Prólogo.
Yo era hombre de lavabos y fregaderos. Los desatascaba sin miedo y la gente me abonaba las facturas, aunque fueran con IVA. Pero vi una oportunidad de cambiar de vida el 2 de enero de 2009 y me presenté voluntario a explorador. Mi nombre es Adelmo Flete, pero pronto mis compañeros de aventura me lo cambiaron.
Todo empezó por el principio, en el origen del comienzo. Sin duda.
Por la ferretería donde yo adquiría el citado día un tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27 (podría haber mandado a mi chiquillo, pero estaba de exámenes) pasó un tipo al que se le veía la nariz, nada más.
Mientras el dueño de la ferretería, Abigaraldo Barreiros, tiraba al suelo una docena de llaves inglesas para escuchar al recién entrado, yo le metí el tubo blanco del seis por el cuello de la camisa al tipo que decía que su baño se inundaba (¿qué podría saber un personaje como aquél, tan delgado, de su propio baño?), y también me dispuse a escuchar al hombre misterioso recién llegado tras su nariz.
El tipo, envuelto en un amplio paño semigris (aceptaría un blanco roto o gris perla si existieran esos colores) habló de tesoros, de tesoros inmensos.
Hasta el del tubo blanco del seis llamó a su mujer por el móvil para quedarse a escuchar. Antes de salir del comercio, su mujer, que venía con él, dio la vuelta al letrero de la puerta para que la gente leyera “Cerrado, sí, ¿qué pasa?”.
Ese día que cambió mi vida.
Fin del primer capítulo.
Publicidad.
Dentífrico Mascamás, el único que le garantiza el tubo lleno “sin aire al final, como otros tantos”. Además –compruébelo en su domicilio- deja los azulejos como una patena. Mascamás, su pasta de dientes, muelas y loza fina.
Capítulo I.
De lo que el hombre relató.
“Soy uno de los hombres más valientes que conozco. Me llamo Rabindranaz Barahado, sin más, y nací en una ribeeeera del Arauca vibradooor. Soy hermano de la fuente, soy hermano de mi hermana y de mi hermano Salvadoooor, tatán tan chan.”
Cuando el hombre de la nariz prominente comprendió que nos parecía un chufla, cambió el tono de la voz y pasó de un matiz producto de vegetaciones nasales al de un monaguillo veneciano de cuarenta y dos años. Exactamente lo que era.
“Vivo en busca de aventuras. He vivido tantas que no me acordaría si no las hubiera apuntado. Y la última de todas, de una intensidad desbordante para cualquier cagamandurrias, impensable si no se es durísimo, nos hará sacar un buen montón de riquezas, por lo que pienso viajar a recogerlas; deduzcan de la anterior persona primera del plural que necesito formar una caravana de hombres, mujeres y camellos valientes. Hablo del desierto de Pacharán”.
Hasta la mujer del comprador del tubo blanco se quedó callada, como si eso fuera fácil.
Estábamos apoyados en el mostrador el dueño, el dueño del tubo, su mujer (callada todavía), el hombre misterioso y modesto y yo. Allí reunidos, discutimos sobre si decidíamos quedar para reunirnos y discutir qué hacer. Ante nuestros gestos de pavor, Rabindranaz sacó un machete más afilado que la lengua de Quevedo y lo clavó en el mostrador de madera: No soportaba que ninguna cucaracha se le paseara por delante.
Antes de la cena, los cinco estábamos conjurados en una promesa común: Coger cuanto antes la furgoneta del vendedor, darle un agüita, colocarle unas cortinas y llenarla hasta arriba de tupper wares para largarnos al desierto de Pacharán a buscar esas riquezas tan infinitas.
Quedamos en salir al día siguiente, después de desayunar.
Fin del Capítulo I.
Publicidad.
Si se le caen los pelos, recójalos, que no serán tantos. Si ocurre igual con las lentejas antes de ponerlas en remojo, proceda también a recogerlas, de tres en tres si acaso para terminar antes. Pero si lo que se le escapa de las manos es un paquete de kilo y medio de azúcar molido, puro polvo dulce que estalla hacia todos los rincones de la cocina, no lo dude y deje de agacharse: Compre una Chupatod, la aspiradora que le permitirá comparar un aire antes y después de haber encendido su Chupatod, de cómo filtra. Verá a su cuñada con mejores ojos, gracias a la desaparición de esas partículas que se quedan por medio en las comidas de Navidad. Chupatod es su aspiradora.
Capítulo II.
