes verdes.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXIX)

2009/06/20

Centrarme.

  

Vivo repartido entre dos partidos. Unos dicen que el otro está equivocado siempre y el otro contesta que el primero, sencillamente, no existe.

A punto estuve ayer de leer artículos a favor del uno pero no del todo en contra del otro, de modo que para compensar escuché un par de emisoras del otro que no sabían qué decir del primero.

Por centrarme, dejé quieto el mando en un zapping suicida de las once de la noche de un viernes y encontré allí, en una cadena que se autodestruiría en dos minutos (quizá me quedé dormido) a contendientes que le decían al otro, al de enfrente, al del otro lado, que no planteara tantas cuestiones desordenadas; que hay que tener clara una filosofía antes de tanto concretar. El del otro lado, un concepto cada vez cambiante y más relativo, respondía que de tantas filosofías estamos donde estamos, aunque no se acordó del nombre de la cadena efímera donde estaban discutiendo: Una prueba de que puede que no me durmiera tan pronto como creí al principio. Sí sé que el moderador no cobró su sueldo de trabajo temporal de aquella noche, porque no le dejaron moderar. Tal vez fuera él, el moderador, quien se quedara dormido. A esa hora, los ataques a la falta de existencia del otro, hechos por cada uno y nada alternativamente, si no al mismo tiempo, se hicieran en una prudente voz baja. Siempre es buena la educación del respeto a las horas del descanso.

Pero no me centré, a pesar de que el resultado algebraico de las dos posiciones pareciera dejarme en un centro hueco. Quizá en un agujero cavado por los dos partidos a base de ahondar en los cimientos del otro y hacer tambalear su posición equivocada o su inexistencia, según. Es genial ver que uno habla con alguien que tiembla para decirle que no existe.

Mientras, una tubería de mi casa empezó a tirar el agua como si no lo hiciera de mi lado del contador. Gracias a dos frases ingeniosas de un partido contra el otro, sin necesidad de moderación por supuesto, di un pequeño respingo en el sofá y oí el chorro de agua combatir contra la cortina de la ducha. Acudí para comprobar que no resistiría mucho tiempo (ni la cortina ni mi factura del agua) y llamé a la primera página de ayudas urgentes en la noche, para aguas, puertas, escapes de gases (combustibles pero industriales, supongo) y acudió muy pronto un hombre con pinta de operario.

Antes de las buenas noches, quizá porque antes de mi llamada él veía el mismo programa perdido y sin moderación, su mirada se fue al televisor.

-¿Qué opina usted?, -me preguntó.

-Que mi cuarto de baño se inunda, seguro, -respondí con un intento de ser concreto, de que no debía abrir más vías que la inicial, directa y cada vez más fuerte.

-Me refiero a cómo están las cosas en general, -dijo sin pasar todavía de la puerta ni preguntar por el agua.

Sabía que estaba perdido.

Sólo la intervención de mi mujer, con un rápido cambio de canal desde la cocina, interpuso una imagen de velocidad máxima de dos motos que cruzaban la meta a falta de dos vueltas.

-Ahí no pueden dudar, -dijo el fontanero recién vuelto a una realidad comprensible-. Ahí tienen que saber qué hacer en cada segundo.

Sin que le dijera nada más, pidió permiso para entrar y no dudó en qué hacer, algo muy concreto, para terminar con la avería.

Al secarse las manos tras dejar controlado el escape de la tubería, me extendió una nota por sus servicios.

-Estaba muy claro, no era tiempo de discutir, -dijo muy sonriente-. En cambio, hay momentos en que no para uno de hablar y se le va el santo al cielo…

Hablaba mirando de reojo al televisor que, terminada la carrera, había vuelto por sí mismo al debate apasionado de “tú mucho más que yo, seguro”. Temí lo peor en el importe de la factura.

Mi mujer, atenta con el mando, recurrió a un canal de cocina donde se exprimían sandías para acometer gazpachos frescos y saludables. Fue otro golpe de electroshock que el fontanero aprovechó para volver a lo concreto.

-Son tantos euros con tales céntimos, por favor, -me dijo mientras me entregaba un papelito-. Pero no se preocupe, ya se lo cargan en su cuenta por ser cliente habitual.

Entendí bien lo que quería decir y agradecí la casualidad de llamar a la empresa donde estoy apuntado desde hace años para averías.

Cerré la puerta y caí en la tentación de ver por dónde iba la discusión básica y profunda entre los representantes no moderados de los dos partidos. Iba a sentarme cuando mi mujer, atenta, apagó el televisor. Una decisión, otra, concreta, que me ayudó a centrarme.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


VIDA DEL PROFETA SHAMÓN DE ALEJANDRÍA.

2009/06/17

Su nacimiento confirmó, de entrada, el embarazo de su madre. Fue llamado Ojuyáh, “el que faltaba”[1].  La fiesta de su bautismo duró hasta las tantas y cantó su tío.

Desde los dieciocho años, hombres y mujeres buscaban refugio bajo su techo. El precio de su pensión era adecuado para aquellos tiempos, y sólo cobraba por adelantado a todos los que llegaban.