De cómo nos colocamos en la furgoneta y emprendimos el viaje.
Para conducir, en posición pentagonal relevadora o de permutación rotativa para los cinco asientos, de modo que cada uno, con carnet en vigor, se hiciera cargo de setenta mil kilómetros seguidos. El primer turno le tocó al dueño de la ferretería, al que despegaríamos del volante en las paradas. Para dormir se celebrarían sorteos semanales.
Salimos después de la compra en Merca Chifle, con la furgona rellena de lonchas de todo tipo, botellas de agua y servilletas de papel, sin olvidar la seda dental y el abrelatas.
Cogimos por detrás de la parte norte del país más raro que había en el continente africano y supimos que íbamos bien al preguntar a una señora que hacía punto bajo una sombrilla con publicidad de una Caja de Ahorros de Ceuta. A continuación, una línea recta en la dirección “Palante, todo seguido”.
La primera noche en el desierto nos reunimos para desentumecer los brazos del vendedor y oír por fin algunos detalles de nuestra aventura.
Fin del Capítulo II.
Publicidad.
Si está harto de ganar kilos, no juegue más en la Lotería del Gordo. Desde hoy mismo, participe sólo en sorteos patrocinados por Phamélic & Cía, la compañía internacional que no ha dado un euro en premios en los últimos diez años, consiguiendo la desesperación más absoluta en los que compran sus participaciones, que entristecen y adelgazan. No lo olvide, Phamélic & Cía.
Capítulo III.
De cómo lo inesperado pasó a ser lo habitual.
-Por mi madre que es la primera vez, -dijo Rabindranaz, acurrucado con los demás bajo el único paraguas, impreso con publicidad de una panadería segoviana.
Se había puesto a llover en el desierto de Pacharán y la arena empezaba a empapocharse, lo que nos obligó a cobijarnos dentro de la furgoneta.
-Pues lo mejor en estos casos es buscar un sitio alto y pedruginoso, -dijo la mujer del cliente-, que añadió: -Me llamo Consuelo, que no me parecía prudente seguir sin presentarnos, y mi marido es lo más antisocial y tímido que darse pueda.
Como la furgoneta se hundía, nos pusimos a empujar para sacarla de las arenas movedizas y el resultado fue el siguiente:
Todos menos yo empujaban hacia delante agarrando las puertas laterales abiertas y con la primera marcha puesta. Y yo empujaba las puertas traseras cerradas. Los dos equipos delanteros se hundían pero notaban una compensación por su esfuerzo al comprobar que quizá no se movieran, pero tampoco retrocedían. Las ruedas traseras, en su girar frenético sobre las arenas empapadas, me cubrieron de arriba abajo en un minuto y, cuando paramos exhaustos, avancé para conocer nuestra posición y provoqué un susto de muerte en el resto de los expedicionarios. Allí comenzó mi leyenda, que terminó al día siguiente, con una ducha.
-¡Unha Renero, Unha Renero!, -exclamó Rabindranaz, soltando el paraguas, que salió volando hacia el horizonte profundo y negro de la infinita noche del desierto.
-¡Aigg, qué asquízimo!, -soltó Consuelo.
A pesar de la poca luz, pude verme reflejado en el retrovisor y caí desmayado.
Fin del Capítulo III.
Publicidad.
Si no tiene hambre, no moleste. Si lo suyo es de zampabollos, meriende Gallitina, la galleta compuesta de harina, agua, más agua, azúcar y carne de gallina molida. Si sus hijos vuelven al hogar tras el colegio, déles Gallitina y acuéstelos o se caerán de sueño, pues la densidad de nuestras galletas, indicadas para las digestiones de las boas constrictor de Brasil, los dejarán traspuestos no menos de doce horas. Si protestan, usted les baja las persianas del cuarto. Gallitina, no lo dude.
Capítulo IV.
De cómo resolvimos la cuestión.
El guía fue el primero en faltar. Y Emilio, que dijo su nombre después de dos semanas compartiendo aventuras, saltó como un resorte y se fue a por él. Mejor lo cuento cronoloflísticamente ordenado:
Después de lo del chaparrón nos pusimos a secar y salimos con viento fresco del sur hacia nuestro objetivo, que se presentía cerca. De hecho, nos salieron cantes propios de la tierra de cada uno y desembalamos las palas y los picos. Pero un jarro de agua fría nos esperaba para provocarnos una contractura en el alma. Un deginse espiritual, quiero decir.