Cuando alcanzó edad para elegir a los jueces y guardianes del Templo, provocó tal pucherazo que la mesa electoral se rompió del peso de la olla, con seis mil votos en un poblado de ciento doce habitantes. Salió proclamado hombre sabio, guardián perpetuo y capitán del equipo de Copa Davis.

Soltero al nacer, su padre le insinuó planes de boda antes de los 42 años, murmurándole salmos sagrados. No se le dio un plazo de 72 horas para pensarlo y lo echaron de su casa, el padre ocupó su cama y el perro pasó al prototipo de sofá.

Libre de presiones, se casó con Shasmina, mujer ambidextra y suave de piel, que le abrió su corazón por una leve angina de pecho, en su quirófano (prototipo), haciéndole una sutura maravillosa, en forma de “S”, que dejaba claro que iba por él.

Tuvieron hijos cada vez que Shasmina parió. Y eso fue, dice la leyenda, nunca.

A pesar del paso de los años, Shamón no dejó de dar consejos a todo el que los necesitaba. Viendo que así no daba ni uno, empezó a darlos para el bricolaje, el sexo tras los veinticinco (ese misterio) y el reparto de tierras. Así, así, fue labrándose su leyenda de hombre santo.

De tierras muy lejanas llegaron sabios para consultarle los problemas más intrincados y oscuros. Sólo tenemos escrito dos de los más conocidos, recogidos en los cantos de aquellas tierras. En los cantos rodados, donde se podía escribir mejor. Uno trata de un profesor de espada corta del ejército romano del siglo II A.C., Romerus Recius, ante una alarmante baja de los matriculados en su curso. El sabio fue contundente: “Aplaza los pagos de tu matrícula”, le dijo. ¿Cómo pagarte la solución que me has contado? “Al contado”, respondió Shamón.

En otra ocasión, un rey del Congo, con todo su séquito, estaba sequito. El chaparrón que cayó a continuación fue considerado un milagro, al acabar con la sed real. Sólo mil doscientos argumentaron que en esa tierra llueve once meses al año, y fueron invitados a picar piedra santa para el vigésimo templo en honor de Shamón.

Los habitantes que le adoraban (doce personas) propusieron comenzar a escribir… su biografía. Viendo claro lo que querían, hizo su equipaje y, de incógnito junto a sus numerosos familiares y allegados, se quitó de en medio en la madrugada del quinto día del mes del Katta Maarhán, cuando el ojo de la Luna tiene “orzuelos provocados por las malas noches”, según el poeta. La ciudad se quedó sin funcionarios hasta el nivel de subjefe de ventanilla. Cuando al amanecer echaron abajo las puertas de roble de su palacio, sólo hallaron una carta dirigida a su amado pueblo:

Amigos, conocidos, y ciudadanos chusqueros todos: He decidido, seguro que igual que vosotros, que mi etapa a vuestro lado ha concluido. Igual que la vigencia de la moneda usada, la Chircha. Dieciséis devaluaciones son muchas. Os dejo mi colección de picos y palas sin estrenar, convencido de vuestra capacidad de reconstrucción de un halagüeño futuro. Vuestro, siempre, Shamón.


[1] cambiando su nombre a Shamón en cuanto quisieron embargarle su chalet en Conil.


GOL.

2009/06/13

Alineación inicial,

y con compás calculado

balón al punto central.

Regates de pies quebrados

por geodésica y mal

medidos pases llamados.

 

Avance individual,

giros bruscos, peripecias

y homotecia minimal

de ese loco que desprecia

paredes y diagonal,

el loco que busca rectas

para hacer las traslaciones,

esfera al pie y la directa,

en lugar de rotaciones.

 

Y en el área de castigo,

impacto compacto y duro,

con árbitro de testigo,

pena máxima, te digo,

patadón y gol seguro

por el ángulo consigo.

 

Abrazos más que tangentes,

entre los once en la cancha.

Y al cruzar la banda ancha,

muchos cuerpos convergentes

celebran, en avalancha,

ir ganando, finalmente.


 


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXVIII)

2009/06/13

Reuniones sociales.

 

Son las de siempre: Bodas, bautizos, comuniones, entierros, divorcios, desahucios…

Los estados de ánimo deben ir preparados y estudiados al menos en su organización básica y distribución de papeles. Las mujeres son imprescindibles para gestionarlas. Los hombres, una vez fijada su posición, deben moverse lo menos posible y evitar peleas.

Las mesas, con el tiempo, han demostrado su eficacia al ser “variables”. Nada de aguantar toda la celebración a los mismos componentes. Desde la frialdad de las dos que coinciden con el mismo vestido (a una le queda horroroso, pero tiene 20 años) al calentón de los dos graciosísimos que han pillado tres de tres cuartos y se las han trasegado, la experiencia dicta que hay que “mover” las reuniones para que no se gripen como los motores.

A los mayores hay que ponerlos cerca de las mesas principales. Hay carcamales que recuerdan dos o tres cosas al año y una de ellas es lo lejos que le puso el gilipollas de su yerno el día de la comunión aquélla, de no sé qué nieto, aunque tiene una hija única y ésta a su vez un único hijo. Pues todo el año dura  la gramola.

Mucho ojo con los que llegan impares. Alguno, con la cara que lleva, certifica que va a estar solo hasta que Fraga se jubile (sé que exagero) pero otros se arriman para que su período de dos años de trauma por separación pase cuanto antes. Estos últimos son peligrosos y hay que hacer que beban mucho y pronto. Así sueltan rollos pesados, pero conocidos en su desarrollo y en sus respuestas periódicas “ahá, claro, oiiig, ¿será posible?”

En medio de las mesas, sitio de sobra para que las chicas pamélicas y las famélicas circulen como en pasarelas, los camareros como en los zafarranchos de los barcos y los niños como niños, consiguiendo uno o dos cabezazos a los camareros debajo de las bandejas cargadas.

Tras las comilonas, música que debe encargarse a un profesional. Y llamada a la prudencia. ¡Cuántas escoliosis, roturas de caderas y depresiones profundas por fallos en los pasos de bailes no advertidos! Al final, Paquito el Chocolatero devolverá el sentido de unión familiar deseado desde el principio del sarao.

Y la barra libre. No es mala política, pero vuelve a desatar las pasiones, las miradas torvas y las broncas. El decoro se va por el desagüe y quedan los especialistas de siempre en pegarse con  la organización, que les invitan a largarse si les parece oportuno, a palos limpios.

Los protagonistas, ilusionados por un inmediato asalto de lucha libre de gente, dormidos tras refrescarse las ideas en una pila bautismal, o recibidas ostias indoloras, suelen ser los más prudentes. En el caso de la posición inicial y final horizontal total, ni tosen. Pero con todos los demás hay que contar. Nadie es prescindible. Estamos hechos para rozarnos, de eso nos construimos y de estas reuniones salen charlas para una buena temporada.

Este mes tengo un par de bodas. Seguiremos informado.

 

Tengan ustedes muy buenos días.

 


INSPECTOR NILLO. Un caso del tirón.

2009/06/08

El inspector Nillo, Néstor Nillo, tenía al fin un día libre en 2009, tras archivar personalmente más de la mitad de los tres casos que le habían encargado ese año. Estaba agotado.

Caminaba contra el viento con su gabardina, su seña de identidad, doblada en dieciséis partes. Dobló con menos esfuerzo una esquina y, de súbito inmediato y repentino, de entre la multitud surgió un grito que decía “¡Cójanlo antes de fin de año!”, proferido al mismo tiempo (Nillo se dijo que al unísono) por dos mujeres maduras las cuales habían sufrido, las dos, un tirón: La primera en el deltoide, un músculo poco popular, y la segunda en su bolso. Las dos lamentaban su descuido y soltaban las correas de sus perros para gritar en un tono más agudo.

Mientras, el motorista tironero, ladrón y canalla, al que para referirnos en adelante llamaremos “el malo”, terminaba la acera de la calle “Bosquejo” y enfilaba la avenida “Apuntes”, con el doble de carriles y mucho mejor asfaltada.

Pero nada sabía “el malo” de su futuro inmediato, que sin menoscabo llamaremos futuro instantáneo, o incluso como mencionan otros autores, nada sabía del “ya” que se le venía encima. 

Si bien Nillo no pudo driblar, esquivar sería más correcto, los cuatro perros liberados –y agradecidos- de sus dueñas (una dueña de tres, la otra de uno) que se lanzaban a su merienda, aprovechó el tirón y dio un tirón a las correas para intentar trincar al del tirón inicial (no hay que perderse). Pero los cuatro perros tiraban y –si ello es admisible- Nillo respingó. Es una reacción natural, parecida al frenazo en seco, tras la que Nillo soltó su gabardina. Ésta, libre de presión, ondeó al viento –que, si me permite, huracaneaba a ratos- al principio como un pañuelo, y después como una vela mayor desplegada a todo trapo no más doblar la esquina de “Apuntes” con la avenida “Esquema”.

Acháquese a la dirección del viento y su fuerza, el respeto a una docena de semáforos en rojo… El caso es que “el malo” en su huída se encontró de frente con la gabardina de Nillo. Según se le echaba encima, “el malo” hizo excelentes movimientos metiendo las mangas, con gran coordinación para ponérsela sobre la marcha, pero no pudo ser: No contaba con la capucha, modelo juvenil, que le tapó la cara.

“El malo” se estampó contra un buzón de correos que vomitó cartas recién tragadas, así como algún impreso de los que había engullido esa misma mañana.

Nillo, con su mano libre, recogió la gabardina, el bolso, las cartas y “el malo” del suelo. Agradeció que llegaran las dos loros para recoger los perros y el bolso y dio un tirón de orejas a “el malo”, que en un gesto que le honró trasladó al inspector Nillo a la comisaría montándolo detrás. Quedaba cerca de allí, en la avenida “Sinopsis”.

Cuando el inspector Nillo descansa, su gabardina lucha en su lugar. Una muesca más en su leyenda.