Al derretirse el cuentakilómetros, nos detuvimos junto a una papelera para tirarlo en el bidón amarillo de reciclaje y, al levantar la vista, vimos el primer letrero: “Zona cercana a la primera gruta llenita, pero llenita de tesoros hará cosa de un mes. Ya está vacía. Ni se paren. Sigan hasta la siguiente.”
De pura rabia mora arranqué el letrero y lo llevé a la furgoneta. Hasta un cuarto de hora estuvimos diciendo palabrotas. Yo veinte minutos, lo confieso. Dije hasta aquello de “ajolá se le arañen las ingles con un peine de coral” que decía mi abuela. Pero seguimos nuestro camino.
Y en eso, cuatro días más tarde, vimos al grupo organizado. El guía, al vernos tan hechos unos ascos, no tuvo otra ocurrencia que ofrecernos su viaje con descuentos. Ahí Emilio, viendo cómo los turistas de edades variadas, pero la mayoría de la tercera edad, se llenaban sus sacos de oro, plata y jarrones para la entrada, se puso los nervios en blanco y preso de un ataque de ojos comenzó a golpes de rueda de repuesto con el guía.
-Que hay para todos, ostialajoder, imite usted a lo que ve y no se ensañe conmigo. Por Dios y por la Virgen del Ganges, que parece usted la Montiel recién levantada.
Agarramos a Emilio, le pusimos un sedante (ayer, un mes después de aquello, sigue sedado, como la seda) y sacamos un saco cada uno para llenarlo de tiestos dorados, plateados y bronceados.
Fin del Capítulo IV.
Publicidad.
Su respuesta sexual no es la que era, ¿verdad? Pues a partir de hoy, diga “sí, por favor, béseme usted por fin” y disfrute de la vida. En el caso de que dé el paso, utilice preservativos Ponloenfirm, con lo se asegurará no meter la pata, sino un apéndice bien distinto, desprovisto de imprevistos. Ponloenfirm, su marca de la felicidad. Pero antes diga que sí, que ya no es usted ningún niño.
Capítulo V.
Dormido Emilio y guardado el equipaje, con el guía menos enfadado porque le dimos una propinilla, la vuelta se prometía feliz: En lugar de senderos atascados de arena, dunas de arena y caminos inexistentes por culpa de la arena, encontramos una autopista. Lo curioso fue que no amanecía ni a tiros.
Hasta que nos quedamos dormidos.
Al amanecer siguiente, estábamos descargando el lote de tesoros (en sacos comunitarios a repartir) en la puerta de atrás de la ferretería.
Con el último saco, vimos que no nos faltarían tubos blancos para lavabos y fregaderos en los próximos doscientos años.
Llamamos al guía por el móvil para cagarnos en sus tataraparientes hasta el siglo IX, pero él se nos adelantó antes de que marcáramos:
-No sé qué pasa. Creí que esta vez sería diferente: En la Zona Chachi todito es tesoro valioso y brillante. Una vez arramplado, de pronto se va la luz, amanecemos en casa y lo que saco del saco es, a lo más, chatarra. De las cuatro veces, al menos una me salió una colección de alfombras. Algo es algo. Lo siento y váyanse al carajo. Buenas tardes.
Con Emilio sentado y sin hablar, nos reunimos de vez en cuando para tomar café y charlar sobre lo ocurrido. Rabindranaz, que se ha cambiado el nombre por Teodoro, no para de tirarle los tejos a Consuelo, al ver que su marido no toma la iniciativa. Pero ella trae a su consorte a todas las reuniones.
En la reunión de hoy, después de migar las galletas en el café, ha aparecido una mujer misteriosa a la que sólo se le veía la nariz. Hemos dado un respingo.
-Vengio del palaisio de Visir Arishnagoud, para reinstalar tuberíaes. Quiero pedir presio para siento vintidós mil metrios de tubos blancos, rediondas, es desir, tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27. ¿possible aquí?
-Puede que el tesoro no fuera directo, -dijo Teodoro, sin dejar de mirar las piernas de Consuelo.
Publicidad.
Si lleva media vida queriendo ver las piernas y su prolongación a su secretaria, pero no le ha sido posible dada la correcta posición al sentarse de la dueña de tales piernas, haga que frieguen su suelo de mármol con Brillaspej. Con Brillaspej su personal usará obligatoriamente gafas de sol, usted no adivinará qué mano llevan en el póquer, pero podrá por fin tener la deseada panorámica de los maravillosos muslos de su personal de confianza, Conchita, una obra de arte, seguro. Brillaspej.